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Homilía
pronunciada Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en ocasión del Día de las Madres, en la Basílica de Guadalupe.

10 de mayo de 2008

Hermanos y hermanas, al celebrar hoy el misterio pascual de Jesucristo en este día tan especial para nosotros en el que celebramos a las madres, agradezcamos al buen Padre Dios, fuente inagotable de amor y vida la maternal presencia de nuestra Muchachita santa María de Guadalupe, Madre de México y de América; y junto con Ella recordemos, reconozcamos, agradezcamos, honremos y felicitemos a nuestras madres. A todas y a cada una de ellas, vivas o difuntas, pongámoslas bajo el cuidado y la protección amorosa de la Dulce Señora del Cielo.

Al venerar el recuerdo de nuestras madres vivas o difuntas, es inevitable no mirar a nuestra Madre del cielo, la Virgen María, nuestra Muchachita santa María de Guadalupe, la Madre de Jesucristo y Madre espiritual de la Iglesia, sobre todo en este lugar sagrado donde Ella es invocada como tierna y compasiva madre. De Ella hemos oído decir: ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mí sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mí manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? (N. M. 119).

Y no sólo eso, sino que también se presenta como Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive: “Sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la Perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de tierra…” (N. M. 26)

En estos dos textos de la más atestiguada tradición guadalupana, el Nican Mopohua, descubrimos la maternidad divina de María y su maternidad espiritual hacia la Iglesia.

Si bien este testimonio nos acerca a la comprensión de este misterio, la Liturgia de la Palabra que hemos proclamado hoy, sobre todo el Evangelio de san Juan nos ayudará a hondarlo con mejor holgura.

María es Madre de la Iglesia y de cada uno de sus miembros por designio divino. Jesús, desde la cruz, nos dio a María como Madre: “Jesús, habiendo visto a su Madre, le dice. Mujer, he ahí a tu Hijo. Luego dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27)

Juan representa a todos los que, como él, desean ser el discípulo amado de Jesús y como él debemos de llevar a María a nuestra casa. La dramática escena del Calvario pone de relieve la entrega de María como Madre y Ella a Juan como hijo.

Desde la más antigua tradición, este pasaje se ha entendido más bien en clave eclesiológica. Es decir, algunos de los Padres de la Iglesia vieron en esta escena del Calvario, a la mujer como signo de la Iglesia, la nueva comunidad como una madre a la que el creyente se acoge y a la cual acoge con fervor y amor.

La maternidad de María más que un título teológico es una realidad espiritual, es Madre espiritual perfecta de la Iglesia, porque es Madre de Jesús y su más íntima compañera en la economía de la salvación y porque al participar con su Hijo del sacrificio de la redención fue proclamada por él, Madre no sólo del discípulo sino de todo el género humano.

Ella continua desde el cielo cumpliendo su función maternal de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos.

Entendido así, María, al aceptar en el momento de la Anunciación ser la Madre del Mesías, osea del Salvador, entonces necesariamente es Madre de los salvados. Ella es Madre de la Cabeza, y en el orden de la gracia, se convierte también en Madre del Cuerpo místico de Cristo. No se puede concebir una cabeza sin cuerpo. María da a luz virginalmente a Jesús en Belén y María nos da a luz a nosotros, en el orden de la gracia. Entonces al aceptar en la anunciación de la cruz la nueva maternidad en Juan, acepta también ser Madre de los creyentes. Darnos a luz, conllevó mucho dolor, no se desgarraron sus entrañas, pero si su corazón.

María ejerce su singular protección sobre la Iglesia porque es verdaderamente Madre nuestra, pues nos engendra, insisto, a la vida sobrenatural, a la vida de la gracia, intercede por nosotros ante su Hijo, al tiempo que nos indica el camino que hay que seguir, convirtiéndose así en abogada, auxiliadora, intercesora y medianera nuestra.

Ahora, después de haber reflexionado sobre la maternidad espiritual de María en la Iglesia, los invito queridos hermanos y hermanas a pensar en el determinante y heroico papel que tienen nuestras madres en la vida familiar, en el campo social, laboral, de la cultura y más aún como lo afirmará el Papa Grande Juan Pablo II: en el de la conservación de la fe en todo el continente de América.

Para ello quiero comenzar afirmando que la maternidad es un don irrenunciable de toda mujer y aunque éste no constituya su única riqueza, pues la mujer está adornada con muchos otros valores, sí le pertenece como un privilegio único y propio.

