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Homilía
pronunciada por Mons. Onésimo Cepeda Silva, Obispo de la Diócesis de Ecatepec, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

6 de Septiembre de 2008

Queridísimo Pueblo de Dios que peregrina en nuestra amada Diócesis de Ecatepec.
Muy queridos y carísimos seminaristas.
Amados diáconos.

Amadísimos presbíteros sin los cuales sería imposible la ardua tarea de evangelizar una diócesis como la Diócesis de Ecatepec.

Hace 13 años lo primero que hicimos nosotros como Diócesis recién concebida fue venir a ponernos a los pies de la Morenita del Tepeyac, de nuestra amada Virgen María.

Y, desde entonces año con año hemos venido sin falta a saludarte Madre y a pedirte favores porque tú dijiste que estarías aquí con nosotros todo el tiempo para ver nuestras penas, para ayudarnos en nuestras angustias y en nuestro problemas.

Y te vemos en ese lienzo pintada como una mujer morena de nuestro pueblo; como una mujer virgen embarazada; como una mujer que se le nota que va a tener un hijo en el vientre.

Y consternados hoy, venimos a pedirte madre que cuides a todas las mujeres de nuestro pueblo, y muy en especial a todos los niños que vendrán al mundo a través de ellas.

Siento que como pueblo estamos siendo condenados un poco, a ser un pueblo de asesinos. Un pueblo que por ley puede matar a los hijos en el vientre de la madre;  era el peor pecado que podría tener el mismo pueblo de Israel. “No mates a tus hijos”.  Eso lo dice el Deuteronomio, y nosotros, por ley, ahora lo podemos hacer, defendiendo el derecho absurdo de que la mujer que no puede ser madre y puede matar a su hijo en el vientre, en lugar de decir que la mujer que no quiere ser madre, no se exponga a los actos ilícitos de lujuria. Yo creo que esto lo tenemos que decir y con toda claridad y tenemos que saberlo nosotros en la Diócesis de Ecatepec. Y tenemos que saber que somos responsables delante de Dios de las vidas que el Señor nos va regalando a través de ustedes, mujeres de Ecatepec, a través de ustedes, mujeres de México.

La Suprema Corte de Justicia de México, ha manifestado que el feto es un bien jurídico, tutelado. Si es un bien jurídico lo primero que tenemos que defender es ese bien, porque ese bien que estamos defendiendo es el bien de la vida y fundamentalmente las leyes son para defender en primer lugar el derecho que todos tenemos de vivir.

Creo que es importantísimo este hecho, y la Virgen María es un ejemplo claro. La Madre Virgen, iba a ser rechazada por José  porque no tenía relaciones con ella y estaba esperando un hijo. Y  ella nunca se avergonzó del hecho de ser madre y se expuso a toda clase de maledicencia, a toda clase de maldad para tener el hijo que Dios le mandaba que era el mismo Hijo de Dios.

En toda la cultura indígena, vemos nosotros como estaban esperando precisamente a la mujer que traería al Dios por quien se vive. María se presenta ante Juan Diego como la Madre del Dios por quien se vive, del Dios de la Vida.

En nuestra propia cultura, en nuestro catolicismo, sabemos también que matar está prohibido, y sabemos también con toda claridad que el respeto a la vida y sobre todo el amor a los hijos que Dios nos envía es como una bendición que cae sobre nosotros y sobre nuestras familias.

Un hijo siempre será una bendición. El otro día hablando con una señora que tenía un hijo que había nacido con parálisis cerebral, decía con toda claridad: “Para nosotros, para nuestra familia, este muchachito ha sido la gran bendición que Dios nos envío porque ha podido unir a toda nuestra  familia alrededor del amor de él”. Muchas veces lo que nosotros vemos como malo, Dios nos lo da como bueno.

Hace escasamente una semana, pudimos ver en casi todo México una procesión bien extraña; una procesión que se llamaba “Iluminemos México”. Y ahí vimos cómo se prendían veladoras en un acto impresionante de civilidad del pueblo mexicano. Pero se nos olvidó una cosa, se nos olvidó que vivíamos un poco la contradicción. ¿Por qué? Porque el único que puede iluminar el México  es  Cristo;  “Yo soy la luz del mundo, y esa luz tiene que brillar en el pueblo”.  Y vino el mundo y el mundo no la conoció, y vino a nosotros y nosotros parecemos también desconocerla, porque  no cumplimos su voluntad.

Queremos un mundo de paz de justicia, de amor. Y ese mundo solamente lo pueden producir Cristo Jesús y el Espíritu Santo, porque el fruto del Espíritu es la justicia, la paz, el gozo  y el amor.  Nosotros tenemos que vivir con esos frutos del Espíritu, dejando que se produzcan nuestros corazones esos frutos de justicia, de verdad, de vida y de paz.

Iluminar a México sin Cristo no tiene sentido; iluminar a México matando la vida no tiene sentido. Iluminar a México con un Cristo que vino a dar la vida por nosotros, eso sí tiene sentido.

Iluminar a México viviendo los valores de Cristo, eso sí tiene sentido. Iluminar a México luchando todos y cada uno de nosotros porque en nuestro medio no haya corrupción, como existe; porque en nuestro medio no haya impunidad como existe; porque en nuestro medio no haya tanto narcotráfico; porque nuestros hijos no caigan en estos vicios. Eso sí es iluminar a México.

Iluminar a México es cuando las familias se dedican verdaderamente a proteger a los suyos, a cuidarlos, a saber dónde están los suyos. A darse cuenta cuándo uno de los suyos se está resbalando para que no caiga y pueda ser levantado.

Y nosotros presbíteros tenemos que colaborar en ello con nuestra palabra fuerte y enérgica; con nuestra palabra verdadera, no callando sino denunciando, hablando con claridad.

Y ustedes pueblo de Ecatepec, tienen que ser cómo los que tomamos la iniciativa habiendo tanto crimen y violencia en medio de nosotros, para denunciar estos hechos y para evitarlos; para luchar para que  en medio de nosotros ya no se de nada de esto; por estar dispuestos a correr el riesgo de dar nuestra propia vida en beneficio de los demás.

María corrió riesgos y se dedicó a servir a su prima Santa Isabel. Nosotros tenemos que correr riesgos también para servir a Cristo y servir al Evangelio. Para servir a nuestros hermanos más pobres y necesitados. Para alejar de nosotros el engaño y la mentira, la corrupción y el vicio. Para vivir en serio los valores que nos van a hacer el México de Cristo, el México de la justicia que tanto clamamos. El México de la verdad que tanto queremos oír. El México de la vida que debemos proteger, el México de la paz que merecemos tener.

Hermanos hemos venido aquí, delante de la protectora de México a pedirle que nos convierta, que nos transforme, que nos haga capaces de comenzar con nuestro ejemplo para ir creando poco a poco ese México de Cristo que tanto añoramos para Gloria de Dios.

Amén.

 
 
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