III.
JUAN DIEGO EVANGELIZADOR
58. Al contemplar la diversidad de etnias indígenas presentes en el
territorio mexicano y la manera como han sido tratadas por la sociedad,
se antoja como imposible alcanzar su integración a la comunidad nacional
sin que pierdan sus valores, incluso su misma identidad. Algo semejante
se vivió en los comienzos de la nación mexicana: la cultura náhuatl
y la cultura española representaban a dos pueblos enfrentados uno contra
otro, y separados abismalmente. No obstante, el Hecho Guadalupano viene
a convertirse en el puente de unión genética y mental, con un eje religioso
que le da cohesión e identidad nueva y que desembocó en la formación
de la raza mestiza.
59. En este contexto Juan Diego brilla como uno
de los protagonistas de esta síntesis admirable: por un lado es indígena
con los suyos, con una tradición que venía desde remotos antepasados
y cuya permanencia en el tiempo era símbolo de verdad; por otro lado,
entra en contacto con el mundo de lo "nuevo" y que, por lo
mismo, no tenía garantía de veracidad. No obstante, aprende a dialogar
con la fuente de los símbolos españoles, la Virgen María y el fruto
bendito de su vientre, Jesús, y lo asimila de manera excepcional en
una experiencia religiosa que deja ver la fuerza de la gracia en el
escogido. La historia de las apariciones es el testimonio vivo de la
eficacia de María como Maestra de un laico indígena evangelizador. El
"Nican Mopohua", (= aquí se narra) del sabio y docto indígena
Antonio Valeriano
es una relación de alta escuela, donde aparecen íntimamente relacionados
los protagonistas: la Madre del Hijo de Dios, Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
el obispo Fray Juan de Zumárraga y Juan Bernardino.
60. Quiero recorrer de nuevo, junto con toda persona
de buena voluntad, el mismo camino seguido por estos personajes, especialmente
Juan Diego, para experimentar la magia del encuentro íntimo con Jesucristo,
que motive la participación de cada uno de nosotros en la misión que
estamos llamados a desempeñar en este gran mosaico cultural que forma
la porción del pueblo de Dios, México Tenochtitlan
.
1. Un laico contemplativo
61. En asuntos de la historia de la salvación,
es Dios quien siempre toma la iniciativa. En nuestra historia, la llena
de gracia es quien sale al encuentro del que había sido elegido en el
misterio del amor divino para una misión excepcional. Así como Dios
actuó con algunos profetas del Antiguo Testamento, también la Reina
y Señora llama por su nombre a quien ha designado. Pero lo hace como
una señora perteneciente a esta cultura, con delicadeza indígena, teñida
de afecto, ternura y reverencia: "... oyó que lo llamaban de arriba
del cerrillo, le decían: Juanito, Juan Dieguito"
.
62. El escogido es un hombre contemplativo, que
lo mismo disfruta la belleza de una visión que lo melodioso de la música.
Y en esta contemplación aparece en forma elocuente y clarísima el anuncio
de la continuidad de los valores del mundo náhuatl, pues el lenguaje
está lleno de elementos que hablan de las cosas de Dios, pero ahora
restaurados en torno a una figura femenina envuelta por el sol y embarazada
por el Espíritu divino: "Oyó cantar sobre el cerrito, como el canto
de muchos pájaros finos... sobremanera suaves, deleitosos..."
.
"Y cuando llegó frente a ella, mucho admiró en qué manera, sobre
toda ponderación, aventajaba su perfecta grandeza: su vestido relucía
como el sol, como que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba
de pie, como que lanzaba rayos, el resplandor de ella como preciosas
piedras..., la tierra como que relumbraba con los resplandores del arco
iris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas
que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía
su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el
oro"
63. El colorido y luminosidad de esta visión nos
transporta a la experiencia del monte Tabor, donde Jesús se transfiguró
en presencia de sus elegidos, preparándolos así tanto para la próxima
pasión, resurrección y glorificación, como para el día de Pentecostés
y el envío para evangelizar a todos los pueblos. Juan Diego estaba en
el preludio de la misión que la Señora del cielo pronto le iba a encomendar.
64. ¡Cómo necesitamos recobrar la capacidad de
admiración y de contemplación! No por nada el fin último de nuestra
vida es interpretado como "contemplación del rostro de Dios";
y el salmista lo convierte en oración de esperanza: "Tengo sed
de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?"
(Sal 42, 3). Recuperar nuevamente la dimensión humana de la vida, disfrutar
el encuentro armonioso con el hermano, gozar la belleza de la música,
experimentar cómo el amor transforma la misma realidad de todos los
días, apreciar el fruto del trabajo honesto y responsable, valorar el
cuidado de la creación; esto y más forma parte de nuestro aprendizaje
para saber vivir cristianamente en nuestra sociedad, tan avanzada en
algunos campos, pero que no raras veces pierde el sentido humano de
sus conquistas científicas y técnicas.
2. Un laico de fe
65.
A diferencia del temor con el que manejaban los
asuntos de Dios en el Antiguo Testamento, Juan Diego es un laico familiarizado
con las cosas divinas, tanto al estilo indígena
como
las del Dios predicado por los frailes franciscanos
.
