InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías > Dozavario
   
 

Dozavario
María Modelo Nuestro

7 de diciembre
Mujer de fe y esperanza ante el sepulcro vacío

Introducción

Continuamos, hermanos, como preparación a la fiesta de la Virgen de Guadalupe, considerándola a Ella como nuestro modelo, en este Dozavario que le estamos haciendo.

Ayer la veíamos junto a la cruz, cuando le pide Jesús la cosa más fuerte que se puede pedir a madre alguna, aunque no era sino lo mismo que había pedido Él antes a todos muchas veces: "Ama a tus enemigos" (Cfr. Mt. 44; Lc. 6, 27). Y se lo pide en forma de lo más exigente, puesto que la constituye Madre nuestra, Madre de todos los hombres y, por tanto, también de sus asesinos. Y veíamos que Ella acepta plenamente esta responsabilidad, esta tarea, como nos lo manifestó tan paladinamente aquí, en el Tepeyac, donde, hablando en náhuatl, no sólo se reveló Madre nuestra, sino "que se honraba en ser Madre nuestra" (Cfr. Nican Mopohua, vv. 29-31).

El drama de la muerte

Ahora, veamos otro aspecto suyo en el que, en alguna forma, todos tenemos que igualarnos con Ella, pues también tenemos que enfrentarlo, aunque quizá difiramos muchísimo en la manera como lo hacemos: nuestra actitud ante la muerte y la esperanza de la resurrección. Y no se trata solamente de la muerte nuestra propia, sino algo que duele mucho más: la muerte de alguien a quien amamos.

En eso, pocas gentes pueden vivir algo tan dramático como lo que vivió Ella. Lo normal, lo natural, es que un hijo entierre a su madre, no que la madre deba sepultar al hijo. A veces, -lo vemos por desgracia- no hay suficiente amor entre padres e hijos; puede ser que haya familias en las que la muerte de uno de sus miembros sea hasta un gusto para los demás, por quitarse de encima un peso no deseado; pero en el caso de María es absolutamente todo lo contrario. Ella, amó a su Hijo, a su único Hijo, como ninguna otra madre en la tierra; y, como muy pocas, tuvo el dolor no sólo de perderlo, sino de acompañarlo en una agonía espantosa, de las peores que puede padecer un ser humano. Y tuvo también la pena desgarradora de asistir a que lo bajasen de la cruz y recibirlo, como tanto nos impresiona esa actitud en las imágenes de lo que llamamos nuestra Señora de la Piedad, "la Pietà", donde la vemos con su Hijo en brazos, pero no como un bebé, sino como cadáver destrozado...

El testimonio de Juan

Es muy interesante una cosa que ahora sabemos: San Juan Evangelista, que dominaba muy bien el griego, narra de la resurrección una serie de elementos que nunca habíamos entendido bien (Cfr. Jn. 20, 1-10). Refiere que, cuando las mujeres avisaron a los apóstoles que la tumba estaba vacía, corrieron él y Pedro a ver qué pasaba, aunque -lo confiesa- no esperando ver a Jesús resucitado. Él, por ser muchacho, le ganó a Pedro corriendo, llegó antes al sepulcro, pero por respeto no entró, sino esperó a que Pedro entrara primero.

Entra y recibe una impresión electrizante, porque afirma literalmente que constata que la sábana en que habia estado envuelto Jesús estaba exactamente como la había dejado: en su sitio, sin una arruga de menos, y el sudario en su lugar, pero caídos, desinflados. No entendíamos eso de "desinflados" hasta que los estudios de la Sábana Santa de Turín nos vinieron a revelar cuán literal era eso. Muchas veces, en muchas traducciones, se ha puesto: "Vió las vendas en el suelo, el sudario con que le habían envuelto la cabeza no estaba en el suelo con los lienzos, sino doblado en sitio aparte" (Jn. 20, 6-8), o alguna cosa por el estilo.

