21 de junio de 2009
Queridos hermanos, hoy la primera lectura nos habla de ese
momento cuando Dios pone límites al mar: hasta aquí llegarán
tus olas, hasta aquí llegará tu grandeza. Le pone un alto
a las mismas aguas. Es el diálogo que tiene con Job, cuando
Job le recrimina: bueno, Señor ¿dónde estabas? ¿dónde te has
metido? Y el Señor le dice: tranquilo, tranquilo, ¿me vas a
enseñar hacer las cosas? Yo al mismo mar le puse sus límites,
Yo sé hasta donde, no me vengas a enseñar, Yo se hacer las cosas
y las hago a mí manera.
Hoy el Evangelio es muy parecido, están cruzando el mar y de
derepente viene un viento fuerte. Aquí debe de llamarnos la
atención una circunstancia: Jesús era un carpintero y los que
iban con Él eran pescadores, sabios en el mar. Jesús podríamos
decir nada tenía que ver con el mar, Él trabajaba la madera,
pero esos pescadores lo despiertan: ¿y ahora que hacemos? pues,
¿no son ustedes muy buenos, muy duchos en esto? a ver díganme
¿qué hacemos? son ustedes los que me deberían de decir que hacemos.
Pero, no, en cambio despiertan a Jesús para preguntarle ¿qué
hacemos? ¿qué no te importa que nos hundamos?
Esta cuestión, también es muy importante, porque a veces nosotros
queremos hacer las cosas por nuestra fuerza, queremos hacer
las cosas a nuestra manera, no a la manera de Dios. El Señor
le enseña a Job: yo sé hacer mis cosas, ¿pero somos capaces
de entender eso? A veces insito, hacer nuestra voluntad. Esto
se hace así y basta, es más queremos enseñarle a Dios: Señor
concédeme esto así y así, le damos el camino, como su Él no
supiera. Y viene la circunstancia por nuestras fuerzas, muchas
veces estamos a punto de hundirnos. El Señor viene junto con
nosotros y aunque parezca dormido va junto con nosotros y no
permitirá que nuestra barca se hunda, pero hay que atrevernos
a despertarlo; hay que atrevernos a decirle: Señor nos hundimos,
nos hundimos porque nuestra barca nos está viniendo vientos
contrarios, nuestra fe se está apagando, nuestra esperanza se
está tambaleando, nuestro amor se está perdiendo, nos hundimos,
es hora de despertarlo. Pero, cuando se despierta el Señor sí
mandará que se haga su voluntad, mandará frenar nuestros pecados,
nuestros vicios, nuestras hipocresías, nuestras faltas de amor,
nuestras avaricias, lujurias, gulas, en fin, mandará que frenemos
eso. ¿Seremos capaces? Porque el viento y el mar lo obedecen,
pero muchas veces nosotros no queremos obedecerlo. Queremos
que Él nos obedezca: Señor has esto y queremos que lo haga rápido,
pero si Él nos dice has esto a veces le ponemos freno, no Señor
cuando nos convenga, cuando querramos.
En el Padre Nuestro decimos: hágase tu voluntad. Pero, después
de la mía, verdad, porque sino no estamos de acuerdo. Tenemos
que tener en cuenta, hoy nuestra barca se está tambaleando,
esa barca que se llama Iglesia, esa barca que se llama familia,
esa barca que se llama Nación. Todos nuestros valores se están
tambaleando, parecen hundirse. Necesitamos despertar al Señor.
Un día el Señor dormía y los discípulos estaban temerosos,
y no me estoy refiriendo a esta parte del Evangelio: el Señor
dormía en el sepulcro y los apóstoles estaban escondidos temerosos
de los judíos, pero el Señor se despertó rompiendo las ataduras
de la muerte se levantó para que viviéramos en paz. Por eso
cuando se presenta a sus discípulos les dice: la paz este con
ustedes y soplando sobre ellos les infundió el Espíritu.
Pidámosle, pues, al Señor que hoy sople sobre nosotros su Espíritu.
Pidámosle al Señor que renueve ese amor y esa misericordia que
ha tenido con la Iglesia. Pidámosle al Señor que calme nuestros
problemas para que podamos decir, junto con María: aquí estoy
Señor para hacer tu voluntad.
Por último, hermanos, quiero volver a pedir por todos los papás
vivos y difuntos. Hoy me imagino el cielo con Cristo despertando
a su Padre, al Padre Eterno, ahí con las mañanitas y todos los
angelitos ahí acompañándolo celebrando a su Padre.
Hoy nos reunimos nosotros también para celebrar al Padre Eterno.
Pedimos que quienes lo representan aquí en la Tierra a imagen
también del Señor san José sean bendecidos abundantemente y
puedan formar en cada hogar una familia santa para gloria de
Dios.