Hermanos y hermanas, al celebrar hoy el
misterio pascual de Jesucristo en este día tan especial
para nosotros en el que celebramos a las madres,
agradezcamos al buen Padre Dios, fuente inagotable de amor y
vida la maternal presencia de nuestra Muchachita santa
María de Guadalupe, Madre de México y de América; y
junto con Ella recordemos, reconozcamos, agradezcamos, honremos
y felicitemos a nuestras madres. A todas y a cada una de ellas,
vivas o difuntas, pongámoslas bajo el cuidado y la protección
amorosa de la Dulce Señora del Cielo.
Al venerar el recuerdo de nuestras madres vivas o difuntas,
es inevitable no mirar a nuestra Madre del cielo, la Virgen
María, nuestra Muchachita santa María de Guadalupe, la Madre
de Jesucristo y Madre espiritual de la Iglesia, sobre
todo en este lugar sagrado donde Ella es invocada como tierna
y compasiva madre. De Ella hemos oído decir: ¿No estoy
aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mí sombra y resguardo?
¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mí
manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna
otra cosa? (N. M. 119).
Y no sólo eso, sino que también se presenta como Madre
del Verdaderísimo Dios por quien se vive: “Sábelo, ten
por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la Perfecta
siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por
quien se vive, el creador de las personas, el dueño
de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño
de tierra…” (N. M. 26)
En estos dos textos de la más atestiguada tradición guadalupana,
el Nican Mopohua, descubrimos la maternidad divina de
María y su maternidad espiritual hacia la Iglesia.
Si bien este testimonio nos acerca a la comprensión de este
misterio, la Liturgia de la Palabra que hemos proclamado hoy,
sobre todo el Evangelio de san Juan nos ayudará
a hondarlo con mejor holgura.
María es Madre de la Iglesia y de cada uno de sus miembros
por designio divino. Jesús, desde la cruz, nos dio a María como
Madre: “Jesús, habiendo visto a su Madre, le dice. Mujer,
he ahí a tu Hijo. Luego dice al discípulo: He ahí a tu madre.
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn
19, 26-27)
Juan representa a todos los que, como él, desean ser el discípulo
amado de Jesús y como él debemos de llevar a María
a nuestra casa. La dramática escena del Calvario pone
de relieve la entrega de María como Madre y Ella a Juan como
hijo.
Desde la más antigua tradición, este pasaje se ha entendido
más bien en clave eclesiológica. Es decir, algunos de
los Padres de la Iglesia vieron en esta escena del Calvario,
a la mujer como signo de la Iglesia, la nueva comunidad como
una madre a la que el creyente se acoge y a la cual acoge con
fervor y amor.
La maternidad de María más que un título teológico es una realidad
espiritual, es Madre espiritual perfecta de la Iglesia,
porque es Madre de Jesús y su más íntima compañera en la economía
de la salvación y porque al participar con su Hijo del sacrificio
de la redención fue proclamada por él, Madre no sólo del
discípulo sino de todo el género humano.
Ella continua desde el cielo cumpliendo su función maternal
de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida
divina en cada una de las almas de los hombres redimidos.
Entendido así, María, al aceptar en el momento de la
Anunciación ser la Madre del Mesías, osea del Salvador, entonces
necesariamente es Madre de los salvados. Ella es Madre
de la Cabeza, y en el orden de la gracia, se convierte también
en Madre del Cuerpo místico de Cristo. No se puede concebir
una cabeza sin cuerpo. María da a luz virginalmente a
Jesús en Belén y María nos da a luz a nosotros, en el orden
de la gracia. Entonces al aceptar en la anunciación
de la cruz la nueva maternidad en Juan, acepta también ser Madre
de los creyentes. Darnos a luz, conllevó mucho dolor,
no se desgarraron sus entrañas, pero si su corazón.
María ejerce su singular protección sobre la Iglesia porque
es verdaderamente Madre nuestra, pues nos engendra,
insisto, a la vida sobrenatural, a la vida de la gracia, intercede
por nosotros ante su Hijo, al tiempo que nos indica el camino
que hay que seguir, convirtiéndose así en abogada, auxiliadora,
intercesora y medianera nuestra.
Ahora, después de haber reflexionado sobre la maternidad espiritual
de María en la Iglesia, los invito queridos hermanos y
hermanas a pensar en el determinante y heroico papel que tienen
nuestras madres en la vida familiar, en el campo social, laboral,
de la cultura y más aún como lo afirmará el Papa Grande Juan
Pablo II: en el de la conservación de la fe en todo el continente
de América.
Para ello quiero comenzar afirmando que la maternidad
es un don irrenunciable de toda mujer y aunque éste
no constituya su única riqueza, pues la mujer está adornada
con muchos otros valores, sí le pertenece como un privilegio
único y propio.
