16 de agosto de 2009
Hermanos
peregrinos, excelentísimo Sr. Don Benjamín Jiménez Hernández, Obispo
de Culiacán. Hermanos sacerdotes, hermanas religiosas, hermanos, todos,
que hemos venido de lejos o de cerca. Y que por la providencia de
Dios hemos llegado a este Santuario, nuestra casa, la casa materna
de la nación. Para encontrarnos con Jesucristo nuestro Señor y para
sentir la ternura de nuestra Madre, la Virgen Santísima de Guadalupe.
Hoy
la familia diocesana de Culiacán, Sinaloa se postra en adoración ante
el Dios vivo y suplica la intercesión de Santa María de Guadalupe
nuestra Madre buena, que nos auxilia y defiende, que nos protege y
alcanza para cada uno tantas bendiciones de su amado Hijo, Jesucristo
nuestro Señor.
¡Qué
honor! ¡Qué bendición estar aquí en el Tepeyac, en este rinconcito
del cielo! ¡Qué bendición experimentar la protección de nuestra Madre
Santísima: la Virgen de Guadalupe!
Y
estamos aquí para ofrecerle al Dios vivo nuestra gratitud sincera
por todos los beneficios recibidos: por la vida, por la salud, el
alimento, el trabajo, por la familia, por nuestros amigos, por tantas
bendiciones que a lo largo de este año Dios ha tenido a bien concedernos.
Pero, también, estamos aquí para implorar al Señor por auxilio de
Santa María de Guadalupe que bendiga nuestro país, que bendiga nuestro
Estado de Sinaloa, nuestras tierras y mares, nuestras familias, nuestras
autoridades. Que bendiga a nuestros niños y jóvenes, nuestros enfermos
y ancianos, nuestros sacerdotes, religiosas y sobre todo a nuestro
seminario. Estamos aquí como hijos muy necesitados de cariño, de cariño
y de consuelo, hijos que necesitan ese abrazo de su Padre y de su
Madre. Estamos aquí porque amamos a Cristo, a María y a la Iglesia.
Estamos aquí, hermanos, cada uno con su corazón pobre, con su corazón
sencillo, pero también con su corazón lleno de fe, porque confiamos
que nuestra Madre Santísima nos alcanzará esa bendición que estamos
necesitando ahora.
¿Cómo
nos hemos sentido a lo largo de este año? Quizás con tanta necesidad;
quizás enfermos; quizás con lágrimas; quizás nos hemos sentido solos,
pero hoy estamos aquí cerca, junto a la Madre que nos ama y nos consuela.
Quizás estamos aquí y le hemos dicho a ese amigo, a ese familiar:
voy a pedir por ti allá en la Basílica junto a mi Madre, que te bendiga
y te proteja. Hoy estamos aquí con esa confianza, con esa fe.
¡Qué
emoción estar en la casa de la mamá! ¡Qué emoción estar en la casa
de esta Madre que nos sabe consolar, que nos sabe abrazar, que nos
sabe bendecir! ¡Qué bendición estar aquí junto a ti Madre Santa que
nos llevas a tu Hijo Jesús!
El
Evangelio que acabamos de escuchar, hermanos, nos muestra a Jesucristo
dándose como alimento. Alimento que da la vida y vida en abundancia,
sí, porque en Cristo se encuentran todas las delicias que sacian las
necesidades más profundas del ser humano. Jesús se da todo, se entrega
por amor, nada deja para sí, todo se entrega, se vacía para enriquecernos,
para saciarnos, para sanarnos, para curar y aliviar nuestras enfermedades
y dolencias, para darnos la eternidad.
Este
es el gran milagro, el milagro del amor de Cristo, que se nos da para
que ninguno se pierda, para que ninguno tenga hambre, para que ninguno
pase necesidad. Por eso Cristo, el Señor, derrama su preciosa sangre
en la cruz, para arrancarnos de la muerte, del pecado, de la corrupción,
para darnos vida completa, vida eterna, para darnos la felicidad.
