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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Benjamín Castillo Plascencia, Obispo de la Diócesis de Tabasco en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

29 de julio de 2008

Muy querido señor obispo, queridos hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas. Muy queridos hermanos peregrinos de nuestra Diócesis de Tabasco.

Hermanos y hermanas, todos, estar ante la presencia viva de la Santísima Virgen, nuestra Señora de Guadalupe, es una gracia y un privilegio que nos concede nuestro Señor, su hijo. Porque es seguro que muchos quisieron estar aquí y por diversas causas no han podido, nosotros sí. Hemos de sentirnos como san Juan Diego embajadores de todos ellos, ante nuestra Madre para que a nuestro regreso, también, lo seamos de Ella ante nuestros hermanos. Esta presencia nuestra es portadora de los grandes anhelos de nuestro pueblo ante el reto de vencer las desesperanzas, después del crisol de la llamada contingencia, que puso y está poniendo a prueba nuestra fe y que en un pueblo como el nuestro, que lleva en su propia historia las envestidas de su exuberante naturaleza surgen con mayor deseo de luchar por sobreponerse a ellas.

Por ese pueblo conocido y amado por tantos, que en la hora de la desdicha conoció la solidaridad en la caridad de tantos otros pueblos, queremos agradecerle a nuestra Santa Madre su solicitud y ternura reflejadas en cada alimento, en cada utensilio, en cada vestido y botella de agua que con caridad fraterna fue puesta en manos de innumerables damnificados y está ahora siendo puesta en aquellos hermanos que luchan por restablecerse.

Tabasco nuestro pueblo ha sabido enfrentar siempre con gran esperanza los retos que historia le ha planteado, desde las grandes circunstancias de los primeros tiempos de la evangelización en la colonia hasta la persecución de la fe y los múltiples retos que hoy tiene. Enfrenta hoy esos nuevos retos que planteados como tareas inaplazables hacen más evidente la Palabra proclamada en este día con ocasión de esta peregrinación.

El Señor Jesús después de su resurrección y antes de subir a la derecha de su Padre, comunicándoles su poder, envió a los once a anunciar el Evangelio, a injertar a los creyentes a la vida divina por medio del bautismo y a enseñarles a vivir su mandamiento. Este envío y esta potestad aún hoy es un imperativo de todos los tiempos y lo es por lo mismo para nuestra Diócesis de Tabasco. Por otro lado las sabías palabras de san Pablo ante la necesidad de evangelización y evangelizadores son una luz para nuestra iglesia diocesana hoy.

Desde la labor pastoral de nuestra iglesia diocesana se impone la tarea siempre actual de la evangelización. Son muchos los que habiendo recibido el bautismo no conocen su Iglesia, no celebran ni viven suficientemente la fe. No son pocos, también, los que sin haber tenido el anuncio del Evangelio viven en la irreligiosidad y las generaciones que crecen ávidas de descubrir el tesoro de la fe serán siempre nuestra diócesis. Medidas de harina que esperan la levadura que las fermente. Del mismo modo han de ser una preocupación permanente el creciente número de hermanos que después de peregrinar en grupos no católicos han caído en el desaliento y en la indiferencia religiosa.

Lo que, también, escuchábamos como han de creer sino se les predica y como han de predicar sino son enviados, refleja la realidad del reducido número de agentes de pastoral: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. A quienes se nos plantea la llamada del Señor: “La mies es mucha y los trabajadores pocos” Rueguen al dueño de la mies envíe trabajadores a sus campos. El Señor necesita más obreros y los que ahora estamos nos necesita plenamente convencidos de los que somos y de la misión que nos ha pedido para nuestro pueblo. Por lo que, tomando conciencia de su mandato vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura, hemos de asumir con gozosa entereza la tarea de evangelizar. Debemos ser discípulos misioneros.

Tenemos en nuestra historia grandes testigos y representantes de esta labor: el venerable Leonardo Castellanos, obispo. El indio Gabriel, mártir. Los siempre recordados obispos: Jesús del Valle, Antonio Hernández Gallegos, Fundador del Seminario Diocesano de Tabasco, del que se han cosechado varios frutos. Don Rafael García González, innumerables sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos cuya pasión ha sido evangelizar. Que podríamos muy bien afirmar, como el autor de la Carta a los Hebreos, que teniendo a nuestro alrededor tantas personas que han demostrado su fe, hemos de dejar a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda y correr con fortaleza la carrera que tenemos adelante. Fija nuestra mirada en Jesús, pues, de Él procede esa fe y Él es quien la perfecciona.

Nuestro pueblo además vive en la incertidumbre y la inseguridad ante los acontecimientos últimos de crímenes, secuestros, asaltos. Parece ser que el trigo se ve invadido por la cizaña que envenena las ciudades, pueblos y rancherías de nuestro estado que se han teñido frecuentemente de sangre y estas circunstancias imponen la exigencia de definir nuestra identidad. La identidad de nuestras familias, como auténticas espigas de trigo, que se sobreponen y brillan, no obstante la nociva presencia de la maldad. Pero, además se hace necesario asumir cada uno nuestra tarea de educador de la fe, de formadores de personas y de promotores de los valores sociales, líneas que definen el ser y la misión de nuestras familias, y que por cierto será el contenido principal del próximo Congreso Internacional de la Familia aquí en México el año próximo.

No basta el aprendizaje escolar de los hijos, hay que formarlos para hacerlos comprender sus legítimos derechos, pero también guiarlos para que asuman generosamente sus responsabilidades. Educarlos para que descubran el amor de Cristo y guíen sus vidas conforme a su mandamiento. Por lo mismo, y especialmente, nosotros los pastores, hemos de procurar cumplir con la delicada tarea de promover con insistencia una auténtica pastoral familiar de donde surjan vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y formar cuidadosamente nuestros laicos que son oro precioso en el desempeño de sus apostolados.

Y ante la creciente pobreza y desempleo es necesario intentar iniciativas que permitan prolongar en hechos las lecciones de la pasada contingencia de que es posible convivir unidos sin hacer diferencias unos de otros, que tender la mano al otro en una real solidaridad es hacerlo hermano. Que lo que en pequeña escala se ha logrado estando en el albergue o en las casas que generosamente nos recibieron nos habla de la capacidad que tenemos para establecer proyectos de promoción y ayuda mutua que permitan aprovechar mejor los recursos de nuestra tierra y de nuestra gente, para no depender, siempre entre otras cosas, de las grandes cadenas comerciales que como grandes pulpos adsorben y desgastan la economía y las fuerzas de la población.

Renovemos, pues, hermanos nuestra fe al contacto con nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Acrecentemos nuestra esperanza garantizada al estar en el cruce de sus brazos y en su maternal regazo. Nutramos nuestra capacidad de amar en su corazón ardiente de amor por Cristo que nos indica: “Hagan lo que Él les diga”. Y escuchemos su dulce voz, que siempre nos invita a confiar en Ella: “oye y ten entendido hijo mío, el más pequeño que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas a esa enfermedad, ni a otra alguna enfermedad y angustia ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿no estás por ventura en mi regazo? ¿qué más has menester? No te apene ni te inquiete cosa alguna”.

Madre Santísima de Guadalupe recibe el homenaje de este pueblo que te ama y pone antes tus plantas sus frutos y sus flores, sus gozos y dolores que son todos para ti. Y alegre o triste la fe que tú le diste guardará por siempre hasta morir.

Así sea.

 
 
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