Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo Primado de México, en la Solemnidad
de Corpus Christi, en el
Zócalo de la ciudad de México.
22 de mayo de 2008
En
México, en esta ciudad de México, suele celebrarse esta fiesta con
una doble dimensión: la festividad sacro-folclórica y la Litúrgica.
Aquella es la fiesta sencilla del pueblo de Dios, llena de alegría,
revestida de gracia huma a y de sano esparcimiento. Desde siempre,
México es eucarístico. Ahora apenas quedan vestigios de esta tradición.
Nosotros nacimos a la vida cristiana cantando y oyendo el Alabado.
Nuestros ancestros nos transmitieron esas dulces melodías que se
escuchaban en los gloriosos amaneceres campiranos:
"Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar; y la Virgen concebida
sin la mancha original".
Estas
fueron las raíces de nuestra vida nacional que, con el correr del
tiempo, se han ido opacando y se van retirando del recuerdo de los
hombres y mujeres de hoy. Yo quisiera ayudar a recuperar estas nuestras
raíces cristianas y eucarísticas. Vivimos aturdidos con los ruidos
de todas las ideas y de los modelos de vida que nos llegan del extranjero,
y que van desmoronando nuestra idiosincrasia nacional. Y al descristianizarnos,
nos desmexicanizamos. Debemos siempre mirar al futuro, debemos siempre
buscar la renovación y el progreso pero sin perder jamás nuestra
identidad, nuestra historia, nuestras raíces.
Desde
mi llegada a esta querida Arquidiócesis decidí fortalecer la peregrinación
a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y restablecer. la procesión
del Corpus Christi porque sentí que muchos de nuestras tradiciones
se iban perdiendo y que nos vamos olvidando de algunas prácticas
de nuestro ser cristiano y mexicano. Surgidas las ideas laicistas,
se nos ha ido desgastando nuestra historia. Es tiempo ya de recuperar
nuestra verdadera religiosidad heredada de nuestros antepasados,
en las Posadas, en los altares de muertos, en los altares de Dolores
y también en el Corpus Christi. Encerraron a la Iglesia dentro de
sus templos y las calles quedaron vacías. Se le prohibió a Cristo
visitar su ciudad, caminar por sus plazas, recorrer sus avenidas.
Ahora
sólo nos quedan los ruidos ensordecedores, una nube de gases, escaparates
de todo, menos de Dios.
Pero
Cristo no se ha alejado de nosotros, sigue caminando nuestra ciudad,
en la procesión de los hambrientos, en las caras macilentas de niños
abandonados, de hombres sin trabajo, de gente golpeada por la vida.
Cristo quiere estar con ellos, con los seres degradados con una
sociedad sin alma, con las personas prostituidas, con los marginados
y engañados. Cristo ya no puede ser encadenado: tiene que redimir
nuevamente el mundo de la política, del dinero, del poder, del arte,
de la literatura. Está bien que Cristo sacramentado siga en sus
sagrarios esperando nuestro amor, pero también es bueno que deje
el silencio de los templos y salga a nuestras calles para despertar
los corazones dormidos y que nos grite con toda la fuerza del evangelio:
comparte tu pan con tu hermano.
El
otro aspecto de la fiesta, hermanos y hermanas, es la fiesta Litúrgica,
la que nos habla del misterio del amor de un Cristo que se quedó
sacramentalmente presente en el mundo para continuar su obra de
redención. Cristo es el Pan de la vida; Él vino para darnos vida
y dárnosla en abundancia.
Él
es el Maná en este desierto de la vida del hombre, el alimento que
sacia a quien lo recibe. Cristo se quedó para comunicarnos continuamente
su vida divina, y nos dijo que el que comiera su carne y bebiera
su sangre nunca moriría. La Festividad del Corpus es un momento
de renovación de la fe en la presencia real de Jesucristo en la
Eucaristía y una incitación a alimentarnos continuamente de este
Amor inmolado por nosotros. La Iglesia nos invita a participar en
este banquete de amor, porque todos nosotros necesitamos de la fuerza
para poder caminar sin desfallecer hacia las fronteras eternas del
cielo.
Jesucristo,
sabiendo que pasaba de este mundo al Padre, quiso quedarse de forma
admirable en este Sacramento, bajo las especies humildes de un pedazo
de pan y un sorbo de vino. Pero ahí está realmente su Cuerpo, su
Sangre, Alma y Divinidad. Los discípulos de Emaús, una tarde de
desesperanza, se encontraron con un Desconocido en el camino. Les
explicó las Escrituras, los consoló, los exhortó a creer. Al llegar
a casa, no lo dejaron seguir adelante: la tarde está cayendo, quédate
con nosotros. Y el Señor, en un acto de amor ilimitado, se quedó
en el mundo hasta el fin de los tiempos. Él es el alimento, es el
consuelo, es la fortaleza, es la santidad de las almas; es la presencia
misteriosa que nunca se nos regatea y que siempre nos entiende y
nos acompaña.
Es
preciso que hoy resuene fervorosa y estruendosa nuestra fe: Señor,
quédate con nosotros en este mundo frío, vacío; quédate y derriba
las murallas de la violencia y del odio; quédate para suprimir la
corrupción y el hambre; quédate para abrir nuevos horizontes de
esperanza en nuestra Patria.
Este
día celebramos de modo singular la Eucaristía, es decir, nuestro
agradecimiento y nuestra alabanza al Amor Inmolado, que nos ha redimido
con su muerte. "Hagan esto en memoria mía", nos dijo.
No solamente recuerden lo que yo hice, lo que yo realicé en el calvario;
sino que actualicen aquí y ahora, mi muerte redentora, aunque ya
no en forma cruenta. En mi muerte yo vencí la muerte para que ustedes
vivan.
Al
participar con fe en este Sacramento, comiendo y bebiendo el Cuerpo
y la Sangre del Señor, según la exhortación paulina, se realiza
en nosotros una íntima comunión con la Carne y la Sangre del Señor;
nos comunica su fuego redentor; nos purifica de nuestras maldades
y nos hace merecedores de la futura gloria. Para nosotros los cristianos
comer la carne y beber la sangre del Señor, no es un escándalo como
lo fue para algunos discípulos y judíos, cuando el Señor Jesús anunció
esto abiertamente. Por el contrario, estrecha los lazos entre los
creyentes, por ser signo de comunión.
Así
pues, hermanos, los invito a que juntos adoremos a Jesucristo que
en la Eucaristía se nos presenta y se nos da en alimento para la
vida que nunca termina. Como mítico pelícano, que decían que alimentaba
a sus polluelos con la sangre de su pecho, así Cristo nos nutre
con la sangre de su costado abierto y de su costado nace la Iglesia
y nacen los sacramentos y en un símbolo elocuente de su amor misericordioso
para con todos nosotros.