Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IX
Domingo Ordinario.
Domingo 29 de mayo de 2005
RELIGIÓN Y FE
Adoremos a Cristo, el Señor verdadero
Dios y verdadero hombre por quien hemos recibido la salvación, la
enseñanza y todos los medios para alcanzar lo que su Padre y nuestro
Padre nos promete.
Hermanos, al retomar la Liturgia de los domingos del tiempo
ordinario, me parece que es conveniente señalar que nos encontramos
nuevamente con las enseñanzas de Jesús quien, con sus palabras
y sus obras, nos va explicando y haciendo entender el sentido de su
misión que es la de salvarnos mediante su obra y la revelación
del proyecto de amor del Padre para con nosotros.
Como decíamos el domingo pasado, todos los intentos
por conocer a Dios y por entrar en relación con Él son muy válidos,
puesto que manifiestan la apertura a lo divino, inquietud innata
en el hombre y querida y, más aún —desde la perspectiva cristiana—,
puesta por Dios en el corazón del hombre, pues desde una auténtica
visión antropológica del ser humano, podemos afirmar el carácter religioso
del hombre, como algo natural en él.
Cuando nos hemos empeñado en conocer a Dios, a través
de la revelación desde la Sagrada Escritura y bajo la guía del Magisterio
de la
Iglesia
en el ámbito de la
Tradición,
descubrimos que lo que puede conocer el hombre acerca del misterio
de la divinidad, con sus propios recursos, es muy loable y
noble, pero se queda corto ante lo que Dios nos ha revelado, por
su Palabra, especialmente por su Palabra viva que es su Hijo Jesucristo.
Por eso escuchamos cada domingo, en el ambiente privilegiado de la Eucaristía, con gratitud y humildad lo
que Jesús nos enseña acerca de su misterio y de nosotros.
Igualmente, el sentido religioso del hombre lo dignifica
y lo ennoblece. Pero cuando valoramos la fe en toda su
profundidad, no podemos más que considerar los actos de religión como
algo relativo. Y no es que podamos prescindir de ellos, sino
que caemos en la cuenta de que, por más que sean necesarios, por sus
dimensiones, antropológicas, psicológicas y sociales que implican,
igualmente se quedan cortos ante la experiencia de la fe.
Podríamos decir que la autenticidad de la religiosidad
está en relación directa con la fe de la cual ha de ser expresión.
Dicho negativamente, mis hermanos, es posible que muchas de nuestras
prácticas religiosas tengan el riesgo de no corresponder a la fe
que decimos profesar.
Por una razón religiosa en el libro del Deuteronomio
se exige a los judíos que tengan tanto a la vista y al oído como en
los labios los preceptos divinos como una ayuda en su observancia
en la vida diaria por razones de conveniencia: si observan los
mandamientos, les irá bien, serán bendecidos, si los desobedecen,
serán maldecidos hasta perecer en el tierra a la que van a entrar.
Sabemos que en época de Jesús, los fariseos practicaban
este precepto de una manera tan material y tan burda que Jesús
les reprochó abiertamente la actitud hipócrita de esta observancia.
Era una práctica muy escrupulosa, pero sólo exterior, vacía
de humildad y obediencia en el amor. No era auténtica, y más bien
era engañosa y por lo mismo muy peligrosa pues daba seguriades falsas.
Por eso en el evangelio de hoy escuchamos a Jesús,
antes de concluir el Sermón de la Montaña, que insiste en lo engañoso de esa actitud. Pero notemos bien
que Jesús no esta reprobando las prácticas externas, que son
las que corresponde a la religiosidad, y que, como hemos ya dicho,
son necesarias por razones ya expresadas antes.
Los preceptos divinos, mis hermanos, no son
sólo para saberlos de memoria y tenerlos a la vista, sino para
observarlos desde actitudes de obediencia, amor, humildad y fidelidad
a Dios.
Hermanos, hemos de procurar que nuestras expresiones
religiosas correspondan a lo que significan. Pera eso es necesario
crecer en la fe que es un don de Dios, pero también es tarea
que nos encomienda. Como don suyo Él nos la da gratuitamente, y la
podemos pedir, con la certeza de que nos la concede, pero como obra
nuestra, hermanos, implica que pongamos todo lo que está de nuestra
parte para su desarrollo y maduración. En esto cuenta mucho el
estudio, la reflexión, la oración y la práctica perseverante de sus
preceptos, especialmente el de la caridad.
En esto consisten, mis hermanos, la sabiduría y la
prudencia cristianas. Nos pareceremos, así, como dice Jesús, a
la persona prudente que construyó su casa sobre roca y no sobre arena.
Podrá venir toda clase de pruebas y embates y nuestra religión,
cimentada en la fe más profunda, se mantendrá firme y consistente.
Todos, tal vez, hemos, experimentado la inconsistencia de nuestras
prácticas religiosas porque no reflejan una convicción de fe, sino
que nos son impuestas desde fuera como prohibiciones o mandatos, o,
simplemente están hechas por costumbre, sin sentido profundo.
Por eso, hermanos, los invito a que pongamos todo nuestro
empeño por entender lo que hacemos, porque hemos de aceptar que las
prácticas religiosas son necesarias, pero son también algo que hemos
de comprender en todas sus dimensiones a fin de obtener de ellas
un gran provecho espiritual.
Entre estas prácticas está la venerable y santa práctica
de la
Santísima Eucaristía
que, si no tratamos de madurar en su comprensión y en la forma de
celebrarla mediante una asidua y alegre participación, terminará
por no significar más que una obligación ritualista que hay que observar
porque así está mandada. Asistir de esta forma a la celebración
dominical será de muy poco provecho. Si nos empeñamos, en cambio,
en comprenderla cada vez más, mediante el estudio y la práctica constante,
alcanzaremos mayor riqueza espiritual en el encuentro vital con Jesús
sacramentado y con su Iglesia. Estaremos construyendo sobre roca.
La devoción a Santa María de Guadalupe, nuestra Señora
y Madre, es una práctica muy noble y bella que nos lleva a entender
mejor la fe en su Hijo Jesucristo y en todo lo que Él nos enseñó,
puesto que ella es nuestro modelo a seguir para alcanzar una estatura
en la fe digna de los hijos de Dios. Que ella nos alcance del Señor
esta gracia. Amén.