Ante la audición de los cantos y ante la voz a él dirigida, en nada
se turba ni se asusta; al contrario, se alegra desde lo profundo de
su persona y se pone a escuchar con toda atención
.
66. La Muchachita le habla a Juan Diego declarándolo
su venerable hijo menor, su pequeñito. Desde ese momento, la Señora
lo está presentando a todas las generaciones como a su hijo predilecto.
Por su parte, Juan Diego, en su primera contestación a la Reina, le
responde en el mismo tono, con una exquisitez que mezcla el cariño,
la confianza, la admiración y la reverencia: "Mi Señora, Reina,
Muchachita mía..."
.
67. ¡Quién no se ha sentido arrebatado ante la
imagen venerada de Santa María de Guadalupe y la ha invocado con piropos
semejantes a los de Juan Diego! Ante un semblante como el suyo, se ablanda
hasta el más recio. Contemplar ese rostro es todo un desafío para que
admiremos en cada persona la belleza de Dios Padre creador, afeada,
sí, por el pecado, pero resplandeciente cuando deja asomar el brillo
del Espíritu divino. Escuchar sus palabras, son camino seguro que nos
lleva a Cristo.
68. Delante de la celestial Muchachita, Juan Diego
encuentra el lugar para manifestar su profesión de fe en la figura sacerdotal,
llamando a los frailes evangelizadores "imágenes de Nuestro Señor"
,
es decir, representación verdadera, presencia concreta de Ometéotl,
Dios que une los opuestos. Esto en nada disminuía la obligación que
todo jerarca tenía de venerar esa "imagen divina" en sus subordinados,
v. gr. los hambrientos menesterosos, los desarropados, los enfermos
.
69. Quienes hemos recibido la gracia de participar
en el ministerio sacerdotal de Jesucristo somos testigos del respeto
y veneración que diversas personas manifiestan hacia los sacerdotes.
Siguiendo el ejemplo del Señor, debemos empeñarnos en corresponder a
estas muestras de caridad cristiana con una coherencia de vida que transparente
a Cristo pastor de su pueblo.
70. La Virgen Santa María se manifiesta ante Juan
Diego como la Madre del verdaderísimo Dios. Y lo hace con naturalidad
y sencillez, y con un mensaje que dejaba tranquilos tanto a los suspicaces
españoles, que por todos lados descubrían signos de idolatría, como
a los desconcertados y humillados indígenas, que se sentían traicionados
por sus "dioses". María es transparente y clara con ambos,
sin engañar, ofender o desplazar a ninguno. Y el primero a quien no
desplaza es a Dios: todo el acontecimiento se centra en el "verdaderísimo
Dios", de quien ella es Madre, el único Dios de todos los pueblos
y de todos los tiempos y, por tanto, el mismísimo que siempre habían
venido adorando los indígenas, quizá sin saberlo. Juan Diego se abre
al Evangelio, y por la catequesis de María, su cultura, su religiosidad
quedan transformadas y completadas al ser integradas a dicho Evangelio.
71. Las múltiples culturas o formas de vivir y
de pensar presentes en la ciudad de México necesitan contar con un eje
que les una y les dé sentido y armonía, que les haga ser riqueza dentro
del tejido social; esta es la finalidad del Evangelio de Jesucristo.
Anunciarlo de modo que lo conozcan todas las personas no es una moda
o algo de lo que se pueda prescindir, al contrario, la cohesión social
necesita urgentemente de estos aires saludables.
3. Puente entre Dios y los hermanos
72. La petición de María Virgen parecería muy sencilla
a primera vista. Sin embargo, "edificar un templo" en la mentalidad
náhuatl significaba construir la nación, la raza; mientras que la destrucción
del templo equivalía a la desaparición del estado
.
Con la presencia del mensaje evangélico de santa María de Guadalupe
comenzaba una etapa inesperadamente gloriosa de la historia del pueblo
náhuatl, presidida por el mismo Ometéotl y por su Madre. El templo es
de ella, pues es quien lo pide, pero no es para ella, sino para restauración
y gloria del pueblo, que podrá experimentar desde allí los efectos de
la presencia de Dios mismo, manifestado por su Madre. Y precisamente
Juan Diego va a jugar un gran papel en la reconstrucción de su pueblo
que había sido arrasado por las luchas fratricidas auspiciadas y apoyadas
por los españoles
.
73. Aquí se abre la nueva etapa en la misión del
Beato: tiene que ir de mediador entre la Madre y su Hijo, y el obispo
de México, para compartirle el contenido de todo lo que ha sido testigo
con la Señora del cielo: "Y para realizar lo que pretende mi compasiva
mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás
cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me
provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo lo contarás,
cuanto has visto y admirado, y lo que has oído"
.
74. Si Nuestra Señora de Guadalupe quiere un "Templo",
significa que desea promover la fraternidad entre los moradores de estas
tierras. Por ser Madre del Hijo de Dios, es Madre que engendra la fraternidad
de todos. Y así como nos une la dicha de contar con esta maternidad,
también estamos unidos en todo lo que implica vivir en "este valle
de lágrimas: "porque allí les escucharé su llanto, su tristeza,
para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias,
sus dolores"
.
