Un cariñoso saludo a todos los señores obispos, sacerdotes
del CELAM. Un saludo muy especial a la Unión Mundial de las Organizaciones
Femeninas Católicas, a su asistente el padre Gianmaria y a todos los feligreses aquí presentes en esta Basílica.
Basílica enorme, basílica grandísima, basílica bellísima y todos
sus adjetivos. Como grandísima y bellísima nos llevan a entender
que esta basílica es solamente un signo de la grandísima y de
la bellísima devoción a la Virgen María, que hay aquí en México
y en todo el Continente Latinoamericano y del Caribe. De manera
que quedamos entusiasmados estando juntos aquí en esta celebración.
Una celebración mariana se impone en este lugar y en este momento,
y esta grandeza me recuerda aquella “M” enorme que Juan Pablo
II quiso escribir en su escudo para mostrar también él, el grande
cariño, el grande amor que tenía por la Virgen María. Es la “M”
de María, pero María tiene también otras “M” también muy importantes,
como la “M” de Madre, Madre de Dios y Madre nuestra. Como la “M”
de maestra, Juan Pablo II nos invitaba a matricularnos en la escuela
de María para aprender a contemplar el rostro de Jesús. Y esta
también la “M” de misionera y como no unir esta figura de María
misionera a la figura de la patrona universal de las misiones
santa Teresita del Niño de Jesús, cuya fiesta hoy celebramos.
Pero, no son las únicas “M”; hay otra “M” muy importante la “M”
de mujer. San Pablo lo decía en forma sencilla, casi telegráfica:
“nacido de mujer”, tres palabras nada más, pero que indicaban
tanto, indicaban esa colaboración decidida de María a la acción
de Dios; al plan de salvación de Dios. María que dice “sí” con
todo su ser a colaborar a ese plan de salvación.
Pero, esta María entonces es una de las tantas Marías, de los
millones y millones de Marías, todas las mujeres que le han dicho
sí a Dios, para colaborar con Él en el plan de salvación. Y en
ese gran ejercito de mujeres que han dicho sí a colaborarle al
Señor, pues, están ustedes miembros de la Unión Mundial de las
Organizaciones Femeninas Católicas, también ustedes tienen un
papel maravilloso por le dicen sí a Dios de una manera decidida
y clara desde la fe, como discípulas y misioneras de Jesucristo.
Listas a colaborar a la acción de Dios y son ustedes también un
signo, un signo de lo que es la colaboración de la mujer en la
Iglesia y en el mundo.
No hace mucho, en mi país, en Colombia en la Conferencia Episcopal
tuvimos una asamblea sobre la mujer y alguna mujer decía: el 90%
de la pastoral la llevamos adelante nosotras las mujeres. No sé
si habrá sido exagerado o no, pero nadie protesto, ninguno de
los obispos y todos dijeron: es una colaboración, es un aporte
formidable el de la mujer a la evangelización. Y otra mujer decía:
es que nosotros sí sabemos como llevar los hombres a Jesucristo,
como evangelizarlos. Pues, una manera excelente de decirle: sí,
como María, al plan de salvación de Dios. Y como no considerar
también la ternura de la mujer, que es la ternura de Dios en un
mundo como el nuestro tan afectado por tantas violencias. Es un
papel decisivo, como es también un papel decisivo la sabiduría
de la mujer y que bonito conectar esa sabiduría con esa doctora
de la Iglesia que es Teresita del Niño Jesús cuya sabiduría no
brotó de abajo, del esfuerzo académico, sino brotó de arriba de
esa inundación de amor que Dios le hizo y que se transformó en
sabiduría y en trazarnos con esa sabiduría un camino sencillo
hacía la santidad.
Entonces, no puedo hacer otra cosa que maravillarme, entusiasmarme
frente a ustedes, personas que hacen parte de esta Unión Mundial
de las Organizaciones Femeninas Católicas. Los campos de la política
muchas veces se cierran a la mujer, que fatigoso ha sido para
la mujer entrar a prestar esos servicios al bien común de la política,
pero la mujer no se ha quedado quieta y ha empezado a organizarse
de tantas otras maneras, para construir un mundo diferente, donde
verdaderamente se refleje el rostro de Cristo y por eso han surgido
tantas organizaciones femeninas. Todas esas que ustedes también
tratan de unir en esta organización central y que tienen como
finalidad, pues, no específicamente la acción política, pero sí
la vida, la dignidad humana, la paz. Como es el tema, este último,
que ustedes se prestan a tratar estos días.
Termino esta reflexión, diciéndoles que ojala en esta reflexión
sobre la paz, como personas de fe y esperanza y no como personas
que quieren diluir la paz en un concepto puramente sociológico,
pues, tengan presente que la paz se apoya, como una buena mesa
en cuatro patitas, en cuatro soportes. Las mesas de tres patas
han sacrificado muchos cafés y muchas bebidas. Las de cuatro patitas
son las más firmes.
Y les digo, entonces, para concluir: tenga presentes sus cuatro
soportes de la paz. En primer lugar, el soporte de la oración,
porque la paz es ante todo don de Dios y tenemos que pedirla al
Señor. En segundo lugar, la paz es amor; el corazón de la paz
es el mensaje del amor de Jesucristo todas las demás cosas son
arandelas, el corazón de la paz es el amor y cuando aprendamos
a amarnos los unos a los otros y vivir como hermanos que se quieren
y no como lobos que se despedazan, pues, entonces, habremos logrado
también el gran sueño de la paz. El tercer elemento, el tercer
soporte de la paz, pues, es la justicia, porque la justicia quita
todos los obstáculos para poder vivir como hermanos que se aman,
para eliminar tantas injusticias que hay en el mundo. Y el cuarto
soporte es la verdad. Benedicto XVI nos lo decía en uno de sus
mensajes de Año Nuevo: “en la verdad la paz”. Y entonces,
pues, que estos cuatro soportes sirvan, también, para que como
discípulas y misioneras, mujeres de fe y esperanza, pues, contribuyan
a esta misión de construir la paz en nuestro mundo. Una paz como
vida plena, una paz donde Dios está en el centro, una paz donde
aprendamos a construir un mundo con Dios y no un mundo contra
el hombre.
Que el Señor bendiga todos sus trabajos y las bendiga a cada
una de ustedes y a las naciones que representan.