Lienzo y sudario

Para empezar, el original para nada habla de "vendas", sino de "lienzos", y nunca dice que estuvieran "en el suelo". De hecho lo que dice textualmente es: "Los lienzos desplomados, el sudario que había estado en su cabeza, por el contrario, en su propio lugar". Al no entender lo de "desplomados", se pensó en "caídos" y se inventó: "en el suelo", y al no entender tampoco de "el sudario en su propio lugar", se inventó "doblado en sitio aparte"... pero nada de eso es cierto. La escueta verdad del texto griego es inmensamente más clara y expresiva:

Recordemos que la sepultura de Jesús fue una cosa precipitada, pues ya estaba a punto de comenzar el gran Sábado de la Pascua y en él no se podía hacer trabajo alguno. Tardan en bajarlo de la cruz, lo ponen en una tumba que está allí, muy cerca. Le amarran el sudario en torno a la cabeza para sosternerle la mandíbula. ("Sudario" significa para nosotros una mortaja, pero "sudario" entonces no era eso, sino un pañuelo grande, una como bufanda que se usaba para limpiarse el sudor, por eso su nombre de "sudario"), y simplemente lo rocían con perfumes, colocan el cuerpo dentro de un lujoso lienzo, largo y no muy ancho, cuya mitad queda abajo y encima le doblan la otra mitad, poniéndole antes dos pequeñas monedas en los ojos para mantenérselos cerrados.

No hay tiempo para poder lavarlo con todo cuidado, como mandaba la ley judía, y mucho muchos para vendarlo, lo dejan allí y así. Piensan volver acabando al Sábado para hacer todo lo demás; Juan asiste, María asiste también. Podemos imaginar que es Ella, personalmente, quien acomoda con sus manos de madre ese lienzo en torno al cuerpo martirizado de Jesús; quizá Ella amarra el sudario, quizá Ella pone las monedas en los ojos a su Hijo. De modo que nada se le ahorra absolutamente de los dolores que puede experimentar una madre amorosa ante la brutalidad de la muerte y de la ausencia de su hijo.

Los lienzos desinflados

Juan cuenta que al entrar, ve lienzo y sudario exactamente intactos, sin una sola arruga diferente... pero vacíos. Las palabras griegas "tà othónia kéimena" sigifican "los lienzos desplomados", o sea "caídos, lisos, yacientes, desinflados...", para nada habla de "en el suelo". Él los había dejado llenos, puesto que el cadáver estaba dentro; ahora los ve intactos, pero desplomada la parte superior sobre la inferior, porque ya nada hay dentro, sino el sudario, ese sí en su propio sitio y enrollado como antes, pero ya sin la cabeza que había estado anudando. ¡El cadáver se esfumó, sin alterar la envoltura! Y eso, confiesa él, lo convence, porque antes no creía.

María Santísima, por supuesto que siempre creyó. Si Jesús anunció su muerte a todo mundo y también su resurrección, y tan claramente que lo entendieron hasta sus enemigos y por eso le pusieron guardias, con más razón lo anunció a su Madre, quien, primero que nadie, creyó siempre lo que cree la Iglesia: "Esta victoria la consiguió Cristo resucitando a la vida y liberando al hombre de la muerte con su propia muerte [...] y al mismo tiempo le ofrece la posibilidad de una comunión en Cristo con los seres queridos arrebatados por la muerte, confiriendo la esperanza de que ellos han alcanzado ya, en Dios, la vida verdadera." (Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, no. 18. )

Dolor y esperanza

María por tanto, estaba en la misma situación en que nos vemos nosotros cuando enfrentamos la muerte. No la muerte nuestra, la propia, sino la muerte de alguien que queremos: profunda pena, desgarro espantoso y, sin embargo, consuelo por la fe, esperanza por la fe, gozo por la certeza y comunión de "la vida verdadera".