¿Y qué es la vida eterna? ¿qué es la vida eterna, hermanos? No sólo
es la vida más allá de la muerte. Jesús viene para que tengamos vida
y vida en abundancia, porque la vida eterna comienza desde aquí. La
vida eterna es cuando el Señor te llena de paz; cuando te sientes
fortalecido; cuando te sientes amado; cuando te sientes feliz; cuando
sientes que Dios vive en tu corazón ahí está la vida eterna. Dice
la Palabra: “el que come de este pan, vivirá para siempre.”
Y el que come de este pan es el que quiere unir su vida, su persona,
su corazón a Jesucristo. Es el que quiere comprometerse enteramente
a Él, porque la entrega, la fe en el Señor no es sólo apariencia.
La entrega al Señor es abandono, es compromiso, es renuncia, porque
se quiere estar íntimamente a Él. El que come de este pan quiere ser
persona, quiere ser hermano, quiere nacer de nuevo, de nuevo en Cristo
Jesús, para dar frutos de vida al mundo, frutos de justicia, frutos
de amor, frutos de honestidad, frutos de responsabilidad, frutos de
testimonio, porque si estamos aquí y amamos a Jesucristo y amamos
a María estamos llamados a dar un verdadero testimonio de que Cristo
vive, de que Cristo ha llegado a nuestros corazones.
Nosotros,
todos nosotros, hemos probado este pan sabroso, hemos saboreado sus
riquezas, nos hemos sentido fuertes al comerlo y no hemos desmallado
al caminar, porque Cristo ha sido nuestra fortaleza, nos hemos dado
cuenta, que es el pan de la vida y de la salvación. Hemos descubierto
que aquí están todas las vitaminas que nos dan fortaleza para enfrentarnos
a las dificultades que diariamente encontramos. Hemos probado a Cristo,
sabemos y estamos bien convencidos que es un Dios vivo, que es un
Dios único, un Dios de misericordia, un Dios de amor, un Dios bueno,
un Dios que sana, que es el único Señor y Salvador. Si tú no lo has
probado hermano; si tú no te has dado cuenta quien es el Señor; si
has venido aquí por casualidad o has venido aquí sin fe, porque alguien
te ha traído yo te invito hermano, como hemos escuchado en el Salmo
33: has la prueba y verás que bueno es el Señor, porque quizás
no lo conoces, quizás solamente de oídas vagas has escuchado hablar
de Jesús. Yo te invito en esta mañana, que te acerques de corazón
y abras tu fe para que el Señor haga grandes cosas en ti.
Dicen
que un famoso conferencista, dicto una magistral conferencia ante
un gran público, este conferencista era ateo. Al término de su conferencia
todo mundo le aplaudió y el conferencista le dijo a su público: ¿alguien
tiene una pregunta qué hacer? y por un momento hubo silencio, y de
entre el auditorio se levantó un hombre, que todo mundo conocía en
aquella población y sabían quién era aquel hombre, que hacía poco
había encontrado a Jesús y se había convertido. Y aquel hombre pasó
al estrado, cuando estaba frente al conferencista éste le pregunta:
¿qué es lo que quieres decirme? Y aquel hombre sin palabras miraba
al conferencista por un momento y después de entre su ropa sacó una
naranja y volvió a ver al conferencista, sin palabras aquel hombre
empezó a pelar la naranja y él conferencista se desesperó un poco
y volvió a decirle ¿qué quieres preguntar? El hombre termino de pelar
la naranja y voltea a ver a su conferencista, cuando termino de pelarla
se comió la naranja, se la termino de comer y volvió a recibir la
cuestión ¿qué me quieres decir? Y el conferencista desesperado solamente
veía aquel hombre que no sabía con que le iba a salir. Y el hombre
le dice al conferencista: usted que es tan inteligente quiero que
me diga la naranja que me comí ¿era dulce o agria? El conferencista,
molesto, le dice: como me preguntas tonterías, si yo no probé la naranja
que te comiste. Y le dice aquel hombre, pues, precisamente usted no
tiene que decir nada de Dios, porque no lo ha probado, pruébelo y
vera que bueno es el Señor.
