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Las Flores
      


                122.- Y Juan Diego, apenas oyó el venerable aliento, la amada palabra de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló, mucho con ello quedó satisfecho su corazón. 123.- Y le suplicó instantemente que de inmediato tuviera a bien enviarlo de mensajero para ver al gobernante Obispo, para llevarle la señal, su comprobación, para que le crea.
        

                 124.- Y la Reina del Cielo de inmediato se sirvió mandarle que subiera arriba del cerrito, allí donde antes había tenido el honor de verla. 125.- Se dignó decirle: <<-Sube, Hijito mío queridísimo, arriba del cerrito, donde me viste y te dí órdenes. 126.- Allí verás que están sembradas diversas flores: Córtalas, reúnelas, ponlas juntas. Luego bájalas acá, aquí ante mí tráemelas>>.
 
                                               
Es completamente original la idea de usar flores como comprobación de una orden divina. En Europa eso no hubiera tenido sentido, porque allá las flores eran y son un mero adorno, sin significado divino especial. Las flores, para un español, para nosotros hoy, son un adorno, es decir: una cosa bella, que da gusto dar o recibir... Cualquier muchacha, cualquier mamá se siente contentísima de que le lleven un bonito ramo... pero hasta allí: Son adorno, y nada más. Para el indio eran muchísimo más.
 
                                   
Como mencionábamos en el preámbulo, el indio concebía la verdad, la bondad, la valía del hombre, como "lo arraigado": Una cosa es cierta o es buena si tiene buena raíz. Por lo tanto, una bella flor es la evidencia de una buena raíz y la promesa de un buen fruto. Por eso nuestros antepasados indios las amaban apasionadamente: nada había para ellos más bello, nada más divino, nada más excelso como don de Dios que las flores, que son preciosas, alegran el corazón, cantan y comunican la belleza de Dios...: "Xochitlalpan" = la "Tierra de las Flores" era el Paraíso.  Lo mejor de la tierra se dedicaba a las flores, porque las flores eran lo más divino que el hombre poseía en la tierra. (Todavía llamamos Xochimilco = "En la sementera de las flores" a la parte más bella y feraz de todo el valle).
 
                                   
Mas ellos también constataban, como observamos todos, que las flores son efímeras y frágiles, que se marchitan muy pronto. Por ejemplo, la "oceloxóchitl", la "flor del tigre" (Tigridia pavonia), quizá la más bella de las flores mexicanas, no despliega su hermosura sino unas horas y fenece en seguida si alguien la corta... Por eso su sueño, que reconocían imposible, era poder tener en sus manos flores divinas:

 

"Flores con ansia mi corazón desea,
sufro con el canto, y sólo ensayo cantos en la tierra,
quiero flores que duren en mis manos [..]
¿Yo dónde tomaré flores hermosas, hermosos cantos?
Jamás las produce aquí la primavera..."[165].

                                               
Tomando eso en cuenta, podemos entender que Juan Diego debió extremercerse de dicha con sólo oír lo que la Señora le pedía que hiciera: subir al Tepeyac a cortar flores divinas. 

                    127.- Y acto continuo, Juan Diego subió al cerrito. 128.- Y al alcanzar la cumbre, quedó mudo de asombro ante las variadas, excelentes, maravillosas flores, todas extendidas, cuajadas de capullos reventones, cuando todavía no era su tiempo de darse. 129.- Porque en verdad entonces las heladas son muy fuertes. 130.- Su perfume era intenso, y el rocío de la noche como que las cuajaba de perlas preciosas.            

                    131.- En seguida se puso a cortarlas, todas absolutamente las juntó, llenó con ellas el hueco de su tilma. 132.- Y conste que la cúspide del cerrito para nada es lugar donde se den flores, porque lo que hay en abundancia son riscos, abrojos, gran cantidad de espinas, de nopales, de mezquites. 133.- y si algunas hierbezuelas se dan, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo devora, lo aniquila el hielo.
 
