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Homilía
pronunciada por S.E. Mons. Francisco Clavel Gil, Vicario Episcopal de la V Vicaría, en el Tercer Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.

3 de diciembre de 2009

"El sacerdote ministerio de la misericordia y el perdón"

Estamos en el tercer día del Dozavario con el que nos preparamos a celebrar la fiesta de NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE que nos trajo a su hijo Jesús, cuyo nacimiento, en el tiempo, celebraremos dentro de pocos días.

Agradezco al Venerable Cabildo la invitación, que me han hecho para venir a compartir con ellos esta preparación para festejar a nuestra Señora

 Al conmemorar este misterio de Dios, de la venida de su Hijo Jesús, reconocemos esta misericordia de Dios y su amor a los hombres ya que nos llamó a la existencia, y una vez caídos en el pecado por la desobediencia de Adán nos promete un Salvador para redimirnos del pecado y volvemos a recibir como hijos.

Dios, en efecto, nos ama con un amor misericordioso lleno de bondad, con un cariño fiel que es propio de aquellos que son cercanos entre sí; nos ama con entrañas de misericordia característico del amor que una madre tiene por sus hijos, nos ama con un amor que es todo don, gracia o regalo sin que hubiéramos hecho algo por merecerlo y que está deseoso y dispuestísimo a regalarlo. Dios nuestro Padre revela y expresa este amor a los hombres por las palabras y hechos de Jesús, quien lo manifiesta buscando especialmente a los pecadores y perdonándolos. Expresión de ello la tenemos en las tres magníficas parábolas de la misericordia. La oveja perdida, la moneda encontrada, y la amorosísima parábola del Padre bueno, mejor conocida como la parábola del "Hijo pródigo".

Jesús, actúa esta bondad y amor encontrándose con los publicanos y pecadores y comiendo con ellos, y presentando también aquella actitud y palabras tranquilizadoras llenas de compasión y misericordia: "Yo tampoco te condeno, vete en paz".

Nos enseña además a orar: "Perdónanos como nosotros perdonamos a los que nos ofenden", pidiendo el perdón de nuestras faltas y comprometiéndonos en la oración misma a perdonar como Dios perdona; y Dios perdona siempre, esta afirmación expresa una seguridad y compromiso que encontramos en la respuesta de Jesús a la pregunta "¿Si mi hermano me ofende, cuántas veces tengo que perdonado? Jesús responde: hasta setenta veces siete.

En este AÑO SACERDOTAL es oportuno caer en la cuenta de que este amor misericordioso del Padre manifestado en Cristo, fue confiado a los Sacerdotes como un don del Espíritu Santo para vivirlo en la comunidad cristiana y distribuido entre todos los hombres de cualquier condición. Jesús, dice a los discípulos: y en ellos a todos los sacerdotes. Reciban el Espíritu Santo. A quienes le perdonen los pecados les quedarán perdonados"(Jn 20,23). En realidad, el sacerdote, por el ejercicio de su ministerio prolonga la misión de Jesús que quiere actuar a través de sus representantes. Es Dios el que da la gracia y el perdón, el sacerdote como ministro sólo pone el signo. En este ejercicio de su función ministerial, el sacerdote tiene como tarea imitar el amor, la compasión, el perdón y la misericordia de Dios convirtiéndose así en "MINISTRO DE LA MISERICORDIA Y EL PERDÓN" para la humanidad. Cristo, en efecto, no se acerca a los pecadores para señalados y condenarlos, sino para perdonados haciéndolos sentirse valiosos y dignos para Dios.

En consecuencia, el trato ordinario del sacerdote habrá de reflejar la bondad de Dios que atrae, que comparte y se duele del dolor y de la miseria del ser humano. Especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, en la confesión que cura al hombre de sus heridas interiores y malas inclinaciones. Ahí el sacerdote habrá de transparentar la persona de Jesús, de hacer experimentar al penitente con su acogida, palabra, consejo y exhortación, el amor misericordioso de Dios que lo ama, y por ello lo perdona y lo recibe nuevamente como hijo y además suscitar la vida del Espíritu Santo en los corazones de los fieles para que levantándose del pecado caminen hacia la santidad o la perfección del amor de Dios y del prójimo.

Pidamos a la Santísima Virgen de Guadalupe, nos alcance de su Hijo Jesús el poder transparentar en nuestra vida de Sacerdotes sus características de misericordia y perdón, especialmente para aquellos que en su vida no hacen un espacio para el Dios que los ama con entrañas de misericordia.

Que así sea.

 
 
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