María, pues, al anunciar el Evangelio que promueve la unidad nacional,
se convierte en madre del mestizaje nacido en medio de la tensión. Por
su parte, Juan Diego es el gran invitado a colaborar en esta misión,
pero en forma orgánica; de ahí la insistencia de comunicar al obispo
de México todo lo que ha visto y oído, y de someterlo a su aprobación.
Encontramos aquí un eco de lo que ha inspirado el Espíritu Santo por
boca del apóstol san Juan "Lo que hemos visto y oído se lo comunicamos
a ustedes, para que estén en comunión con nosotros" (Cfr. 1 Jn
1, 1-4)
75. En nuestra ciudad enferma por estar perdiendo
tantos valores humanos y sociales, ante los atentados contra la unidad
familiar y la vida, ante las grandes concentraciones urbanas que deshumanizan
y borran los espacios para desarrollarnos en mayor libertad, ante el
egoísmo que destroza todo rastro de fraternidad, debe volver a resonar
la voz del Bautista: "Conviértanse, porque está llegando el reino
de los cielos" (Mt 3, 2) y la del Crucificado: "Si en el momento
de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra
ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte
con tu hermano..." (Mt 5, 23-24) Este Evangelio que se identifica
con la persona de Jesucristo, debe llegar a la conciencia de las personas.
Necesitamos reconciliarnos unos con otros y todos con Dios. La fraternidad
será entonces no un mero sentimiento de convivencia social, sino un
testimonio de que somos hijos de un mismo Padre, nos santifica y nos
llena de vida el mismo Espíritu y somos hermanos entre nosotros, gracias
a Jesucristo.
4. Un laico de su cultura y de
su tiempo
76. María de Guadalupe, como eficaz maestra de
protocolo, prepara a su mensajero para que aprenda a cumplir su encomienda
ante el obispo fray Juan de Zumárraga. La respuesta de Juan Diego al
envío de la Señora es inmediata y responsable. Lo que va a transmitir
es todo lo que ha visto y oído; y esto lo hará cuanto antes. Este "todo"
encierra un contenido muy arriesgado, pues se trataba de integrar los
elementos de la fe española con los elementos de la creencia indígena.
Pero Juan Diego cumple puntualmente en presencia del obispo Zumárraga
la orden recibida.
77. La tarea de ser recibido por la máxima autoridad
religiosa, no era nada sencillo, máxime perteneciendo a la raza indígena,
de la que varios negaban que estuvieran dotados de razón; no obstante,
consigue ser recibido. Una vez delante del jerarca, Juan Diego aparece
obediente, discreto y diligente, pues únicamente al obispo refiere el
contenido de su diálogo con la Señora. Estas tres virtudes formaban
parte de las enseñanzas básicas de los padres a sus hijos: "ni
hables demasiado, ni cortes a otro la palabra (...) Si no fuere de tu
oficio, o no tuvieres cargo de hablar, calla, y si lo tuvieres, habla,
pero cuerdamente"
"... el oficio que te dieren tomarás, y cuando fuere menester saltar
o correr para hacer algo, hacerlo haz (...) lo que te manden una vez,
hazlo luego (...); y harás de presto lo que te mandaren hacer, y lo
que sabes que quieren que se haga, hazlo tú"
.
78. El resultado de la primera entrevista con la
autoridad eclesiástica dejó al indio "triste porque no se realizó
de inmediato su encargo
.
"Tenía el ingenuo candor de pensar que el obispo iba a aceptar
de inmediato su mensaje, por venir de quien venía. Pero se trataba de
un indio recién converso y su petición sonaba a osadía, pues solicitaba
que se erigiera un templo en el lugar donde los indígenas adoraban a
Tonantzin, "nuestra venerable madre" de los dioses.
79. Al referir la respuesta de Zumárraga a la Patroncita,
Juan Diego manifiesta otros rasgos de su personalidad india. Sabiendo
que no puede quejarse ante la Señora sin ofenderla, puesto que fue ella
quien lo mandó allá, suaviza su informe lo más que puede y disculpa
el rechazo del obispo, colocándose muy a la mexicana él mismo como el
culpable. La forma como lo hace, es una manera elegante de expresar
la modestia.
80. Para un indígena perder la compostura (= enojarse)
significaba humillación; en cambio, mantenerse imperturbable ante la
adversidad, era sinónimo de superioridad. La aparente autodenigración
al confesarse indigno e inepto ante quien le había solicitado un servicio,
era un signo de cortesía, honestidad y educación; lo opuesto sonaría
a petulancia. Algo parecido dijeron los profetas del Antiguo Testamento
(Jer 1, 6; Is 6, 5)
81. Nunca ha sido fácil anunciar el Evangelio.
Desde el mismo Jesucristo y los Doce apóstoles, el martirio sigue siendo
el gran signo de quien busca obedecer la voluntad del Padre Dios. Contra
las dificultades, seguimos escuchando la voz del Hijo de María de Nazaret,
que vino a hacer la voluntad de su Padre: "No se inquieten ni tengan
miedo... En el mundo encontrarán dificultades y tendrán que sufrir,
pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo" (Jn 14, 27; 16, 33).
