Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del
Domingo XVI Ordinario
18 de julio del 2004
DIOS SE HACE NUESTRO HUÉSPED PARA
HACERSE NUESTRO ANFITRIÓN
Alabemos
al Señor, Dios nuestro, porque al enviarnos a su Hijo amado
se hizo huésped de la humanidad y, por su muerte y resurrección,
se convirtió en nuestro anfitrión en la vida eterna.
La
hospitalidad de los pueblos de Medio Oriente es algo tan singular
y característico que resulta algo proverbial y prácticamente
sagrado. Este rasgo cultural es tan importante que no se puede descuidar
para entender no sólo la primera lectura, sino también
el evangelio de Lucas en este domingo.
En
la primera lectura de hoy escuchamos un fragmento de Génesis
en el que tres misteriosos personajes se presentan ante la tienda
de Abrahán, en la encina de Mambré. Abrahám
no escatima esfuerzos para atender a aquellos tres huéspedes,
ofreciéndoles todo lo que necesitaran para rehacerse del
largo y caluroso camino. Igualmente, las dos hermanas de Betania
ofrecen acogida y amistad a Jesús; especialmente Marta, que
“se multiplicaba para dar abasto en el servicio”. Es
esta una actitud que debemos cultivar. En una sociedad en la que
todo el mundo mira por si mismo, y las puertas de las casas están
cerradas, el evangelio nos invita a estar atentos, abiertos, acogedores,
especialmente para los más necesitados.
La
hospitalidad de Abrahám ante al Dios que pasa, incluso como
un necesitado, es premiada con la fertilidad, bendición incomparable
en la mentalidad bíblica. Más aún, por su hospitalidad,
Abrahám se convierte en amigo de Dios e intercesor de estos
pueblos, que han rechazado la visita divina y han llegado a profanarla
con su conducta desordenada. Su pecado les ha impedido reconocer
la presencia de Dios en medio de ellos al pasar por sus calles.
(Sodoma y Gomorra)
En
el evangelio, vemos a Jesús, que precisamente elogia la hospitalidad
de María por recibirlo, acogerlo e intimar con él.
Es necesario abrirse al paso de Dios por nuestra vida. Es determinante
que seamos sensibles y estemos atentos a su presencia para acogerlo,
escucharlo y servirle como él quiere ser servido.
Todo
esto se da diariamente no sólo en el culto y en la oración.
Ahí comienza, y de una manera especial en la Eucaristía,
pero si no nos lleva al encuentro con los demás, especialmente
con quienes carecen de afecto, cuidados materiales, salud y, en
fin de lo necesario, no podemos decir que estamos sirviendo a Dios
plenamente.
En
un mundo tan inhóspito y que facilita tan poco la comunicación
amable entre las personas, la actitud de Abrahán y la de
las dos hermanas Marta y María nos dan una elocuente lección
de hospitalidad; nos invitan a tener un corazón acogedor
para con los demás. No hará falta que cada vez les
guisemos un ternero cebado como Abrahám o que removamos toda
la cocina como Marta. Muchas veces lo que los demás esperan
de nosotros es INTERES, ATENCIÓN, CARA ACOGEDORA, UNA PALABRA
AMIGA, UN APRETON DE MANOS O UN ABRAZO SINCERO.
Pero
además de la hospitalidad, hay algo más que quiere
enseñarnos el Señor en este domingo, descubrir en
el prójimo al mismo Dios, al mismo Cristo Jesús. Y
dar importancia a la oración, a la contemplación,
a la escucha de la Palabra de Dios. Abrahám ve a Dios en
los tres peregrinos. Y las hermanas del evangelio saben que están
alojando al Mesías.
Ante
la queja de Marta, Jesús amablemente, le recuerda que “solo
una cosa es necesaria: María escogió la mejor parte”,
porque aprovecha la ocasión de que tiene al maestro en casa,
y lo escucha. Lo esencial no son las cosas materiales, sino la escucha
atenta de la Palabra de Dios que ilumina nuestras vidas.
Pidámosle
al Señor que nos conceda conjugar en nuestras vidas las dos
actitudes, la de Marta y la de María: la caridad detallista
y la oración y la escucha. Son complementarias. Cada cristiano
debe saber conjugar las dos dimensiones en su vida: hemos de ser
hospitalarios, pero también discípulos. Con tiempo
para los demás, pero también para nosotros mismos
y para Dios. Personas de oración y de contemplación,
de reflexión interior y de celebración con la comunidad;
pero también dispuestos a la acción y a la entrega
concreta y al trabajo servicial.
La
unión con Cristo se alimenta de modo privilegiado en la Eucaristía,
en la Santa Misa en la que con devoción y entusiasmo participamos
particularmente cada domingo, que luego debe tener traducción
práctica en la caridad con los que viven con nosotros. Jesús
no desautoriza el trabajo de Marta, pero le da una lección:
debe saber encontrar tiempo para la escucha de la fe y de la oración.
Bendigamos
al Señor y agradezcámosle la palabra que nos da este
domingo y a la luz de la misma reestructuremos nuestra jerarquía
de valores, y que esto tenga efectos prácticos en nuestra
vida.
Imitemos
a Santa María de Guadalupe, Maestra de hospitalidad al acoger
en su seno al Hijo de Dios, para que con su auxilio nos abramos
a Dios en las personas de quienes nos necesitan.
AMÉN