                                   
Se subraya la gozosa incredulidad de constatar que las flores de Dios "brotaban, macollaban, reventaban sus corolas", verdaderamente en el Tepeyac, maravilla que acentúaba lo inadecuado del terreno. El Valle de México, aunque no muy grande, (120 kms. en su longitud máxima), siempre ha tenido notables contrastes, siendo húmedo y con montañas cubiertas de bosques alpinos en el sur, pero reseco y desértico hacia el norte, donde está el Tepeyac. Para la mente india, pues, ese florecer era la impensable reunión del Omeyocan, el mundo de Dios, con el Tlactípac, el mundo del hombre, como lo evidenciaba esa transformación del cerro, agreste y estéril de suyo, en un vergel que superaba al Tlalocan, el paraíso del dios del agua, porque sus flores eran verdaderas flores de Dios, de las que "con ansia deseaba el corazón" de los mexicanos, de las que de veras y para siempre "durarían en sus manos."
 
                                   
Más aún, por primera vez en la historia Juan Diego hace lo que todos sus antepasados habían anhelado hacer y ninguno lo había logrado: cortar las flores del paraíso.
  
                        134.- Bajó en seguida trayendo a la Reina del Cielo las diversas flores que le había ido a cortar, 135.- y Ella, al verlas, tuvo la afabilidad de tomarlas en sus manecitas, 136.- y volvió amablemente a colocárselas en el hueco de su tilma. Se dignó decirle:       

                        137.- <<-Hijito queridísimo, estas diferentes flores son la prueba, la señal que le llevarás al Obispo. 138.- De parte mía le dirás que por favor vea en ella mi deseo, y con eso ejecute mi deseo, mi voluntad. 139.- Y tú... tú eres mi plenipotenciario, puesto que en tí pongo toda mi confianza. 140.- Y con todo rigor te ordeno que sólo exclusivamente frente al Obispo despliegues tu tilma y le muestres lo que llevas. 141.- Y le contarás con todo detalle cómo yo te mandé que subieras al cerrito para cortar las flores, y todo lo que viste y admiraste. 142.- Y con esto le conmoverás el corazón al Gran Sacerdote para que interceda y se haga, se erija mi templo que he pedido.
 
                                   
La máxima prueba de cortesía india, de deferencia, de amor hacia alguien, era darle personalmente flores. Y cuando no se podía, por ejemplo, porque eran muchísimos los invitados del emperador y no podía en persona hacerlo, solamente la gente más importante, la más querida de él, podía representarlo entregando él las flores
[166]. De modo que darle Ella personalmente las flores y encomendarle: "Hijito queridísimo, estas diferentes flores son la prueba, la señal que le llevarás al Obispo" era ya tal muestra de aprecio que no hacía falta que añadiera nada más, Ya con eso no hacía falta que añadiera nada más, pero lo hace explícitamente: "Tu eres mi plenipotenciario, puesto que en tí pongo toda mi confianza", pero vuelve a reiterarle que debe tratar sólo con el Obispo y a él sí contarle "todo lo que viste y admiraste". 
                         143.- Y al dignarse despedirlo la Reina del Cielo, vino a tomar la calzada, viene derecho a México, viene feliz, rebosante de alegría, 144.- ya así viene, rebosante de dicha su corazón, porque esta vez todo saldrá bien, lo desempeñará bien. 145.- Pone exquisito cuidado en lo que trae en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se le caiga. 146.- Viene extasiado por el perfume de las flores, tan diferentes y maravillosas. 
                                   
La deferencia de la Señora del Cielo hacia el Obispo, al mandar que solamente a él se le entregaran las flores, subraya ante los indios que éstas son de él y de nadie más. Juan Diego hubiera querido gritar a todo el que quisiese oírlo la sublime maravilla que eran esas flores que llevaba en su tilma, pero no lo hace, "viene derecho a México".
 



Tercera Entrevista con Zumárraga
  



                        147.- Y al llegar al palacio episcopal le salió al encuentro el mayordomo e incluso otros criados del señor Obispo. 148.- Y les rogó que por favor le dijeran que quería verlo; pero ninguno accedió, no querían hacerle caso, quizá porque aún no amanecía, 149.- o quizá porque ya lo conocen, que sólo los fastidia, que les es insoportable, 150.- y porque ya les habían hablado de él sus compañeros que lo habían perdido de vista cuando pretendieron seguirlo. 
                                   

