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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Gerardo de Jesús Rojas López, Obispo de la Diócesis de Nuevo Casas Grandes, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

23 de julio de 2008

La mañana del sábado 9 de diciembre, nos dice la historia, muy de mañana, fue a un hombre llamado Juan Diego a quien se le apareció la Virgen María de Guadalupe. Un hombre que iba al templo, iba a la enseñanza, a la Eucaristía, al catecismo.

¿Quién es Juan Diego? Un hombre bueno, un hombre que busca a Dios, que quiere estar cerca de Él. Dice, san Agustín: “Nos has creado Señor para ti y nuestra alma y nuestra vida no estará tranquila hasta que descanse en ti”.

Juan Diego buscaba que todo su ser y su alma descansara en las manos de su Señor y le busca de todo corazón: un hombre bueno y sencillo; un hombre sabio y prudente; un hombre bueno; un hombre orante que hace el bien. Creo que cada uno de ustedes es así, como Juan Diego, hombre y mujeres buenos. Hombres y mujeres que buscan a Dios, que quieren estar cerca de Él y que su alma y su vida no estarán tranquilas hasta que descansen en las manos de su Señor.

Un día, dice la Escritura, estando Juan Bautista en el Jordán por la rivera del Río Jordán pasó Jesús y les dice Juan a sus propios discípulos: “Aquel que va allá es el Cordero de Dios, Él que quita el pecado del mundo, síganlo”. Los discípulos lo siguieron, cuando Cristo, cuando Jesús siente que alguien está junto a Él voltea y pregunta ¿a quién buscan? Ellos le dijeron: a ti Jesús ¿dónde vives? Él les dijo vengan y lo verán y se quedaron con Él aquella tarde y todos los días.

Hoy al entrar a la casa de la Santísima Virgen María, que es la casa de Jesús, también, sin duda nos ha preguntado ¿a quién buscas al venir esta tarde aquí? Hemos de decirle con la sencillez, la humildad y el amor de aquellos discípulos del Bautista: a ti Jesús, a ti es al que he venido a buscar. ¿Dónde vives? La única razón, el único motivo que me mueve a venir desde tan lejos, días y horas de cansancio, pero con una alegría muy grande es para verte, para estar contigo. A ti Jesús he venido a buscar. ¿Dónde vives? Pero donde vive Jesús ahí está la Virgen, la Madre de Dios, a la que venimos, también, a buscar.

Decía, que Juan Diego, san Juan Diego es un hombre bueno, según la historia y un hombre de oración, un hombre orante y como ustedes se parecen a Juan Diego son también hombres y mujeres orantes. Pero ¿qué es orar? Se pregunta santa Teresa y ella responde: orar es estar a solas frente Aquel que tu alma sabe que más te quiere y que más te ama, eso orar. Estar a solas frente Aquel que tu alma sabe que más te quiere y que más te ama: hablándole de amores y de amistades, eso es orar.

Y si nos preguntan ¿a qué van a la Basílica? A orar, porque estamos frente aquellos, ante Jesús y María, que son quienes más nos quieren y más nos aman y les hablaremos de amores, de amistades, de necesidades, de dolor, de esperanza y de amor. San Juan Diego cuando aquella vez que va por el sacerdote para que unja a su tío, la Virgen se le aparece, y él no duda, con vergüenza porque no ha cumplido ir inmediatamente a verle otra vez para llevar el mensaje al arzobispo de México. La Virgen se encuentra con él, y él con pena y todo, le dice de la enfermedad de su tío Juan Bernardino, y ya oíamos hace un momento lo que nos decía el Padre, y la Virgen le dice: “No te preocupe ni esta enfermedad, ni otra semejante o parecida. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”

Bien, pues, hemos de platicarle a Cristo Jesús y a la Virgen de Guadalupe de nuestros amores, de nuestras amistades y también de nuestras enfermedades y de nuestros enfermos. La Virgen María le dice a Juan Diego que él es su embajador, muy bueno y muy eficaz, que tiene otros muchos, pero a Ella le pareció bien él y que ha de cumplirlo.

Han venido ustedes aquí ante la Virgen María y Cristo Jesús. El mismo Señor dice: “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae” ¿quién los ha traído aquí? El amor del Padre ¿quién los ha traído ante la Basílica, ante la Virgen de Guadalupe y ante Cristo Jesús? El Padre, el Espíritu de Dios. Y si han venido aquí sin duda la Virgen María nos pedirá, como a Juan Diego ser sus embajadores. Y él fue y le dijo al arzobispo, que necesitaba un templo para en él manifestar todo su amor, su auxilio, su compasión y su defensa. Hemos venido a eso: a que nuestra alma experimente entre las manos de Jesús las manos llagadas de Cristo que cicatrizan nuestras heridas y las manos maternales de la Virgen a que nos dé el consuelo y auxilio que tanto hace falta en nuestros corazones.

Dice el Padre, hace un momento al inicio de la Eucaristía, que la Virgen le dio su nombre, los estudiosos dicen: que le dijo que era Cuauhtlasupe aunque después dijeron que era Guadalupe, Cuauhtlasupe, eso es lo que dicen los estudiosos. Significa: aquella que pisa la cabeza de la serpiente. La Madre del verdadero Dios por quien se vive y que es la mujer que le pisa la cabeza a la serpiente. Cuauh: significa serpiente. Es aquella que le pisa la cabeza a la serpiente. La Virgen, la Inmaculada lo que aparece en libro del Génesis.

Los que venimos de Chihuahua sabemos las dificultades de estos últimos meses: violencia, agobio, asesinato. Pero, Ella es la que es capaz de pisar la cabeza de la serpiente, digámoselo a la Virgen que pise la cabeza de esas serpientes que hay en nuestro estado, en nuestra diócesis, en nuestra ciudad. De esas serpientes de violencia y de asesinato. De esas serpientes que acaban con la ilusión y con la alegría, con la vida. Hay muchas serpientes y a veces dentro de nosotros: el odio, la violencia, la venganza cada uno sabe que serpientes tiene y trae. Estando cerca de la Inmaculada, que Ella aplaste esas cabezas y esas serpientes.

Bien, pues, venimos contentos, felices, también, trayendo muchas necesidades. La gente nos dice: ahora señor obispo que van a estar junto a la Virgen pídanle por mí, que nos bendiga, que bendiga nuestro trabajo, nuestro matrimonio, nuestro hogar. Como no pedirle en estos amores y amistades. En estas súplicas y devociones a la Virgen María que nos bendiga, que nos santifique, que nos lleve en su regazo maternal. La Virgen de Guadalupe tiene sus manos juntas y ahuecadas, yo creo que nos lleva en medio de sus manos a cada uno de nosotros, sin duda la Virgen escuchara nuestros ruegos y nuestras súplicas. Nos dirá, como a Juan Diego, que no nos preocupemos, que Ella está siempre con nosotros, que Ella es nuestra Madre.

Pidámosle, pues, a la Virgen de Guadalupe que nos proteja y nos bendiga y también que somos sus embajadores. Que nos diga al oído y al corazón lo que quiere que le digamos a nuestros hermanos. Que estamos seguros que Ella nos protege, nos bendice y nos da su paz.

 
 
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