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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. José Luis Chávez Botello, Arzobispo de la Arquidiócesis de Antequera de Oaxaca, en ocasión de la peregrinación de la Arquidiócesis de Oaxaca a la Basílica de Guadalupe.

12 de mayo de 2006

María se encaminó presurosa a las montañas de Judea, entró en casa de Zacarías y saludo a Isabel. El Evangelio resalta la solicitud de María en busca de su prima, un encuentro que Isabel nunca olvidaría, cambio su manera de ver todo.

Cambio su vida, los signos son patentes apenas escucho el saludo de María, la criatura salto de gozo en su seno, quedo llena del Espíritu Santo, levanto la voz para bendecir y felicitar a María.

Salió de si misma y reconoció lo que Dios había hecho en María.

Hermanos, los encuentros con María siempre levantan, vivifican y se proyectan, baste recordar aquél de las Bodas de Canaá, también el encuentro en éste lugar del Tepeyac, con el hoy, San Juan Diego.

No podemos olvidar el encuentro con Lourdes y Santa Bernardita y el encuentro de Fátima con aquellos pastorcitos, dos de ellos Beatos.

Hoy son lugares donde miles de creyentes siguen levantándose y siguen siendo lugar de encuentro vivo con la Madre de Dios, reencuentran el camino, asumen si vocación y se proyectan en la vida.

Hoy la Arquidiócesis de Oaxaca viene a encontrarse con Santa María, estamos seguros de encontrar en ella consuelo y ayuda.

Venimos de una región montañosa que dificulta los caminos y los encuentros, pero las montañas de la pobreza, la injusticia, violencia, corrupción y de la división hacen mucho más difícil y casi intransitables los caminos de la convivencia pacífica y de la colaboración honesta por el bien común.

Madre nuestra, como en Judea, como en los Pirineos de Lourdes y aquí en el Tepeyac recorre presurosa nuestras montañas y entra en casa de tus hijos indígenas, campesinos, obreros, comerciantes, empresarios, profesionistas, padres de familia, jóvenes, niños, ancianos.

Entra en casa de tantos hijos tuyos migrantes y aquellos que han perdido la libertad, los presos; de nuestros hermanos enfermos, entre ellos, varios sacerdotes y de tantas mujeres que llevan una cruz pesada.

Toca y cambia los rostros de desesperación, de las familias desintegradas, las vidas sin amor; toca y cambia los estragos que deja el narcotráfico y la irresponsabilidad social, cambia la lacra del alcoholismo y la drogadicción.

Entra a nuestra casa, tu casa, Señora y Niña Nuestra, necesitamos que resuenen tus palabras en el corazón de todos los oaxaqueños:

No estoy yo aquí que soy tu madre, no estas en mi regazo y corres por mi cuenta.

Como Juan Diego, nos sentimos insignificantes e impotentes para cumplir con valentía nuestra misión, para descubrir nuestra tarea histórica en todas estas comunidades oaxaqueñas, sentimos que muchos no nos hacen caso, pero con tu ayuda podemos ponernos en camino y ser tus fieles mensajeros hasta no ver cumplido tu deseo, y llevar tu mensaje por todos los rincones de Oaxaca.

No olvidemos la exhortación del Papa Pablo VI, en la inauguración de esta tu Basílica, nos decía: la devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe debe ser para todos una constante exigencia y auténtica renovación cristiana.

Ella espera no una corona material, sino una corona espiritual formada por un profundo amor a Cristo y un sincero amor a todos los hombres, porque queremos ser tus devotos auténticos, nos esforzaremos por poner a Jesucristo en el centro de nuestra vida.

Volver el corazón de los hermanos más necesitados, sin ahorrar esfuerzos por mejorar la situación de personas concretas y luchar por el bien común de la sociedad.

Concédenos la dicha de alabarte para conocer por ti a Jesucristo, para aprender de ti, como se le dice a Dios Sí! Como decir AMÉN a la voluntad de Dios con la vida, para aprender a alabar a Dios, como enseñaste a Isabel. Señora y Niña Nuestra, ponemos en tus manos la renovación eclesial de nuestra Arquidiócesis.

Con el impulso de la evangelización integral en las comunidades, con la formación de agentes laicos, religiosas, sacerdotes en las tareas fundamentales, cuida nuestro seminario, bendice a las religiosas, sacerdotes y a todos colaboradores en esta tarea de la fe, concede colaboradores para que tu servidor pueda cumplir su misión episcopal, multiplica las vocaciones.

Ponemos en tus manos nuestras preocupaciones, anhelos y nuestras vidas, volveremos a Oaxaca llenos de esperanza, portadores de tu cariño y de la fuerza de Dios.

Concédenos la dicha de promover tu devoción desde tus santuarios de Juquila y la Soledad para no desviarnos del camino, para abrirnos más a Dios y a los hermanos, para saber colaborar con decisión y valentía en la convivencia pacífica y en el bien común de Oaxaca.

Enséñanos a alabar a Dios.

Madre Nuestra, aquí nos tienes, contigo hemos proclamado en la Liturgia de la Palabra, en el Salmo Responsorial y queremos repetirlo contigo desde el corazón:

Que te alaben Señor todos los pueblos;
todos los pueblos de Oaxaca y desde el corazón repetimos una vez más: Que Dios se compadezca de nosotros, nos bendiga y nos mire con amor.

Así todos los pueblos de la tierra conocerán tu salvación y los que se han ido de la casa materna, de la iglesia, que vuelvan como el hijo prodigo.

Que los pueblos te alaben todos juntos, que el Señor continué bendiciéndonos, para que el pueblo de Oaxaca todo y todos lo reconozcan.

Señora aquí estamos como Juan Diego, te llevaremos siempre en el corazón.

Como Juan Diego queremos esforzarnos por difundir a todos aquellos que pongas en nuestro camino y trasmitirles tu mensaje de amor.

Has que te sintamos siempre en este camino arduo en nuestro estado, ven con nosotros al caminar, dulce Madre no te alejes, tu vista de mi no apartes, ven con nosotros a todas partes y nunca solos nos dejes.

Como verdadera Madre has que nos bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 
 
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