Aunque llevaba el éxito asegurado, su fe tuvo nueva ocasión de templarse, porque al llegar, antes del amanecer, al palacio del Obispo, las cosas empezaron todo lo mal que se podía temer, pues los criados no lo admiten. Hoy quienquiera que se presentase a ver al Arzobispo de México, o a quien fuere, cuando "aun no amanecía", estaría pecando de indiscreto e impertinente, y lo menos que tendría bien ganado es que lo hicieran esperar; pero recordemos que en esos tiempos, previos a la luz eléctrica, todo mundo era normalmente madrugador y nada trasnochador, por la sencilla razón de que no era fácil ni agradable hacer nada a la mortecina y humeante luz de las candelas, y que seguramente Zumárraga estaba despierto aún desde antes de que llegara Juan Diego, y, por lo tanto, no hubiera tenido problema en recibirlo desde un principio.
 

                        151.- Muy largo tiempo estuvo esperando la respuesta, 152.- y cuando vieron que llevaba ahí tan largo tiempo, cabizbajo, sin hacer nada, a ver si era llamado, notaron que al parecer traía algo en su tilma, y se le acercaron para ver lo que traía, para dar gusto a su corazón. 153.- Y al ver Juan Diego que era imposible ocultarles lo que llevaba, y que por eso lo molestarían, lo expulsarían a empellones o lo maltratarían, un poquito les mostró que eran flores. 154.- Y al ver que se trataba de diversas y finísimas flores, siendo que no era su tiempo, se asombraron muchísimo, y más al ver cuán frescas estaban, cuán abiertas, cuán exquisito su perfume, cuán preciosas, 155.- y ansiaron coger unas cuantas, arrebatárselas. 156.- Y no una, sino tres veces se atrevieron a agarrarlas, pero fracasaron, 157.- porque cuando pretendían tomarlas, ya no podían ver flores, sino las veían como pinturas, como bordados o aplicaciones en la tilma.
                                    

La humildad, la paciencia y entereza que despliega ante la insolencia de esos criados, no era miedo ni complejo de inferioridad, sino el autodominio del refinado ante los zafios, que había aprendido desde niño: "Lo segundo que habéis de notar es que tengáis paz con todos, con ninguno os desvergoncéis y a ninguno desacatéis, respetad a todos, tened acatamiento a todos, no os atreváis a nadie, por ninguna cosa afrentéis a ninguno, no déis a entender a nadie todo lo que sabéis; humillaos a todos, aunque digan de vosotros lo que quisieren; callad, y aunque os abatan cuanto quisieren, no respondáis."
[167].  
                                   
Podría también parecer legendario e ingenuo este episodio de que los criados fracasan al pretender arrebarle las flores a Juan Diego, pero no es así: La inmensa importancia, quizá necesidad de ese episodio es porque, además de que para Juan Diego, a fuer de indio, resultaba casi sacrílego que un extraño tocase siquiera "las flores de Dios", era trascendental que, para él y para todos los indios, quedase inequívocamente claro  el derecho exclusivo del Obispo español a recibir, él primero que nadie, esas flores. Este hecho inexplicable se los confirmó, al mostrar que una fuerza sobrenatural apoyaba y respaldaba el decir de Juan Diego de que la Madre de Dios, donante de esas flores, había determinado categóricamente: "Y con todo rigor te ordeno que sólo exclusivamente frente al Obispo despliegues tu tilma y le muestres lo que llevas." Era otra forma, perfectamente india, de investir al representante de su Hijo de inequívoca autoridad, amén que también sirvió para finalmente franquearle al propio Juan Diego el acceso a ver al  Obispo.




La Versión de Juan Diego
          


                 164.- Le dijo con gran respeto: <<-Mi Señor, Gobernante, ya hice, ya cumplí lo que tuviste a bien mandarme, 165.- y así tuve el honor de ir a comunicarle a la Señora, mi Ama, la Reina del Cielo, venerable y preciosa Madre de Dios, que tú respetuosamente pedías una señal para creerme, y para hacerle su templecito, allí donde tiene la bondad de solicitarte que se lo levantes. 166.- Y también tuve el honor de decirle que me había permitido darte mi palabra de que tendría el privilegio de traerte algo como señal, como prueba de su venerable voluntad, conforme a lo que tú te dignaste indicarme>>.
 