5. Corresponsabilidad en la evangelización
82. Ante la confesión educada de Juan Diego, María
de Guadalupe pregona que la Evangelización de México tiene que ser obra
de la Iglesia que trasciende la diferencia de razas y culturas, obra
conjunta de españoles y mexicanos. Por eso insiste en que quien tiene
que llevar el mensaje al obispo es el intercesor escogido por la Reina,
a nombre de muchos otros hermanos y hermanas que cooperarán para que
se haga realidad en México el mandato misionero que muchos siglos atrás
Jesús encomendó a sus Apóstoles.
83. Lo que sigue a esta intervención de la Morenita
del Tepeyac, confirma la personalidad de Juan Diego como un laico convertido
y con una disponibilidad responsable. Volverá al día siguiente y cumplirá
al pie de la letra lo que quiere la Señora. Por lo pronto hay que descansar.
Y en su delicadeza indígena quien lo tiene que hacer es la Reina, que
para nada necesitaba de este descanso y sí Juan Diego que había tenido
un día complejo y difícil.
84. La misión en la que estamos empeñados diariamente,
debe ser nuestra participación bautismal para ayudar a recomponer el
tejido social desgarrado por las diversas formas de pecado, tomando
en cuenta las realizaciones positivas de personas, comunidades, instituciones.
La restauración sigue siendo obra del Espíritu de Dios, pero amorosamente
quiere que también nosotros colaboremos. Debemos trabajar por integrar
orgánicamente los diversos carismas presentes en el pueblo de Dios,
para que la misión perdure. Agentes laicos, miembros de la vida consagrada,
clérigos tenemos que trabajar en comunión, cada uno de acuerdo a la
propia función dentro del Cuerpo de Cristo, de modo que demos un testimonio
de unidad orgánica y así participemos en hacer llegar el Evangelio de
Jesucristo a los alejados de su influjo, sean familias, jóvenes, pobres,
sectores, ambientes.
6.
Observante de sus deberes religiosos
85. Juan Diego no aduce su calidad de embajador
de la Señora para faltar a sus deberes dominicales de cristiano convertido.
Y de nuevo ante el obispo, en lugar de presentarse desafiante por ir
en nombre de la Señora del Cielo, lo hace con humildad y miedo de llegar
a ser el causante del fracaso de toda la misión que le había sido encomendada.
Este tesón por cumplir una encomienda es como el inicio de una cadena
de futuros catequistas indígenas que recorrerán los caminos en todas
direcciones con tal de llevar el mensaje del Evangelio, incluso con
riesgo de su propia vida como lo prueban los mártires oaxaqueños Juan
Bautista y Jacinto de los Ángeles que serán beatificados por Su Santidad
en este su quinto viaje a México. Y es que en realidad, la conversión
de los indios fue apostolado de los mismos indios que se trocaron en
infatigables misioneros de sus hermanos a partir de lo sucedido en 1531.
De su capacidad el mismo Mendieta nos refiere que "estando el religioso
presente (...) predicaba en su nombre todo lo que le había dicho (...)
y echaba de ver si era enteramente dicho, o si había alguna falta. La
cual no hallaban, sino que eran muy fieles y verdaderos, y en extremo
hábiles, que no solamente decían lo que los frailes les mandaban, más
aun añadían mucho más"
.
86. Lo que Juan Diego añadió a todo lo anterior
fue que no se descorazonó ante la escrupulosidad y severidad del obispo
que, como buen inquisidor, le preguntó de todo e incluso le hizo seguir
por sus servidores. Ellos se convertirían en el nuevo obstáculo que
tendría que superar Juan Diego
.
87. ¡Cómo ilustra la hermosura de la Iglesia de
Cristo tantos laicos, desde niños hasta ancianos, que aun cuando atienden
las responsabilidades del hogar y las del propio trabajo, todavía encuentran
tiempo para su formación y para participar en la evangelización de sus
hermanos! Tocar las puertas, visitar a los enfermos como ministros extraordinarios
de la Eucaristía, enseñar al que no sabe, colaborar como catequistas,
conservar la usanza de mayordomos, fiscales, topiles que custodian tradiciones
de religiosidad popular, es una operación que sigue dando buenos frutos,
porque los sarmientos permanecen unidos a la vid, que es el Señor (Cfr.
Jn 15, 5).
7. Apóstol por la caridad
88. En medio de tantos ires y venires, aparece
la Virgen tranquilizando a Juan Diego y asegurándole el feliz éxito
de su misión
.
Pero aquí aparece un nuevo protagonista, se trata de Juan Bernardino,
tío de Juan Diego. Además de la importancia que tenían los tíos, sobre
todo si eran de primer grado, por ser la autoridad que quedaba en el
hogar cuando los esposos partían a las guerras, cosa frecuente, estaba
el hecho de que Juan Diego encuentra enfermo de muerte a su tío. Dejando
para después a la Señora celestial, atiende a su tutor. Cuidar a los
enfermos, era una riqueza del patrimonio cultural indígena, ya que éstos
eran tenidos como "imágenes de Dios"
.
