Homilía
pronunciada por Mons. José Guadalupe Galván
Galindo, Obispo de la Diócesis de Torreón,
en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de
Guadalupe.
13 de Agosto de 2008
Muy estimados sacerdotes, muy queridos hermanos y hermanas,
como
cada año, la Diócesis de Torreón representada en cada uno de nosotros: fieles laicos y laicas, religiosas, religiosos, presbíteros y Obispo, hemos recorrido más de 1000 kilómetros para llegar a nuestra cita anual con la Morenita del Tepeyac que, en la tilma de Juan Diego, ha querido quedarse entre nosotros como vivo testimonio de Aquél que ha visitado a su pueblo suscitando una fuerza de salvación y plenitud.
Venimos
como Iglesia peregrina para contemplar a la "Señora de Cielo, Madre del Verdadero Dios por quien se vive". Estamos aquí, como discípulos y discípulas
para escuchar
las dulces palabras de quien recibió en su corazón la Palabra y la puso
en práctica. Porque Ella, la "Mujer nueva y perfecta cristiana... fue del todo distinta a una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante,
y
cuya función maternal se dilató, asumiendo sobre el calvario dimensiones universales. La figura de
la Virgen asume para los hombres y mujeres de nuestro tiempo el modelo perfecto del
discípulo del Señor: artífice de la ciudad terrena y peregrino hacia la eterna, promotor de la justicia, testigo activo del amor que edifica a Cristo en los corazones". (MC 36-37)
Nuestra
visita
anual a la Casa de la Morenita del Tepeyac, sirva de escenario para agradecer a Dios las gracias derramadas en nuestra diócesis durante el Año Jubilar de Oro por la fundación de nuestra iglesia particular. En los orígenes de nuestra diócesis hay una profunda devoción mariana, simbolizada en las advocaciones llevadas a nuestra
tierra por los primeros misioneros: Nuestra Señora del Carmen, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Nuestra Señora del Refugio y, por supuesto, Nuestra Señora de Guadalupe. Así, recordando desde aquí la figura de Mons. Fernando Romo Gutiérrez, llamado a la casa del Padre en diciembre del año pasado, agradecemos a Dios la vocación
mariana que el obispo fundador imprimió en nuestra iglesia lagunera.
Expresión del lugar que ocupa María, como Madre y Maestra para
nuestra comunidad eclesial, es
esta QUINCUAGÉSIMA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE TORREÓN, misma que en este día realizamos particularmente con gran alegría y gratitud. Efectivamente, en septiembre de 1958, a los cinco meses de la erección canónica de la Diócesis de Torreón y de la Ordenación Episcopal de su Primer Obispo, nuestra Iglesia particular, encabezada por su Obispo, se postró a los pies de la Santísima Virgen
de Guadalupe para ponerse, como un niño recién nacido, en su regazo, tomándola de la mano y confiándole la vida y el futuro de la Iglesia que en esos años nacía en el territorio de la Comarca Lagunera del Estado de Coahuila.
Meritoria ha sido la tarea que Mons. Jesús Cortinas Hernández asumió a partir de su devoción guadalupana. Él, desde el año 1948 cuando el territorio de la Comarca Lagunera estaba aún bajo el cuidado pastoral del Obispo de Saltillo, inició la organización de este importante momento eclesial. Después, ya creada la Diócesis de Torreón, año con año, con gran entusiasmo y amor a la Santísima
Virgen de Guadalupe, Mons.
Cortinas siguió animando la participación de numerosos fieles laicos
y presbíteros en esta peregrinación diocesana.
Vaya desde este santuario nuestro agradecimiento y reconocimiento
a Mons. Cortinas
quien,
como Juan Diego, en medio de las dificultades
propias de su salud y el paso de los años, no ha dejado de impulsar
la devoción y el cariño del pueblo lagunero a la Santísima Virgen
de Guadalupe.
Por ello la imagen que acaba de recibir la diócesis, en señal de
reconocimiento se lo ofrecemos a Él.
Como Iglesia nos sentimos llamados a contemplar nuestro
presente y nuestro futuro. En
el momento actual ciertamente hay muchos signos de vida, de esperanza
y de entusiasmo,
tanto en el campo eclesial
como en el desarrollo y crecimiento de la sociedad. Pero también
vivimos momentos dolorosos de desaliento y desesperanza. Junto a la pobreza, los problemas ambientales,
la desintegración familia, la ola de violencia que afecta a todo
México no nos es extraña.
Siendo una Iglesia que con entusiasmo ha llegado a los primeros
cincuenta años de fundación, estamos obligados a soñar nuestro futuro partiendo de nuestra realidad
iluminada con la riqueza de la Buena Nueva del Reino de Dios y comprometernos
a trabajar para que su proyecto se haga realidad. Y es aquí, cuando
la figura de la Virgen María se levanta como Maestra, experta en
la formación de discípulos y misioneros.