Sólo a ella le corresponde llevar dentro de sus entrañas la semilla fecunda de la vida. Su maternidad, es su razón de ser mujer, aunque ésta se exprese muchas veces, de otras tantas formas y maneras. Es por eso que “la maternidad es un don sublime que la Iglesia exalta” (Juan Pablo II, Chihuahua, México, 10 de mayo 1990) Además con la intuición propia de su femineidad enriquece la comprensión del mundo y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas (Carta a las mujeres de Juan Pablo II, IV Conferencia Mundial de la Mujer, junio de 1995)

Esta intuición natural de la mujer el Papa la ha llamado “genio femenino” y lo hizo por primera vez en la encíclica Mulieres Dignitatem sobre la dignidad de la mujer. El llamado “genio femenino” es aquello que en la mujer llamamos: comprensión, objetividad de juicio y compasión y que son necesarios para una profunda transformación de la civilización actual.

Este genio femenino entendido de otra manera viene a ser “todo talento femenino” que existe en cualquier mujer que la dota de armonía, serenidad y alegría. Todo esto depende en gran medida de la mujer, quien como esposa y madre, con intuición, tacto, afecto, paciencia y generosidad suaviza asperezas y tensiones. Ella levanta los ánimos caídos y ofrece un puerto acogedor en el cual refugiarse cuando afloran los problemas en cualquier edad de la vida. La mujer es sembradora de la paz.

Ante esta realidad, el predicador de la Casa Pontificia, P. Raneiro Cantalemesa predicó a la Curia Romana y al Santo Padre Benedicto XVI: que las mujeres son la esperanza de un mundo más humano, podríamos decir que ellas son quienes dan rostro y corazón y contribuyen con su genio femenino a que el hombre pueda sobrevivir en esta sociedad sin que se deshumanice del todo. He aquí el motivo para rescatar el camino y la vocación de la mujer que muchas veces ha sido condicionada, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente, reducida a la esclavitud y lo que es peor aún lejos de desempeñar su natural vocación a ser madres y educadoras. No es posible imaginar un mundo, una Iglesia, un hogar sin la valiosa y generosa aportación de la mujer.

Antes de concluir quiero dirigir mí pensamiento a todas aquellas mujeres, madres viudas, indígenas, campesinas, las que hacen de padre y madre, es decir las madres solteras; las enfermas, pobres, marginadas, ancianas y tantas madres migrantes separadas de sus hijos.

En las mujeres no casadas, pero que viven para los demás en un servicio abnegado y fecundo, dando así vida. Entre ellas resalto la presencia de las vírgenes consagradas quienes de manera sublime viven una maternidad espiritual, pues a través de su opción sabía e intrépida engendran nuevos hijos para la Iglesia.

Llegue también mí recuerdo para las mujeres abandonadas por sus maridos, por aquellas que sufren los vicios y el abandono de sus hijos, las que justa o injustamente se encuentran prisioneras, por todas aquellas que han perdido el sentido auténtico de su maternidad o caído en la tentación del abandono de sus hijos y no olvidemos, finalmente, a todas aquellas madres que han partido a la Casa del Padre.

Mí último recuerdo, aunque no menos importante, se dirige a nuestra Madre la Iglesia, quien con inefable celo no cesa de llamar a los hijos de Dios esparcidos por toda la tierra a la salvación. Ella encierra la excelente síntesis de mujer, esposa y madre. Ella es como bien lo afirmará el Papa Bueno de feliz memoria, Juan XXIII: la Iglesia es Madre y Maestra.

Así pues felicitémonos y agradezcamos el regalo de la maternidad de María, quien nos regaló la salvación en Jesús su amado Hijo.  La maternidad de la Iglesia quien mediante el bautismo nos ha hecho renacer a al vida eterna y misma que nos sostiene en el camino de la vida mediante los sacramentos y;  por su puesto la maternidad de nuestras madres biológicas, quienes con inefable amor día con día nos enseñan la vida.

Termino mis amados hermanos y hermanas con estas sentidas palabras de gratitud pensadas y escritas por aquel gran poeta y Papa, nuestro querido e inolvidable Juan Pablo II:

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.

Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del « misterio », a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.

Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta «esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas”. Hasta aquí las palabras del Santo Padre.

Te doy gracias, mujer, porque a través de una mujer como tu, yo he recibido la vida. Amen.

¡Un abrazo para todas ustedes, muchas felicidades!
 
 
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