Lo que hace Juan Diego es manifestar la virtud que ya practicaba como
herencia de raza, pero ahora madurada y coronada por el Bautismo.
89. Juan Diego recibe una petición de su tío: poder
contar con un sacerdote para que lo confiese y lo prepare a morir
.
Bien podríamos pensar en que un cristiano pidiera, además de la Confesión,
el Sagrado Viático y la Unción de los Enfermos. Motolinía da testimonio
de que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía era administrado a pocos
naturales y pocas veces
.
Por su parte Mendieta afirma que por muchos años no se administró el
Sacramento de la Unción de los Enfermos por la falta de ministros
.
En cambio, él mismo consigna la inmensa estima de los indios por la
Confesión hasta el grado de que viajaban grandes distancias, abandonaban
sus casas y haciendas, mientras que los minusválidos se hacían transportar
por otros con tal de ser oídos en confesión
.
90. Como indio cumplidor, Juan Diego tiene una
urgencia familiar a la que debe responder, pero para no herir a la perfecta
siempre Virgen Santa María con una negativa abierta, decide tomar otro
camino que el acostumbrado
Una expresión más del refinamiento indio que Juan Diego había aprendido
de su raza.
91. La Virgen le sale al paso y lo trata con una
delicadeza exquisita. La pregunta que brota de sus labios es amable,
como de quien comprende y muestra misericordia, pues para nada menciona
el rodeo que hace Juan Diego, y sí le allana el camino para que le participe
de sus angustias
.
Este responde con la finura de quien tiene tal confianza con la Madre
del Hijo de Dios, hasta el punto de llamarla cariñosamente "Mi
hija chiquita", "Mi niña del cielo"
.
En su Niña Celestial abandona el peso de su congoja y le explica lo
que va a intentar, pues era de noche y difícilmente encontraría un sacerdote
que pudiese venir a auxiliar a su tío antes de que muriera.
92. Parafraseando el texto de 1Cor.13, podríamos
presentarnos hablando lenguas angelicales, o como conocedores de todos
los misterios, o protagonizando obras impresionantes de renuncia; pero,
sin caridad, nos haríamos merecedores del refrán mexicano "mucho
ruido y pocas nueces". Recordemos que Cristo conjugó lo que hizo
y dijo como expresión de su amor total a su Padre y el amor incondicional
a sus hermanos. Juan Pablo II invita a que la práctica del amor concreto,
especialmente hacia los pobres en sentido material, moral o cultural,
sea la mística que caracterice nuestra vida cristiana, el estilo de
ser Iglesia y la programación pastoral (NMI
49.50) Por consiguiente, el alma que inspire todos nuestros quehaceres
pastorales deberá ser siempre la caridad, recordando que pasarán todos
los demás dones y virtudes, y sólo ella quedará.
. ¡No temas!
93. Juan Diego se encuentra entre la gran lista
de personajes que han recibido de parte de Dios este apoyo: María de
Nazaret lo escuchó del ángel (Lc 1, 30) lo mismo que José (Mt 1, 20),
Zacarías (Lc 1, 13) y los pastores (Lc 2, 10), todos como anuncio de
la inminente venida del Salvador. Sin embargo, también se encuentra
en los relatos de vocación de personajes como Abrahán, Isaac, Moisés,
Josué, Gedeón, Jeremías, Isaías, así como en otros textos del Nuevo
Testamento. (Lc 12,23) Por su parte, la Virgen María se manifiesta ante
Juan Diego como "protectora", figura que emplearán las generaciones
cuando la invoquen como "auxilio de los cristianos".
94. Juan Diego recibió de su Reina y Señora la
certeza de que siempre estaría a su lado, por lo que podría confiar
en ella sin reservas. Jesús se lo dijo un día a Pedro después de una
jornada de arduo trabajo. Juan Pablo II lo ha pronunciado en diversas
ocasiones, dirigiéndose a toda la comunidad eclesial, a los jóvenes,
indígenas, enfermos, alejados que buscan la felicidad, la libertad y
el sentido de los esfuerzos diarios. La esperanza está fundada en la
presencia diaria de Cristo con todos sus hermanos de fatigas por causa
del Evangelio: "Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días
hasta el fin de los tiempos" (Mt 28, 20).
95. Como Iglesia arquidiocesana, volvamos de nuevo
nuestra mirada a la Virgen Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra y
digamos confiadamente: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre
de Dios. No desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien líbranos de todo peligro, ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!"
Asimismo recordemos la tierna oración que muchos de nosotros aprendimos
en casa: "Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes y solo nunca me dejes..." Todo tiene
sabor de hogar, todo nos habla del calor familiar que no podemos dejar
que se apague.
9. El hijo cuenta
con una madre excepcional
96. La Virgen María proclama a Juan Diego un mensaje
que de por sí comporta un nuevo nacimiento: "¿No estoy yo aquí
que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la
fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce
de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?"
