Bienaventurada eres María porque hoy
fuiste elevada
sobre el coro de los ángeles y juntamente con Cristo
has alcanzado el triunfo eterno.
Mis
amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Amados
hermanos y hermanas de la vida consagrada. Muy queridos hermanos
diáconos, capellanes, padres visitantes, Cabildo de Guadalupe.
Hoy celebramos la gran fiesta de la
Asunción de María al cielo, la fiesta de nuestra niña y madrecita,
el triunfo de María, y estamos muy contentos. Una fiesta que
ha calado hondamente en el corazón de nuestro pueblo. Una
fiesta que es fiesta mayor en muchos lugares de nuestro país.
Dios en sus providencia quiso que mis dos parroquias antes
de llegar a la Quinta Vicaría Episcopal y luego aquí fuesen
dedicadas precisamente a la Asunción de María y tener la gran
fiesta, el gran regocijo con la señora que es llevada al cielo;
ella es también patrona de nuestra arquidiócesis de México,
es pues, una celebración gozosa y esperanzadora con tono de
victoria: celebramos el triunfo de María.
En medio de nuestras dificultades,
problemas y en medio de situaciones difíciles, de malas noticias,
María nos atrae, María nos conoce, María nos ama. Ella es
el ideal de la humanidad entera y allá donde ella ha llegado
todos estamos llamados a llegar. Y es por eso que la dulce
Señora del Cielo, nos tiende la mano y nos quiere ayudar.
Celebramos gozosos la fiesta de la
Santísima Virgen María asunta, que también es nuestra fiesta.
Mucha razón tenía en afirmar en su Magnificat: desde
ahora me felicitarán todas ls generaciones. Hoy de nuevo
la felicitamos, hoy de nuevo la proclamamos dichosa. La liturgia
como la acabamos de escuchar, mis hermanos, en la primera
lectura aplica a María estas palabras del Apocalipsis: apareció
una figura portentosa en el cielo, una mujer vestida de sol,
con la luna bajo sus pies, coronada de doce estrellas.
Con estas imágenes magníficas se nos quiere ayudar a descubrir
la belleza y la gloria de María, ella es la estrella de la
primera y de la nueva evangelización para nosotros que vivimos
en este gran continente de América. Ella es la estrella, la
luz que nos ilumina sin deslumbrarnos y a la vez María no
es inaccesible, camina a nuestro lado desde hace 475 años;
así lo hemos experimentado los que vivimos en este continente.
Y desde la fe, ésta que nos trajo María, interpretamos nuestra
historia y nuestros acontecimientos.
Hoy admiramos su belleza, hoy contemplamos
a la niña inmaculada, a la niña de singular belleza, esto
no significa que ella, la madre, se aleje de sus hijos; bien
al contrario se mantiene muy cercana a todos nosotros y está
muy presente en nuestras vidas. La suya fue una vida muy sencilla,
todos podemos aprender de su ejemplo en las diversas situaciones
de nuestra existencia. Si habláramos de la Santísima Virg
en María como de alguien extraordinario a quien no podemos
acceder nos engañaríamos mis hermanos, y menos para nosotros
los mexicanos que le agradecemos que se haya vuelto morena
como nosotros, menos para nosotros los mexicanos que ella
quiso inculturarse en nuestras realidades. Es por eso que
nuestros abuelos indios inmediatamente la acogieron y la amaron
y la toman como su bandera, su identidad, su estandarte. Ya
nuestros abuelos españoles así la contemplaban inmaculada
apocalíptica.
Por eso la joven doctora de la Iglesia,
santa Teresa del Niño Jesús, nos alerta: se presenta a
María como inaccesible, debiera ser presentada como imitable,
practicando las virtudes escondidas. Se han pues afirmado
que vivía de la fe como nosotros, ¡cuanto me gusta cantarle!
Nos ha mostrado el camino del cielo con el ejercicio de las
virtudes humildes. María no eclipsa la gloria de otros santos;
sucede todo lo contrario, creo que ella aumentará en gran
manera el esplendor de los elegidos. Y ahí estamos nosotros
mis hermanos.
Su prima Isabel, tal como escuchábamos
en el Evangelio le dice: dichosa tu que has creído.
Ella vivió de la fe y muchas cosas no las entendía pero se
fiaba de Dios, las guardaba en su corazón, seguro que la oscuridad
penetraba en muchas ocasiones en su interior y la luz le llegaba
de su actitud interior y de su voluntad de querer agradar
al Señor, de querer hacer siempre la voluntad del Señor: He
aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.
No me pertenezco, te pertenezco a ti Señor.
El mérito está en vivir con amor, el
mérito está en vivir con una actitud serena la vida de cada
día, las diversas situaciones que se nos presentan, sin mayores
pretensiones; sino buscando siempre servir a los demás. María
Santísima tenía plena consciencia de que su vida consistía
en una entrega total al Señor y en una disponibilidad generosa
para con los demás; por eso el Evangelio nos relata como después
del anuncio del ángel, que le reveló que su prima esperaba
un niño, ella fue presurosa por las montañas de Judea hacía
Incarim para servir, para ayudar a su prima Isabel que ya
iba en el sexto mes.
El servicio, el amor, el gozo, la alegría
del encuentro, quedan muy bien reflejados en el texto del
Evangelio de hoy. María ya vivía el amor y lo entregaba a
los demás; por eso Dios se fijó en ella. Y ella de nuevo nos
dice hoy, en esta fiesta gozosa y espléndida de su triunfo,
que la grandeza del creyente consiste en servir a los demás.
Ahí está la grandeza, el verdadero creyente cuando sirve,
cuando se entrega, cuando se desvive por los demás, cuando
es sensible a las necesidades de los demás y como María, va
pronto atender esas necesidades.
En todo servicio, en todo amar. Éste
es el camino mis hermanos, este es único camino a seguir,
no hay otro, es el que siguió María. Es el camino seguido
por Jesús y por María. Éste es el camino que Jesús nos ofrece
hoy en esta Santa Eucaristía. Cada vez que participamos en
la Eucaristía, elevamos a Dios nuestro canto de alabanza,
como hizo María con su Magnificat. La plegaria
eucarística que recita el que preside la eucaristía, es como
un Magnificat prolongado por la historia de amor y
salvación que va construyendo Dios. Cada vez que participamos
en la Santa Eucaristía recibimos el Cuerpo y la Sangre del
Señor resucitado y el nos aseguró: quien como mi carne
y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo resucitaré el último
día.
La
Eucaristía, mis amados hermanos y
hermanas, es como la semilla y la garantía de la vida inmortal
para los seguidores de Jesús. Por tanto, de alguna manera,
también nosotros estamos recorriendo el camino hacía la glorificación
definitiva como la que ya consiguió la Santísima Virgen María,
nuestra niña y madrecita. Cada Eucaristía, mis hermanos, nos
sitúa en la línea del camino de la Asunción, si la celebramos
bien, si la vivimos intensamente, por lo menos cada domingo,
vamos por buen camino.
Que así sea, mis hermanos.