                        167.- <<Y tuvo a bien oír tu venerable aliento, tu venerable palabra y se prestó gustosa a tu solicitud de alguna cosa como prueba, como señal, para que se haga, se ejecute su amada voluntad. 168.- Y hoy, siendo aún noche cerrada, se sirvió mandarme que tuviera el honor de venir de nuevo a verte. 169.- Y yo me honré pidiéndole algo como su señal para que fuera creído, conforme a lo que me había dicho que me daría, y de inmediato, pero al instante, condescendió en realizarlo, 170.- y se sirvió enviarme a la cumbre del cerrito, donde antes había tenido el honor de verla, para que fuera a cortar flores diferentes y preciosas>>.  

                        171.- <<Y luego que tuve el privilegio de ir a cortarlas, se las llevé abajo. 172.- Y se dignó tomarlas en sus manecitas, 173.- para de nuevo dignarse ponerlas en el hueco de mi tilma, 174.- para que tuviera el honor de traértelas y sólo a tí te las entregara>>. 
                                   
Aprovechando, pues, la versión de Juan Diego es como podemos estar ciertos de qué cosas, que parecerían intrascendentes, tienen gran importancia:  En los números 167 y 169 destaca la importancia de la prueba, de que existiese una prueba: "se prestó gustosa a tu solicitud de alguna cosa como prueba, como señal", "de inmediato, pero al instante, condescendió en realizarlo", y el 178 repite que esas flores son precisamente "la señal que pedías, para que te sirvas poner todo en ejecución..." El 168 apunta que los hechos se verifican no de día, sino "siendo aún noche cerrada". En el 170 y 175, 176 y 177 (Un obvio gran énfasis), se insiste en que las flores realmente brotaron en donde nadie podría haberlas esperado: en la cumbre del Tepeyac; en el 170, en que no es Ella sino él quien debía cortarlas y llevarlas, aunque Ella "se dignó tomarlas en sus manecitas (172), para de nuevo dignarse ponerlas en el hueco de mi tilma (173), para que tuviera el honor de traértelas y sólo a tí te las entregara (174)."
 
                                               
Posiblemente nosotros, de todas esas cosas, la única que nos habría parecido importante hubiera sido la de pedir una señal, pero habríamos disentido de la conveniencia de que ésta fueran unas flores: pues serían una "prueba que nada probaría", porque nada tiene de raro que las haya en México en cualquier época del año....  Y todo lo demás: que fuera "de noche", cortarlas, reacomodarlas, designar a un mensajero para llevarlas, exigir que a nadie más que al Obispo se las entregara, nos parecerían detalles superfluos o hasta impropios. Por eso es muy afortunado que tengamos no sólo el relato indio, sino esta nueva versión india de todo el relato, que actúa de contraprueba.
           


                175.- <<Pese a que yo sabía muy bien que la cumbre del cerrito no es lugar donde se den flores, puesto que sólo abundan los riscos, abrojos, espinas, nopales escuálidos, mezquites, no por ello dudé, no por eso vacilé. 176.- Cuando fuí a alcanzar la cumbre del montecito, quedé sobrecogido: ¡Estaba en el paraíso!. 177.- Allí estaban reunidas todas las flores preciosas imaginables, de suprema calidad, cuajadas de rocío, resplandecientes, de manera que yo -emocionado- me puse en seguida a cortarlas. 178.- Y se dignó concederme el honor de venir a entregártelas, que es lo que ahora hago, para que en ellas te sirvas ver la señal que pedías, para que te sirvas poner todo en ejecución. 179.- Y para que quede patente la verdad de mi palabra, de mi embajada, 180.- ¡Aquí las tienes, hazme el honor de recibirlas!>>
                                    