María
no sólo está diciéndole a Juan Diego que ella es su "Madrecita",
sino que además ella se siente honrada y agradecida por serlo.
97. Santa María de Guadalupe se coloca así en la
condición de tantas madres mexicanas que desde tiempo inmemorial han
expresado su maternidad en forma única, como algo más que un mero dato
biológico reproductivo, o un derecho aducido para colocarse en lugar
de Dios. Las expresiones referidas a esta forma de maternidad se multiplican:
"la mamá cría sus hijos", "cuida continuamente de ellos",
"vigila para que no les falte nada", "es como esclava
de todos los de su casa", "sufre por la necesidad de cada
uno", "siempre atenta en las cosas necesarias para el hogar"
.
No podemos perder de vista que, sobre todo en los grandes centros urbanos,
como es el caso de la ciudad de México, las condiciones laborales han
cambiado mucho esta dinámica familiar; sin embargo, todavía persiste
la importancia central de la figura materna en el cuidado, educación
y éxito de una familia. Ciertamente tendremos que valorar mucho lo que
todavía tenemos en nuestras familias y reconquistar mucho de lo perdido
y por supuesto abrirnos con sabiduría a las nuevas situaciones.
98. La maternidad a la que alude la Virgen Madre
es de tipo espiritual, pero con toda una proyección personal y comunitaria.
Al presentarse como Madre espiritual de Juan Diego y de todos los moradores
de estas y de otras tierras, la amable y maravillosa Madre de nuestro
Salvador no lo hace para dejarnos en una situación infantil; no, la
madre del verdaderísimo Dios viene, sí a consolar, pero también a animarnos
y a urgirnos para que trabajemos tenazmente por profundizar en nuestra
fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y
de paz
.
99. La Sagrada Escritura nos ofrece un texto que
inspira el trabajo comprometido y solidario de todos los días: "Ante
esto, ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?
El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién
acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica, ¿quién condenará?
¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está
a la diestra de Dios e intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del
amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el
hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... Pero en todo
esto salimos más que vencedores gracias a aquél que nos amó" (Rm
8, 31-39) Santa María del Tepeyac lo hace suyo y, como Madre y Maestra,
se lo anuncia a su hijito Juan Diego.
10. La fe envuelta en flores
100. Juan Diego nada pide para sí mismo o para
su tío. Apenas escuchó la voz de su Niña celestial, deja sus intereses
familiares y se vuelve totalmente hacia el interés de su Señora, a tal
grado que incluso le suplica lo envíe a llevar la respuesta pedida por
el obispo. Y el signo del que será portador, sobrepasa toda previsión.
101. Es cierto que usamos flores para expresar
amor y otros nobles sentimientos, y también con sentido estético. Pero
a nadie se le hubiera ocurrido que la Reina enviaría su proyecto evangelizador
a través de un puñado de rosas, vinieran de donde fuera. No obstante,
la Niña bendita sabía que para el pueblo indio estas eran flores de
Dios, brotadas, verdecidas y florecidas en suelo mexicano, flores que
significaban la realización de todo creyente indígena, a saber, la comunión
efectiva y definitiva con Dios.
102. Juan Diego es el macehual, instrumento de
la gracia de Dios, a través de María, conocedora de estos menesteres,
pues ella misma se había confesado como "la esclava del Señor"
(Cfr. Lc 1, 38). De ella recibe el encargo de subir a cortar variadas
flores
de colocarlas en su ayate y de llevarlas a la presencia de la Soberana
,
quien las tomará en sus manos y las volverá a colocar en la tilma de
su embajador.
103. Cuauhtlatoatzin no desempeña un papel de mero
agente, sino también de sujeto libre y responsable en manos de Dios.
Y este misionero está llamado a la altísima vocación de ser intermediario
para que el mundo divino, el de las flores de Dios, llenas de vida,
"de un olor suavísimo; como perlas preciosas, como llenas de rocío
nocturno
,"
se una al mundo humano del Tepeyac, que de por sí era árido y además
se encontraba en la época de invierno. Se anunciaba así el comienzo
de un nueva etapa en la historia del pueblo indígena, fidelísimo a sus
dioses y que aparentemente había sido traicionado por ellos; etapa que
había sido ya inaugurada definitivamente por la encarnación del Hijo
de Dios, en el seno de María de Nazaret, por obra del Espíritu Santo.
104. Todo misionero debe estar plenamente consciente
de la gran distinción que recibe al ser enviado para anunciar el Evangelio;
ésa es su dicha y el motivo de sus desvelos. Los asuntos divinos son
confiados a cada uno de nosotros, de modo que cualquiera pueda disfrutar
de los diversos signos del amor que Dios nos tiene reservados en su
Hijo Jesucristo. Seguimos necesitando en la Iglesia particular de la
Arquidiócesis de México este tipo de evangelizadores llenos de fe, que
pongan su persona entera en manos de Dios, para ir discerniendo, a la
luz del Evangelio, los diversos acontecimientos de la vida diaria, de
tal modo que se vayan capacitando para responder a las exigencias de
dar a conocer la herencia que a todos nos tiene reservada el Padre,
en su Hijo amado.
