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Dozavario
María Modelo Nuestro

2 de diciembre
Mujer de fe y prudencia que se traduce en caridad: Visita a Isabel

Introducción

Estamos, hermanos, próximos a la fiesta de nuestra Madre Santísima de Guadalupe y, como siempre, la Basílica hace un Dozavario de preparación, dedicando las homilías de estos once días anteriores, a hablar de Ella, y de nosotros respecto a Ella.

Este año vamos a hablar de algo que es muy natural y que, sin embargo, quizá no nos fijamos mucho: en María como modelo nuestro. No hay cosa más natural que un hijo imite a su madre; todos lo hacemos: lo que somos, lo que tenemos, cómo hablamos... todo lo aprendimos de nuestras madres. Y eso no obstante a Ella, a nuestra Madre Santísima, precisamente por ser Santísima, como que la aislamos y hasta la excluimos de nuestra vida cotidiana, siendo que es el más perfecto modelo de cristiana... y cristianos somos nosotros.

La Visitación

Ayer veíamos que, en la Anunciación, Ella se muestra modelo de fe, de obediencia, de prudencia y de generosidad. Lo que sigue a eso inmediatamente, es lo que llamamos la Visitación, o sea que lo primero que hace Ella es ir a ver a su prima Isabel, que el ángel le ha anunciado que está encinta de hace ya seis meses.

De modo que lo primero que podemos notar, es que Ella es realmente prudente. Y veamos por qué: Ella ya está segura, el ángel le dejó clarísimo que Ella es ya Madre de Dios, puesto que en ese instante, cuando Ella dice su sí, el Verbo se hace carne en sus entrañas (Cfr. Jn. 1, 14). Ella sabe perfectamente lo que eso significa: que es la máxima criatura del universo; más grande que Ella no se puede concebir nada. Está convencida en absoluto, no puede dudarlo, pero tiene la prudencia de sí dudar, no ciertamente de Dios, sino de sí misma.

El ángel le ha advertido: "Para que compruebes que esto que te digo es cierto, que no es ilusión tuya, mira: hay un dato, un hecho concreto, que puedes controlar: tu parienta Isabel, que todo el mundo daba por estéril y que ya es vieja, va en el sexto mes de su preñez. Nada hay imposible para Dios" (Cfr. Lc. 1, 36-37). El ángel no le ordenó: "-Ve a verla"; para nada insinuó que María no tuviese fe. Simplemente, se lo puso como ejemplo del poder de Dios, que también se ejercía en Ella, en María, dejando a su criterio, a su libertad y a su responsabilidad lo que considerase mejor hacer. Y Ella nos da un gran ejemplo al tener la prudencia de desconfiar de sí misma. Dios no iba jamás a engañarla, pero ella sabía que podría haberse engañado, haber soñado, que pudiera haber sido vanidad suya el creer que Dios le pedía eso que le estaba pidiendo. Y por ello, con plena prudencia y caridad, cumple tanto con ir a comprobar si es cierto eso que el ángel le dió como garantía, como con ir a atender a quien requiere de su ayuda.

Prudencia

Esto es un buen ejemplo que podemos y debemos imitar. Hoy en día estamos viendo que muchos hermanos nuestros, dejan la fe católica y se van con otras confesiones cristianas, otras religiones o incluso sectas, algunas francamente estrafalarias. No condenemos, ni mucho menos, a quien corrige algo que cree malo o menos bueno y cambia a lo que considera mejor. Si un mal católico, mal hombre siendo católico, se hace buen hombre siendo Testigo de Jehová o alguna otra cosa, ¡qué bueno!. Lo malo, lo triste, lo absurdo, es que hagan eso sin ningún examen, sin saber qué es lo que dejan. Aunque estén convencidos de que es bueno aquello a lo que van, no han visto si es mejor lo que están dejando. Es decir, es una actitud imprudente e irresponsable. Y María nos da ejemplo de que esa no es la actitud correcta: Ella es prudente confiando plenamente en Dios, pero teniendo la humildad de no confiar sin pruebas en sí misma.

