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Responsabilidades contradictorias
                                    

Esto, sin embargo, presentaba nuevos problemas. Si alguien elige a un representante plenipotenciario, tiene que asumir dos responsabilidades que parecen contradictorias: Debe, por un lado, darle plena libertad y otorgarle plena confianza, aceptando el riesgo de que las cosas no se hicieran como hubiera querido, o hasta que el representante pudiera abusar de su confianza, y que la tarea que le confió en exclusiva la hiciera mal o se quedara sin hacer. Pero, por la otra parte, si su enviado hace cuanto puede, y, por sus limitaciones, (que desde antes de llamarlo ha previsto y aceptado), las cosas no resultan del todo bien, el poderdante puede y debe tanto agradecer y apoyar lo que su enviado hizo, como reparar lo que haya podido quedar mal hecho, pero esto con delicada discreción, para no avergonzalo, de preferencia sin que siquiera él se entere, y así mismo debe compensar a quienes su enviado involuntariamente hubiera perjudicado, completando lo que él haya dejado trunco y reparando lo dañado, pero preferiblemente sin que él se de cuenta, para no hacerlo sentirse mal después de que puso su mejor esfuerzo en su misión.
                                    

En el caso de México, cuando Dios, en sus eternos designos vió que estaba maduro nuestro pueblo indio para recibir su mensaje, debía mandarles a alguien que se lo transmitiera. En ese momento -principios del siglo XVI- su Iglesia estaba muy mal. En todo el Oriente, donde El había nacido, apenas si sobrevivía bajo el Islam; Europa, ya dividida por feroces antagonismos y guerras, estaba próxima a dividirse aún más en cismas y herejías. La única Iglesia lo suficientemente generosa y ambiciosa para asumir la tarea de evangelizar a todo un nuevo mundo era la Iglesia española, la cual, sin embargo, no resultaba muy apta que digamos, porque, a base de estar combatiendo durante ocho siglos para reconquistar su tierra de los musulmanes, se había convencido de que no se podía ser cristiano sin pelear contra quienquiera que no lo fuese, y que, para poder convertirse a la fe de Jesucristo, había que renegar de todo lo que se hubiese sido antes, aceptando y adoptando el qué y el cómo la vivía un cristiano español.
 
                                                           

Hacerse todo para todos
                                    

Ese problema, de que se pretendiese que todo el que aceptase la fe de Cristo tuviese que hacerse copia de su evangelizador, existió desde los primeros principios de la Iglesia, pues no faltaron cristianos, "los judaizantes", que pretendían que todo no judio que se convirtiera a la Fe de Cristo tenía que renegar de todo lo que había sido antes y hacerse judio antes de bautizarse. Pero ni Cristo, ni San Pablo pensaron así, y la Iglesia logró hacerse Iglesia griega con los griegos, latina con los latinos, siria con los sirios, georgiana con los georgianos, etiope con los etiopes, etc., etc., respetando, adoptando y elevando la cultura de todos ellos. Eso mismo pensamos hoy, como lo expresa tan claramente el Vaticano II:


      "... únanse (los cristianos) con aquellos hombres (los no cristianos) por el aprecio y la caridad; siéntanse miembros del grupo humano en el que viven y tomen parte en la vida cultural y social [...] familiarícense con sus tradiciones nacionales y religiosas; descubran, con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que en ella se contienen [...] deben conocer a los hombres entre los que viven y conversar con ellos para advertir, en diálogo sincero y paciente, las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes, y al mismo tiempo, han de esforzarse por examinar estas riquezas con la luz evangélica, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador"[134]. 

