Año Jubilar Guadalupano Plancartino
125° de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora de Guadalupe y 125° Aniversario del nombramiento como Abad de la Colegiata Guadalupana de José Antonio Plancarte y Labastida.

 

Misa de inicio del Santo Jubileo por el 125° de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora de Guadalupe y 125° Aniversario del nombramiento como Abad de Colegiata Guadalupana de José Antonio Plancarte y Labastida.

Presidida por S.E. Mons. Samaniego López Carlos Enrique, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México.

Homilía pronunciada por S.E. Mons. Carlos Enrique Samaniego López, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México.

Fue en una canonización de los mártires japoneses cuando José Antonio Plancarte y Labastida sintió un gran deseo de ser sacerdote y pidió este don al Señor, quien se lo concedió. Él se sintió llamado a esta gran vocación contemplando la vida del primer mártir, del primer santo mexicano, San Felipe de Jesús. Tuvo esta inspiración a la santidad por medio de este camino, por medio de esta vocación.

Ciertamente San Felipe, por el naufragio no llegó a México a ser ordenado sacerdote. Sintió que el Señor Jesús lo llamaba a compartir la suerte de aquellos cristianos en persecución en Nagasaki. Sin embargo, José Antonio Plancarte experimentó este llamado a la santidad a través de este camino.

La vocación al sacerdocio es una vocación a la Santidad, llegaba a decir el Papa San Juan Pablo II: preguntarle a un catecúmeno: ¿quieres ser bautizado?, significa lo mismo que preguntarle: ¿quieres ser santo? Y pensaba yo también que preguntarle a un candidato a las órdenes sagradas: ¿quieres ser sacerdote?, es lo mismo que preguntarle ¿quieres ser santo? Este es el camino pues, al que estamos llamados los sacerdotes, es el camino llamado a la santidad.

El día de hoy vemos como este hombre, este venerable de Dios ha respondido a este llamado por este camino y con toda razón, con toda propiedad, fue llamado Padre. Este es el título que aún se le sigue dando, el Padre Labastida, a este quien reconocemos Abad, ha sido llamado siempre Padre.

Hay una parte en la escritura donde dice: no llamen a nadie padre o maestro o guía y sin embargo se aclara cuando en realidad queremos ser una transparencia, una imagen viva, real, transparente de Cristo Buen Pastor, de un reflejo del Padre, de Cristo Maestro y es por ello que el Santo Evangelio también nos invita a descubrirnos a nosotros mismos como guías unos de otros. El Papa, los obispos, los sacerdotes guiamos de alguna manera al pueblo de Dios, haciendo presente al Espíritu que es realmente el guía.

También vemos como los padres guían a sus hijos, los maestros a los alumnos, los superiores a los miembros de una comunidad religiosa. Y es por ello que este venerable ha sido llamado “padre”.

Y es así en esta tarea, donde no se puede sino pedir la luz del Señor, porque como dice el Evangelio del día de hoy: “un ciego no va guiar a otro ciego”. Si cae en el hoyo, va a caer aquella persona que aparentemente está guiando. Por ello necesitamos la luz del Señor, la luz de la fe para poder también ser un reflejo de la guía de Jesús Maestro.

Nosotros podemos pensar el día de hoy cómo necesitamos de esta luz para poder guiar a otros. Necesitamos tener los ojos bien abiertos, los ojos de la fe, no podemos ser ciegos en esto. Y por ello, quisiera orientar la homilía precisamente a esta guía de la educación, a esta tarea de ser maestros, de hacer una imagen viva, real, transparente de Jesús el buen Maestro.

En estos días, ya desde el domingo pasado, se ha iluminado toda la semana con algunos pasajes bíblicos. También el día de ayer se pone el contexto para el pasaje que escuchamos el día de hoy.

Algunos criterios para esta guía, para esta responsabilidad que tenemos ante los demás, sobre todo para esta familia Guadalupana Plancartina que también va continuando esta obra de la educación, como José Antonio Plancarte, que anhelaba la educación de los niños y de los jóvenes.

En primer lugar pensaba en este criterio del evangelio, esta regla de oro de “no hagas a los demás lo que no quieres que hagan contigo”. O en positivo y más exigente, como dice el Evangelio: “Trata a los demás como quieres que te traten a ti”.