Va, pues, a ver a su pariente, y encuentra que, en efecto, lo que el ángel le anunció, es del todo cierto: ella está embarazada a pesar de ser anciana. Más aún, no solamente tiene esa comprobación objetiva, física, de que lo que dijo el ángel es la verdad, sino que recibe un nuevo mensaje clarísimo, absolutamente claro, de parte de Dios, a través de esa prima: Isabel, la anciana, la matrona respetable, la que vale mucho más, según las categorías judías, que Ella, la chiquilla, la saluda como a la Madre de su Señor y confiesa: "¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a verme?" (Lc. 1, 43). Y refiere instantáneamente la visita, al hijo que lleva en el vientre: "Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno." (Lc. 1, 44). Y le confirma a María que su fe ha tenido y tendrá pleno éxito: "Dichosa Tú que has creído; se cumplirá cuanto te dijo el Señor." (Lc. 1, 45).

De manera que María queda perfectamente convencida de que no ha sido una ilusión propia, de que es algo completamente real eso que Ella ya vive, esa Vida que Ella ya lleva en su seno. Y entonces ya sin ninguna duda ni desconfianza, confirma su fe improvisando un himno de gloria y gratitud a Dios: "Mi alma glorifica al Señor, mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador, ha visto la humildad de su esclava". (Lc. 1, 46-47).

Poder de la humildad

Aquí también fijémonos muy claramente, que Ella reconoce a Dios como Salvador, colocándose Ella como esclava. Todo mundo sabemos que María es Madre nuestra, que María es Madre de Dios, que María es omnipotente en su súplica, pero no debemos olvidar que Ella no es diosa, que Ella es como nosotros, criatura de Dios, sierva de Dios, que Ella no es salvadora. Quien nos salva es Jesús, siendo Ella es la primera beneficiaria de su salvación, reconoce a Dios, su Salvador y reconoce que eso no lo ha logrado por un esfuerzo propio, sino lo ha obtenido gratuitamente de la gracia divina. ¿Y por qué? Por su humildad, porque "ha visto la humildad de su esclava", humildad le granjea que para siempre las generaciones la llamemos "Bendita entre todas las mujeres" (Cfr. Lc. 1, 48 y la oración Ave María).

Nuestros Padres

No hace falta mucha imaginación, ni mucha metáfora, para que podamos ver que nuestro pueblo mexicano, en alguna forma, tiene un paralelo con María. Podemos decir con toda verdad: "¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor haya venido a verme?". Aquí vino Ella, aquí en el Tepeyac, y aquí conservamos su imagen que Ella nos dejó, y ¿en base a qué merecieron nuestros padres ese favor? En base de haber sido obedientísimos al encargo de Dios. Unos y otros, -veámoslo bien- españoles e indios, a su modo, dentro de mil errores que queramos, sirvieron fidelísimamente a Dios. Lo que Dios les pedía eran cosas humanamente imposibles: que unos cuantos españoles intentaran conquistarle un mundo; que los indios dieran su vida para alimentar ese mundo... Y ambos fueron enteramente fieles a esa vocación, a su modo, pero enteramente fieles. Fueron, como María, siervos de Dios a fondo. Esa obediencia, esa humildad, esa aquiescencia a la voluntad de Dios, les mereció que Dios viniera aquí, a darnos el ser a nosotros sus descendientes, los actuales mexicanos.

Servicio

Otra cosa también que debemos ver, es que María, siendo Madre de Dios, confirmada ya como tal por boca del ángel y por boca de su prima inspirada por el propio Dios, no se engríe por eso, no pide que su prima la venere, como de hecho la está venerando, sino lo que hace es quedarse con ella para servirla. La primera consecuencia que Ella saca de su dignidad divina de Madre de Dios, es que debe servir a quien requiere de Ella, a su prima anciana que va a dar a luz, que tendrá mil dificultades en el parto, que no se ha atrevido a decirlo a mucha gente, por cierta pena de su estado. Ella, que lo sabe y está allí, "se quedó con ella unos tres meses y después volvió a su casa." (Lc. 1, 56).

Nuestra fe, hermanos, -no olvidemos esto- es diferente a todas las demás, en cuanto que Dios no quiere que le sirvamos a Él, sino que Él pide poder servirnos. "No vine -dijo Jesús- a ser servido, vine a servir" (Cfr. Mt 20, 28; Mc. 10, 45, Fil. 2, 7). Y lo que nos pide es que le imitemos en eso, en servir, no directamente a Él, que no requiere para nada de nosotros, sino que le sirvamos en el prójimo, en quien está junto a nosotros. ¿Quién es ese prójimo? Lo que dice la palabra misma: el próximo, el más cercano, el que está más junto a nosotros. Por tanto, primero que a nadie -manda el mismo Dios- "Honra a tu padre y a tu madre." (Ex. 20, 12). Cuando nacemos ellos son los más cercanos. Después, el mismo Dios nos prescribe: "Déjalos a ellos, únete a tu mujer, y sean los dos una sola cosa" (Cfr. Gn. 2, 24; Mt. 19, 4-6). Nada puede haber de más cercano, de más próximo, que los esposos que han de ser "una sola cosa", y los niños que nazcan de esa fusión de los dos.