 

Ahora bien, esto, que es de sentido común porque el concepto de que si quiero el bien de alguien debo quererlo primero a él, aceptándolo como es, compartiendo nuestros dones e intentando mejorar los dos, por muy obvio que hoy nos resulte simplemente no existía en ese entonces, pues nuestros padres españoles pensaban -y en total buena fe- que su deber era cambiar a nuestros padres indios hasta hacerlos imagen y semejanza propia cuanto fuese posible, de modo que su programa de evangelización era diametralmente contrario a los que ahora nos marca el Concilio Vaticano II, porque para ellos todo lo que los indios eran y tenían estaba infectado por la influencia satánica de su religión, y tanto que habían merecido la ira y desgracia de Dios: "Sabido tenemos y entendido, amados amigos, no por oydas sino con lo que por nuestros propios ojos emos visto que no conocéis al solo verdadero Dios por quien todos vivimos, ni le teméis, ni acatáis, mas antes cada día y cada noche le ofendéis en muchas cosas y por eso auéis incurrido en su yra y desgracia y está en gran manera enojado contra vosotros; por esta causa embió delante a sus siervos los españoles para que os castigasen y afligiesen por vuestros innumerables pecados en que estáis."[135]. Por lo tanto, de ninguna manera podía esperarse que buscasen "con gozo y respeto" nada bueno en la cultura india, y tanto menos que entablasen un "diálogo sincero y paciente", sino que juzgaban su ineludible deber arrancar hasta la última raicilla de lo antiguo.  
                                                       

No politeistas, sino monistas
                                     

Por otra parte, quizá no ha habido en toda la historia gente más entregada a su religión que nuestros padres indios, que de ninguna manera la veían como mala, porque efectivamente no lo era, aunque sí estaba contaminada por graves errores, como era creer que con el asesinato y la tortura daban culto a Dios. Ellos no sólo amaban lo que eran, como todos los humanos lo hacemos, sino que estaban convencidos de que la verdad, la moral, la valía humana dependían de "tener raíz", es decir de estar sólidamente afianzados en lo que se era y siempre se había sido. Para quien piensa así es fácil y deseable cambiar mejorando, pero es imposible cambiar sustituyendo. Ellos mejorarían gustosísimos su religión, pero jamás aceptarían cambiarla.
 
                                   

Y otro punto importante era que realmente no creían en muchos dioses, no eran politeístas, sino "monistas", es decir: creían en un Dios único, pero con muchos aspectos: todos los "dioses" y "diosas" eran en realidad el único y el mismo, sólo que considerado por los humanos bajo un aspecto diferente: "..aunque tenían muchos ídolos que representaban diferentes dioses, nunca, cuando se ofrecía a tratar los nombraban a todos en general ni en particular a cada uno, sino que decían en su lengua in Tloque in Nahuaque [...]: señal evidentísima de que tuvieron por cierto no haber más de uno; y esto no sólo los más prudentes y discretos, pero aun la gente común.."
[136]. 
                                   

Era, pues, indispensable que Dios recompensase su entrega y corrigiese sus errores enviándoles la "Buena Nueva" que El, al encarnarse, les había legado desde hacía 15 siglos, pero su Encarnación exigía que lo hiciera a través de enviados humanos, y los únicos disponibles eran nuestros padres españoles, los cuales, dentro de sus humanas deficiencias, le respondieron heróicamente. Así pues, a ambos, a indios y a españoles, El les debía ayudar completando lo que ellos no podían, puesto que lo que podían lo habían dado todo. Y eso fue lo que hizo por medio de nuestro Acontecimiento Guadalupano, no destruyendo, sino evangelizando y enriqueciendo su cultura, como veremos en seguida y como muy atinadamente lo expresaría, casi cinco siglos después, el Cardenal Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura en el Sínodo de América: "Evangelizar una cultura no significa faltarle al respeto, sino, por el contrario, testimoniarle un respeto mayor llamándola, en nombre de Cristo, a su pleno desarrollo"
[137]. 
                                                   

¿Qué hace milagro a un milagro?
                                     

Finalmente hay que añadir alguna palabra sobre los criterios por los que podemos estar seguros que una aparición, o cualquier otro milagro, es cosa de Dios.
                                 

Un milagro podemos definirlo como "un efecto perceptible, fuera del orden acostumbrado, que supera las fuerzas naturales y por eso es signo evidente de especial intervención divina, que lo ejecuta para demostrarnos algo que no podríamos entender en otra forma".
                                    

Tiene que ser algo perceptible, es decir que pueda verse, analizarse, comprobarse. Los cristianos todos días tenemos milagros maravillosos en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación, pero estos no son externamente perceptibles, de manera que la Iglesia no los aduce como prueba, sino los acepta por la Fe.
 