En segundo lugar, también en el campo educativo, podríamos recordar este criterio de amar al prójimo, pero no solo eso, sino también bendecir a los que los persiguen. Le decían a Abraham Lincoln ¿por qué no acabas con tus enemigos cuando los tienes en tus manos? Y él decía: “¿qué acaso no los aniquilo cuando los convierto en mis amigos?”.

Estos son criterios ya de la educación y finalmente el Evangelio del día de hoy nos va diciendo como hay que tratar de corregir, pero en primer lugar, tratar de corregirnos a nosotros mismos. Dice: “hipócrita ¿cómo te atreves a decirle al hermano? Podríamos decir aquel que estamos educando o guiando: “¿cómo te atreves a decirle: deja que te quite esta paja del ojo, cuando tú tienes atravesada una viga en el tuyo?”. Aquello que queremos nosotros corregir, eso es la paja, es la minucia, es la pelusa. En cambio, cuando estamos realizando este juicio, esa es la viga, lo juzgado, en vez de humillar a aquel hermano, que lo que menos quiere es un juez. Podemos nosotros tratar de extender puentes con esas vigas que traemos entre nosotros para acceder al prójimo.

 El día de hoy pensemos como hay veces que tenemos ojos de lince para poder ver muy lejos a los demás y poder estar señalando, en vez de ver nuestras propias faltas, nuestros vicios, nuestros pecados. La corrección fraterna es muy importante en este camino de la educación. Pero antes de pensar solamente en corregir, que ciertamente en una obra de misericordia, incluso enseñar al que no sabe, corregir al que se ha equivocado, corregir con amor, pensando si vamos viviendo aquello en lo que queremos corregir. Ser fuertes en la cosa, pero suave en el modo, como dice un principio latino: “fortiter in re, suaviter in modo”.

Antes de pensar solamente en corregir, tratar también de hacer un examen de conciencia y corregirnos a nosotros mismos. Tener la capacidad de ver y reconocer nuestras propias faltas, sin escusas, sin atenuantes, sin echarle la culpa a los demás. Esto sería fijarse en la propia viga, el tratar de no echarle la culpa a los demás. Por eso nosotros comenzamos nuestra celebración diciendo: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa”. Quizá alguno estaría pensando en otra persona y decirle: “por tu culpa, por tu re grandísima culpa”.

En segundo lugar, si tenemos la capacidad de ver y reconocer nuestras propias faltas, hemos de tener verdaderos deseos de corregirlas. Y tener verdaderos deseos de corregirlas no significa un “ya quisiera, me gustaría” sino poner verdaderos medios, medios concretos.

En tercer lugar, para corregirnos y lograr más con menos palabras, el acercarnos a donde hay luz, un buen guía espiritual, una persona que nos pueda ayudar, que vaya adelante, un buen libro, acercarse aquel que es la Luz del Mundo, a nuestro Señor.

En cuarto lugar, tratar de no dejar pasar las faltas, los fallos, los vicios, los pecados, sino tratar de reparar, de corregirse, de enmendar. En esta tarea educativa, como ven, hay que realizar un serio trabajo en sí mismos.

Un quinto punto podría ser el de exigirse más a uno mismo antes de estar exigiendo siempre a los demás. Y vamos a lograr más con menos palabras. El vencer los respetos humanos o los falsos respetos humanos, el qué dirán, el estar tan pendiente del que van a decir del bien que hago, del bien que realizo, porque el qué dirán infecta, desorienta la buena intención.

Y finalmente en esta obra educativa y en nuestra corrección personal en el sacar la viga, pensaba que es necesario acercarse a la Santísima Virgen María de Guadalupe y aprender también, pues su metodología educativa, acercarse con respeto a aquella persona que ha sido encomendada, al niño, al joven, al alumno, al feligrés, acercarse con respeto, no solo respeto, sino cierta veneración. Inculturarse, ponerse en los zapatos del otro, hacerse una sola cosa, como Ella que se ha hecho de la misma raza y con un lenguaje simbólico. El amor es creativo para buscar aquel lenguaje con el cual se puede acercar uno al prójimo.

Vamos a pedirle al Señor que nos conceda recorrer este camino de quitar nuestra propia viga para poder así ayudar al prójimo a acercarse a Dios. Así como José Antonio Plancarte fue inspirado por la vida de estos mártires japoneses y así como él también nos va inspirando a nosotros a recorrer ese camino de la Santidad.

Pidamos al Señor que también nuestra vida sea un destello de su amor, que pueda inspirar nuevas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la vida laical.

Que así sea. 

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