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Homilía
de Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, para el XIV Domingo Ordinario.

6 de julio de 2008

GRATITUD A DIOS POR LAS COSAS MÁS SENCILLAS

Mis queridos hermanos, bendigamos, con Jesús, al Padre por todas sus bondades y démosle gracias. Especialmente por las manifestaciones de su amor que, según nuestro pobre criterio, nos parecen a veces las más insignificantes, pues precisamente, en esta actitud agradecida por las cosas más sencillas, podemos experimentar, como Jesús, la verdadera y más profunda alegría. La alegría más genuina: la que brota del corazón agradecido. La gratitud, mis hermanos, un sentimiento tan noble, nos permite apreciar el amor que Dios nos tiene y nos ha revelado en la persona de su Hijo, presente ente nosotros. Sólo así podemos verdaderamente recrearnos en las cosas más sencillas y empezar a experimentar la verdadera felicidad. Bendigámoslo, pues, y démosle gracias.

Cuánto tiempo, mis queridos hermanos, llevamos viviendo y conduciéndonos en la vida con convicciones equivocadas, como la de pensar que para ser discípulo de Cristo tenemos que llevar una conducta basada en obras extraordinarias hasta llegar al heroísmo. Si vamos por la vida llevados por estas ideas, conviene que de una vez por todas nos decidamos hoy a escuchar más de cerca a Jesús que nos invita a seguirlo y a imitarlo en la sencillez y en la humildad.

Dejemos, hermanos, que la Palabra nos ilumine en este aspecto del misterio de nuestra salvación. Recordemos que la Palabra de Dios no sólo nos exige, sino que también nos ofrece caminos y senderos de luz con los que nos anima a vivir nuestra fe en la alegría. Su Palabra,  además, nos consuela cuando la vida se nos hace difícil de aceptar y valorar como don de Dios.

Cuando el profeta Zacarías, que compuso el oráculo que hoy hemos escuchado en la primera lectura, se dirigía al pueblo judío, habían pasado ya muchos años que había desaparecido todo poder político en Israel. No había rey, descendiente de David y entonces la mención de un rey no tuvo otro sentido que el de un oráculo de contenido mesiánico. De manera que el rey anunciado no era más que expresión de un ideal de un descendiente de David con características muy diferentes de las que tuvieron sus descendientes históricos. Era, pues, el anuncio de un Mesías que habría de venir y se caracterizaría por ser humilde, porque no se apoyaría en medios humanos ni en su fuerza, y mucho menos en la violencia, conceptos que se simbolizaban en la fuerza del caballo.

Pero ese personaje se anuncia victorioso, pues tiene la fuerza de Dios. Él encarna a David y a Salomón, pero de una manera idealizada, ya que sabemos muy bien que ni David  ni Salomón fueron del todo humildes y obedientes a Dios. El profeta lo visualiza como un rey de paz para la humanidad entera.

Por los evangelios sabemos que Jesús, el primer día de la semana  en la que vivió la pasión que lo llevó a la muerte, ingresó a Jerusalén no a caballo como un guerrero triunfante, sino cabalgando un burrito, a la manera de ese personaje misterioso que anunciaba Zacarías. Es la paradoja de un rey humilde y pobre que es a la vez el Señor de todo el mundo. Pero hemos de notar, mis hermanos, que todo lo que se refiere a nuestra salvación es paradójico, como nos lo hace ver san Mateo en el sermón del monte, específicamente, en las bienaventuranzas.

Y, efectivamente, los invito, hermanos a que caigamos en la cuenta de esta paradoja de salvación escuchando a Jesús cuando bendice y agradece a su Padre por la experiencia de la filiación divina que experimentan los sencillos. Es cierto que Dios se revela a todos, pero Jesús hace notar, en esta oración suya, que son los humildes y sencillos quienes están dispuestos a recibir el don de conocer a Dios, pues desde su pobreza e indigencia sienten más profundamente la necesidad de su presencia bienhechora. Precisamente, en los versículos anteriores al texto que hoy escuchamos, Jesús ha hecho un reproche muy fuerte a los inteligentes y sabios del pueblo como se tenían los escribas, los fariseos y los maestros de su tiempo. Es en ese contexto como hay que entender el mensaje de hoy.

Son los engreídos, sabelotodo, muy ilustrados en el conocimiento de la ley y de las tradiciones quienes comúnmente oprimen a los más débiles e ignorantes con sus leyes entendidas a su manera y que saben muy bien imponer a los demás (cf. Mt 23), sin tocarlas, muchas veces, ni siquiera con un dedo. Por eso, Jesús, en la segunda parte de del evangelio de hoy, llama hacia Él a quienes están cansados y agobiados por la carga de la vida para invitarlos a tomar su yugo de libertad y alegría. Lo cual no significa que sea menos exigente, como si consistiera en una moralidad permisiva, ligera, irresponsable e inmadura. No, no es así, hermanos, porque Él nos dice que no ha venido a abolir la ley (cf. Mt 5,17-20). Podríamos entender, en cambio, que no garantiza un jardín de rosas. Ciertamente Jesús no nos promete que nos va liberar de la carga.

No, lo que Jesús promete es su apoyo, su compañía y su intervención fraternal y divina para llevar la carga. Decía el Papa Juan Pablo I que Dios da la carga, pero también da la fuerza para llevarla. En eso consiste la solidaridad de Jesús que también cargó la cruz del sufrimiento y con la cual nos dio la libertad y la vida. De esta manera, mis hermanos, podemos esperar que el sufrimiento, llevado con obediencia y amor a Dios y al prójimo, se llene de sentido y supere el límite del absurdo.

Esto, según Jesús, lo entienden y lo viven más intensamente quienes se despojan de los límites de la comprensión racional y emocional naturales y, por otro lado, muy humanas. Es cuestión de fe; esa fe que sólo aceptan, en la humildad y la pobreza más profunda, quienes “dejan a Dios ser Dios” (Carlos, G. Vallés) en sus vidas.

Recordemos, hermanos lo que decía san Pablo, a quien vamos a recordar mucho en este año jubilar de su nacimiento, dirigiéndose a los corintios: Miren, hermanos, quiénes son llamados: entre ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; por el contrario, Dios ha elegido a los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, Dios ha elegido a gente sin importancia, a los depreciados del mundo y a los que no valen nada, para anular a los que valen algo. Y así nadie podrá gloriarse frente a Dios… (1Co 1,26-29). Valdría la pena que nos preguntáramos, este domingo, qué tanto debo hacer para experimentar el amor de Dios a fin de convertirme de mis falsas seguridades (dinero, conocimiento, fama, poder…) a Dios como el único que garantiza la verdadera felicidad y la vida eterna.

Pedimos a nuestra Muchachita y Celestial Señora: Madre de Guadalupe, que nos ilumine con su vida silenciosa y humilde de obediencia al proyecto divino con el que el Padre la hizo protagonista de la salvación.

Amén.

 
 
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