                                   
Además, las "fuerzas naturales" son mucho mayores de lo que normalmente nos parecen, pues ahora sabemos que hay cosas "paranormales" que, sin ser "normales", no son sobrenaturales, y están al alcance ocasional de nuestras fuerzas humanas, como son la telepatía, la clarividencia, y otras que nos enseña la Parasicología.
 
                                   
Si nos fijamos, el "orden acostumbrado", lo usual, lo de todos los días, es lo verdaderamente portentoso, pero, en realidad, a los humanos nos impresiona más lo extraordinario que lo realmente maravilloso. Cualquier cosa "ordinaria" que veamos: la salida del sol, la sonrisa de un niño, una semilla que germina, un corazón que late, el ala de un mosquito, un universo que marcha con la eficiencia de un reloj, son pruebas abrumadoras de la grandeza y sabiduría del Creador y Conservador de todos las cosas, y debieran bastarnos para proclamar su excelsitud, pero nos impacta más lo diferente, aunque sea algo tan bobo como que una mancha en el piso se asemeje a su imagen o a la de algún santo.
 
                                   
Una alteración al orden usual, como sería que un muerto resucitara, viene siendo mucho menos maravillosa que el que millones de seres nazcan y vivan todos los días, pero nos impresiona mucho más, y por eso puede ser la forma como Dios nos demuestre algo que no le aceptaríamos de otro modo. Por ejemplo, nos cuenta el Evangelio (Mc. 2, 1-12) que, en una ocasión, estando Jesús rodeado de letrados, le trajeron a un paralítico, obviamente para que lo curara de la parálisis, pero lo que El le dijo fue: "-Tus pecados quedan perdonados", ante lo cual pensaron los letrados, aunque sin externalo: "-¡Este hombre blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?". Jesús, que lo había dicho con toda intención, aprovechó el reto y les replicó: "-¿Por qué piensan mal para sus adentros? ¿Qué es más fácil decirle al paralítico: <<Se te perdonan tus pecados>> o decirle: <<¡Levántate, carga con tu camilla y echa a andar!>>", cosa que hizo en seguida, demostrando así en forma irrecusable su poder divino.
                                    
Insistamos en esto: Todo mundo entiende que, tratándose de habladas, es mucho más fácil decir algo que no se puede comprobar si es cierto o nó, como es perdonar pecados, que ofrecer algo externo e inmediatamente comprobable, que era exactamente lo que quería Jesús: dar una prueba externa y comprobable de su poder divino. Y lo aclaró explícitamente: "Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados... -le dijo al paralítico: Oyeme. Levántate. Toma tu camilla y vete a tu casa". Ese "para que vean" es la razón del milagro, algo que Dios -y sólo Dios- puede hacer para demostrar lo que en otra forma no le aceptaríamos o no le entenderíamos, como era, en este caso, que El, siendo hombre, era Dios y tenía el poder de perdonar pecados.
 

Lo más importante del milagro no es, pues, tanto lo portentoso, sino lo oportuno, es decir que sea un claro signo de Dios mediante el cual entendamos, en el momento clave, que El está aprobando o autorizando algo que en otra forma no atinaríamos a entender que viene de su parte. Lo extraordinario no necesariamente es de Dios; El mismo nos puso en guardia contra gentes que pudieran asombrarnos haciendo cosas que nos resultaran inexplicables, pero que no trajeran la doctrina correcta: "Si entre los tuyos surge un profeta o vidente y, anunciando un signo o prodigio, te propone: <<-Vamos a seguir a dioses extranjeros y a darles culto>>; aunque se cumpla el signo o prodigio, no hagas caso a ese profeta o vidente, pues se trata de una prueba del Señor vuestro Dios, para ver si amáis al Señor vuestro Dios con todo el corazón y toda el alma". (Deut. 13, 2-3).
 


