Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo
de la Arquidiócesis de Morelia, en
ocasión de la peregrinación femenil de su arquidiócesis, a la Basílica
de Guadalupe.
11 de Agosto de 2008
Muy estimadas hermanas peregrinas, queridos hermanos sacerdotes,
familiares, amigos, personal que acompaña esta peregrinación femenil
de la Arquidiócesis de Morelia al Tepeyac.
¡Con alegría! ¡con emoción! ¡con profunda fe! Entramos en este
santuario donde nos espera la Santísima Virgen, la Madre de nuestro
Salvador. Valió la pena el sacrificio de caminar una semana o más,
a través de valles y montañas para vivir este encuentro con María
y con su Hijo Santísimo, el Señor Jesús.
En la peregrinación venía guiándolas y sosteniéndolas la Palabra
de Dios, que escuchaban y meditaban cada día. Ahora que toda la
Iglesia se prepara para el Sínodo de los obispos, que tendrá lugar
en Roma el próximo mes de octubre y que tratará precisamente de
la importancia de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de
la Iglesia. Todos debemos tomar conciencia de como hemos de abrir
el corazón, como lo hizo María, que le respondió al ángel: “Hágase
en mí según tu Palabra”, es decir la Palabra que le traía por
parte de Dios. El mensaje de Gabriel le manifestaba a aquella jovencita
de Nazaret cual era la voluntad de Dios. Le descubrió a María su
vocación a ser Madre, permaneciendo virgen y la invitó a una aceptación
libre, responsable, comprometida de esa misión tan grande.
Queridas hermanas peregrinas, hermanos sacerdotes, amigos,
todos, la lectura de la Palabra de Dios en la Santa Misa de cada
día, la meditación del Evangelio y de la Biblia sea el alimento
de nuestra fe. Cuando leamos, estudiemos lo que los Libros Sagrados
nos transmiten hemos de saborear y asimilar esa Palabra que nos
introduce en los misterios de Dios.
El Santo Padre escribía si quieres conocer el corazón de Dios
estudia la Palabra de Dios. Dejemos que esa Palabra tome posesión
de nosotros, que también por obra del Espíritu Santo, esa Palabra
divina se encarne en nosotros, que inspire nuestra vida, que nos
de los criterios para actuar y tomar decisiones en la obediencia
de la fe. Dios quiera que pudiéramos merecer como María el elogio
y la felicitación de su Hijo, quien dijo de Ella: “bienaventurados
los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan”, es decir,
la cumplen. Nos dice, san Lucas: que María guardaba en su corazón
aquellas palabras que escuchaba de los labios de su Hijo. Esas palabras
eran su tesoro. Ella llevó en su seno purísimo la Palabra, es
decir, el verbo de Dios, que se hizo carne en sus entrañas.
Nosotros como Iglesia y especialmente ustedes, mis hermanas,
como mujeres tienen una vocación a la maternidad, muchas quizás
son casadas, muchas tienen hijos, pero aún las que no tienen familia
todavía pueden, también, transmitir la vida espiritual y ser fecundas.
A quienes Dios llame a la vida consagrada, quienes se decidan a
ser religiosas y no se casen y permanezcan vírgenes el pueblo de
Dios les llamara madres. Porque en el orden espiritual, también,
ella hace que se engendre Jesús en el corazón de los fieles. Lo
mismo el sacerdote viviendo fielmente su consagración a Dios en
el celibato, es también verdadero padre en su comunidad.
El apóstol san Pablo, cuyo jubileo estamos celebrando, nos
comunica esta experiencia suya y nos invita a imitarlo, a ser padres,
a dar vida. Pero recordemos, también, lo que nos narra el Evangelio
de san Lucas, del día de la Fiesta de la Virgen de Guadalupe, en
la visitación de María su prima santa Isabel, se dio el encuentro
entre dos mujeres y esto es lo que hoy vive cada una de ustedes,
el encuentro con María. El gozo, la alegría que experimentaron Isabel
y su Hijo al que llevaba en las entrañas. Al sentir la presencia
de la que ya era Madre de Dios, es también el motivo por el cual
ustedes hoy se regocijan.