11. Intercesor de absoluta confianza
105. El hijito menor de la celestial Señora se
encuentra finalmente en el corazón de la encomienda. En frases claras
y sencillas se le indica lo que tiene que decir, a quién se lo va a
decir y cómo tiene que hacerlo. Se le recuerda que no va en nombre propio
y que no va a expresar su voluntad
.
106. Santa María del Tepeyac, Maestra divina, le
enseña a su discípulo que aprenda a conjugar su respuesta obediente
a Dios, a la vez que le dará su lugar al obispo, pues es la cabeza visible
de la Iglesia naciente en el Valle del Anáhuac, a quien le toca juzgar
y ejecutar la voluntad de la Señora del cielo. Solamente así Juan Diego
podrá servir a sus hermanos como eslabón privilegiado en la cadena de
otros evangelizadores que se unirán a la tarea misionera.
107. La Madre amorosa ya desde en vida canoniza
a Juan Diego, ya que, además del modo como se dirige a él, lo declara
no como su recadero, sino como su mensajero o embajador, como alguien
de "absoluta confianza"
que
llevará la imagen misma de la Madre del verdadero Dios por quien se
vive.
108. El embajador emprende nuevamente el camino
"contento, sosegado su corazón, porque todo saldrá bien; incluso
va cuidando mucho lo que está en el hueco de su vestidura y disfrutando
del aroma de las diversas preciosas flores"
.
El panorama aparece profundamente optimista. La fe le hace ir adelante,
no obstante que ya ha tenido la experiencia de no ser creído por el
Obispo, de ser investigado, de haberse topado con un enfermo terminal.
La seguridad le llega porque ha recibido con mente y corazón bien dispuesto
el ofrecimiento de la dulce Señora. Y va con toda la autoridad que ha
recibido de ella. Las diversas y preciosas flores son para el Macehual
"corazón y cuerpo de Dios", las lleva en su regazo con tal
cuidado, como un ministro lleva la Eucaristía. La señal no es sólo para
Juan Diego, sino que es para la cabeza de la Iglesia que es Juan de
Zumárraga.
109. En medio de una sociedad en la que se levanta
el clamor de protesta contra la corrupción, como una de nuestras grandes
lacras que impiden el desarrollo en el que debemos participar todos,
tenemos que sembrar semillas de esperanza y confianza. Un joven convencido
de su fe, sabrá educarse en el respeto a la palabra dada; un trabajador
público con vocación de servicio, se sumará a otros que con honestidad
se comprometen por el bien común; un profesionista diplomado, sabrá
responder cristianamente a la confianza que depositen en su capacidad;
los padres de familia, aceptarán ser los colaboradores de Dios en el
origen y el cuidado de la vida de sus hijos.
12. El nuevo rostro de
la fraternidad
110. Delante de la autoridad eclesiástica, Juan
Diego presenta una síntesis de su versión indígena del núcleo de su
encuentro con la Reina del cielo. En su narración desaparecen todos
los elementos "periféricos", para centrarse únicamente en
la voluntad de la Señora. Ella había hecho florecer nuevamente el lugar
destruido por los españoles, a donde los indígenas venían desde muy
lejanas tierras trayendo ofrendas para celebrar la fiesta de la Tonantzin,
que quiere decir "nuestra venerable Madre";
ésta era una buena nueva para cualquier indio devoto. Pero, al mismo
tiempo, da una buena noticia, del todo novedosa: ya no se necesitan
los sacrificios humanos, pues el mismo Hijo de Dios dio su vida, su
sangre por toda la humanidad.
111. Juan Diego Cuauhtlatoatzin se convierte en
el precursor que Dios escogió para que en México se aplicara lo que
ya Cristo había realizado perfectamente y de una vez para siempre, cuando
de dos pueblos (el judío y el gentil) había hecho uno solo "derribando
el muro divisorio, la enemistad..., haciendo las paces, y reconciliando
con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí
mismo muerte a la enemistad" (Ef 2, 14-16).
112. Las flores, que de por sí ya eran la expresión
de algo sagrado, se convierten en instrumento para pintar en la tilma
del embajador indígena la imagen de la Reina del Cielo, de la Madre
del Hijo de Dios. Entregadas tilma y flores al obispo, tenemos la unión
de dos autoridades, el macehual que llevaba la imagen de la Señora y
el que es convertido en custodio de la Imagen.
113. La orientación misionera de toda la actividad
de la Iglesia en la ciudad de México nos hace descubrirnos diversos
en nuestra función dentro del cuerpo de Cristo, pero unidos en la única
misión que el Padre le encomendó a su amado Hijo: "Como tú me has
enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me
santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la
verdad" (Jn 17, 18-19) "Padre, los que tú me has dado, quiero
que donde yo esté, estén también conmigo, para que contemplen mi gloria,
la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo...Yo
les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para
que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos"
(Jn 17, 24. 26) Se abre así el vasto panorama de la presencia del laico
en la obra de la evangelización de nuestra ciudad.