La esperanza cristiana, la virtud cristiana de la esperanza, no es simplemente optimismo, no es pensar que a lo mejor las cosas saldrán bien. Eso ya es ventaja ante la desolación de la incredulidad, pero la esperanza es algo mucho mayor y mucho mejor: es la certeza absoluta de que ya tengo de lo que aún no tengo, porque tengo la promesa de quien me lo dará, (Cfr. Hb. 11, 1), y si quien me lo ha prometido es nada menos que Dios, eso no admite ni la más leve de las dudas. Y esto es tan cierto que, aún no teniendo todavía en mis manos ese bien prometido, puedo no obstante estar tan confiado, tan seguro de contar ya con él que todo mi panorma por completo, aunque no cambien las cosas en sí.

Es decir, imaginemos que estamos desesperadamente hambrientos, sin esperanza ninguna de poder saciar nuestra hambre, por no contar con recursos. Esa hambre pues, no solamente es hambre física, sino es desesperación, angustia, alteración completa de nuestro psiquismo. Alguien llega, sin embargo: mi amigo, mi padre, y me entrega unos billetes, una cantidad cuantiosa, digamos, de un millón de pesos. Esos billetes son mero papel, no me los puedo comer por mucha hambre que padezca, pero constituyen una certeza de que ya tengo, tan pronto y tanto como yo quiera, todo cuanto me apetezca comer y cuanto pueda necesitar, todo lo que me haga falta. Siendo así, mi hambre física que me estaba antes atenaceando las entrañas y rompiendo mi psiquismo, se convierte ahora en un gusto: ¡Qué bueno que tengo tanta hambre, porque qué rico voy a comer apenas yo quiera..!

Eso es la virtud de la esperanza: la certeza de nuestra seguridad porque estamos en manos de Dios: "Aunque pase por valle de tinieblas no temeré, porque Tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad" (Sal. 23, 4); "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Cuando me asaltan los malhechores para devorarme, mis enemigos y adversarios tropiezan y caen. Aunque surjan contra mí ejércitos enteros, mi corazón no tiembla. [...] Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá." (Sal. 26, 1-10), y todo eso culmina con la certeza de nuestra resurrección, pese a cuanto pueda afectarnos la brutalidad desgarradora de la muerte, pues es parte de nuestro bien que sepamos esperar: "Esperanza de lo que se ve ya no es esperanza: ¿quién espera lo que ya ve? En cambio, si esperamos algo que no vemos, tenemos mérito en ser constantes y aguardar." (Rm. 8, 25).

No ausencia sino otra forma de presencia

Todo mundo hemos vivido y viviremos eso en alguna forma: el desgarrón de la muerte de un ser querido. Quienes tenemos la gracia de la fe, sabemos sin embargo que una cosa no elimina a la otra. Como humanos que somos, tenemos impaciencia, ya quisiéramos ver eso resuelto. Tenemos también dudas, no porque dudemos de Dios, sino porque nuestra condición humana así es.

María vive eso mismo en su totalidad; nadie como Ella tiene fe, nadie como Ella tiene esperanza, sin embargo, nadie como Ella siente el dolor del amor perdido, aunque esté plenamente segura de que no está perdido, de que esa pérdida no es ausencia, sino una forma superior de presencia.

Nadie podemos evitar el enfrentar a la muerte y todos podemos examinar que tan cristianos somos por cómo reaccionamos cuando nos toca enfrentarla: Nuestra fe nos pide amar, de manera que mientras más cumplamos con eso más sufriremos cuando alguien a quien amamos, lo aparta físicamente Dios de nosotros. Nadie sufrió jamás la muerte de un amado como María la de su Hijo. Como cristianos, si amamos de veras, nos puede más, nos duele más esa separación; pero también como cristianos sabemos que, en realidad, no es pérdida, que, por el contrario, es otra forma diferente de posesión, de seguridad, de presencia. De modo que nuestra vida entera se puede y debe transformar en una esperanza, como la vivió María en esos momentos.

