InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Dozavario> Homilía 8
   
 
Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por S. E. Mons. Carlos Briseño Arch, O. A. R., Vicario Episcopal de la I Zona Pastoral, en el octavo día del Dozavario en preparación de la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
LA SACRALIDAD DE LA VIDA HUMANA DESDE LA CONCEPCIÓN

8 de diciembre de 2008

En este día, octavo del dozavario de la Virgen Nuestra Madre de Guadalupe, celebramos  una fiesta mariana que es muy importante para nuestra fe: la Inmaculada Concepción de nuestra madre.  Este es un dogma de la Iglesia.  Ella (María) fue preservada sin pecado y sin mancha desde su nacimiento. Pero ¿qué consecuencias tiene esta verdad de fe para nuestra vida? Es importante que nos demos cuenta de la magnitud del hecho de preservar a una creatura para que Dios hiciera su morada en ella.  A través de María, y a través de su encarnación, Dios va elevar la dignidad de todo ser humano. De tal manera que todo ser humano tiene una dignidad inscrita por Dios. Hoy en el himno que escuchamos en la segunda lectura, el himno de la Carta a los Efesios, nos decía: Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales…, Él nos ha elegido de antemano y nos ha mandando a dar fruto y que ese fruto permanezca en nosotros.  

La elección de María, es una elección que trae la salvación al mundo. Por eso esta fiesta es tan importante para nuestra fe porque marca le inicio de la encarnación del Hijo de Dios. Por eso la celebramos en este tiempo de Adviento, en esta preparación para el nacimiento del Hijo de Dios. Sobre todo también, en este dozavario a la Virgen de Guadalupe, ella es la inmaculada y nos recuerda este aspecto de la Virgen María: a través de ella vino la dignificación del hombre. El hombre estaba condenado al pecado por el pecado original. Sin embargo, Dios vino a salvarnos, través de su madre, de tal manera que cualquier nacimiento de cualquier ser humano es algo digno.  Y por eso, nosotros, desde nuestra fe, defendemos la vida desde el momento de la fecundación hasta su muerte natural. Y por eso esta cultura de la muerte que se nos quiere imponer en el mundo de hoy la tenemos que rechazar.  Tenemos que dignificar la vida, la vida es un don de Dios, es un regalo de Dios para todos. No es una maldición.

Hoy día se dan contracciones tan grandes, como la que me platicaba una laica de Chiapas,  que habían encerrado a unos muchachos por comerse unos huevos de tortuga; sin embargo cuando se trata de defender la vida humana, simplemente nos quedamos callados. Por eso nosotros tenemos que defenderla, y en la familia nosotros tenemos que defender la vida humana.

Precisamente la familia es el seno donde se gesta y crece el ser humano y por eso tenemos que defender la vida dentro de la familia. La familia cristiana tiene que ser siempre ese  ejemplo para todas las familias del mundo, donde se respete, se viva la vida humana desde el momento de su fecundación. Donde cada uno de los miembros, aunque sea limitado y tenga cualquier tipo de vicio, es valioso a los ojos de Dios. Y donde a cada ser humano tenemos que valorarlo como la imagen que es Dios. De ahí la importancia, que tiene esta fiesta y de ahí la importancia que tiene para la familia esta fiesta de la Inmaculada Concepción.  Donde recordamos que Dios nos eligió.

Hoy también se celebra otra fiesta muy grande, y nos unimos a otro santuario, porque se cumplen los 150 años de las apariciones de Lourdes.  En ellas también encontramos otra manifestación de nuestra Madre del Cielo, en otras tierras, donde también ella proclama la Salvación. Proclama la presencia de su Hijo y nos invita a vivir desde la fe esa presencia de su Hijo. 

Hoy también estas fiestas tenemos que colocarlas en este tiempo de Adviento, un tiempo, que como nos decían en la semana pasada es un tiempo de vigilancia, pero esta semana se nos concretiza más esa vigilancia.  Esa vigilancia la tenemos que vivir en la conversión. La conversión es volvernos a Dios. Y nuestra madre del Cielo se nos presenta con signos que nos señalan cual debe ser la actitud ante esta conversión. 