Cómo estar seguros                                     

¿Cuál sería entonces la forma de estar seguros de que algo viene de Dios? Más que los portentos, la seguridad debe dárnosla la profecía, es decir un anuncio hecho por El o en su nombre, una vez que se constate que quedó cabalmente cumplido: "Si te preguntas: ¿Cómo distinguir si una palabra no es palabra del Señor?  Cuando un profeta hable en nombre del Señor y no suceda ni se cumpla su palabra, es algo que no dice el Señor; ese profeta habla por arrogancia, no le tengas miedo". (Deut. 18, 21-22).
 
                                   

El ejemplo perfecto de esto lo tenemos en Jesús. Como en un principio en su predicación no aportaba nada nuevo y no hacía sino reiterar lo que ya había proclamado Juan el Bautista: "-Se ha cumplido ya el plazo, ya llega el Reino de Dios. Arrepiéntanse y crean en la buena nueva" (Mc. 1, 15), el propio Juan Bautista, que se hallaba preso y lo había presentado como "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1, 29), llegó a dudar de si se habría equivocado, y mandó preguntarle: "-¿Eres tú el que tenía que venir, o esperamos a otro?". Contestó Jesús: "-Id y contadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva. Y dichoso el que no se escandalice de mí". (Mat. 11, 2-6). Esa respuesta constituía un sí rotundo, porque les estaba citando a Isaías que había anunciado esos acontecimientos como signo de la llegada del Mesías: "¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo!" (Is. 26, 19); "Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor y los pobres gozarán con el Santo de Israel" (Is. 29, 18-19); "Mirad a vuestro Dios que trae la salvación, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego; los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará" (Is. 36, 4-6).
 
                                   

En otra ocasión, el mismo Jesús, en Nazaret, echó mano del mismo argumento comentando directamente a Isaías, que había anunciado: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, para proclamar el año de gracia del Señor" (Is. 61, 1-2). Paladinamente asentó: "-Hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido este pasaje". (Lc. 4, 21).
                                            


"Estaré con vosotros hasta el fin del mundo"
                                    

Así pues, lo que puede darnos certeza de que algo portentoso es de Dios, es que Dios lo haya anunciado previamente y lo veamos cumplirse. Esto lo tenemos muy claro en el caso de nuestro Acontecimiento Guadalupano: Cuando Jesús delegó en sus enviados la tarea de "ir y enseñar a todas las naciones", subrayó que lo hacía con plena autoridad divina, haciéndose garante de asistirlos siempre: "Me ha sido dada plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo cuanto yo os he mandado, y he aquí que yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo". (Mt. 28, 19-20). Esa promesa suya de respaldar y asistir a sus enviados "hasta el fin del mundo" es también su más consoladora profecía, y la que puede hoy darnos la mayor seguridad de que se trata de algo netamente divino. Esto veremos que puede comprobarse diáfanamente en nuestro caso, precisamente porque se trata de un "ejemplo de evangelización perfectamente inculturada", y que esa inculturación, en esas circunstancias, no cabía esperarla de recursos humanos. Veamos por qué:
                                    
Nuestros misioneros españoles vinieron con esa autoridad y con esa seguridad. Con entrega incondicional y absoluta pusieron cuanto estuvo de su parte para realizar esa tarea, con lo que se hicieron acredores a esa ayuda, pero hoy sabemos que, dadas las condiciones culturales de ellos mismos y de sus evangelizandos, su tarea era humanamente imposible, mas esto no importó, porque Jesús, honrando su promesa, completó, reforzó y consolidó todo lo que ellos no pudieron, en forma tan discreta que ni se enteraron, pero tan eficaz que México se convirtió al instante. La forma como lo hizo fue enviando a su Madre, y -lo que es más sorprendente- no a predicarlo directamente a El, sino para que hiciera nacer unas flores en el Tepeyac y nos dejara su imagen en la tilma de un mexicano. Con eso, tan aparentemente inconexo, completó maravillosamente lo que sus enviados heróicamente realizaron y convirtió a México, como veremos examinando el texto del Nican Mopohua.
 
                                                            

La importancia de hoy
                                     

Finalmente podemos preguntarnos: ¿Qué importancia tiene, hoy y para nosotros, este acontecimiento?
 