Aún por conveniencia nuestra, lo más aconsejable es que la imitemos; la muerte tenemos que enfrentarla de todas maneras. La actitud ante ella puede ser de desesperación o de esperanza en la resurrección de Cristo, que garantiza la nuestra.

La muerte lo más vital de la vida

Tenemos en eso total seguridad. "No podemos -dice San Pablo- pensar que somos un cuerpo con una Cabeza viva y todos los demás miembros muertos. Si la Cabeza resucitó, certísimamente los demás también resucitaremos." (Cfr. Ef. 1, 23; Col. 1, 17-19; 1 Tes. 4, 13-18). Si Jesús prometió: "Quien come mi Carne y bebe mi Sangre vive en Mí y Yo en él y yo lo resucitaré en el último día" (Jn, 54), cuantos hemos tenido ese privilegio de comer su Carne y beber su Sangre en la Eucaristía, no podemos dudar, sin dudar de sus palabras, de que somos inmortales, aunque enfrentemos la desoladora realidad de la muerte propia y ajena, porque, en palabras suyas, de Jesús, es, por el contrario, lo más vital de la vida.

Jesús, como humano, también tembló ante la muerte, casi se sucumbe de miedo en Getsemaní; confesó que había "un bautismo en el que tenía que ser bautizado y temblaba de sólo pensarlo" (Lc. 12, 50); pero nunca la mencionó sin hablar simultánea y fervientemente de la vida. Jamás dijo que la muerte fuera un final; siempre dijo que es un tránsito, y un tránsito a lo más bello que hay de la vida. La llamó "boda" (Cfr. Mt. 25, 1-13), la llamó "semilla que cae en tierra y germina para dar vida a muchas otras muchas" (Cfr. Jn. 12, 24), y la llamó "parto" (Cfr. Jn. 16, 21). Eso es también nuestra muerte.

Así vivió María la muerte de su Hijo y así tuvo la gracia Ella de ver la Resurrección y confirmar su certeza, aunque también para Ella, igual que nosotros, la vida gloriosa y resucitada de su Hijo ya no significó la compañía material de Él. A partir de ese momento, y por el resto de su vida, esperó, como nosotros debemos esperar, la plenitud de su presencia total en el Reino de los Cielos, que todos aguardamos también.

Conclusión

De manera que imitemos ese ejemplo tan bello y tan útil, tan importante para nosotros. Tenemos la gracia de ser hijos de Dios, hijos de esa Madre de Dios, herederos de esa promesa hecha solemnísimamente por Él, de que no habrá jamás una muerte, sino un tránsito doloroso, sí, y conflictivo, pero inmensamente positivo, a un vida plena.

Todos tenemos difuntos, todos tenemos gente que en un momento amamos y que ya no está físicamente con nosotros. Unámonos a María y con María, pidiendo al Señor entender esa maravilla de deber y poder enfrentar la muerte con la certeza de que es lo más positivo de la vida, lo más vital de la vida: la Boda, el encuentro con el Amor eterno.

Dozavario a Nuestra
Señora de Guadalupe


1 de diciembre
Mujer de fe ante el proyecto de Dios: Anunciación

2 de diciembre
Mujer de fe y prudencia que se traduce en caridad en la visita a Isabel

3 de diciembre
Mujer de fe y caridad en la huida a Egipto

4 de diciembre
Mujer de fe que se traduce en caridad en Las Bodas de Caná

5 de diciembre
Mujer de fe ante el ministerio incomprendido de su Hijo

6 de diciembre
Mujer de fe, esperanza y caridad en el Calvario

7 de diciembre
Mujer de fe y esperanza ante el sepulcro vacío

8 de diciembre
Mujer de fe y esperanza en la oración expectante de
Pentecostés


9 de diciembre

Fiesta de San Juan Diego

10 de diciembre

Madre de fe y esperanza en el Tepeyac otorga su plena confiaza a un indígena

11 de diciembre

Madre de profunda caridad ante la Evangelización fundante de México

12 de diciembre
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE GUADALUPE




 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados