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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Luis Augusto Castro, Arzobispo de Tunja, en la celebración eucarística de apertura de la 4ª Conferencia Regional de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas, en la Basílica de Guadalupe.

1 de octubre de 2008

Un cariñoso saludo a todos los señores obispos, sacerdotes del CELAM. Un saludo muy especial a la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas, a su asistente el padre Gianmaria y a todos los feligreses aquí presentes en esta Basílica. Basílica enorme, basílica grandísima, basílica bellísima y todos sus adjetivos. Como grandísima y bellísima nos llevan a entender que esta basílica es solamente un signo de la grandísima y de la bellísima devoción a la Virgen María, que hay aquí en México y en todo el Continente Latinoamericano y del Caribe. De manera que quedamos entusiasmados estando juntos aquí en esta celebración.

Una celebración mariana se impone en este lugar y en este momento, y esta grandeza me recuerda aquella “M” enorme que Juan Pablo II quiso escribir en su escudo para mostrar también él, el grande cariño, el grande amor que tenía por la Virgen María. Es la “M” de María, pero María tiene también otras “M” también muy importantes, como la “M” de Madre, Madre de Dios y Madre nuestra. Como la “M” de maestra, Juan Pablo II nos invitaba a matricularnos en la escuela de María para aprender a contemplar el rostro de Jesús. Y esta también la “M” de misionera y como no unir esta figura de María misionera a la figura de la patrona universal de las misiones santa Teresita del Niño de Jesús, cuya fiesta hoy celebramos. Pero, no son las únicas “M”; hay otra “M” muy importante la “M” de mujer. San Pablo lo decía en forma sencilla, casi telegráfica: “nacido de mujer”, tres palabras nada más, pero que indicaban tanto, indicaban esa colaboración decidida de María a la acción de Dios; al plan de salvación de Dios. María que dice “sí” con todo su ser a colaborar a ese plan de salvación.

Pero, esta María entonces es una de las tantas Marías, de los millones y millones de Marías, todas las mujeres que le han dicho sí a Dios, para colaborar con Él en el plan de salvación. Y en ese gran ejercito de mujeres que han dicho sí a colaborarle al Señor, pues, están ustedes miembros de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas, también ustedes tienen un papel maravilloso por le dicen sí a Dios de una manera decidida y clara desde la fe, como discípulas y misioneras de Jesucristo. Listas a colaborar a la acción de Dios y son ustedes también un signo, un signo de lo que es la colaboración de la mujer en la Iglesia y en el mundo.

No hace mucho, en mi país, en Colombia en la Conferencia Episcopal tuvimos una asamblea sobre la mujer y alguna mujer decía: el 90% de la pastoral la llevamos adelante nosotras las mujeres. No sé si habrá sido exagerado o no, pero nadie protesto, ninguno de los obispos y todos dijeron: es una colaboración, es un aporte formidable el de la mujer a la evangelización. Y otra mujer decía: es que nosotros sí sabemos como llevar los hombres a Jesucristo, como evangelizarlos. Pues, una manera excelente de decirle: sí, como María, al plan de salvación de Dios. Y como no considerar también la ternura de la mujer, que es la ternura de Dios en un mundo como el nuestro tan afectado por tantas violencias. Es un papel decisivo, como es también un papel decisivo la sabiduría de la mujer y que bonito conectar esa sabiduría con esa doctora de la Iglesia que es Teresita del Niño Jesús cuya sabiduría no brotó de abajo, del esfuerzo académico, sino brotó de arriba de esa inundación de amor que Dios le hizo y que se transformó en sabiduría y en trazarnos con esa sabiduría un camino sencillo hacía la santidad.

Entonces, no puedo hacer otra cosa que maravillarme, entusiasmarme frente a ustedes, personas que hacen parte de esta Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas. Los campos de la política muchas veces se cierran a la mujer, que fatigoso ha sido para la mujer entrar a prestar esos servicios al bien común de la política, pero la mujer no se ha quedado quieta y ha empezado a organizarse de tantas otras maneras, para construir un mundo diferente, donde verdaderamente se refleje el rostro de Cristo y por eso han surgido tantas organizaciones femeninas. Todas esas que ustedes también tratan de unir en esta organización central y que tienen como finalidad, pues, no específicamente la acción política, pero sí la vida, la dignidad humana, la paz. Como es el tema, este último, que ustedes se prestan a tratar estos días.

Termino esta reflexión, diciéndoles que ojala en esta reflexión sobre la paz, como personas de fe y esperanza y no como personas que quieren diluir la paz en un concepto puramente sociológico, pues, tengan presente que la paz se apoya, como una buena mesa en cuatro patitas, en cuatro soportes. Las mesas de tres patas han sacrificado muchos cafés y muchas bebidas. Las de cuatro patitas son las más firmes.

Y les digo, entonces, para concluir: tenga presentes sus cuatro soportes de la paz. En primer lugar, el soporte de la oración, porque la paz es ante todo don de Dios y tenemos que pedirla al Señor. En segundo lugar, la paz es amor; el corazón de la paz es el mensaje del amor de Jesucristo todas las demás cosas son arandelas, el corazón de la paz  es el amor y cuando aprendamos a amarnos los unos a los otros y vivir como hermanos que se quieren y no como lobos que se despedazan, pues, entonces, habremos logrado también el gran sueño de la paz. El tercer elemento, el tercer soporte de la paz, pues, es la justicia, porque la justicia quita todos los obstáculos para poder vivir como hermanos que se aman, para eliminar tantas injusticias que hay en el mundo. Y el cuarto soporte es la verdad. Benedicto XVI nos lo decía en uno de sus mensajes de Año Nuevo: “en la verdad la paz”. Y entonces, pues, que estos cuatro soportes sirvan, también, para que como discípulas y misioneras, mujeres de fe y esperanza, pues, contribuyan a esta misión de construir la paz en nuestro mundo. Una paz como vida plena, una paz donde Dios está en el centro, una paz donde aprendamos a construir un mundo con Dios y no un mundo contra el hombre.

Que el Señor bendiga todos sus trabajos y las bendiga a cada una de ustedes y a las naciones que representan.

 
 
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