Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por Mons. Ramón Calderón Batres,
Obispo de la Diócesis de Linares, en
ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.
6 de Agosto de 2008
Saludo a todas las comunidades de la Diócesis de Linares aquí
presentes. Han venido presididas por los señores curas… de santa
Cruz, de General Bravo, de nuestra Señora de la Soledad, de san
Mateo, de María Auxiliadora, del Sagrado Corazón, de santa Cecilia
de Linares. El coro, pues tiene una buena parte del Roble, aún cuando
no haya venido el señor cura ellos están aquí también los padres
vicarios y después san Pablo de Galeana, san Rafael, san José de
Raíces, la Ascensión, san Pedro, nuestra Señora reina de la Salud
de los enfermos, Doctor Arroyo, de la Purísima y san Antonio. Y
un paso, que me arriesgo hacerlo, Dios quiera que no haya olvidado
ninguna, pero me da mucho gusto saludarlos aquí en la casa de nuestra
Madre.
Bendito sea el Señor porque nos trajo de nuevo. Quiero que
reconstruyan la escena que nos pinta san Juan en ese capitulo doce
de su libro del Apocalipsis: apareció una escena prodigiosa,
una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, estaba en cinta
apunto de dar a la luz. Pero, enfrente de Ella aparece un enorme
dragón con siete cabezas para devorar al niño que naciera de la
mujer. Nace el niño varón y se le entrega el poder porque va a gobernar
a todas las naciones de la tierra y el dragón es puesto en estampida,
no daña ni a la mujer, ni al niño. Y la voz potente que se escucha:
ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su domino sobre
la tierra, de su reinado y del poder de su Cristo, de su Mesías.
Hermanos, esta proclamación del Apocalipsis me inspira para
decirle que ha llegado, también, la hora de la salvación. La salvación
que nos ofrece Dios. Una salvación definitiva. Una salvación escatológica
que va a trascender en la vida temporal para ponernos en la eterna.
Una salvación que se ofrece a todos seres humanos de todos los tiempos,
según sus culturas. Una salvación que se nos ofrece por medio de
su Hijo Jesucristo a través de su Iglesia.
Oigan, pues, también, ustedes hermanos, que ha sonado la hora
de la victoria de nuestro Dios en la Diócesis de Linares, que la
salvación va llegar hasta todas las parroquias y hasta todas las
comunidades rurales las más remontadas y alejadas de sus centros,
pero también va a estar llegando por allá la salvación. Porque la
Diócesis de Linares se pone en pie y se pone en una campaña. Una
campaña de dar testimonio constante; una campaña para proclamar,
no nada más con el testimonio silencioso de la vida, sino, también,
con una proclamación directa. Vamos a ponernos en misión, una campaña
misionera en que todos los bautizados en la Diócesis de Linares
vengamos a ser discípulos y misioneros. Y lo vamos a emprender ahora
y aquí ante los pies de nuestra Señora, esta mujer vestida de sol,
que sigue también presentándose porque así lo quiso en la pintura
que dejo en el Ayate. Se nos sigue presentado como la mujer que
está en cinta apunto de dar a luz y un día aquí mismo en su Basílica
les decía que esta señal del parto próximo de la Santísima Virgen
María era el nacimiento de una nación; era el nacimiento de una
fe aquí en este continente y que así nos íbamos nosotros también
llenos de esperanza, porque también en nuestra región, en esa región
noreste donde se ubica la Diócesis de Linares, también estábamos
apunto de dar a luz un reino, el Reino de Dios. Y siempre con esa
protección de la Santísima Virgen María.
Hoy igual estamos llenos de esperanza y más con esa voz potente
ha llegado la hora de la hora de la victoria de nuestro Dios; ha
sonado la hora de la victoria de nuestro Dios; la hora del poderío
y del dominio del Señor y del poder de su Cristo. Y esperamos que
nuestra Señora siga hacía enfrente y nos siga inspirando esa esperanza
y nos siga dando constantemente a su Hijo. Y estemos nosotros dispuestos
a vivir incansablemente este tiempo de misión que hoy iniciamos.
