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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXXIV Domingo Ordinario.

Domingo 26 de noviembre de 2006

CRISTO ES REY, PERO ¿REINA ENTRE NOSOTROS?

Hermanos, demos honor y gloria a Dios, nuestro Padre y a su Hijo Jesucristo, el Cordero inmaculado, santo e inocente que, con su sangre, nos adquirió para su Reino, haciendo de los que creemos y lo seguimos un pueblo sacerdotal que le da el culto debido sólo a Él.

Mis queridos hermanos, hoy, en el último domingo del tiempo ordinario celebramos a Jesucristo, Rey del Universo. Esta fiesta es la culminación de este gran recorrido que hemos hecho, a lo largo del año, contemplando y meditando los misterios de la salvación que nos trae Cristo, nuestro Señor y Maestro. Al mismo tiempo, hemos ido haciendo nuestras sus enseñanzas en la obediencia de la fe y el amor a fin de ser verdaderos discípulos suyos y ciudadanos, ya desde ahora, del Reino al que somos llamados y conducidos por su Espíritu.

Parece, hermanos, que con esta fiesta, desde que la instituyó el papa Pío XI en 1925, la Iglesia nos invita a centrar el sentido de la verdadera religión en Cristo, el único a quien se le debe todo el honor, el sometimiento y la gloria. Conducidos por Jesús, hemos meditado al lo largo del año sobre la fe hecha una forma de vivir tal que nos asegura la salvación. Pareciera que sólo nos servimos de Dios para lograr ese objetivo, y es de algún modo cierto, pues no hay otra forma alcanzarlo ya que es ante todo una oferta divina. Sin embargo, por nuestro bien, lo que verdaderamente importa, lo que es definitivo y necesario, es que Él sea reconocido como el único soberano a quien todo se somete en la libertad y el amor fiel.

Todo lo que nos ha enseñado Jesús, desde su encarnación hasta su resurrección, pasando por su vida y su mensaje, ha sido la obediencia a su Padre Dios, porque hasta Él mismo, acatando el plan de su Padre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Fil 2,8).

Todas las lecturas de este domingo, mis queridos hermanos, nos ayudan a entender este misterio tan sublime y tan central de nuestra fe. Vamos, pues, a repasarlas para dejarnos iluminar por la Palabra que nuestro buen Padre Dios nos regala hoy.

En la primera lectura, el autor del libro de Daniel nos lleva a contemplar, con formas de expresión propias del lenguaje apocalíptico, una escena celeste en la que un hijo de la humanidad, pero al mismo tiempo diferente de todos los hombres, recibe de Dios poder y gloria para reinar sobre todos los pueblos, naciones y lenguas, es decir sobre toda la humanidad. Este ‘como hombre’, además de ser el jefe de un pueblo, puede también representar a un pueblo que ha pasado por grandes tribulaciones y persecuciones y recibe también un poder especial. A la luz de la tradición cristiana, especialmente la interpretación del evangelista Mateo, ese misterioso ‘hijo de hombre’ es Cristo que, después de pasar por la pasión, se presentará, como Mesías, sobre las nubes del cielo y será investido de todo poder (Mt 26,64; 28,18).

El Apocalipsis, en la segunda lectura, en su presentación, a manera de prólogo, nos muestra a Cristo como ese personaje del libro de Daniel que recibe todo el poder y la gloria para siempre ya que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre (Ap 1,5b-6). ¡El es el que es, el que era y el que viene, el Omnipotente! (v.7).

En el evangelio tenemos, no una narración apegada al hecho real, que tampoco hay razón para negar, sino una expresión de una realidad misteriosa de la fe. Parece que el evangelista está interesado, más que en darnos detalles de la comparecencia de Jesús ante Pilato, en hacer entender a los destinatarios de su obra (y por supuesto a nosotros) el sentido profundo de lo que está por sucederle en su pasión y en su muerte. Desde el principio, para los cristianos Jesús es rey. Los judíos habían colocado sobre la cruz los motivos políticos, según ellos, de su muerte: había pretendido proclamarse rey. En la escena ante Pilato, Jesús lo afirma, pero aclara que su reino no es de este mundo.

Es muy importante, mis hermanos, entender bien lo que significa esta afirmación de Jesús. Para eso hemos de situarla en el contexto del misterio de su encarnación, de su vida y de sus enseñanzas. Él vino al mundo para salvarlo; asumió, como ya hemos dicho otras veces, la historia, la que sucede en el mundo. Y lo hizo para salvar al hombre desde su realidad histórica. Entonces lo que dice Jesús es que no vino a competir con los poderes puramente terrenales, llenos de soberbia y egoísmo y al final, caducos; su poder no es político. El imperio romano nada tiene que temer de Él.

Jesús vino a darle el verdadero sentido a la historia que encuentra su desenlace en la meta que Dios le ha dado en el más allá. El reino de Dios no se acaba ni llega a su perfección en la tierra, aunque comienza aquí. Decía Jesús, mientras enseñaba, el reino de Dios ya está en medio de ustedes (Lc 17,21), pues con su venida llegó a nosotros (Mc 1,15). Sin embargo, aunque no se identifica con los poderes de la tierra, si éstos se colocan por debajo del suyo, manifiestan el poder soberano de Dios. Porque cada vez que se hace la voluntad de Dios, tal como nos la enseña Jesús, podemos decir que vivimos, aunque sea inicialmente, bajo el dominio de Dios.

Más concretamente, queridos hermanos: cuando, según el mandato de Jesús, nos conducimos en el amor a Dios y al prójimo, estamos dejando a Dios ser nuestro rey. Cuando vivimos en la verdad y luchamos por la justicia, siendo justos, estamos trabajando porque el Reino de Cristo sea una realidad ahora, en nuestra historia, en nuestros ambientes. Cuando somos fieles a nuestra vocación, cualquiera que ésta sea, estamos dejando que Dios sea Rey. Igualmente sucede cuando nos confiamos totalmente a Él, sin  dejar de hacer lo que nos toca, pero dejando que se manifieste como nuestro Señor.

Para eso nos reunimos, hermanos, cada domingo. Para decirle con alegría y entrega filial: ¡Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre y en todo, Señor! En efecto, la Eucaristía es la ocasión más sublime de expresar, junto con María y todos los santos, nuestra total obediencia y disponibilidad. Nuestra Muchachita y Señora: Santa María de Guadalupe, nos enseña e intercede por nosotros para alcanzar esa gracia que nos hace verdaderamente libres. Amén.

 
 
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