Por eso
hoy queremos volver nuestra mirada a la Virgen María. En Ella descubrimos
muchos elementos indispensables que deben estar presentes en la
persona que entiende su existencia como una invitación a colaborar
en la construcción del Reino. Yo quisiera destacar sólo cuatro que
me parecen pueden ayudamos en la tarea de asumir y responder a los
retos que hoy enfrentamos como iglesia diocesana.
Primero:
María es la mujer que sabe acoger. Los Evangelios nos presentan a María en
una condición de generosa y libre acogida de la Palabra. Desde la
anunciación Ella se presenta plenamente disponible; reconoce la absoluta gratuidad divina y se deja envolver por la
fidelidad y el amor misericordioso del Padre. Así, Ella enseña a
la comunidad de los discípulos y las discípulas, la necesidad de
conservar el corazón siempre abierto,
en
un total desapego para poder abrir su vida al Dios que se convertirá
en el sentido total y definitivo de su existencia.
Segundo:
María es la mujer que obedece.
En
María descubrimos una plena disponibilidad y absoluta obediencia
al proyecto de Dios.
La pureza de su obediencia
a la voluntad del Padre nace de un corazón totalmente dedicado a
Dios y no dividido.
La obediencia de María mira
y está orientada a Dios que, desde
la eternidad la amó. El
“sí”
de María es la expresión de
su total consagración en la construcción del Reino.
Tercero:
María es la expresión de la fecundidad
divina. La divina maternidad de María es la expresión de la fidelidad creadora
de Dios. En Ella descubrimos como el ser humano está llamado por
Dios a la apertura,
a
la disponibilidad,
a
la docilidad, a la vida íntima con Él. María permitió al Padre actuar libremente
en su historia, se dejó guiar por el Espíritu. Así, María nos enseña que quien edifica su existencia en el radical y absoluto primado del Reino,
experimentará siempre los frutos de la acción del Espíritu que genera
las maravillas de la salvación de la humanidad entera.
Finalmente:
María es a mujer de la comunión. María es la mujer que comunica
constantemente el poder de Dios a la humanidad entera, para que
quien espera la salvación no quede desilusionado, sino que confiando en la fidelidad del Padre, descubra la obra que él va
realizando en la historia. Ella engendra esperanza en el corazón de
cada ser humano.
Después de contemplar a María, en sintonía con la toda la Iglesia, la Diócesis de Torreón, en el marco de la Misión Continental
impulsada a partir de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe efectuada en Aparecida,
en mayo de 2007, asume la urgencia de convertirse en escuela de "discípulos y misioneros", En este proceso la Santísima Virgen María
nos acompaña,
enseñándonos a hacer nuestra su apertura
total a la voluntad de Dios y su firme compromiso de colaborar, con todo su ser en este mismo proyecto.
Sin
dejar
de trabajar para convertimos
en auténticos discípulos, hoy
la Diócesis de Torreón quiere
asumir de manera especial
la dimensión misionera de nuestra
propia vocación,
ya
que esta "no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad
cristiana, extensión testimonial de la vocación misma". (DA 144)
Así como "Jesús salió al encuentro de personas en situaciones muy diversas: hombres y mujeres, pobres y ricos, judíos y extranjeros, justos y pecadores... invitándoles a todos a su seguimiento... ", nosotros, como comunidad eclesial asumimos
el compromiso de seguir invitando, en el nombre del Señor, "a encontrar en Él el amor
del Padre". Queremos ser discípulos-misioneros que hagan visible el
amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores." (DA
147).
Agradezco a todos ustedes, pastores y fieles, que han venido
como peregrinos a esta Basílica, casa de Nuestra Madre y casa nuestra.
Agradezco al grupo de danzantes de la parroquia de san Rafael, que
desde hace veinticinco años han estado presentando esta ofrenda
a la Señora del Tepeyac. Agradezco, también, al coro de la parroquia
de san Pedro Apóstol que por primera vez vienen a acompañarnos y
también participando en esta Eucaristía.
Como hace 50 años, ponemos en las manos de la Santísima Virgen María de Guadalupe nuestros proyectos y la firme determinación de colaborar en la
construcción del Reino. A ella consagramos el camino que nuestra iglesia particular debe recorrer para ser, en el tiempo presente, signo de la acción de Dios en el mundo.
Que el
Señor Dios, por mediación de la Virgen de Guadalupe, nos acompañe y siga moviendo
los corazones para buscar juntos la justicia, la paz y la fraternidad.