¿Cómo no agradecer este gran favor de estar en esta Casa de
María? ¿quién de nosotros merece estar junto a la Madre del Verdadero
Dios, la Reina del Cielo y de la Tierra? Sin embargo, Ella quiere
manifestarse, no solamente aquí junto al cerrito donde la vio y
escuchó san Juan Diego. Ella nos acompaña, también, en nuestros
pueblos, en nuestros hogares en medio de las comunidades cristianas
donde se cumple la promesa de Jesús: de estar siempre con los suyos.
También, Ella nos repite: “¿qué es lo que aflige? ¿no estoy Yo
aquí que soy tu Madre? Bendita entre todas las mujeres, bendito
el vientre. Bendita María, bendito Jesús. Nuestros labios
y nuestro corazón no se cansan de alabarlos. Ella, María, la sierva,
la humilde, la pequeña tiene, también, conciencia de su inmensa
dignidad porque sabe que Dios se fijo en Ella, puso sus ojos sobre
Ella y ha hecho maravillas con su poder.
Aprendan ustedes, hermanas, de este ejemplo de la Santísima
Virgen, a ser sencillas y humildes, a dejar a un lado el falso orgullo
a no confiar en sus propios méritos. Pero, también, aprendan de
María a descubrir su altísima dignidad de hijas Dios. Cada una de
ustedes es un templo vivo del Espíritu Santo. Su cuerpo merece respeto,
no tiene precio, Cristo las rescató igual que a todos nosotros con
su preciosa sangre. Dios las ama y especialmente si son pobres.
Dios quiere socorrerlas como a María con los dones de su misericordia
y de su gracia. Si Dios las llama al matrimonio bendecirá su amor
de esposas porque serán la imagen de la Iglesia desposada con su
único Señor en la alianza nueva y eterna. A las que Dios bendice
con hijos, recíbanlos como un don del cielo, cuídenlos, edúquenlos
para que sean semejantes a Jesús. Las madres que tiene familia pidan
en oración confiada que Dios les conceda la gracia de tener un hijo
sacerdote, una hija religiosa, la vocación es un favor inmerecido
que hay que suplicar.
En María tienen como en un espejo la imagen resplandeciente
de la santidad a la que ustedes están llamadas. A ustedes, hermanas,
mi admiración y mi agradecimiento, sé que su vida casi siempre es
una vida de sacrificio, sé que tienen que luchar para defender su
dignidad. También, en nombre de la Iglesia les pido perdón por los
desprecios e injusticias que en alguna ocasión pudieran padecer
y las invito a que sean valientes y generosas a que participen en
la vida de la sociedad y de la Iglesia. Si la fe y la vida cristiana
se conserva en nuestras familias y en la sociedad en gran medida
es por el ejemplo y el esfuerzo de la mujer, de la mamá, de la abuelita,
de la catequista, de la mujer apóstol.
México, nuestra amada patria, pasa por tiempos especialmente
difíciles de confrontación y de violencia, pidamos a nuestra Señora,
la Morenita nos ayude a reconciliarnos, a respetarnos, a respetar
la vida de los débiles, de los que no han nacido todavía.
Pidamos a la Virgen por nuestra diócesis y por toda la Iglesia
de América que durante esta semana que hoy inicia vivirá el Congreso
Misionero en Ecuador. La gran consigna de ser discípulos y misioneros
nos sacuda de nuestra mediocridad nos anime a movilizarnos en nuestras
parroquias para difundir la Palabra de Dios, para trabajar a favor
de las familias y los jóvenes, a participar en unión con los sacerdotes
en un plan de evangelización y de servicio a los pobres. Santa Clara
de Asís, cuya fiesta hoy celebramos, interceda por ustedes para
que sean limpias, alegres, sencillas, generosas como ella.
La peregrinación que culmina hoy nos invita a iniciar una nueva
etapa, la fe y la caridad de María nos hagan volver a nuestras casas
con ánimo renovado con propósitos nuevos.
María, Madre de gracia, Madre de misericordia. En la vida y
en la muerte ampáranos gran Señora.
Amén.