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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXII Domingo Ordinario.

Domingo 26 de agosto de 2005

EL CAMINO DE LA CRUZ

Hermanos: Demos gloria a Dios, nuestro Padre, anunciando al mundo, con nuestro testimonio de seguimiento, el amor que nos ha manifestado en la humillación de su Hijo Jesucristo en la cruz, pues, al seguirlo, aceptamos como algo insustituible nuestro paso por la cruz para ser auténticos testigos suyos.

A diario, mis hermanos, comprobamos dentro y fuera de nosotros mismos una lucha encarnizada entre las cosas del mundo, del cual formamos parte, y las cosas de Dios. Y en un descuido podemos llegar a confundir los terrenos pensando que podemos aprovechar a Dios en beneficio de intereses totalmente opuestos a Él. Por ejemplo, podemos organizar aparentemente toda nuestra vida en torno a Dios con tal de que “nos vaya bien” entendiendo esto como el éxito en nuestras empresas y proyectos, aunque no vayan de acuerdo a los principios cristianos.

Los cristianos no podemos evitar, queridos hermanos, el escándalo de la cruz. Por un lado, es parte elemental del misterio de Cristo y del  cristianismo. Por otro, es el aspecto más difícil de aceptar de la predicación cristiana, pues si bien es cierto que el anuncio de la buena nueva tiene como fundamento el amor de Dios, manifestado en el sacrificio de su Hijo, también es cierto que no se puede dejar de advertir que, para entrar en esta corriente de amor iniciada en Cristo, hemos de correr su misma suerte.

Hermanos, ser profeta no es una vocación cómoda y tranquila, sino todo lo contrario. La primera lectura nos permitió escuchar una de las cinco confesiones que contiene la obra del profeta Jeremías. Estas composiciones, literarias llamadas confesiones, son una muestra de las dificultades y resistencias propias de quienes son elegidos y enviados por Dios para ser sus portavoces entre le pueblo. Jeremías expresa dramáticamente su deseo de evitar esta tarea ingrata, pues su experiencia en este oficio no es nada agradable. Críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento es lo único que ha obtenido por ser fiel al encargo de Dios. Sin embargo, como dice, le quema por dentro y no puede contener la Palabra. Él mismo sufre en carne propia, en lo más profundo de su ser, lo mismo que sucede entre los hombres a quienes debe anunciar la Palabra, es decir, la terrible e innegable oposición entre Dios, el  mundo y los egoísmos de quienes sólo se buscan a sí mismos.

El drama del llamado y la misión frente a las resistencias naturales o —como se dice en el lenguaje del evangelio— carnales, se resuelve en el pasaje de la primera lectura de una manera impresionante: la seducción por parte de Dios sobre su profeta y la sumisión irremediable por parte de éste. Una traducción muy apegada al original hebreo dice: Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me violaste.  El profeta se siente engañado y, lo peor, él se ha dejado engañar. Es una expresión muy fuerte. Tiene una connotación muy negativa pues dice relación a violencia sexual, según los verbos empleados en el texto original en hebreo (pth ykl). Vale la pena recordar que Dios ha prohibido a Jeremías que se case, pues lo quiere todo para sí seduciéndolo con sus palabras, su Palabra. “Jeremías se ha dejado seducir por tan bellas promesas, y ahora se encuentra abandonado y hecho burla de la gente, de sus rivales que se ensañan, que quieren aprovecharse a su vez. El grito de Jeremías “violencia”, es anuncio profético de desgracias; al mismo tiempo suena como el grito de socorro que exige. Es él quien siente la violencia de Dios y grita inútilmente. Porque los otros en vez de defenderlo, se burlan de él y sólo piensan en consumar su venganza” (Alonso Schökel, Profetas I, 509).

Pero esas palabras y promesas se le han hecho causa de desgracia y sufrimiento.

La confesión de Pedro, que escuchábamos el domingo pasado en el evangelio, y la promesa de Jesús al apóstol contrastan con lo que hoy escuchamos por parte de Pedro y de Jesús. La fe de los apóstoles expresada en labios de Pedro, contrasta con su protesta ante el anuncio de la pasión que Jesús acepta para llevar a cabo su misión mesiánica. A Jesús le había costado entender y aceptar el drama de su muerte, y ahora Pedro, el creyente, en el momento de la verdad, haciendo el papel de Satanás, es decir enemigo de Dios, trata de persuadir a Jesús para que no asuma, en la obediencia, su misión. Jesús se niega a escucharlo y llama Satanás al que en el pasaje anterior había constituido en príncipe del grupo de los apóstoles, el más allegado a Él.

La actitud de Jesús frente a su destino es muy diferente de la de Jeremías y muy distante de la posición de Pedro. Para el Maestro el sufrimiento y la pasión que ha de vivir para llegar a la muerte no son motivo de escándalo. Para Jesús es la hora de mostrar el amor del Padre, por es necesario que acuda a la cita en Jerusalén. Es necesario que cumpla, en la obediencia y en el amor a su Padre y a sus hermanos, el proyecto salvífico trazado desde antiguo y anunciado por los profetas, incluso prefigurado por ellos, como es el caso de Jeremías.

Para entender mejor y sacar provecho del pasaje evangélico, señalemos, hermanos, que Jesús se aparta totalmente de las ideas que los judíos de su tiempo tenían sobre el mesianismo, mismas que compartían los apóstoles. El concepto que se tenía era el de un mesías principalmente político y guerrero que liberaría al pueblo de Dios de la opresión extranjera y lo colocaría por encima de todos los pueblos. Entendemos entonces que las esperanzas de los apóstoles se vieran fuertemente amenazadas por el anuncio de Jesús.

Una vez más, mis hermanos, comprobamos que nuestros pensamientos nos son los de Dios, y mucho menos las formas de actuar. La coincidencia de nuestros criterios con los de Dios no se da espontáneamente. Es necesario recorrer un camino largo y de esfuerzo, porque aunque, como no debemos olvidar, es un regalo el que lo conozcamos, es también un don que exige un trato permanente y profundo con Él. El llegar a identificarnos con los criterios del Maestro implica dejar a un lado nuestros prejuicios, nuestros conceptos miopes y cerrados sobre Dios, la salvación y la santidad. Exige dejarnos enseñar y conducir por sus caminos, es decir por su formas de ser, de ver y de actuar. Tenemos que aceptar que, como Jeremías que no comprende o como Pedro que cree entenderlo todo, podemos también nosotros desconcertarnos y confundirnos si no nos dejamos guiar por la verdadera sabiduría. Esa sabiduría tan ligada a la cruz. No nos resulte que, seamos muy eruditos en las doctrinas y amantes de verdades sublimes, pero muy alejados de su aplicación en la vida.

La Eucaristía, mis hermanos, es la escuela por excelencia donde aprendemos la teoría y la práctica. Pues dentro de ella ponemos en práctica lo que Jesús nos enseña en el encuentro cordial con Él y con nuestros hermanos, pues hacemos presente el acto redentor de Cristo por el que nos muestra el amor de Dios quien nos manda hacer lo mismo con nuestros prójimos. Nuestra Niña y Madrecita Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y modelo de seguimiento reflexivo y orante, nos acompaña en este proceso de identificación con su Hijo crucificado. Amén.

 
 
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