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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXVIII Domingo Ordinario.

11 de octubre de 2009
Año Sacerdotal

¡ESAS MIRADAS DE JESÚS!

Queridos hermanos, nuestro buen Padre Dios jamás deja de llamarnos con lazos de amor, como dijera el profeta Oseas. Su Palabra viva, que es su Hijo, nos revela ese misterio de amor indefectible con que se ocupa de nosotros para hacernos cada día más plenamente hijos suyos. Por eso seguir a Jesús no es otra cosa que decirle un sí permanente a su Padre; un sí por la gloria de Dios que se convierte en el bien supremo al que nunca, sin la revelación de Jesús, nos hubiéramos atrevido a aspirar. Ese bien supremo, que Dios nos concede, siempre como don, es la felicidad plena que inicia siendo discípulos de su Hijo y llega a su plenitud en el encuentro definitivo con el Padre.

Pero para llegar a ser discípulo de Jesús es necesario, porque así lo exige Él, SEGUIRLO DESPUÉS DE ESCUCHARLO, CONOCERLO Y AMARLO. En la escucha de Jesús abrimos el corazón y la mente, todo el ser, y tratamos, entonces,  de entender y aceptar lo que nos pide para seguirlo, aunque a veces parezca una aventura. Pero ESTE ESCUCHAR A JESÚS IMPLICA HONESTIDAD Y AMOR POR LA VERDAD. Amor y verdad que encarna Jesús de una manera única y perfecta. De manera que, si estamos abiertos a la verdad y al amor, sólo podemos encontrarlos en Cristo Jesús, al grado de que sólo en Él podamos confiar plenamente para ser felices. Es la locura de la cruz.

Lo que pasa con el rico del evangelio de hoy es, en cierto modo, lo contrario de esto que venimos diciendo. Este hombre buscaba tal vez sinceramente, pero tenía dos trabas o lastres que pesaban en su vida: en primer lugar, el estar casado con la idea de que para salvarse o tener vida eterna, como dice, es necesario hacer cosas. Igual era la actitud de los grandes observantes de la Ley, es decir de los escribas y fariseos. En segundo lugar, estar muy atado a sus bienes que le daban toda la seguridad, la adquirida por él. Eran todo a lo que él podía aspirar. Pero se descubre vacío; LA RIQUEZA NO SATISFACE LA NECESIDAD DE PLENITUD Y FELICIDAD. Busca, indaga, pregunta; y nada menos que al que es la verdad y la vida. Pero sus prejuicios con los que se identifica existencialmente, puesto que los lleva muy arraigados en los más profundo de su ser, le impiden abrirse a otras posibilidades de realización y felicidad auténtica y profunda.

Acerquémonos nosotros, hermanos, con sinceridad y verdadero deseo de saber lo que Dios nos pide por medio de su palabra escrita y, especialmente por su Palabra viva que es Jesucristo. 

El libro de la Sabiduría, texto de mediados del primer siglo antes de Cristo, es decir, ya muy cercano a la encarnación del Señor, nos hace escuchar nuevamente la oración que, en una ocasión importante en el proceso de consolidación de su reinado, Salomón (siglo X) pronunció pidiendo a Dios sólo sabiduría para gobernar y poder para discernir entre lo bueno y lo malo (1Re 3,9). Ahora, en su reflexión sapiencial a manera de testimonio, nos dice cómo una vez que Dios se la concedió, colocó a la sabiduría por encima de cualquier otra cosa por lo que Dios le concedió, junto con ella, todos los bienes que lo hicieron famoso. Este libro posee un gran valor por la época en la que fue escrita, pues con estas reflexiones, los judíos de Alejandría se defendían contrarrestando la influencia de la sabiduría propia de la cultura pagana del helenismo: la sabiduría de la sola razón. Además hay que notar que Salomón considera la sabiduría, como don de Dios, por encima de las riquezas que caracterizaron su reinado.

El evangelio de hoy nos lleva a valorar también los bienes que nos ofrece Cristo al seguirlo. Pero es necesario deshacernos de todo lo que nos impide obtenerlos. El domingo pasado reflexionamos sobre la vocación del ser humano a salir de sí mismo para ir al encuentro del Otro, el que es totalmente otro, Dios y de los otros. Originalmente, entonces, mis hermanos, nuestro ser no está orientado a poseer para ser felices; pero la triste realidad es que, por el pecado, estamos muy propensos a tergiversar el objeto de nuestra felicidad volviéndonos hacia la obsesiva posesión de los bienes materiales como objeto de nuestro interés principal. Y nos aferramos tanto a lo material que en lugar de vivir sirviéndonos de eso, nos hacemos más bien sus esclavos, hasta el grado de convertirse para nosotros en un verdadero ídolo.

Jesús le pide a ese hombre rico, y hoy a nosotros, no que despreciemos los bienes adquiridos legítima y honradamente, sino que NO PONGAMOS TANTO EN ELLOS NUESTRA SEGURIDAD QUE NOS IMPIDAN APRECIAR Y ANHELAR LOS VALORES DEL REINO, entre éstos y par empezar, una profunda confianza y entrega a la providencia amorosa de Dios que nos permita poner al servicio de los que menos tienen no sólo nuestros bienes materiales, sino  nuestra persona misma.

Mis hermanos, la propuesta de Jesús es, entonces, arriesgarnos a vivir con un proyecta de vida fundada en una lógica o una sabiduría que va más allá de la felicidad que se identifica con el poseer y disfrutar al máximo de  bienes adquiridos aunque sea legítimamente. Se trata de una manera nueva de vivir que permite seguir radicalmente a Jesús. Se trata de correr el riesgo y la aventura con Jesús que sólo cuenta con su Padre providente pues Él, por su parte, ni siquiera tiene dónde reclinar su cabeza (Mt 8,20). SEGUIRLO A ÉL ES VENDER TODO, es decir DESHACERSE DE TODO, PARA ADQUIRIR EL TESORO ESCONDIDO DEL REINO (Mt 13, 44-45), porque nadie que se decida por seguir a Jesús, se queda sin recompensa (Mc 9,41).

Y si estamos ya libres de toda atadura, entonces, mis hermanos, estamos ya totalmente disponibles para Dios y para los demás. De esta manera realizamos verdaderamente nuestra vocación original: SER PARA DIOS Y PARA LOS DEMÁS. Ésa es la lógica y la sabiduría del Reino. Es lo que no entendió el hombre rico con la mirada comprensiva y misericordiosa de Jesús. Mis queridos hermanos pidámosle a Nuestra Niña y Celestial Señora, Santa María de Guadalupe y a su muy digno embajador y confidente, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin; que no esquivemos nosotros sus miradas porque se nos puede ir la oportunidad de encontrarnos con Él.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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