13. "Buen
indio", "buen cristiano", "varón santo"
114. La experiencia de toda una vida culminada
con cantos y flores, encuentro con la Señora del Cielo, enfermedad y
curación del tío Bernardino, entrevistas con el señor obispo, llevaron
a Juan Diego a pedir el honor de poder dedicarse por completo al servicio
de su Muchachita, viviendo a un lado del templo. Para ello solicitó
la autorización del obispo Zumárraga, dada la distancia que había entre
su casa y la ermita de Guadalupe. Juan Bernardino, tío de Juan Diego
quiso hacer lo mismo para estar junto con su sobrino sirviendo al Señor
y a su preciosa Madre, pero Juan Diego no accedió, mientras que le pedía
que se dedicara a cuidar la herencia familiar de casas y tierras, lo
que implicaba velar por las familias y trabajadores bajo su cuidado
.
115. Obtenido el permiso del obispo, dejó todo
y se retiró a la ermita de Guadalupe para servir a la Virgen, cuidando
de su casita
.
Esta comunión diaria con los intereses de la Santísima Virgen desembocó
en una vida según el Espíritu de Jesucristo: A diario se ocupaba en
cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora
del Cielo y la invocaba con fervor. Frecuentemente se confesaba y obtuvo
la gracia de poder comulgar tres veces por semana, cosa excepcional
para un laico de entonces. Ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba,
se ceñía cilicio de malla y buscaba la soledad para poder entregarse
a solas a la oración
.
116. Su vida espiritual se proyectaba en el servicio
a la comunidad: era buscado como intercesor ante la Santísima Virgen,
para que les diese buenos temporales en sus siembras
,
ya que estaban ciertos de "que cuanto pedía y rogaba a la Señora
del cielo, todo se le concedía"
.
Aprovechaba, además, su permanencia junto a la casita de la Virgen para
evangelizar a quienes allí acudían.
117. De esta forma, el testimonio de una vida íntegra
alcanzada por Juan Diego, bajo la acción de la gracia divina, provocó
una fama de santidad reconocida por quienes entraban en contacto con
él. Marcos Pacheco, el primero de los siete indios ancianos, informantes
de Cuauhtitlán, que declararon en el proceso de 1666, nos ofrece una
síntesis al respecto: "Era un indio que vivía honesta y recogidamente,
que era muy buen cristiano y temeroso de Dios y de su conciencia, y
de muy buenas costumbres y modo de proceder, en tanta manera que, en
muchas ocasiones le decía a este testigo la dicha de su tía: 'Dios os
haga como Juan Diego y su tío', porque los tenía por muy buenos indios
y muy buenos cristianos", concepto en que concuerdan los otros
seis testigos
;
otro testimonio es el de Andrés Juan, quien se refería a Juan Diego
llamándolo "varón santo"
y "varón santísimo"
.
118. Efectivamente, Juan Diego era tenido por el
pueblo como "un indio bueno y cristiano", o como "un
varón santo". Ambos títulos eran más que suficientes para expresar
la buena fama de que gozaba, lo cual se ve reafirmado por el hecho de
que lo propusieran como ejemplo para los demás y de que se acercaran
a él para que intercediera por necesidades personales y del pueblo.
Así pues, Juan Diego no sólo intercedió a favor del sostenimiento de
la vida, sino que también a través de su testimonio motivó que hubiera
un punto de referencia familiar. El Nican Motecpana exclama sobre la
vida ejemplar del beato: "¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y
que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para
que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!"
.
119. En Juan Diego se hace realidad la tradición
oral de nuestros pueblos indígenas, que se ha mantenido desde tiempo
inmemorial hasta el día de hoy. Una de estas tradiciones que actualmente
se comunica de padres a hijos, de abuelos a nietos, proclama: "Apareció,
así lo dicen los Jefes, en el Cerro del Anáhuac, una señal del mismo
Cielo, a donde llega la manzana del Volador: una Mujer con gran importancia,
más que los mismos Emperadores, que, a pesar de ser mujer, su poderío
es tal que se para frente al Sol, nuestro dador de vida, y pisa la Luna,
que es nuestra guía en la lucha por la luz, y se viste con las Estrellas,
que son las que rigen nuestra existencia y nos dicen cuándo debemos
sembrar, doblar o cosechar. Es importante esta Mujer, porque se para
frente al Sol, pisa la Luna y se viste con las Estrellas, pero su rostro
nos dice que hay alguien mayor que Ella, porque está inclinada en signo
de respeto. Nuestros mayores ofrecían corazones a Dios, para que hubiera
armonía en la vida. Esta Mujer dice que, sin arrancarlos, le pongamos
los nuestros entre sus manos, para que Ella los presente al verdadero
Dios"
.
120. Una personalidad como la de Juan Diego, vivida
en fidelidad a la voluntad divina y al servicio de los hermanos se convierte,
para cualquier bautizado, en un modelo que llama a la conciencia y nos
anima a confrontar nuestro estilo de vida con el Evangelio de Jesucristo,
y a integrarnos con los demás miembros del pueblo de Dios para seguir
colaborando en la misión a favor de esta ciudad de México. Contemplación,
oración, práctica sacramental, ayuno y penitencia, misión, son parte
de la personalidad espiritual del agente laico evangelizador.