Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario
Domingo 09 de octubre del 2005
INVITADOS, PERO CON EL
VESTIDO DE FIESTA
Hermanos: demos gracias a Dios nuestro Padre
por la inmensa bondad que nos ha manifestado, al llamarnos a participar
en el banquete de su Reino, mediante la Iglesia, instrumento que
Él eligió para reunir a todos los hombres que acuden a su llamado
para obtener la vida eterna. Amén.
Queridos hermanos, nuestro Dios y Padre
jamás cesa de llamarnos a una vida plenamente feliz y, además,
nos va proporcionando todo lo necesario para alcanzarla. Nada,
de lo que atañe a nuestra salvación, escapa a nuestro Dios quien
sólo puede querer nuestro propio bien, el bien supremo, es decir,
la vida plena junto a Él.
Este ha sido el proyecto divino desde el principio.
Por su soberana voluntad estamos todos destinados, desde
que somos llamados a la existencia, a vivir en plenitud la felicidad
que sólo se alcanza en comunión de amor con Él.
La
Sagrada Escritura, tan enraizada en lo humano,
utiliza de una manera poética y pedagógica todos los recursos de
expresión que parten de la experiencia humana en el diario acontecer
de la vida. Para comunicar el mensaje divino, la Biblia parte
de lo cotidiano para llevarnos a realidades que están más allá de
lo que podemos esperar y buscar naturalmente.
Este es el caso de la comida, la bebida, el banquete
y la fiesta tan estrechamente unidos a la experiencia de
la convivencia familiar y, en general, humana. El banquete
es, en todas las culturas, signo de amistad entre gente que
comparte la vida con sus expresiones más nobles y bellas como
son la alegría, el descanso, la esperanza, pero sobre todo, el amor;
el simple deseo de estar juntos llevados por el amor.
Como decíamos, hermanos, la Biblia,
a la cual nada de lo humano le es ajeno, utiliza esta experiencia
humana tan natural como bella, para hacernos vislumbrar y anhelar
la vida que se nos promete junto a Dios. Y dije, ‘vislumbrar’ porque
no podemos dejar de entender que lo que se nos promete es una
realidad tan distinta y tan sublime que lo que se pueda decir,
incluido lo de la Biblia, es apenas una aproximación. De
todos modos, podemos estar seguros de que es algo se le parece mucho,
visto desde nuestra existencia terrenal y provisional presente.
Con esta premisa, mis hermanos, podemos entender
que tanto el profeta Isaías como Jesús en el evangelio de hoy
nos hablen de banquetes. Uno donde se describe la calidad de
las viandas y las bebidas para hacernos entender una nivel de vida
superior al presente; el otro, más específico por su relación con
unas bodas, nos llevaría a intentar comprender la gran fiesta
que Dios ha preparado para celebrar una alianza de amor con la humanidad
a través de su Hijo. En ambos textos se recalca tanto la
universalidad como la gratuidad de la oferta. Pero el
plan de Dios, que está abierto a todos sin exclusión alguna, garantiza,
además, la felicidad total. Así, Isaías afirma que la
muerte quedará eliminada para siempre, pues no habrá dolor y
lágrimas, ni deshonra, si siquiera deshonor e ignorancia.
Sin embargo, la parábola de Jesús, frente
a la alegoría del profeta, pero en consonancia con la más pura tradición
profética de Israel, hace una advertencia que no podemos descuidar.
Frente a la gratuidad de la salvación a la que todos están invitados,
hay una, una sola condición que en forma poética se significa con
el vestido propio de las fiestas nupciales. Tan grandes promesas
no son del todo, no son absolutamente gratis. También tienen
sus requisitos, aunque son elementales: asistir en condiciones
dignas de la fiesta de la vida, de la alegría y de la felicidad.
Podríamos pensar que en esa fiesta no se admite
a gente triste, apagada, sin gusto por la vida, por lo más bello
y noble. No, para asistir hay que dejarse vestir por el dueño
de la fiesta, para que la fiesta se de tal como él la ha pensado:
un encuentro de verdaderos amigos o de hijos con su Padre. Todo
es gratis, pero hay que someterse a ciertas exigencias que, comparadas
con lo recibimos, vale la pena aceptar. Se nos pide, según
san Mateo, estar en la fiesta con el vestido de la santidad.
Utilizando una expresión popular, diríamos que hay que estar
“como Dios manda”.
La
Eucaristía, mis hermanos, es un signo
sacramental que nos hace vivir, ya desde ahora, esa realidad futura.
La santa misa es un adelanto de lo que hemos de alcanzar después
de esta vida temporal. Pero hay que empezar ahora a recrearnos
en ella. Es decisivo ya ponerse el traje de fiesta y empezar a gozar
de lo que se nos promete: la vida eterna, junto a Dios donde
no habrá llanto ni dolor, porque no habrá pecado. Ese pecado
que padecemos y cargamos todos que se caracteriza especialmente
por la soberbia y la rebeldía ante la voluntad de Dios, ante sus
intereses que no son otros que nuestra propia salvación.
Los cristianos, hermanos míos, con la práctica
de la Eucaristía, tenemos ya la posibilidad de estar en fiesta,
una fiesta permanente y que cada domingo, si queremos,
se hace más realidad en la medida en que van prevaleciendo los
valores del Reino: el amor, la fraternidad, la misericordia,
el perdón, la obediencia al Espíritu y, como consecuencia, la justicia
y la paz.
En estos día de tanta desgracia para muchos de
nuestros hermanos que —como siempre, los más pobres—, han sido afectados
no sólo por los fenómenos meteorológicos, sino principalmente por
la injusticia establecida, hemos de buscar la manera de solidarizarnos
con ellos compartiendo incluso de los bienes que nos son para nosotros
necesarios. Esto es también ponerse el traje de fiesta, la fiesta
de la fraternidad.
Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora nos
asista con su intercesión y alcance de Dios, nuestro Padre, para
todos la gracia de vivir como hermanos, especialmente con los más
lo necesitan. Amén.