Sólo a ella le corresponde llevar dentro de sus entrañas
la semilla fecunda de la vida. Su maternidad, es su
razón de ser mujer, aunque ésta se exprese muchas veces, de
otras tantas formas y maneras. Es por eso que “la maternidad
es un don sublime que la Iglesia exalta” (Juan Pablo
II, Chihuahua, México, 10 de mayo 1990) Además con la intuición
propia de su femineidad enriquece la comprensión del mundo
y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas
(Carta a las mujeres de Juan Pablo II, IV Conferencia Mundial
de la Mujer, junio de 1995)
Esta intuición natural de la mujer el Papa la ha llamado “genio
femenino” y lo hizo por primera vez en la encíclica
Mulieres Dignitatem sobre la dignidad de la mujer. El llamado
“genio femenino” es aquello que en la mujer llamamos:
comprensión, objetividad de juicio y compasión y que son
necesarios para una profunda transformación de la civilización
actual.
Este genio femenino entendido de otra manera viene a ser “todo
talento femenino” que existe en cualquier mujer que
la dota de armonía, serenidad y alegría. Todo
esto depende en gran medida de la mujer, quien como esposa y
madre, con intuición, tacto, afecto, paciencia y generosidad
suaviza asperezas y tensiones. Ella levanta los ánimos
caídos y ofrece un puerto acogedor en el cual refugiarse cuando
afloran los problemas en cualquier edad de la vida. La
mujer es sembradora de la paz.
Ante esta realidad, el predicador de la Casa Pontificia, P.
Raneiro Cantalemesa predicó a la Curia Romana y al Santo Padre
Benedicto XVI: que las mujeres son la esperanza de un
mundo más humano, podríamos decir que ellas
son quienes dan rostro y corazón y contribuyen con su genio
femenino a que el hombre pueda sobrevivir en esta sociedad sin
que se deshumanice del todo. He aquí el motivo
para rescatar el camino y la vocación de la mujer que
muchas veces ha sido condicionada, despreciada en su dignidad,
olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente, reducida
a la esclavitud y lo que es peor aún lejos de desempeñar
su natural vocación a ser madres y educadoras. No es
posible imaginar un mundo, una Iglesia, un hogar sin la valiosa
y generosa aportación de la mujer.
Antes de concluir quiero dirigir mí pensamiento a todas aquellas
mujeres, madres viudas, indígenas, campesinas,
las que hacen de padre y madre, es decir las madres
solteras; las enfermas, pobres, marginadas,
ancianas y tantas madres migrantes separadas
de sus hijos.
En las mujeres no casadas, pero que viven para
los demás en un servicio abnegado y fecundo, dando así vida.
Entre ellas resalto la presencia de las vírgenes consagradas
quienes de manera sublime viven una maternidad espiritual,
pues a través de su opción sabía e intrépida engendran nuevos
hijos para la Iglesia.
Llegue también mí recuerdo para las mujeres abandonadas
por sus maridos, por aquellas que sufren los vicios
y el abandono de sus hijos, las que justa o injustamente
se encuentran prisioneras, por todas aquellas
que han perdido el sentido auténtico de su maternidad
o caído en la tentación del abandono de sus hijos y
no olvidemos, finalmente, a todas aquellas madres que
han partido a la Casa del Padre.
Mí último recuerdo, aunque no menos importante, se dirige
a nuestra Madre la Iglesia, quien con inefable celo
no cesa de llamar a los hijos de Dios esparcidos por toda la
tierra a la salvación. Ella encierra la excelente síntesis
de mujer, esposa y madre. Ella es como bien lo afirmará
el Papa Bueno de feliz memoria, Juan XXIII: la Iglesia
es Madre y Maestra.
Así pues felicitémonos y agradezcamos el regalo de la
maternidad de María, quien nos regaló la salvación en
Jesús su amado Hijo. La maternidad de la Iglesia
quien mediante el bautismo nos ha hecho renacer a al vida eterna
y misma que nos sostiene en el camino de la vida mediante los
sacramentos y; por su puesto la maternidad de nuestras
madres biológicas, quienes con inefable amor día con
día nos enseñan la vida.
Termino mis amados hermanos y hermanas con estas sentidas palabras
de gratitud pensadas y escritas por aquel gran poeta y Papa,
nuestro querido e inolvidable Juan Pablo II:
Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes
en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto
de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para
el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos,
apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior
camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente
tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca
entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que
aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida
social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad
y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas
en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural,
artística y política, mediante la indispensable aportación que
das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón
y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al
sentido del « misterio », a la edificación de estructuras económicas
y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo
de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado,
te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando
a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta
«esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que El
quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer!
Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión
del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones
humanas”. Hasta aquí las palabras del Santo Padre.
Te doy gracias, mujer, porque a través de una mujer como tu,
yo he recibido la vida. Amen.
¡Un abrazo para todas ustedes, muchas
felicidades!