Hermanos,
¿cuántas voces actualmente llegan a nosotros para inquietarnos; para
quitarnos la fe; para quitarnos la paz? Si tú has conocido a Jesús
que nadie lo quite de tu corazón, porque Él es tu Señor, Él es tu
Salvador. Has un alto en tu vida, esa vida tan ajetreada que quizás
llevas por tu trabajo, por tus preocupaciones, detente un momento,
reflexiona, medita, ora, descubre lo maravilloso que es el Señor.
Su poder que se extiende y se derrama en nuestras vidas. Es el Señor
Jesús, que sostiene tu vida, tu existencia, llénate del Espíritu Santo
y saborea sus dulzuras, las dulzuras de Dios, deja que Él te invada
y te llene de paz, como nos dice la primera lectura del Libro de los
Proverbios: y a los faltos de juicio vengan a comer de mi pan y
a beber del vino que he preparado, dejen su ignorancia y vivirán avance
por el camino de la prudencia.
Hermanos,
dejemos nuestra ignorancia. No seamos cristianos de ocasión, acudamos
a nuestras parroquias, para conocer la maravilla de Dios. Acérquense
a su comunidad, participen en la catequesis, instrúyanse, para que
conozcamos verdaderamente al Señor y nadie con facilidad venga a arrancarnos
el tesoro de la fe que hemos recibido.
Jesús
nos llama, nos invita a comer, a probar la vida, a comer de su carne.
Jesús nos invita en esta mañana, con tristeza, podemos decir: que
hay muchas personas que no quieren conocer al Señor, que no lo han
conocido, que no lo han probado y que han desmallado en el camino,
porque quien no tiene a Dios desmalla, porque se confunde, porque
las tinieblas lo invaden. Quien no ha conocido a Dios está enfermo
y no ha conocido la verdadera felicidad. Has la prueba y veras
que bueno es el Señor.
Personas
que se conforman con migajas, migajas cargadas de amargura, ¿cuántas
voces en este momento vienen a decirnos que Dios no existe, que Dios
no tiene poder? ¿cuántas personas se van con superficialidades, supersticiones,
que los confunden y los hunde y los envuelven en los brazos, en las
redes de la muerte? Y ahí están las supersticiones, las lecturas,
todas esas prácticas obsoletas, falsas que llevan solamente a la confusión
y a la perdida de la paz a esos corazones que son y le pertenecen
a Dios. ¿Cuántas personas viven tristes llenas de dolor, personas
sin ilusiones, sin ganas de vivir, agobiadas por la pobreza y tantas
cargas que hacen pesada su vida? Agobiadas por los vicios, el alcoholismo,
la drogadicción, situaciones de muerte, que nos están envolviendo
en este momento y así vemos tanto divorcio, tantas familias desunidas,
violencia, depresión, rencores, odio entre hermanos, secuestros, desorden
moral, en una palabra: corazones vacíos, rostros sufrientes por la
falta de Dios y por la falta de alimento verdadero.
Por
eso, hermanos, hoy hemos venido aquí a suplicar a nuestra Madre que
tenga compasión de nosotros; que le diga a su Hijo que lo necesitamos
mucho; que le diga a su Hijo que muchas veces nos hemos sentido solos;
que nos hace falta la paz; que nos hace falta fortaleza para seguir
luchando; que a veces hemos tenido miedo; que a veces sentimos que
todo se derrumba. Por eso hoy déjate abrazar por esta Madre hermosa,
déjate abrazar por Ella. Porque si te abraza nuestra Madre, te abraza
su Hijo; y si te abraza su Hijo tú te sentirás fuerte, feliz, a lo
mejor tú estás enfermo al estar aquí, a lo mejor sientes tu vida seca,
vacía, deja que el Señor hoy llegué a tu corazón con todo su poder.
No nos vayamos a ir de aquí secos. No nos vayamos a ir de aquí con
la misma carga que traíamos, vamos a dejar en estas manos benditas
todo nuestro ser. Encomienda a tus hijos; encomienda a tus padres;
encomienda a tu esposo; encomienda a tu esposa; encomienda a tus abuelos;
encomienda a tus amigos; encomienda a tu trabajo. Aquí estás.
