Versión
estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Nuncio Apostólico
en México, S.E.R. Mons. Christophe Pierre, en la festividad
de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei,
en la Basílica de Guadalupe.
28 de junio de 2008
Padre Francisco Ugarte, Vicario del Opus Dei para México.
Sacerdotes y laicos miembros de la Prelatura del Opus Dei; agradezco
su invitación a celebrar con ustedes la fiesta del santo fundador Josemaría Escrivá
de Balaguer, que como usted lo indicó en el inicio de esta celebración,
corresponde este año con ochenta años de la fundación del Opus Dei
y veinticinco años del jubileo de la Prelatura del Opus Dei.
La liturgia de la fiesta del santo
nos ofrece un Evangelio, que para nosotros nos puede ayudar a comprender
más en profundidad lo que es una vocación. Jesús quiere responder a
la muchedumbre que lo acompaña para oír la Palabra de Dios. La gente
tiene sed de Dios y Jesús, Hijo de Dios, ha venido para hablar de su
Padre, a enseñar sobre este Dios que quiere al hombre. Ayudarlo a comprender,
que Dios no es un Dios lejano al contrario, que Dios quiere acercarse
a nosotros para quedarse con nosotros e invitarnos a vivir en comunión
con Él.
La gente tiene en lo más profundo de
su corazón sed de Dios. Hay que responder. Hay que acoger este deseo
que hay y existe en el corazón de todos nosotros. Hay que, también,
despertar este deseo cuando está apagado. Y por eso pide a Pedro, el
discípulo, de poder ir en su barca para hablar a la gente. El Evangelio
de hoy nos dice: que Jesús invita a Pedro y sus compañeros a echar la
red, son pescadores. Jesús se acerca a ellos, los considera en su trabajo,
en su identidad profunda. Jesús se interesa en sus discípulos a tal
punto, que quiere entrar en su vida para ayudarles, también, a entrar
en su propia vida, que es la vida de Dios. Es un intercambio interesante,
eso es el método de Jesús, es el método de Dios.
Los discípulos, Pedro en particular,
no habían pescado pero con la Palabra de Jesús pueden pescar muchos
peces hasta llenar sus redes y reconoce a la presencia de su Maestro
con estupor; signo del reconocimiento de una presencia divina. Y Jesús
les dice: tú, pescador de peces. Tú vas a ser, a partir de ahora,
pescador de hombres. Ahí tenemos el encuentro de Jesús con Pedro,
el encuentro de Jesús con estos hombres ordinarios llamados a una nueva
vocación, que va a cambiar su ser profundo, aunque respetando su identidad
humana. Un encuentro con Dios, que va a cambiar el rumbo de su vida,
una vocación y una misión.
El santo que celebramos hoy, san Josemaría,
ha sido también, una persona que un día recibió esta llamada particular,
fruto de un contacto privilegiado con Cristo. Él recibió esta llamada,
como una intuición inspirada por el Señor, pero la base de esta vocación
fue el encuentro con Cristo. Un encuentro, que desde el inicio de su
vida hasta el final, ha sido el elemento fundamental de su existencia.
La santidad de san Josemaría ha sido el resultado del encuentro permanente
con su Maestro; un encuentro deslumbrante; un encuentro que cambió profundamente
su existencia humana transformándola, abriéndola. Ese es el trabajo
de Dios en cada uno de nosotros. Cuando nos abrimos a Él, cuando dejamos
la gracia de su presencia transformar nuestra existencia para adaptarnos
a esta nueva relación, que es una relación muy íntima, una nueva amistad.
San Josemaría, ustedes lo saben bien
porque son sus compañeros, sus discípulos entraron en la obra que él
de cierto modo inició: Obra de Dios, a través del instrumento de su
servidor. Ustedes, saben que la intensión de su existencia es precisamente
esto, vivir esta relación viva con el Señor, el Maestro. El Maestro
de Pedro, maestro de cada hombre y mujer, el Creador, nos lo dijo la
primera lectura. El Salvador, esta persona que ha venido, para anunciarnos
que Dios nos ama, y que este amor es real. Es un amor que no es solamente
una idea, es un amor que se manifiesta dentro de nuestra existencia,
para hacernos entrar precisamente en este amor. Este amor que el Espíritu
pone en nuestros corazones, para poder hacernos entrar en contacto permanente
con Él, vivir dentro del corazón de Dios Trinidad, animados por su Espíritu.
El fundamento de la vida de Josemaría
y de todos sus discípulos es una existencia cristiana abierta a la comunión
con Dios y transformada con la Gracia de Dios que va a producir en nosotros
tantas virtudes adaptadas a nuestra vida humana, para ayudarnos a vivir
esta vida humana conforme a la voluntad de Dios, en comunión con Él.