De modo que la familia, es la forma antonomástica, más importante de todas, de dónde y de cómo debemos servir a Dios. En nuestra patria amamos a la familia, a Dios gracias; pero... ¡Pobre familia mexicana!, ¡Cuán mal está en tantas cosas!

De modo que revisemos nuestra conducta, nuestro ser y nuestro estar y veamos si de veras estamos siendo dignos de lo que somos: hijos de Dios e hijos de la Madre de Dios.

Juan Diego

También tenemos un ejemplo precioso en nuestro padre en la fe, Juan Diego; él recibe la petición -como María- de hacer algo para él imposible. No que le haga él un templo; (Eso lo podría haber hecho quizá), sino que lo haga el Obispo español. Él se ve completamente incapacitado para eso: ¿Quién soy yo?: "No es lugar de mi andar ni de mi detenerme allá a donde me envías." (Nican Mopohua v. 55) Sin embargo, cumple con mil dificultades, aceptando desaires, enfrentando problemas, y a la postre lo consigue. Pero, además, ya que tiene la seguridad que le da María Santísima de que va a darle Ella una prueba con la cual va a convencer a todo mundo, empezando por el Obispo, él tiene la caridad de posponer esa misión altísima y gratísima, para servir a un moribundo, a su tío. Hace a un lado a Dios mismo, a la Madre de Dios misma, con toda cortesía mexicana, para servir a un enfermo que requiere de él, porque sabe que Ellos están antes en el prójimo necesitado que en sus personas gloriosas. Es otro ejemplo de lo que es la verdadera actitud cristiana. "Si alguien dice que ama a Dios a quien no ve, y no a su prójimo a quien ve -dice San Juan- está mintiendo, no es cierto lo que está diciendo" (Cfr. 1 Jn. 4, 20).

Si no amamos al prójimo, simplemente no podemos amar a Dios; por mucho que digamos o sintamos que lo amamos de veras. En cambio, si le damos de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo y todo eso, aunque no supiéramos siquiera que estábamos haciéndolo por Dios (Cfr. Mt. 25, 31-46), sería siempre a Él a quien estaríamos sirviendo, según nos lo aseguró Jesús. "¿Cuándo te vimos, Señor, desnudo, hambriento, necesitado? Cuando lo hiciste con el que estaba junto a ti; ése era Yo" (Cfr. Mt. 25, 40).

Tenemos, entonces, maravillosos ejemplos que imitar; y también tenemos una enorme responsabilidad a la que responder. Tenemos la honra y el compromiso de ser hijos de padres ejemplares: Dios nos dio la vida a través de ellos. Nuestros padres españoles y nuestros padres indios, plenamente humanos, llenos de defectos también ellos, cumplieron como María, como Juan Diego, al máximo la voluntad de Dios.

Conclusión

¿Qué espera, pues, nuestra Madre Santísima de nosotros? Que seamos buenos hijos. ¿Cómo lo podemos ser? Amando al prójimo, que es lo mismo que decir, intentando ser primero que nada una buena familia, después, una buena nación, un buen ejemplo en el mundo en que Dios nos puso ahora.

Esto es muy difícil, por supuesto, tan difícil que no podríamos hacerlo solos. Pero podemos hacer lo que hicieron ellos. Decir: Señor, soy  tu siervo, soy tu esclavo, cuenta con mi esfuerzo, lo poco que puedo; y yo cuento Contigo, que Tú pondrás el resto.

Ojalá podamos decir que cumplimos con eso y que por nuestra causa y nuestro mérito de obediencia a Dios, de entrega a Él, de nuestra parte como esclavos, esclavos fieles, por supuesto, esclavos-hijos, esclavos dignos, podamos merecer que nos llamen dichosos todas las generaciones.

Pidamos eso ahora fervientemente con la Eucaristía.

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Señora de Guadalupe


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