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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XVI Domingo Ordinario.

Domingo 23 de julio de 2006

Mis amados hermanos y hermanas, muy queridos en el corazón de Jesús Mesías y Buen Pastor, fieles laicos, hermanos y hermanas de la vida consagrada. Hermanos en el ministerio sacerdotal; diáconos, capellanes, cabildo.

Demos gracias y alabemos con gozo al Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque jamás nos abandona, pues, tuvo a bien enviarnos a su Hijo, para mostrarnos su amor y su ternura en la solicitud de su Hijo.

Además, mis hermanos, agradezcamos al Señor Jesús que no nos falten pastores elegidos por Él para darnos el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y así conducirnos a la vida eterna, a la vida en plenitud.

Retomemos, hermanos, un poco lo que escuchamos y meditamos el domingo pasado, a bien de comprender mejor la profundidad del pasaje del Evangelio de hoy. Jesús había enviado a los doce, de dos en dos, a la misión que consistía en invitar a la conversión y anunciar con palabras y con obras la llegada del Reino de Dios. En el episodio anterior efectivamente los había llenado de poderes especiales para llevar acabo tal encomienda. El texto que hoy nos ocupa narra el regreso de los Apóstoles que dan cuenta de sus experiencias vividas en el desempeño de ese encargo de Jesús.

Al parecer, mis hermanos, el Maestro a pesar de la alegría de los discípulos percibe un cansancio natural que quiere ayudar aliviar con un descanso, ya que la gente no les daba tiempo ni siquiera para comer, dice el Evangelio. La orden de Jesús es la de alejarse a un lugar solitario, a un lugar tranquilo, como Él mismo lo solía hacer. Sube entonces a la barca para ir a otro lugar, pero la gente que parece que jamás los pierde vista les sale al encuentro por tierra en el lugar donde desembarcan. Por eso Jesús llevado por la compasión decide cambiar el planeado descanso, por atención solícita a la gente que lo busca porque, dice el Evangelio: “Andaban como ovejas sin pastor”.

No hay que perder de vista por nuestra parte que parece ser que la barca avanzaba lentamente, pues cuando llegan al lugar ya está allí la gente. Esto nos permite entender que hubo de algún modo en el viaje un descanso aunque breve, pero reparador.

Lo primero que llama la atención, mis hermanos, es la sensibilidad de Jesús; primero hacia el grupo incluido Él mismo y después ante la demanda de la gente que le sale al encuentro. Pero inmediatamente después podemos notar la disponibilidad de Jesús para cambiar su plan a favor de la gente. Las carencias, las limitaciones y las necesidades de la gente le roban el corazón y no sólo por responsabilidad, sino por amor, por misericordia, es como actúa nutriéndolos con la abundancia de su Palabra.

Miren, mis amados hermanos, Jesús realiza la imagen de Dios pastor de su pueblo. Él es pastor prometido y anunciado por los profetas, tal como lo escuchamos hoy en palabras del profeta Jeremías. Este profeta como otros del Antiguo Testamento, denunciaron la distorsión del ministerio que Dios les había encomendado a sus pastores. A toda clase de pastores, incluidas las autoridades civiles; pero se entiende especialmente de las religiosas, estos malos pastores según los profetas, como Jeremías el día hoy, hacen precisamente lo contrario de lo que deberían; dispersan, abandonan, confunden en lugar de orientar, desprecian con el rechazo, en una palabra no les interesan las ovejas, si siente sus necesidades las ignoran.

Frente a estos la Palabra de Dios a través de san Marcos nos presenta a Jesús como el único pastor capaz de cumplir el proyecto divino de salvar al hombre por la gran misericordia de Dios. La gran misericordia que Dios tiene de él.

Mis amados hermanos y hermanas, no es que Jesús se desentienda del descanso, sino que nos enseña que es necesario e importante, pero está siempre en función de un mejor desempeño de la tarea misionera. Se descansa para servir mejor, la acción no vale por sí misma, son las necesidades de los hombres las que dan el sentido a toda actividad misionera.

Las multitudes abandonadas por falta de pastores honestos y generosos, pero también los individuos dentro de las comunidades y las familias buscan el alimento sólido de la Palabra al que tienen derecho y una vez que lo encuentran en Jesús no están dispuestos a continuar sin él. Y así es, mis hermanos, quien se enamora de Jesús, quien se encuentra con Jesús ya no lo vuelve a deja definitivamente. Quien se encuentra con Él en serio y de verdad y radicalmente le sigue con una fe generosa, con una fe absoluta, como nos da ejemplo y testimonio nuestra niña, nuestra muchachita santa María de Guadalupe.

Mis amados hermanos, en la actualidad no sólo los sacerdotes y en general los pastores consagrados tienen la obligación de satisfacer las demandas del pueblo, aunque debemos ser los primeros nosotros sacerdotes.

Reconozcamos más bien que toda persona investida de autoridad a de supeditar los intereses y las necesidades personales al servicio de aquellos a quienes se deben por vocación y por misión. Tal como lo hace Jesús que ha venido a mostrar el rostro de Dios Padre y pastor de la humanidad actuando con libertad y generosidad en el amor. Es el pastor mesiánico anunciado por los profetas y la Iglesia a través de todos sus miembros es continuadora de su obra.

Esto significa, mis hermanos, que aunque hay hombres llamados por Dios, elegidos y consagrados por Él, para este servicio específico. Toda la Iglesia, todo bautizado tiene la misión de pastorear a la humanidad. Todo bautizado, toda Iglesia tiene la responsabilidad de atender con solicitud las necesidades más profundas del hombre conduciéndolo por los caminos de la verdad, de la justicia, de la paz y del amor. Si la gente se pierde, sufre en la confusión y padece hambre de justicia y de paz, no nos duele; es decir, no nos mueve a la compasión como a Cristo quiere decir que no estamos; como Iglesia, desempeñando como Dios quiere nuestra vocación de ser signos eficaces de salvación.

Precisamente como toda la Iglesia tiene la misión de pastorear a la humanidad, concretamente en nuestro país, nuestros obispos, mis hermanos, esta semana nos han entregado un mensaje en donde nos dicen: Que la Iglesia Católica pide a todas las mujeres y hombres de buena voluntad respetar la ley y trabajar por la reconciliación, el diálogo y el entendimiento.

Nuestros obispos, la Iglesia hace un apremiante llamado a la serenidad, a la tolerancia y a la moderación. Exige a las autoridades actuar con verdad y justicia y pide a las fuerzas políticas comportarse con madurez, con generosidad y honestidad. Y nuestros obispos mexicanos piden que celebremos el 6 de agosto celebremos una intensa jornada de oración por la reconciliación, por la concordia y por la paz.

En el desempeño de la misión que nos encomiendas por un llamamiento tuyo, Señor; la fatiga, la rutina, el desanimo y hasta el desinterés amenazan con paralizarnos con frecuencia. Señor, Padre bueno, danos la sabiduría de tu Espíritu para saber descansar y recrearnos en hacer tu voluntad, cuando no podemos abandonar a nuestros hermanos en sus necesidades. Y cuando podemos hacer una pausa para el descanso danos sabiduría de entenderla en función de una entrega en el amor.

Te lo pedimos Padre, con la intercesión cariñosa de nuestra niña, de nuestra madrecita, santa María de Guadalupe, que nos acompañe en este servicio de amor fiel a Tí en nuestros hermanos.

Que así sea.

 
 
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