Eso nos ayuda a comprender la intuición fundamental, que ha sido la
revelación, que el Señor ciertamente ha ofrecido a su discípulo Josemaría
de la llamada universal a la santidad.
La prueba que esta intuición corresponde
verdaderamente al corazón de Dios y a la larga tradición, de la revelación
cristiana y de la Iglesia son los frutos. Los frutos que son ustedes,
personas que se sintieron atraídas por esta intuición, esta llamada
universal, la llamada que viene de Dios, pero que el Señor escoge transmitir
a través de sus discípulos, del fundador, de los santos. Una llamada
universal a la santidad quiere decir: que todos nosotros, todos, somos
llamados, todos tenemos una vocación hay que encontrarla, hay que descubrirla,
hay que abrir nuestro corazón, pero todos la tenemos.
Como Jesús encontró a Pedro en lo más
profundo de su humanidad, todos nosotros tenemos que encontrar a ese
Señor dentro de nuestra humanidad, para poder ofrecer esta humanidad
a Dios, y en particular a través del desarrollo de nuestra vida humana
de nuestro trabajo humano. Se trata de santificar nuestras personas,
pero siempre dentro de nuestras actividades humanas, para poder contribuir
a la transformación del mundo dentro de la Iglesia sacramento de la
presencia de Dios. Nuestro trabajo es el lugar de verificación de la
autenticidad de nuestro compromiso con Dios, de nuestra vida cristiana,
no es solamente una adición formal es algo real, que se verifica cada
día haciendo pasar todas esas virtudes que el Señor nos ofrece con su
gracia dentro del ejercicio de nuestro trabajo, de nuestras relaciones
humanas, para precisamente ofrecer al mundo la presencia del reino de
Dios y ayudar a este mundo a abrirse a Dios, transformándose así misteriosamente
en la Iglesia, que es presencia de Dios dentro de lo humano, para que
este humano entre a ser parte del Cuerpo de Jesús Resucitado, para que
esta humanidad sea Iglesia.
La intuición que san Josemaría tuvo
fue que esta obra, era obra de Dios, precisamente todos sabemos que
no podemos vivir esta vocación magnífica, bella, extraordinaria dentro
de una vida ordinaria con la existencia del mal y del pecado, que, también,
todos nosotros compartimos. No lo podemos vivir sin que sea Dios el
autor de este trabajo de nosotros. Es por eso que llamó a esta obra:
Obra de Dios. Y él, como un servidor sencillo, sabía, que todo lo que
se hacía a través de él y a través de sus discípulos todo lo que se
hace a través de ustedes siempre será Opus Dei, siempre será
Obra de Dios. Y precisamente esa es nuestra fuerza, esa es nuestra seguridad.
La Obra de Dios “Opus Dei” no podrá conducir sus frutos, sino
es precisamente Opus Dei, sino es Dios quien trabaja a través
de nosotros y por eso necesitamos en cada momento de nuestra existencia
dejar a Dios tomar posesión de nuestras vidas y también conducir el
modo, como vivimos nuestro trabajo, nuestras condiciones humanas.
Vivimos nuestra vida al modo de María.
De hecho hoy celebramos esta fiesta en casa de María con la protección
de la sierva del Señor, que siempre ha dejado su vida, desde el inicio
hasta el final ser conducida por Dios, que siempre ha obedecido y se
ha conformado al trabajo de Dios. Opus Dei es, también, como
la vida de María; ponerse totalmente a disposición del Señor, para que
Él nos transforme y transforme la realidad humana a través del modo
como nosotros trabajamos: un gran misterio, una vocación, una misión.
Cada uno de nosotros, cada uno de ustedes
va a realizar esta misión para hacerla fructificar de hecho Opus
Dei es el trabajo de todos ustedes. El carisma ofrecido a Josemaría
fue un regalo, una ofrenda de Dios a él, pero no puede producir frutos
sin que cada miembro sea verdaderamente eficaz en el sentido de la eficacia
divina, en el modo de vivir este carisma y de ofrecerlo al mundo.
Vamos a celebrar, hermanos y hermanas,
esta misa, este sacrificio eucarístico para pedir al Señor que integre
en su propio sacrificio, que salva el mundo, la obra de apostolado del
Opus Dei. Vamos a ofrecer todas sus vidas, todas sus ofrendas
para unirlas a la ofrenda de Dios para que verdaderamente el mundo entre
en una más íntima comunión con el Señor.
Amén.