Un lugar donde "sólo abundan los riscos, abrojos, espinas, nopales escuálidos, mezquites", plantas típicas de flora esteparia, era obvio que no era de suyo compatible con esas maravillosas flores, y menos en "el mes de diciembre, en que todo lo devora, lo aniquila el hielo", por lo que no es poco mérito que Juan Diego "no haya dudado ni vacilado". Ahora bien, ese lugar donde las flores eran imposibles, era el lugar donde más hubieran deseado los mexicanos que pudieran brotar: El Tepeyac, por ser el monte de la Diosa Madre, guardaba un afecto único para un pueblo afectivamente tan apegado a la imagen materna: "..en este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses que llamaban <<Tonatzin>> que quiere decir <<Nuestra Madre>>; [...] y venían de muy lejas tierras [...] y traían muchas ofrendas, venían hombres y mujeres, mozos y mozas [..] era grande el concurso de gente [...] y todos decían vamos a la fiesta de <<Tonatzin>>..."
[168]. Por ello la destrucción de ese templo tenía que haberles resultado particularmente dolorosa... Ahora descubrían que Dios lo había cubierto con sus flores, que lo había convertido en su "Xochitlalpan, Tonacatlalpan.. el sitio del que siempre nos hablaron los ancianos, nuestros antepasados, todos nuestros abuelos...". Esta era la más buena de las "Buenas Nuevas" que podían oir. 
                                   
Juan Diego
es una figura indudablemente simpática a todos los mexicanos, pero pocos lo ven en toda su titánica dimensión sobrenatural. Para la gran mayoría fue un "indito": una especie de niño grande, muy bueno, candoroso, cumplido, humilde... y ya. 
                                   
La fe, como disposición interna de los elegidos de Dios, siempre ha contado decisivamente para obtener la abundancia de sus bendiciones. (Cfr. Mt. 8, 10; 9, 22; 15, 28; Mc. 10, 52; Luc. 7, 9; etc.). La fe de una Niña, de la misma "Niña" que bajó al Tepeyac, cambió la historia del Mundo: "-¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quien soy yo para que me visite la madre de mi Señor?  Dichosa tú que has creído.. ¡Te llamarán dichosa todas las generaciones!! También, a la inversa, la falta de esa fe en ellos puede acarrear graves consecuencias, no a ellos nada más, sino al pueblo entero con el que son solidarios: "El Señor dijo a Moisés y a Aarón: <<-Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no harán entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar..>>" (Num. 20, 22).
 
                                               
La vocación que Dios confirió a Juan Diego Cuauhtlatoatzin era en no pocos aspectos más difícil que la de Moisés, pues no se trataba de acaudillar a un pueblo para que sacudiese la opresión de otro, sino de algo aun más revolucionario en la historia humana, de lo mismo que San Pablo  proclama de Cristo Jesús: Realizar lo imposible, reconciliar lo irreconciliable: ".. hizo de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio [..] haciendo las paces para crear en él un sólo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo..." (Ef. 2, 13-16).

                                    
Así pues, para quienes vemos con ojos de fe, Juan Diego es un bienhechor insigne -Verdadero fundador de México, "Padre de la Patria", de pleno derecho-: Su fe, tan candorosa como acrisolada, le dió el ser como nación mestiza, al aceptar y cumplir fielmente ser portador de unas flores que estamparon una imagen.
 



Notas

[165] "Manuscrito Cantares Mexicanos", fol. 23v, lin. 8ss. Apud GARIBAY Angel María: "Historia de la Literatura Náhuatl", ed. Porrúa, Biblioteca Porrúa ns. 1 y 5, 2a. Edición, México 1971, tomo 1, cap. 3, no. 6, pag. 192.
[166] Entregar flores era un gran honor reservado a "personas muy avisadas y cuerdas, y prudentes y diligentes, y bien criados y bien hablados, y recios y bien dispuestos y de buena apariencia, no cobardes ni temerosos, hombres hábiles de buen entendimiento, no se buscaba gente baja para este servicio, sino gente noble y cortesana, los cuales habían de dispensar y distribuir y repartir las flores..." ("Manuscrito Códice Florentino", tomo II, libro VII, cap. 9, folio 28 r y v.).
[167] SAHAGUN, Libro VI, cap. 17, no. 25, p. 345.
[168] SAHAGUN, "Historia General...", lib. 11, Apéndice sobre Supersticiones, no 7, pp. 704-5.
 
 
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