Nuestra
Madre sabe lo que tú traes en tu corazón y Ella no te dejará si tú
no permites irte sin bendición. Deja que el Señor te llene. Tú joven
que estás aquí; que quizás te has sentido triste; porque tus padres
no te comprenden; que quizás te has sentido sólo porque has fracasado
en la vida. Hoy Cristo vive en tu corazón acéptalo, deja que te encuentre
para que tu vida vuelva a florecer y te dé fuerza para que renuncies
a tus vicios, a esos malos caminos que conducen sólo a la muerte y
a la perdición.
Hoy,
hermanos, nos urge comprender nuestra vida seriamente y comprometerla
a la causa de Jesucristo. El mundo nuestra familia, nuestro pueblo,
nuestra ciudad tiene hambre y sed de Dios. Y tú, todos podemos ser
instrumentos para saciar y dar vida en Jesucristo. Hacen falta discípulos
y misioneros. Hacen falta corazones generosos. Haces falta tú, hermano.
Haces falta tú, Cristo te necesita, Cristo toca las puertas de tu
corazón, porque hay muchos hermanos en este momento que sufren. Hay
muchos hermanos que ya no quieren vivir y tú con el poder de Dios
puedes consolar. Tú puedes aliviar; tú puedes ser enviado por la Iglesia.
Señor,
Jesús, danos siempre de este pan. No queremos ir débiles por el camino y desmallar,
se Tú nuestro alimento; se Tú nuestra fortaleza para que ante las
dificultades tantas de la vida, sepamos confiar más y más en Ti y
sentirnos seguros en tus manos. Que siempre te busquemos Señor. Que
siempre tengamos hambre, más hambre de tu amor.
Virgen
Santísima, Madre de Guadalupe, Reina de México protégenos siempre
y ayúdanos a salir de estas oscuridades que nos invaden, de estas
sombras de muerte. Ayúdanos a luchar por la vida, a defender la vida,
a decir: no al aborto, no a la muerte, porque tú eres Madre de vida.
Virgen
Santísima bendice a nuestros gobernantes, para que ejerzan con responsabilidad
y sabiduría la autoridad que tu Hijo, el Señor, les ha confiado. Protege
a nuestros pastores, obispos, sacerdotes, dales valor y confianza,
para que no se cansen de proclamar: que Cristo es el único, Señor
y Salvador. Bendice a nuestro pueblo, a tu pueblo aquí presente y
al que no ha podido venir a este pueblo que sufre y que tantas veces
se ve confundido, que tantas veces se cansa, que tantas veces se desespera
porque no encuentra la solución y la paz.
Hermanos
peregrinos, oremos con fervor al Señor, que nunca nos abandona en
sus parroquias, sus sacerdotes les seguirán dando el pan de la Palabra
y el pan de la Eucaristía, para que tengan fuerza y felicidad. Escuchen
a sus pastores y recen por ellos en este Año Sacerdotal, recen para
que el Señor nos envié santas y sabias vocaciones y que si alguno
de los jóvenes aquí presentes siente, experimenta el llamado de Dios,
le diga, sin temor: sí, al Señor. Porque los que hemos sido llamados
somos felices. Yo acabo de cumplir 14 años como sacerdote y me siento
bendecido por Dios, me siento feliz, me siento dichoso de servirle
a mi Señor Jesús y de tener como Madre, a mi Madre Santísima. Por
eso si en tu corazón sientes ese llamado, busca tu sacerdote, búscalo,
que platique, que te oriente, para que esa llamada se convierta en
una decisión generosa al Señor que te llama.
Hermanos,
digan a sus familiares y amigos que Cristo vive y que Cristo vive
en sus corazones díganles: que tienen una Madre amorosa que siempre
cuida de cada uno. Digan a sus familiares, amigos y al mundo entero
que no estamos solos, que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
Bendito
sea el Señor.
Amén.