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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, L.C., Obispo Prelado de la Prelatura de Cancún-Chetumal, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

29 de julio de 2008

Muy querido monseñor Jorge Bernal Vargas, muy queridos hermanos sacerdotes, muy queridos seminaristas. Muy queridos hermanos y hermanas peregrinos de la Prelatura de Cancún- Chetumal.

¡Una gran señal apareció en el cielo! Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Como cada año fieles a nuestra cita emocionados y jubilosos, venimos desde nuestros lejano y hermoso Quintana Roo hasta este hermoso cerro del Tepeyac, centro espiritual de México a ofrecer una vez más el homenaje de nuestro amor, de nuestra alabanza y de nuestra acción de gracias a la Virgen Santísima de Guadalupe. En este año de la gran misión continental queremos poner antes sus plantas y en sus santas manos orantes, todos los planes y proyectos, ilusiones y deseos de colaborar con entusiasmo y perseverancia en la misión evangelizadora de nuestra iglesia particular de Cancún-Chetumal.

El gran reto de nuestra prelatura es convocar, formar y enviar innumerables misioneros que salgan al encuentro de las personas, de las familias y de las comunidades para comunicarles y compartirles el don del encuentro con Cristo que ha llenado su vida de sentido, de verdad, de amor, de gozo, de paz y de esperanza.

Saludo con muchísimo afecto y gratitud a todos mis hermanos sacerdotes que han querido venir aquí a esta celebración tan especial. Saludo con muchísimo afecto y gratitud a todos los seminaristas menores, que ya no están tan menores cada día los veo más grandes y más maduros, se organizaron muy bien para venirse todos desde Chetumal hasta aquí al cerrito del Tepeyac. Saludo con mucho afecto a todos los evangelizadores, sobretodo que han organizado varios autobuses para que pueda venir más gente, este año vemos que casi se ha doblado el número de los peregrinos. Así que los saludo a todos: catequistas, evangelizadores, laicos misioneros, todos los que trabajan con tanta alegría y entusiasmo y sirven a la Iglesia. Al coro y todos los que tienen otros ministerios sean bienvenidos y muchas gracias por ese esfuerzo y ese sacrificio que han hecho para venir hasta aquí. Me decían que algunos llegaron a las tres de la mañana, están todavía un poco desvelados, pero con mucho cariño, con mucho amor, con mucho entusiasmo. Muchas gracias por su presencia.

¡Una señal apareció en el cielo! Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Cuando la Virgen de Guadalupe se apareció a Juan Diego las primeras palabras que le dijo fueron: ¿a dónde vas hijito mío? Ahora nosotros somos el Juan Diego de hoy, que viene a encontrarse emocionado con su Madre del Cielo y Ella nos vuelve a repetir lo mismo: Juan, Juan Dieguito, hijito mío ¿a dónde vas?

¿A dónde vas México? ¿A dónde vas Quintana Roo? ¿A dónde vas Cancún? ¿A dónde vas Chetumal? ¿A dónde va nuestra patria tan sacudida por tantas adversidades? ¿A dónde va nuestro pueblo tan desorientado y a veces confundido por culturas o subculturas ajenas y contrarias a nuestra tradición cristiana? ¿A dónde va nuestro pueblo tan influenciado por la invasión de otras ofertas religiosas, sectas, que con verdades a medias o con un evangelio mutilado atrapan a tantos desatendidos o desorientados o ignorantes de su fe? Como, dice Aparecida: no se van por motivos teológicos, sino pastorales, no por motivos teóricos, sino prácticos. ¿A dónde van nuestros jóvenes que tantas veces se ven envueltos en la vorágine de la droga, del alcoholismo, de la sexualidad exaltada sin freno y sin control? ¿A dónde van nuestras familias invadidas y afectadas por tantas influenciadas perniciosas  de los medios que atentan contra la unidad familiar? ¿A dónde va el futuro de nuestra patria tan invadida por un craso materialismo, consumismo, securalismo que endurece la mente, embotan el corazón, que asfixia el espíritu? ¿A dónde va nuestra patria tan golpeada por la violencia, el secuestro, el asesinato, los asaltos tan influenciada por los medios de comunicación, que a veces fácilmente pisotean los valores y como que están tratando de transmitir sutil y eficazmente tantos anti-valores?

¡Una señal apareció en el cielo! Una mujer vestida de sol, bajo la luna bajo sus pies y una corana de doce estrellas sobre su cabeza.

