Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons.
Jorge Palencia Ramírez de Arellano,
Vice- Rector y Coordinador General de la Pastoral del Santuario,
en el segundo
día del Dozavario en preparación de la Solemnidad de
Nuestra Señora de Guadalupe.
LA
FAMILIA, EDUCADORA DE LA VERDAD DEL HOMBRE: MATRIMONIO Y FAMILIA
Hermanos, hermanas que profundidad hay en las palabras de nuestro
Señor Jesucristo, en el Evangelio que hemos escuchado hoy. Cuando Él
asegura a sus apóstoles, a sus discípulos: que dichosos son ustedes
que pueden oír y ver lo que está pasando.
Y esto mismo, hermanos, nos lo podemos decir nosotros: que
dichosos somos. Que dichosos somos de ver, de contemplar a Jesús.
Quizás no lo podemos ver como sus apóstoles, María Magdalena, como Zaqueo,
Pilato, pero a través de los signos sacramentales; a través de su Palabra;
a través de la realidad profunda de la Iglesia en sus múltiples formas
nosotros vemos y oímos a Jesús.
Y de esto, hermanos, al escuchar el santo Evangelio del día
de hoy debemos ser muy concientes de ese gran tesoro que tenemos, que
quizás a veces no lo podemos valorar o estamos tan acostumbrados que
la rutina, que las realidades de preocupaciones de este mundo no nos
permiten sentir esa alegría. Jesús lo dice, claramente, en este grito
de alegría a su Padre: Padre mío gracias, porque esto lo has revelado
a la gente sencilla y eso está bien.
Quizás es lo que nos falta muchas veces a nosotros; la sencillez.
Somos a veces tan complicados o tan apáticos o a veces simple y sencillamente
nos quedamos dormidos ante la presencia de Jesús, que viene Él a renovarnos
y a decirnos aquí estoy date cuenta. Un reflejo de este Evangelio, hermanos,
lo encontramos en la persona de nuestro hermano san Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
él, como muchas veces le decimos, indito: sencillo, humilde, pero no
por lo externo, sino por la virtud profunda de la sencillez y de la
humildad que vivía. Él fue capaz de vivir en profundidad esta página
del Evangelio al grado que una mañana le dijo a nuestra Señora: yo
no Señora, manda a alguien más, yo no puedo con tu encargo. Parece que
el señor obispo no me está haciendo caso. Señora, Niña tú, conoces a
alguien más importante, yo soy: escalerilla, cola, hojita que se lleva
el viento. Y aquí en estas palabras san Juan Diego nos está expresando
la profundidad de su ser de esa sencillez, de esa transparencia, en
esta virtud tan difícil de vivir. Y de ello recibe la confirmación de
nuestra Madre y Señora: tú eres mi embajador, a ti te lo encomiendo,
sigue con tu misión. Y ahí, hermanos, vemos como nuestro hermano
san Juan Diego es un modelo para seguir, no importa cuantos estudios
tengamos, o donde vivimos, sino lo importante es ¿cómo vivimos en profundidad
la sencillez de vida? y así, y sólo así comprenderemos la profundidad
misma de quien es Dios, el Dios cercano, el Dios que viene, que es quien
nos trajo Santa María de Guadalupe: soy la Madre del arraigadísimo Dios
por quien se vive, del junto, del cercano.
Así, hermanos, es como nosotros en este tiempo del Adviento,
y en este Adviento tan especial guadalupano, nos preparamos a recibirlo
a Él, en la Navidad ya próxima, nos preparamos a recibirlo a Él en la
solemnidad del próximo 12 de diciembre, por que es María
quien nos trae a Jesús y sólo con sencillez podremos entender esto.
Esta sencillez de nuestro hermano san Juan Diego, después de las Apariciones,
él la transformó en ser difusor, transmisor de estas realidades que
Él vivía en la profundidad de su ser.
Durante 17 años que vivió junto a la ermita, que construyó
Zumárraga, él se esforzó por transmitir las bondades del arraigadísimo
Dios, el mensaje de nuestra Niña y Señora, de dar con su vida el ejemplo
más claro. Y ahí, hermanos, empezó a sembrar en el seno, en el núcleo
de tantas familias lo que hasta ahora tenemos, y eso es algo que en
nuestros días nos falta mucho. Pensar a la manera de Juan Diego de que
muchos conozcan estas verdades, de que muchos se acerquen a Dios encarnado,
cercano, próximo a nosotros, de que muchos reconozcan la ternura y el
amor de Dios en la persona de nuestra Madre Santísima de Guadalupe y
esta es nuestra misión, hermanos.
Estamos en vísperas de celebrar el mes próximo el VI Encuentro
Mundial de las Familias, aquí en la Basílica con motivo de este
Dozavario, doce días previos al solemne día doce. Nos hemos dado a la
tarea de cada día ir profundizando un tema de lo que se tratará en el
VI encuentro, donde vendrán familias de todo el mundo a repetirse ese
portento, ese milagro, que nuestra Señora desde su aparición logró:
vengan, los quiero ver, los quiero oír, les quiero mostrar a Jesús.
Y precisamente en este encuentro de familias, uno de los temas
más importantes que se van a tratar es: como la familia es responsable
de mostrar a sus miembros, a sus hijos, a los primos, a los tíos, a
los compadres, la verdad sobre el ser humano, sobre el hombre. En la
actualidad en nuestra cultura hay modos de ver a la persona, al ser
humano, que no son modos cristianos. Que no son modos a la manera de
Jesús, en la actualidad pareciera que al ser humano se le ve, como algo
que se usa y cuando ya no sirve se le tira o se le ve nada más con el
afán de dinero y nos encontramos en culturas económicas, y lo estamos
sufriendo en nuestros días, que hacen bambolear a las familias, entrar
en crisis, quedar sin trabajos. Y algo muy importante que el cristiano
tiene que reconocer ¿quién es el ser humano? imagen y semejanza de Dios.
Redimidos y salvados por Jesús, somos templo del Espíritu Santo. Todo
eso somos y quien tenemos delante que es nuestro prójimo ¿lo enseñamos
así en nuestras familias? Si lo enseñáramos, hermanos, habría menos
guerras, menos situaciones difíciles, menos divorcios, menos odios,
porque quien tenemos delante es reflejo de Dios, su imagen y semejanza.
Hermanos, hermanas, que estas realidades tan sencillas, como
dice Jesús, las sepamos comprender, si las encontramos difíciles dejemos
que sea nuestra Niña y Señora, la Virgen de Guadalupe quien nos las
enseñe, nos las haga entender.
Que así sea.