GRATITUD A DIOS POR LAS COSAS MÁS SENCILLAS
Mis queridos hermanos, bendigamos, con Jesús, al Padre por
todas sus bondades y démosle gracias. Especialmente por las manifestaciones
de su amor que, según nuestro pobre criterio, nos parecen a veces
las más insignificantes, pues precisamente, en esta actitud agradecida
por las cosas más sencillas, podemos experimentar, como Jesús,
la verdadera y más profunda alegría. La alegría más genuina: la
que brota del corazón agradecido. La gratitud, mis hermanos, un
sentimiento tan noble, nos permite apreciar el amor que Dios nos
tiene y nos ha revelado en la persona de su Hijo, presente ente
nosotros. Sólo así podemos verdaderamente recrearnos en las cosas
más sencillas y empezar a experimentar la verdadera felicidad.
Bendigámoslo, pues, y démosle gracias.
Cuánto tiempo, mis queridos hermanos, llevamos viviendo y conduciéndonos
en la vida con convicciones equivocadas, como la de pensar que
para ser discípulo de Cristo tenemos que llevar una conducta basada
en obras extraordinarias hasta llegar al heroísmo. Si vamos por
la vida llevados por estas ideas, conviene que de una vez por
todas nos decidamos hoy a escuchar más de cerca a Jesús que nos
invita a seguirlo y a imitarlo en la sencillez y en la humildad.
Dejemos, hermanos, que la Palabra nos ilumine en este aspecto
del misterio de nuestra salvación. Recordemos que la Palabra de
Dios no sólo nos exige, sino que también nos ofrece caminos y
senderos de luz con los que nos anima a vivir nuestra fe en la
alegría. Su Palabra, además, nos consuela cuando la vida se nos
hace difícil de aceptar y valorar como don de Dios.
Cuando el profeta Zacarías, que compuso el oráculo que hoy
hemos escuchado en la primera lectura, se dirigía al pueblo judío,
habían pasado ya muchos años que había desaparecido todo poder
político en Israel. No había rey, descendiente de David y entonces
la mención de un rey no tuvo otro sentido que el de un oráculo
de contenido mesiánico. De manera que el rey anunciado no era
más que expresión de un ideal de un descendiente de David con
características muy diferentes de las que tuvieron sus descendientes
históricos. Era, pues, el anuncio de un Mesías que habría de venir
y se caracterizaría por ser humilde, porque no se apoyaría en
medios humanos ni en su fuerza, y mucho menos en la violencia,
conceptos que se simbolizaban en la fuerza del caballo.
Pero ese personaje se anuncia victorioso, pues tiene la fuerza
de Dios. Él encarna a David y a Salomón, pero de una manera idealizada,
ya que sabemos muy bien que ni David ni Salomón fueron del todo
humildes y obedientes a Dios. El profeta lo visualiza como un
rey de paz para la humanidad entera.
Por los evangelios sabemos que Jesús, el primer día de la semana
en la que vivió la pasión que lo llevó a la muerte, ingresó a
Jerusalén no a caballo como un guerrero triunfante, sino cabalgando
un burrito, a la manera de ese personaje misterioso que anunciaba
Zacarías. Es la paradoja de un rey humilde y pobre que es a la
vez el Señor de todo el mundo. Pero hemos de notar, mis hermanos,
que todo lo que se refiere a nuestra salvación es paradójico,
como nos lo hace ver san Mateo en el sermón del monte, específicamente,
en las bienaventuranzas.
Y, efectivamente, los invito, hermanos a que caigamos en la
cuenta de esta paradoja de salvación escuchando a Jesús cuando
bendice y agradece a su Padre por la experiencia de la filiación
divina que experimentan los sencillos. Es cierto que Dios se revela
a todos, pero Jesús hace notar, en esta oración suya, que son
los humildes y sencillos quienes están dispuestos a recibir el
don de conocer a Dios, pues desde su pobreza e indigencia sienten
más profundamente la necesidad de su presencia bienhechora. Precisamente,
en los versículos anteriores al texto que hoy escuchamos, Jesús
ha hecho un reproche muy fuerte a los inteligentes y sabios del
pueblo como se tenían los escribas, los fariseos y los maestros
de su tiempo. Es en ese contexto como hay que entender el mensaje
de hoy.
Son los engreídos, sabelotodo, muy ilustrados en el conocimiento
de la ley y de las tradiciones quienes comúnmente oprimen a los
más débiles e ignorantes con sus leyes entendidas a su manera
y que saben muy bien imponer a los demás (cf. Mt 23), sin tocarlas,
muchas veces, ni siquiera con un dedo. Por eso, Jesús, en la segunda
parte de del evangelio de hoy, llama hacia Él a quienes están
cansados y agobiados por la carga de la vida para invitarlos a
tomar su yugo de libertad y alegría. Lo cual no significa que
sea menos exigente, como si consistiera en una moralidad permisiva,
ligera, irresponsable e inmadura. No, no es así, hermanos, porque
Él nos dice que no ha venido a abolir la ley (cf. Mt 5,17-20).
Podríamos entender, en cambio, que no garantiza un jardín de rosas.
Ciertamente Jesús no nos promete que nos va liberar de la carga.
No, lo que Jesús promete es su apoyo, su compañía y su intervención
fraternal y divina para llevar la carga. Decía el Papa Juan Pablo
I que Dios da la carga, pero también da la fuerza para llevarla.
En eso consiste la solidaridad de Jesús que también cargó la cruz
del sufrimiento y con la cual nos dio la libertad y la vida. De
esta manera, mis hermanos, podemos esperar que el sufrimiento,
llevado con obediencia y amor a Dios y al prójimo, se llene de
sentido y supere el límite del absurdo.
Esto, según Jesús, lo entienden y lo viven más intensamente
quienes se despojan de los límites de la comprensión racional
y emocional naturales y, por otro lado, muy humanas. Es cuestión
de fe; esa fe que sólo aceptan, en la humildad y la pobreza más
profunda, quienes “dejan a Dios ser Dios” (Carlos, G. Vallés)
en sus vidas.
Recordemos, hermanos lo que decía san Pablo, a quien vamos
a recordar mucho en este año jubilar de su nacimiento, dirigiéndose
a los corintios: Miren, hermanos, quiénes son llamados: entre
ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos,
ni muchos nobles; por el contrario, Dios ha elegido a los locos
del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles
del mundo para humillar a los fuertes, Dios ha elegido a gente
sin importancia, a los depreciados del mundo y a los que no valen
nada, para anular a los que valen algo. Y así nadie podrá gloriarse
frente a Dios… (1Co 1,26-29). Valdría la pena que nos preguntáramos,
este domingo, qué tanto debo hacer para experimentar el amor de
Dios a fin de convertirme de mis falsas seguridades (dinero, conocimiento,
fama, poder…) a Dios como el único que garantiza la verdadera
felicidad y la vida eterna.
Pedimos a nuestra Muchachita y Celestial Señora: Madre de Guadalupe,
que nos ilumine con su vida silenciosa y humilde de obediencia
al proyecto divino con el que el Padre la hizo protagonista de
la salvación.
Amén.