En medio de este panorama tan oscuro, tan confuso aparece, en el cielo de México, una señal luminosa y esperanzadora. La misteriosa mujer del Apocalipsis. La mujer vestida de Sol y con Ella la fe sencilla y gigantesca de todo un pueblo que clama en oraciones, en cánticos. Innumerables hombres y mujeres piadosas llenas de esperanza y de amor a Dios y a su Santísima Madre. Una fe capaz de vencer sus adversidades que les presenta la vida: enfermedades, pobreza, dolores diversos y les hace vivir en paz y no les deja perder la alegría de vivir. Les permite vivir confiados en la divina providencia. Esta fe luminosa, hermosa, gigantesca. Este amor invencible de millones de mexicanos es lo que hace de México una patria diferente como un nuevo Juan Diego que sigue inspirando la vida de tantos niños sencillos, de tantos jóvenes que crecen sanos y contentos, venciendo las asechanzas del demonio, de Satanás, que como el dragón de fuego del Apocalipsis intenta devorar al niño.

¡Una señal apareció en el cielo! La Madre amorosa que quiere prodigar todo su amor y su ternura: “Quiero que se me edifique un templo para mostrarme Madre amorosa de todos los moradores de esta tierra. Le daré a las gentes todo mi amor personal en mi mirada compasiva, en mi auxilio en mi salvación, porque yo soy en verdad vuestra Madre compasiva”.

Queridos hermanos, su suave figura plasmada en la sencilla tilma de Juan Diego; su presencia silenciosa y fascinante; su dulce voz; sus ojos llenos de ternura, de humildad y de modestia; sus manos orantes dirigidas al cielo han llenado de paz, de confianza, de ternura el corazón de millones de hermanos nuestros a lo largo y a lo ancho de nuestra patria, y a lo largo de casi cinco años de historia. “Juan, Juan Dieguito, Juanito hijito mío el más pequeño de mis hijos escucha ponlo en tu corazón, que no se perturben tu corazón y tu rostro ¿qué no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿qué no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿no soy yo la fuente de tu alegría? ¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?” Sus dulces y consoladoras palabras han envuelto, arrullado y consolado a nuestro pueblo durante tantos siglos a pesar de su dramática historia y que ahora tan abatido y sacudidos se ven por tantas adversidades.

¡Una señal apareció en el cielo! El impacto de estas ideologías materialistas, no podrán contra Ella. La virulencia de tantas sectas que confunde a la gente sencilla, no podrán contra Ella. La creciente cultura de la muerte que afecta en tantas formas, no prevalecerá contra Ella. La gran señal es más fuerte y poderosa que todos los poderes del infierno. Esa es nuestra fe, esa es nuestra esperanza por eso estamos aquí cerquita a los pies de nuestra Madrecita del Cielo. Porque la última palabra no la tiene el mal y la muerte, sino la vida. No la tiene el odio, sino el amor. No la tiene el dragón de fuego, sino Cristo, el Señor vencedor del pecado y de la muerte. El Señor Jesús que anuncia y trae la Virgen Santísima de Guadalupe.

¡Una señal apareció en el cielo! La más amorosa de las madres, la más poderosa de las reinas. María ha sido para su pueblo y es para cada uno de nosotros una gran señal, una luz para los que andamos en tinieblas, consuelo para los abatidos, un escudo para los más atacados por el maligno. Estrella del mar que brilla y guía nuestro pueblo, inspiración de virtud de pureza, de humildad, de docilidad a la voluntad de Dios, de fe luminosa y radiante.

Nos dice Aparecida: “La máxima realización de la existencia cristiana nos es dada en la Virgen María quien por su fe y obediencia a la fe de Dios es la discípula más perfecta del Señor; del Evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte, concientemente orientada al verdadero seguimiento de Jesucristo”.

¡Una señal apareció en el cielo! María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella así como dio a luz al Salvador del mundo trajo el Evangelio a nuestra América.

¡Una señal apareció en el cielo! La visitación de nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para el anuncio y el reconocimiento de su Hijo. Pedagogía y signo de inculturación de la fe. Manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio. Al principio se hacia muy lenta y difícil, pero con su aparición todo fue más fácil, rápido y fecundo. En el Acontecimiento Guadalupano presidió Ella junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés, que nos abrió a los dones del Espíritu Santo desde entonces son incontables las comunidades que han encontrado en Ella la inspiración más cercana para aprender como ser discípulos y misioneros de Jesús. “Con gran gozo constatamos”, dicen los obispos de Aparecida, “Que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos entrando profundamente en el tejido de su historia. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana”. Hoy cuando en nuestro continente Latinoamericano se requiere enfatizar el discipulado y la misión es Ella quien brilla ante nuestros ojos, como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Jesucristo, como gran señal, como vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de estrellas bajo su cabeza.

María Santísima, Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe destinada a guiarnos y fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. Destinada a provocar la venida del Espíritu Santo. Destinada a alcanzarnos, con su poderosísima intención, todas las gracias que necesitamos para llevar a feliz termino la misión evangelizadora que se nos ha confiado.

El Papá vino a Aparecida para decirnos permanezcan en la escuela de María, inspiren en sus enseñanzas, procuren acogerlo y guardar dentro del corazón las luces que Ella, por mandato divino, les envía desde el cielo.

Queridos hermanos y hermanas, ¡qué confianza! ¡qué seguridad! ¡qué gran esperanza nos inspira esta gran señal que apareció en el cielo! Queridos hermanos, en este lugar tan significativo para todos los creyentes de estas tierras, ante esta señal tan grande y luminosa, con la más amorosa de las madres y la más poderosa de las reinas, mujer vestida de sol ante nuestros ojos y en nuestro corazón en este momento solmene y significativo para nuestra Prelatura de Cancún-Chetumal queremos proclamar el lanzamiento de la gran misión continental en nuestra Prelatura.

Desde este momento nos queremos declarar en estado de misión permanente. Iniciando con una etapa previa de preparación que deberá culminar en la etapa de la acción misionera intensa en la Cuaresma y Semana Santa del próximo año 2009. Para después instaurar y hacer permanente la dimensión esencial misionera de la iglesia en cada una de nuestras parroquias. Asumimos el compromiso de una gran misión en nuestra Prelatura, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo y misionero. Nuestra iglesia particular necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento, la pereza, la tibieza, necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida de Cristo. Esperemos un nuevo Pentecostés que nos libre del cansancio, la desilusión, la acomodación y el desaliento ante los enormes retos que enfrentamos. Necesitamos la venida del Espíritu Santo que renueve nuestra alegría nuestro entusiasmo, nuestra esperanza, por eso se nos vuelve imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego  de un ardor incontenible que hagan posible un atractivo testimonio de unidad para que el mundo crea.

La Iglesia es comunión en el amor por este signo está llamada a ser reconocida como seguidora de Cristo y servidora de la humanidad. La Iglesia crece, no por proselitismo, como decía el Papa, sino por atracción como Cristo que atrae todo así con la fuerza del amor. La Iglesia atrae cuando viven en comunión. La Iglesia atrae cuando vive su misterio y su misión en comunión.

Queridos hermanos, por eso a cuidemos a la Santísima Virgen de Guadalupe para que Ella verdaderamente nos alcance todas las gracias que necesitamos para poder cumplir esta enorme misión que se nos ha confiado.

Mis queridos hermanos y hermanas, en esta celebración tan especial a los pies de nuestra Madrecita del Cielo depositamos con toda la confianza de nuestro corazón nuestras necesidades, nuestros problemas y también nuestros sueños, proyectos e ilusiones. Consagramos a Ella nuestras comunidades, nuestras parroquias y nuestras familias, para que Ella las cuide, las proteja y las bendiga siempre y las haga muy fecundas.

Virgen Santísima de Guadalupe enséñanos a ser como Tú verdaderos discípulos y misioneros de tu Hijo Jesucristo nuestro Señor. Llévanos a Jesús y que nuestro encuentro con Él sea tan profundo y transformador como el tuyo. Que no podamos menos de testimoniar por nuestra vida cristiana y que sintamos la necesidad apremiante y gozosa de compartir y anunciar con entusiasmo el encuentro con Jesucristo.

Te damos gracias de todo corazón por todas las bendiciones derramadas por Dios en nuestra Prelatura en este año, por medio de tu poderosa intercesión. La construcción, la consolidación y el crecimiento del Seminario Menor. La construcción y puesta en marcha de un nuevo centro de retiros en la Ciudad de la Alegría. Las líneas generales de nuestro plan pastoral. La creación de nuevas parroquias y capillas. Las nuevas oficinas de la Curia. La próxima ordenación de cinco nuevos diáconos y sacerdotes diocesanos.

¡Mil gracias Madrecita por todas tus bendiciones!

Te suplicamos, finalmente, intercedas ante Dios nuestro Señor para que nos envíe muchos trabajadores a su mies; más catequistas, más evangelizadores, más misioneros laicos, más seminaristas, más sacerdotes santos según tu corazón. Y que todos los sacerdotes y todos los apóstoles laicos acepten generosamente la llamada de Aparecida y del Espíritu Santo y se comprometan con sus comunidades y sus fieles laicos con la gran misión continental.

Virgen Santísima de Guadalupe ponemos en tus santas manos orantes la fecundidad de las líneas fundamentales de nuestro plan pastoral y el firme compromiso de todos en la gran misión continental. Virgen Santísima de Guadalupe te suplicamos nos alcances de tu Hijo y del Espíritu Santo todas las gracias que necesitamos para llevar a feliz término la gran misión continental y el plan pastoral de nuestra querida Prelatura de Cancún-Chetumal.

Así sea.

 
 
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