En obediencia a las conclusiones de los obispos reunidos en
Aparecida, Brasil, en este día solemne de nuestra peregrinación
a la Basílica de nuestra Madre definimos este día para dar inicio
a la gran misión en unión con todas las iglesias particulares del
continente. En Dios vivimos, nos movemos y somos, pero al llegar
la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de una mujer,
nacido bajo la ley para rescatar a los que se encontraban bajo la
ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de
que somos hijos es que Dios ha enviado nuestros corazones el Espíritu
de su Hijo que clama Abbá, Padre, de modo que ya no
eres esclavo, sino hijo, y si hijo también heredero por voluntad
del Padre.
No pensemos, pues, que la misión es seguir haciendo lo mismo,
porque hay un momento llega la plenitud de los tiempos, suena la
hora de la victoria de nuestro Dios. Envía Dios a su Hijo nacido
de una mujer, la misión tiene tiempos y por eso vamos a puntualizar
que en este día empezamos, también, hacer un itinerario de misión.
También, Cristo envía a sus apóstoles para que constituyan la Iglesia.
La Iglesia es, pues, misión; sin embrago, en los dos mil años de
historia resaltan momentos de trabajo, fuerte de misión, como cuando
se fue predicando el Evangelio a los países del norte de Europa,
a los países de América, a los países de Australia, hay tiempo de
misión.
Si nuestros obispos hablan de poner en campaña a los discípulos
de Cristo, que se vuelvan celosos misioneros no quieren que sigamos
haciendo lo mismo, ni siquiera al estilo que decían los padres espirituales;
hacer extraordinariamente bien lo ordinario, no hablan de un movimiento
nuestros obispos de un ir a hacía una meta. Que no se estaba haciendo
con la necesaria intensidad. Reunidos en la asamblea pone en sobre
aviso a las iglesias del continente ante el deterioro del modo de
vivir nuestro catolicismo. Dicen, claramente: revitalizar nuestro
modo de ser católico. En eso va a consistir nuestra misión, en revitalizar
nuestro modo de ser católico.
El movimiento que se ha de iniciar es en tres direcciones simultáneamente
a los de dentro, a los que no comparten nuestra fe, a los alejados,
no debemos presuponer nada. A través de las conclusiones de Aparecida
se repite una palabra recomenzar desde Cristo, fortalecer, revitalizar.
Por eso hablan del primer anuncio, el punto por el que se a comenzar,
como cuando resonó en el primer Pentecostés: “sepa todo Israel,
dijo san Pedro, que a este Jesús, al que ustedes mataron, Dios
lo ha constituido Señor y Juez”. Este primer anuncio despierta
interés en los oyentes, que reaccionan con una pregunta ¿qué debemos
hacer? Así empieza el seguimiento, que culmina en la exhortación
de san Pablo: “tengan los mismos sentimientos, que Cristo Jesús
que tomó la condición de esclavo, el servicio, la obediencia y la
obediencia hasta la muerte y una muerte de cruz”. Esta es, también,
condición del discípulo, el servicio.
Participar en los mismos sentimientos de Cristo no es el final,
sino lleva al discípulo a vivir su fe, fruto de ese encuentro personal
con Cristo a partir del primer anuncio lo lleva a vivir en comunidad,
porque la fe origina a la comunidad, porque la decisión personal
de seguir a Cristo se comparte. Estas tres realidades hay que buscarlas
de propósito dentro de esta campaña de misión.
El Kerigma primer anuncio que despierta el interés
por la persona del Señor. La diaconía, el servicio que nos
identifica con el misterio pascual, muerte y resurrección. La koinonía,
la comunión al estilo de la Santísima Trinidad, nuestra meta última.
Señora nuestra, la Diócesis de Linares concientemente emprenderá
iniciativas que lleven a todos los hombres y mujeres que en ella
viven al seguimiento de tu Hijo, para crear la comunión que quiere
el Padre en el Espíritu.
Amén.