EL BANQUETE DE SABIDURÍA QUE DA LA
VIDA ETERNA.
Bendito y alabado sea nuestro Padre y Dios que no nos ha escatimado
nada para darnos la vida que nos tiene reservada desde la eternidad
y, más bien, ha querido no solamente revelarnos por medio de su Hijo
amado el proyecto de su amor, sino que por medio de Él nos conduce a
la vida que nos tiene prometida.
Hermanos, es este el cuarto domingo que la Iglesia nos alimenta
con la sabiduría del capítulo seis de san Juan. Nadie como Jesús,
en efecto, nos ha dado a conocer el misterio inefable del amor
de Dios como lo hace nuestro Señor y Maestro. En efecto, el domingo
pasado Jesús nos advertía que existe una relación tan estrecha entre
Él y su Padre que nadie puede aceptarlo si el Padre no interviene
en esta relación. En otro lugar, cuando se designa así mismo como
el camino la verdad y la vida, nos indica que nadie va al Padre si
no es por Él (Jn 14,6). Hace ochos días, mis hermanos, decíamos
que Jesús es el Signo por excelencia. Hoy conviene recordarlo y tenerlo
presente para entender mejor lo que nos quiere decir este domingo
a través las expresiones de comer mi carne y beber mi sangre
(v.54).
Ya decíamos también el domingo pasado que en este relato de
san Juan y en el mismo discurso de Jesús tenemos no una narración
apegada cien por ciento al hecho de la multiplicación milagrosa de
los panes y su enseñanza exacta de Jesús. Decíamos —y creo que vale
la pena repetirlo— que el evangelista, inspirado por Dios, nos
transmite un testimonio no sólo de lo que él vio y oyó de Jesús, sino
también de la fe eucarística de sus comunidades; una fe que creció
y se consolidó a partir de la Pascua, es decir, de la experiencia
de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es difícil, ciertamente
—y no es necesario—, distinguir lo que dijo exactamente Jesús y lo
que es producto de la experiencia de la Iglesia primitiva y que, por
voluntad de Dios, es fundamento de la fe de veinte siglos en la
Iglesia.
Hoy nosotros recibimos ese testimonio como Palabra de Dios,
contenida en la Iglesia, y que se nos ha dado para crecer en el
conocimiento y profundización de este misterio inefable, don inigualable
de su amor. Así que, mis queridos hermanos, tenemos este domingo
la gracia, el don divino, de meditar y contemplar en la gratitud y
en la alegría el mensaje que san Juan, por voluntad divina, nos presenta
para nuestra consideración sobre la Santísima eucaristía.
Hoy se nos presenta Jesús como alimento de vida eterna.
Dejemos que el Espíritu nos haga entender el alcance de esta sublime
verdad. Es cierto que tenemos frente a nosotros, un gran misterio
que nos invita a entenderlo. Y sólo lo entendemos si abrimos la
mente y el corazón para que los ilumine la fe que viene como don de
Dios. Si nos sentimos, invitados a la contemplación y a la adoración
de este misterio, entonces, mis hermanos, estamos siendo dóciles al
Espíritu que nos hace entender y nos lleva a vivir la experiencia
de Jesús como vida nuestra.
Tomar parte en el banquete eucarístico que Jesús nos ofrece,
comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, implica una radical y
existencial aceptación de Jesús como Señor y único medio de comunión
con Dios. Y el efecto de esa unión es la garantía de la resurrección
que el nos promete cunado dice: El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día (v.54)
De manera, hermanos, que, como decíamos ya el domingo pasado, comer
la carne y la sangre de Jesús es lo mismo que aceptar su persona,
su ser humano y divino como signo del amor misericordioso del Padre.
Comulgar es expresar nuestra adhesión total a su persona, a su obra
y a su enseñanza.
¡Cuánta riqueza en una acto tan simple como el de comer
un pedazo de pan y de beber un poco de vino!. Y esto es así porque
Aquel que, siendo Dios se hizo hombre de carne y hueso como nosotros,
se hace también pan; el pan que es capaz de transformarnos,
a quienes creemos, en verdaderos hijos de Dios, ya desde ahora; ¡vivos
para la eternidad!
Jesús he venido “para que tengamos vida y la tengamos en
abundancia” Porque la vida eterna comienza ya aquí abajo. El
que come el pan de vida, el que intenta configurar su existencia de
acuerdo con la persona y las actividades de Jesús, ése encuentra ya
la vida eterna dentro de la existencia frágil que hoy tenemos.
Porque ser cristiano significa ser hombre; no un tipo de hombre, sino
el hombre que Cristo crea en nosotros. “Tener vida nosotros”
es lo realmente importante en la existencia, lo que realmente merece
la pena. Tener vida eterna significa vivir de tal manera que “Cristo
habite en mí y yo habité en él”.
Hoy existe una diversidad de indicadores sociales –pérdida
de ilusión y sentido de la existencia, incremento de las depresiones,
del consumo de droga, de los suicidios- que parecen mostrar que nuestra
calidad de vida deja bastante que desear. Prestemos oídos a las
palabras de Jesús, que nos invitan a participar de su vida, a comer
de su carne, a permanecer en él… a gozar desde ahora un vida nueva,
digna, plena.
Pero la Eucaristía también nos transforma a todos
juntos, como Iglesia, en el Cuerpo de Cristo. De manera que si
Cristo es signo de Dios para la humanidad, por voluntad suya y mediante
la participación en su cena, todos y cada uno nos convertimos también
en un signo creíble y eficaz de su presencia en el mundo. Es decir
nos hacemos Sacramento de salvación para la vida del mundo (v.51).
A la Eucaristía la llamamos también misa. Ella es misión. A
partir de ella somos enviados a edificar la Iglesia y el mundo con
el testimonio de la fe y de la caridad. Porque “Cristo… hizo a
su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación…,
y por medio de ella, une (a todos los hombres) a sí… para hacerlos
partícipes de vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre.
Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en
Cristo…” (LG 48, §2).
Como una conclusión práctica, mis hermanos, podríamos considerar
y revisar cada uno de nosotros cómo es nuestra participación
en la Eucaristía, especialmente la dominical. Me parece que debe
ser muy dinámica y participativa, sobre todo con una participación
interior tan viva que se exprese externamente de una manera auténtica,
festiva y muy comprometida. Porque es la expresión gozosa y auténtica
de la unión íntima con la persona de Cristo y con todos los miembros
de su Cuerpo que es la Iglesia, pero también con toda la humanidad.
Es por eso que la Iglesia afirma que la Eucaristía es la
fuente y la culminación de su vida y su misterio como sacramento de
salvación para todos los hombres (cf. LG 11, §1). Hay que asistir
a misa con devoción, hermanos; pero todavía más: hay que participar
en la misa con amor y libertad porque no es una devoción más de
nuestra iniciativa piadosa. Es la celebración más perfecta de nuestra
fe y de nuestra esperanza en el amor, que se proyecta en el mundo
como sacramento de comunión con Dios y con la humanidad entera.
Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Madre, que oraba
con los apóstoles en el cenáculo y con ellos recibió al Espíritu Santo,
nos acompaña siempre en nuestras celebraciones y nos alienta a
vivir en la gratitud cada vez mejor este misterio del amor de Dios.
Amén.