                                  
El sociólogo Alvin Toffler, mundialmente reconocido cono futurólogo por obras como "El Schok del Futuro" y "La Tercera Ola", en su libro "Las Guerras del Futuro", asienta que "un nuevo siglo se extiende ahora ante nosotros, una centuria en la que un gran número de seres humanos puede alejarse del umbral del hambre, en la que podrá ser posible dar marcha atrás a los estragos de la contaminación de la era industrial, en la que una diversidad más rica de culturas y pueblos participará quizá en la conformación del futuro..., un nuevo siglo donde se contenga la plaga de la guerra".
[138]. Pero comenta en seguida que ese cuadro optimista se ve muy improbable, porque lo que comprobamos es que, "por el contrario, nos suminos en una nueva era tenebrosa de odios tribales, desolación planetaria y guerras multiplicadas por guerras. La manera en que hagamos frente a esta amenaza de violencia explosiva determinará en buena medida el modo en que nuestros hijos vivan o, tal vez, mueran. Pero muchas de nuestras armas intelectuales para el logro de la paz se hallan tan irremediablemente anticuadas como numerosos ejércitos. La diferencia estriba en que los ejércitos de todo el mundo se apresuran a abordar las realidades del siglo XXI. En cambio, la pacificación se afana tratando de aplicar métodos más adecuados para un pasado remoto que para nuestros días"[139]. 
                                   
Lo que está en juego, por tanto, no puede ser más importante: nada menos que "el modo en que nuestros hijos vivan, o, tal vez, mueran", y no hace falta sino ver en torno nuestro para comprobar cuán trágicamente cierto es eso de "odios tribales... desolación... guerras", cuando que ya en siglo XXI seguimos asistiendo a "limpiezas étnicas" y horrores por el estilo, y cuán inadecuados resultan todos los esfuerzos de los grandes de este mundo para que hermanos tan hermanos como árabes y judíos se dejen de asesinar entre sí. Pues bien, hace casi cinco siglos, nuestros padres españoles e indios, dos pueblos separados por abismos de diferentes culturas, violentamente enfrentados el uno contra el otro, no sólo dejaron de matarse, sino que se fusionaron dándonos el ser a un pueblo nuevo, los actuales mexicanos, que, aunque estemos muy lejos de aceptarnos y amarnos como verdaderos hermanos, no podemos negar que somos "una diversidad más rica de culturas y pueblos", que aceptamos y amamos a una Madre común y que intentamos poner en práctica su mandato de "ser uno". Y esta experiencia nuestra podemos y debemos conocerla y darla a conocer a todos nuestros hermanos para así "participar en la conformación del futuro", del futuro tanto nuestro como el de toda la Humanidad.
 
                                   
Esperamos que esto quedará más claro leyendo lo que aquí presentamos, reiterando que se trata de una traducción que trata de captar el sentido, a la vez tierno y solemne, del original náhuatl, a la que añadimos unos breves comentarios que ayuden a mejor entenderlo. A quien pudiera interesarle un conocimiento más amplio, nos atrevemos a recomendar el libro "El Nican Mopohua, un intento de exégesis", que editó en dos tomos la Universidad Pontificia de México.
  




Notas

[134] Decreto "AD GENTES DIVINITUS" del Concilio Vaticano II,  cap. 2, no. 11.
[135] LEON-PORTILLA Miguel: Los diálogos de 1524 según el texto de Fray Bernardino de Sahagún y sus Colaboradores Indígenas. Edición facsimilar del manuscruscrito original, paleográfía, versión del náhuatl, y estudio y notas de, U.N.A.M. Instituto de Investigaciones Sociales, México l986, cap. 3, pag. 81.
[136] En POMAR Juan Bautista. En POMAR Y ZURITA: "Relaciones de Texcoco y de la Nueva España", Ed. Chávez Hayhoe, México 1941, Relación de Texcoco, pág. 24. (Subrayados míos.).
[137] POUPARD Paul, en GARCIA GONZALEZ L.C. Javier: "Historia del Sínodo de América", p. 192.
[138] TOFFLER Alvin y Heidi: "Las Guerras del Futuro", traducción española de "War and Anti-War", Ed. Plaza & Janés, Barcelona, 1994, Introducción, p. 17.
[139] Ibidem, pp. 17-18.
 
 
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