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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Fiesta de Pentecostés.

27 de mayo de 2007

EL ESPÍRITU SANTO, CONSTRUCTOR DE LA IGLESIA

Hermanos, hoy culminamos la gran celebración de la Pascua. Quiera Dios que este tiempo, que hoy concluye, haya sido de grandes frutos espirituales y de gran optimismo para que, con el don de su Espíritu, sigamos anunciando con gozo y perseverancia la alegría de sabernos, por la vida, muerte y resurrección del Señor Jesucristo.

Con esta fiesta, hermanos míos, vemos cumplida la promesa que  Jesús había hecho de darnos su Espíritu. En el antiguo Testamento se le prometió constantemente al pueblo de Israel como don supremo de la misericordia de Dios. En el Nuevo Testamento, es como la consecuencia lógica del misterio pascual en cuanto que si Jesús nos trajo la vida nueva, es decir, una nueva manera de relacionarnos con Dios, con los hermanos y con el mundo, este día se nos revela que la vida nueva es obra de su Espíritu que Dios nos ha conseguido en un acto supremo y tan inesperado como grandioso de su misericordia.

En esta semana que acaba de concluir, hermanos, escuchábamos en la lectura del evangelio de san Juan, cómo Jesús, en la despedida, se tomó unos cuantos minutos para orar no sólo por sus apóstoles y discípulos que estaban presentes en aquella cena, sino también por nosotros, los que hemos creído en su predicación y su testimonio. En esa oración pidió para nosotros la unidad entre nosotros y con él, y en él, con el Padre.

Hoy, en las lecturas de la Escritura se nos habla de la unidad en la diversidad de todos los pueblos de la tierra. Unidad es comunión en la pluralidad y diversidad, de otra manera, mis hermanos, sería uniformidad y lo que el Espíritu Santo nos da es UNIMIDAD. Acerquémonos a cada de las lecturas para aprovechar su riqueza.

En la primera, que ha sido tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado, en la primera parte, la narración del milagro de Pentecostés y, con la riqueza de símbolos tomados del Antiguo Testamento, se nos presenta como el cumplimiento de la promesa de Jesús (Lc 24, 49; Jn 15, 26; 16,7.13). En la segunda se nos refiere cómo las naciones, a diferencia de Babel, se encuentran en el entendimiento a pesar de las diferentes lenguas. El Espíritu se manifestó en ese día en lenguas de fuego sobre los apóstoles, es decir sobre la Iglesia naciente. Podemos ver, hermanos, conforme a la línea de la tradición, en ese signo, una manifestación de su carácter universal, es decir católico. Vemos, entonces, la Iglesia como una comunidad integrada, desde sus orígenes, por hombres y mujeres de todos los pueblos, con sus diversas lenguas, costumbres y culturas. Una comunidad nueva que supera las barreras de la exclusividad de un pueblo y de una tradición como era la judía, la que también queda integrada en ella.

San Pablo, en la segunda lectura, nos hace notar que la causa de la nueva situación de este nuevo pueblo se debe a que todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, judíos y griegos, es decir, judíos y todos los demás pueblos de la tierra; todos los hombres sean esclavos o libres. Todos estamos llamados a la salvación por los méritos de Cristo, Señor de la Iglesia.

De esta manera nos queda claro, mis hermanos,  que la unidad es obra del Espíritu de Jesús que con su muerte y resurrección nos reconcilió a todos los seres humanos con su Padre, para hacer de todos un solo pueblo. De manera que si nos salvamos, no es sino por medio de la Iglesia, este nuevo al que pertenecen de una manera misteriosa cuantos se dejan conducir por el Espíritu Santo, porque a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

Según san Juan, desde la primera noche después de su resurrección, la noche pascual por antonomasia, y gracias a este Espíritu que nos da el Señor Jesús, mediante el soplo de su aliento –signo de su propia vida–, es como podemos estar seguros de que vivimos, nos movemos y somos en un nuevo pueblo, especie de una nueva creación, con una ley diferente y superior a la antigua: la ley del amor que se coloca muy por encima de la ley del temor.

En esta nueva comunidad de amor, la diversidad de carismas es lo que constituye su propia riqueza. Al incluir en su seno a todos los pueblos de la tierra, la Iglesia es enviada a mostrar, desde su propio ser, la riqueza de compartir todos los bienes que ella posee por la gran variedad de dones que aporta cada uno de los pueblos que la integran. En esto san Pablo es bastante claro cuando asegura que todos recibimos del único Dios lo que somos y tenemos para ponernos al servicio unos de otros. Pero esto será difícil de entender con propiedad, mis hermanos, si no entendemos que la unidad no es igual a la uniformidad. Ésta despersonaliza y más bien masifica, como lo hace, por ejemplo el consumismo. La uniformidad esclaviza dando falsa seguridad, mientras que la unidad o mejor dicho la UNANIMIDAD, cabalmente entendida, es liberadora y nos hace responsables, solidarios y alegres al llevarnos a dar de lo que cada uno tiene para recibir en la humildad y la gratitud lo que a cada uno le hace falta. Así construye el Espíritu la Iglesia y la hace signo e instrumento de su presencia santificadora. Así se construye la nueva humanidad.

Así es como hemos de entender lo que se dice en la tradición católica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”, puesto que es Jesucristo que quiso que ella existiera como presencia histórica y viva de su misterio de amor, como instrumento suyo a favor de la humanidad, pues quiere que todos los hombres se salven. Esta es la razón, mis hermanos de nuestra misión que se deriva de la misión de la Iglesia y, en definitiva de la misión de Cristo, el enviado del Padre. Con nuestra Muchachita y Dulce Madre de la Iglesia, nos alegramos de que Dios, nuestro Padre misericordioso, nos haya elegido para ser instrumentos de su amor. Pidamos su intercesión para ser, como ella, dóciles y humildes para cumplir su voluntad.

Pidámosle nos contagie de su disponibilidad y de su pobreza ya que sin el reconocimiento de nuestro vacío no viene el Espíritu Santo, El es Padre de los pobres no de los satisfechos y engreídos. Acojamos como Ella al Espíritu Santo porque el Espíritu viene como huésped, como amigo, y hay que abrirle el corazón con toda disponibilidad. Con nuestra Amada Niña, supliquemos intensamente y con fe que venga, ya que sin si inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina, que venga y doblegue nuestra soberbia, caliente nuestra frialdad y enderece nuestros pasos. Amén.


 
 
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