El primer signo: tanto en Lourdes como en el Tepeyac, María presenta sobre roca: sobre una montaña, sobre una gruta. María está cimentada sobre Cristo. Su grandeza es que porta a Cristo y que lo lleva a los hombres, porque antes ella Lo ha vivido. Esta conversión a la que se nos invita en este tiempo de Adviento es imitar a nuestra madre, tratar de recibir en el seno de nuestro corazón al mismo Cristo. Tratar de ir entretejiendo ese pesebre con nuestras buenas obras a través de este tiempo de Adviento. Para que Cristo haga su morada en cada uno de nosotros. Por eso se fomenta el rezo del Santo Rosario, las peregrinaciones que son momentos de gracia, donde nosotros encontramos esa luz de Dios para caminar hacía Él. 

Se presenta otro elemento en estas apariciones que es la luz. La luz que ilumina, que refleja. La Virgen de presenta como una luz en medio de la oscuridad. Muchas veces nosotros, vemos un mundo consternado, sin esperanza. Un mundo muy negativizado. La Virgen nos viene a traer luz, esperanza. Esa luz significa también purificación. Por eso este tiempo también habla de purificación. María, en ese sí que dio al Señor tuvo que vivir esa purificación. Ella  no entendía muchas cosas pero todas las guardaba en su corazón. Ella purificó su vida a través de los acontecimientos que  le fueron sucediendo, desde la anunciación: ¿cómo podrá ser esto, si yo no conozco varón?  El nacimiento, la persecución del Niño, tuvieron que huir a Egipto. Y a los doce años oír de su hijo: ¿no sabes que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?  La salida de Jesús de casa para predicar y cumplir la voluntad de Dios. Y finalmente la crucifixión y muerte.   Fueron momentos donde María vivió una purificación. 

También, nosotros, en nuestras vidas estamos llamados a vivir una purificación. Muchas veces, en la familia encontramos el lugar donde nos tenemos que ir purificando. Donde tenemos que ir aceptando los límites de las personas y amarlas así como nos ama Dios, con nuestros límites y nuestros pecados. Amar así nuestros hermanos y a través de ese amor ir transformando los corazones nuestros, ir purificándolos para que se hagan más de Dios.

Otro elemento que nos presenta la Virgen es la humildad. La Virgen de Lourdes se manifiesta a través del agua de la purificación, y en María bajo la advocación de Guadalupe se presenta en la humildad.  Dios ha mirado la humildad de su sierva.  Por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones. La Virgen escoge a un humilde Juan Diego para que sea el portador de su mensaje.

Dios nos ha elegido y nos ha predestinado a pesar de nosotros, con nuestros límites y nuestros pecados. Él es muy conciente de ello pero quiere que nosotros le presentemos esos límites para que Él los transforme. Y así como los panes y los peces Dios los multiplicó y dio de comer a una multitud, así Dios quiere multiplicar en cada uno de nosotros esos dones que nos ha dado y purificar nuestras limitaciones y pecados. Por eso nosotros también tenemos que vivir en una continua humildad,  reconociendo que somos pecadores e implorando siempre la misericordia del Señor.  Por eso debemos saber, en la familia, pedir perdón. Reconocer que muchas veces no tenemos la razón. Reconocer que nos equivocamos. Esta actitud de humildad nos la pide nuestra madre. Esta actitud de humildad también la tenemos que vivir dentro de la comunidad cristiana. Dios nos ha dejado un medio que es la reconciliación.  Pero también al principio de la misa tenemos momentos donde se nos invita a ser humildes. Y reconocer que somos pecadores y estamos necesitados de la  misericordia del Señor.

Nosotros, con nuestras propias fuerzas, no podemos salir del pecado, no podemos superar nuestras limitaciones, solamente la gracia de Dios puede hacerlo. Por eso imitemos a nuestra madre del Cielo. Sepamos poner nuestra vida en Sus manos, para  que Él vaya transformándola, vaya haciendo su obra, y digámosle como nuestra madre del Cielo: Eh aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Que así sea.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados