Versión
estenográfica de la
Homilía
pronunciada
por el Nuncio Apostólico en México, S.E.R. Mons. Christophe Pierre,
en ocasión de la Peregrinación Anual de los
Enfermos de la Orden de Malta,
a la Basílica de Guadalupe.
30 de mayo de 2008
Damas y caballeros de la Orden de Malta, voluntarios que regularmente
se asocian a la Orden de Malta, que participan de su espiritualidad,
que se entregan al servicio de los hermanos. En particular, como nos
dice el Evangelio de hoy, a todos los que se sienten agobiados, cargados,
fatigados por la enfermedad, por el sufrimiento, por la vejez, por todo
lo que tenemos que soportar en la vida. Todos ustedes, médicos, enfermeras,
enfermeros, personas entregadas al servicio de los demás, religiosos,
religiosas, hermanos sacerdotes. Bienvenidos todos hoy a la casa de
nuestra Madre, que siempre con sus brazos abiertos nos recibe para mostrarnos
a su Hijo y hacernos descubrir su corazón. Ese corazón que tanto amo
el mundo; ese corazón que es la manifestación de un amor infinito.
Hoy celebramos la fiesta tan bella, tan fuerte del Sagrado
Corazón expresión de este amor divino que es el centro de nuestra fe.
“Nosotros hemos creído en el amor”. Estas son palabras de Juan.
El discípulo que se encontraba tan cerca del Maestro, de Jesús. El discípulo
más querido, y él lo sabia, y así lo conocemos. Escuchamos su palabra,
porque su palabra es el fruto de una experiencia. Nosotros, también,
como él hemos creído en el amor; hemos creído en el amor porque hemos
experimentado que Dios es Amor.
Nuestra fe en un Dios amor es el resultado de una larga experiencia,
de hecho la lectura de la fiesta del Sagrado Corazón nos ofrece lo esencial,
que para nosotros es el fundamento, la razón profunda de nuestra fe.
Lo hemos leído en el Libro del Deuteronomio con afirmaciones fuertes
de parte de Moisés. Sabemos que Moisés fue uno de los primeros en la
larga historia del pueblo elegido, escogido, querido, acompañado. Un
pueblo que experimentó a Dios en su realidad y en su relación con este
Dios se transformó en el pueblo de Dios. Es una larga historia de amor
ahí se encuentra la fuente y la razón profunda de nuestra fe. Es
una afirmación fuerte, no hay duda, como la persona que ama a otra persona
y que le dice sin dudar yo te amo, y la otra persona recibe esta palabra
porque es una palabra que sale de la boca y del corazón. Una palabra
que es el fruto de una experiencia; es decir, una palabra que nos dice
la verdad. Esta palabra es recibida como verdad. Porque atrás de la
palabra está la evidencia del amor. Tú eres un pueblo consagrado al
Señor tu Dios. Él te ha elegido a ti para que seas pueblo suyo entre
todos los pueblos de la tierra. El amor divino es completo, es exclusivo,
celoso, no se discute, insiste, nos toca el corazón, tiene en sí mismo
su propia evidencia. ¿Por qué? porque el Señor se ha comprometido contigo
y te ha elegido, no por ser tú el más numeroso de los pueblos.
Nuestros criterios humanos se quedan muchas veces en la superficie
de las cosas; en las apariencias y nosotros creemos que el amor va a
resultar de nuestras cualidades humanas; de nuestras capacidades; de
nuestras bellezas; de nuestros méritos nuestros y con Dios. Tú no eres
el más numeroso, más bien, te ha elegido por el amor que te tiene. Es
la evidencia y la fuerza del amor. La definición misma de Dios. El amor
que te tiene y para cumplir un juramento hecho a tus padres, es una
alianza, es una boda. “Te he escogido, no tengo que decir ¿por qué?
porque te amo, de este amor va a salir la expresión de mi fidelidad,
no es un amor de un día, es un amor que tiene raíces profundas. Amé
a tus padres, es un amor para siempre, es un amor fiel, es un amor que
va a hacerte crecer, yo voy a cuidar de ti”. Encontramos en la historia
del pueblo de Dios, esta larga historia de amor.
