Queridísimo Pueblo de Dios que peregrina en nuestra amada Diócesis
de Ecatepec.
Muy queridos y carísimos seminaristas.
Amados diáconos.
Amadísimos presbíteros sin los cuales sería imposible la ardua
tarea de evangelizar una diócesis como la Diócesis de Ecatepec.
Hace 13 años lo primero que hicimos nosotros como Diócesis
recién concebida fue venir a ponernos a los pies de la Morenita
del Tepeyac, de nuestra amada Virgen María.
Y, desde entonces año con año hemos venido sin falta a saludarte
Madre y a pedirte favores porque tú dijiste que estarías aquí con
nosotros todo el tiempo para ver nuestras penas, para ayudarnos
en nuestras angustias y en nuestro problemas.
Y te vemos en ese lienzo pintada como una mujer morena de nuestro
pueblo; como una mujer virgen embarazada; como una mujer que se
le nota que va a tener un hijo en el vientre.
Y consternados hoy, venimos a pedirte madre que cuides a todas
las mujeres de nuestro pueblo, y muy en especial a todos los niños
que vendrán al mundo a través de ellas.
Siento que como pueblo estamos siendo condenados un poco, a
ser un pueblo de asesinos. Un pueblo que por ley puede matar a los
hijos en el vientre de la madre; era el peor pecado que podría
tener el mismo pueblo de Israel. “No mates a tus hijos”. Eso lo
dice el Deuteronomio, y nosotros, por ley, ahora lo podemos hacer,
defendiendo el derecho absurdo de que la mujer que no puede ser
madre y puede matar a su hijo en el vientre, en lugar de decir que
la mujer que no quiere ser madre, no se exponga a los actos ilícitos
de lujuria. Yo creo que esto lo tenemos que decir y con toda claridad
y tenemos que saberlo nosotros en la Diócesis de Ecatepec. Y tenemos
que saber que somos responsables delante de Dios de las vidas que
el Señor nos va regalando a través de ustedes, mujeres de Ecatepec,
a través de ustedes, mujeres de México.
La
Suprema Corte de Justicia de México, ha manifestado que el feto es
un bien jurídico, tutelado. Si es un bien jurídico lo primero que
tenemos que defender es ese bien, porque ese bien que estamos defendiendo
es el bien de la vida y fundamentalmente las leyes son para defender
en primer lugar el derecho que todos tenemos de vivir.
Creo que es importantísimo este hecho, y la Virgen María es
un ejemplo claro. La Madre Virgen, iba a ser rechazada por José
porque no tenía relaciones con ella y estaba esperando un hijo.
Y ella nunca se avergonzó del hecho de ser madre y se expuso a
toda clase de maledicencia, a toda clase de maldad para tener el
hijo que Dios le mandaba que era el mismo Hijo de Dios.
En toda la cultura indígena, vemos nosotros como estaban esperando
precisamente a la mujer que traería al Dios por quien se vive. María
se presenta ante Juan Diego como la Madre del Dios por quien se
vive, del Dios de la Vida.
En nuestra propia cultura, en nuestro catolicismo, sabemos
también que matar está prohibido, y sabemos también con toda claridad
que el respeto a la vida y sobre todo el amor a los hijos que Dios
nos envía es como una bendición que cae sobre nosotros y sobre nuestras
familias.
Un hijo siempre será una bendición. El otro día hablando con
una señora que tenía un hijo que había nacido con parálisis cerebral,
decía con toda claridad: “Para nosotros, para nuestra familia, este
muchachito ha sido la gran bendición que Dios nos envío porque ha
podido unir a toda nuestra familia alrededor del amor de él”. Muchas
veces lo que nosotros vemos como malo, Dios nos lo da como bueno.
Hace escasamente una semana, pudimos ver en casi todo México
una procesión bien extraña; una procesión que se llamaba “Iluminemos
México”. Y ahí vimos cómo se prendían veladoras en un acto impresionante
de civilidad del pueblo mexicano. Pero se nos olvidó una cosa, se
nos olvidó que vivíamos un poco la contradicción. ¿Por qué? Porque
el único que puede iluminar el México es Cristo; “Yo soy la luz
del mundo, y esa luz tiene que brillar en el pueblo”. Y vino el
mundo y el mundo no la conoció, y vino a nosotros y nosotros parecemos
también desconocerla, porque no cumplimos su voluntad.
Queremos un mundo de paz de justicia, de amor. Y ese mundo
solamente lo pueden producir Cristo Jesús y el Espíritu Santo, porque
el fruto del Espíritu es la justicia, la paz, el gozo y el amor.
Nosotros tenemos que vivir con esos frutos del Espíritu, dejando
que se produzcan nuestros corazones esos frutos de justicia, de
verdad, de vida y de paz.
Iluminar a México sin Cristo no tiene sentido; iluminar a México
matando la vida no tiene sentido. Iluminar a México con un Cristo
que vino a dar la vida por nosotros, eso sí tiene sentido.
Iluminar a México viviendo los valores de Cristo, eso sí tiene
sentido. Iluminar a México luchando todos y cada uno de nosotros
porque en nuestro medio no haya corrupción, como existe; porque
en nuestro medio no haya impunidad como existe; porque en nuestro
medio no haya tanto narcotráfico; porque nuestros hijos no caigan
en estos vicios. Eso sí es iluminar a México.
Iluminar a México es cuando las familias se dedican verdaderamente
a proteger a los suyos, a cuidarlos, a saber dónde están los suyos.
A darse cuenta cuándo uno de los suyos se está resbalando para que
no caiga y pueda ser levantado.
Y nosotros presbíteros tenemos que colaborar en ello con nuestra
palabra fuerte y enérgica; con nuestra palabra verdadera, no callando
sino denunciando, hablando con claridad.
Y ustedes pueblo de Ecatepec, tienen que ser cómo los que tomamos
la iniciativa habiendo tanto crimen y violencia en medio de nosotros,
para denunciar estos hechos y para evitarlos; para luchar para que
en medio de nosotros ya no se de nada de esto; por estar dispuestos
a correr el riesgo de dar nuestra propia vida en beneficio de los
demás.
María corrió riesgos y se dedicó a servir a su prima Santa
Isabel. Nosotros tenemos que correr riesgos también para servir
a Cristo y servir al Evangelio. Para servir a nuestros hermanos
más pobres y necesitados. Para alejar de nosotros el engaño y la
mentira, la corrupción y el vicio. Para vivir en serio los valores
que nos van a hacer el México de Cristo, el México de la justicia
que tanto clamamos. El México de la verdad que tanto queremos oír.
El México de la vida que debemos proteger, el México de la paz que
merecemos tener.
Hermanos hemos venido aquí, delante de la protectora de México
a pedirle que nos convierta, que nos transforme, que nos haga capaces
de comenzar con nuestro ejemplo para ir creando poco a poco ese
México de Cristo que tanto añoramos para Gloria de Dios.
Amén.