Es por eso que los discípulos, ya preparados, ya en la expectación
de reconocer el fruto de esta larga historia, la promesa de la venida
del Mesías que sabía la manifestación completa del amor divino dentro
de la historia humana de Jesús. Jesús aparece a los discípulos y crea
con ellos una relación nueva, la Nueva Alianza, una nueva vida. Jesús
que va, precisamente, a través de la manifestación de un amor humano,
encarnado, realizado dentro del concreto de una vida, expresar el amor
divino. Jesús misteriosamente siempre habla a sus discípulos de su relación
de amor con el Padre Dios, Creador, Salvador. Dios que finalmente entra
en la humanidad y se manifiesta como fuente de amor y que va a traducir
ese amor divino dentro del ejemplo de un amor humano: Cristo que sé
entrega totalmente hasta la muerte, hasta la cruz para rescatarnos de
nuestras faltas de amor y aprender a amarnos verdaderamente como Él
ama. Cristo, que es la imagen visible del Dios invisible, hace entrar
en la humanidad el amor con su fuente divina que nos enseña a vivir
nuestra vida humana como reflejo de la vida divina.
El Santo Padre en su primera encíclica nos ofrece una reflexión
preciosa, que es la explicación de lo que pasó y de lo que los discípulos,
en particular Juan, nos explica con palabras tan límpidas en su primera
carta, que hemos leído. “Amémonos los unos a los otros porque el
amor viene de Dios y quien ama; nacido de Dios y conoce a Dios”. Ahí
encontramos esta relación, que el mundo no puede comprender si no lo
experimenta y nosotros porque hemos conocido a Dios, dice san Juan,
nosotros, también, podemos decir, porque hemos experimentado su amor
en la cruz, hemos vivido con Él, y sabemos que Él ha venido, que existe,
que es real. Nosotros sabemos que para responder a esta vocación nueva
al amor tenemos, también, nosotros que amarnos unos a los otros. De
hecho la traducción de nuestra relación con Dios será necesariamente
de vivir un amor humano, entregado, ofrecido.
Nuestro modo de creer y de verificar la autenticidad de nuestra
fe; esta fe que es siempre un don de Dios; esta fe nuestra que es el
resultado de la oración de Jesús, como nos dice el Evangelio de hoy.
Jesús en un cierto momento nos abre su corazón y nos dice lo que es
su oración y su relación es una relación íntima con su Padre, pero una
relación íntima siempre abierta a nosotros para nuestro beneficio. Todos
somos invitados en la oración de Jesús a compartir lo que es su secreto,
a entrar en su relación.
La traducción de esta nueva vida; la vida divina entregada
por Jesús a nosotros en el Espíritu Santo, cuando vivimos en la comunión
con Él, cuando vivimos en la gracia de Dios, cuando la gracia de Dios
y la vida de Dios inundan nuestro corazón, entonces podemos compartir
con los demás, como prueba del amor que tenemos en nosotros, este amor
divino-humano. Eso es la maravilla de nuestra fe, esto es lo que caracteriza
nuestra fe cristiana, no solamente algo íntimo sino algo compartido.
La
Iglesia, que tiene en su corazón el amor, existe en el mundo por el
amor compartido y cada uno de nosotros tenemos que comprometernos para
hacer llegar este amor divino que tenemos en nuestro corazón como don
de Dios hasta nuestros hermanos para transformar la realidad humana,
antes de todo nuestra propia realidad, y también el mundo en todos sus
rasgos, en todos sus aspectos, en todas sus dimensiones: la familia,
el trabajo, la política para que la fuerza del amor, como nos dicen
los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI: “La civilización del amor
sea como el aspecto nuevo del mundo nuevo. La Iglesia es responsable
de avisar al mundo viejo esta dimensión nueva”. Esto debe traducirse
concretamente de nuestros movimientos, de nuestras organizaciones. Y
quiero de modo particular hoy saludar a todos ustedes, damas y caballeros
voluntarios de la Orden de Malta. Que todos vivan esta vocación bella,
tan bella de entregarse a sus hermanos, ayudarlos, en particular los
que sufren en su carne, en su mente, en su espíritu. Para ayudarlos,
también, a entender el sentido del sufrimiento como paso hacia la vida
verdadera.
Todo en nuestra existencia tiene un sentido, tenemos que descubrirlo.
Y lo vamos a descubrir si escuchamos a Dios, que se entrega a nosotros,
que cuida de nosotros en nuestros sufrimientos. Hay sufrimientos visibles
y muchos otros invisibles, todos nosotros en un cierto momento de nuestra
vida, nos sentimos fatigados, agobiados. Todos estamos invitados a presentarnos
frente al Sagrado Corazón y pedirle que abra nuestros corazones humanos
para que Él pueda llenarlos de su amor y transformar nuestra vida.
Que esta fiesta, hermanos y hermanas, especialmente los que
han venido y que sufren, que esta fiesta sea fuente de esperanza, fuente
de alegría y fuente de amor.
Amén.