Misa Solemne de las Rosas
12 de octubre de 2021

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”.

El profeta Isaías anuncia el nacimiento de quien vendrá para anunciar, proclamar e
iniciar un Reino, cuya cabeza será un príncipe que tendrá la sabiduría para aconsejar adecuada y oportunamente, para librar todo tipo de batallas y luchas que el ser humano enfrenta para vivir en libertad, y que siempre se comportará como un Padre fiel y amante de su pueblo, cuya preocupación principal será establecer la paz en la convivencia social.

Del anuncio del profeta Isaías proclamado en el siglo VII antes de Cristo, el pueblo tuvo que atender pacientemente su cumplimiento, ejercitando la virtud de la esperanza y confiando en el respaldo de Dios que garantizó esa profecía como verdadera.

Siete siglos pasaron para que se diera el nacimiento de Jesús, cientos de generaciones vivieron en la esperanza del surgimiento del mesías salvador. Jesucristo nació y proclamó la llegada del Reino de Dios en su persona, y convocó a creer y aceptar el cumplimiento de la promesa de Dios: el Mesías Redentor había llegado.

Los tiempos desbordan a todo ser humano, nuestra vida terrena es breve y corre con enorme rapidez. ¿Cómo podremos vivir de promesas que no vemos cumplidas cabalmente a lo largo de nuestra vida? No hay otra manera que vivir de la esperanza sostenida por la confianza y el amor que experimentamos, cuando aprendemos a conducirnos guiados por la luz de la fe.

Esa es la luz a la que hace referencia el profeta cuando anuncia: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló”.

Sin embargo es oportuno recordar lo que afirmó en su Encíclica sobre la Esperanza el Papa Benedicto XVI: “En esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?” ( Spes Salvi No. 1).

Hoy hemos escuchado en la segunda lectura la contundente afirmación de San Pablo a la comunidad de los Corintios, en la que transmite esa certeza, que fundamenta la esperanza: “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”.

Y también el elocuente testimonio de Nuestra Madre María, que ante la inicial perturbación que le causó el anuncio del Ángel al decirle “«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»”. La llenó de incertidumbre, pero al conocer el contenido del anuncio y dar su respuesta en la confianza que le dió su fe en Dios, comenzó a recorrer su vida, dejándose conducir por el Espíritu Santo.

Y ya sabemos que su misión no fue nada fácil, pero la realizó admirablemente bien, al tener a su lado un hombre de fe como lo fue San José, y dando a luz en la pobreza al hijo de Dios, protegiéndolo ante la persecución; acompañándose con Jesús, en la muerte del esposo y padre de su hijo, en medio de una sociedad patriarcal; afrontando las críticas de los parientes, cuando consideraban que Jesús había enloquecido; y sobretodo, padeciendo dolorosamente la pasión y la crucifixión de su adorado hijo. Así llegó al momento glorioso de la Resurrección, y continuó el acompañamiento de la Iglesia naciente, fortalecida con la fuerza del Espíritu Santo, que descendió sobre ellos.

Ella no preguntó al ángel Gabriel como sería su futuro, se dejó conducir por el Espíritu y caminó en la esperanza, con este testimonio admirable, comprendemos muy bien la enseñanza del Papa Benedicto sobre la esperanza cristiana cuando afirma en la Encíclica “Spes Salvi”:

“Un elemento distintivo de los primeros cristianos es el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo « informativo », sino « performativo ». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” ( Spes Salvi No. 2).

Hoy también caminamos en tinieblas y sombras ante muchas situaciones y planteamientos de nuestro tiempo; pero ante la realidad por más desafiante que sea debemos reforzar nuestra fe y nuestra confianza en quien nos ama y nos auxilia, y los cristianos estamos llamados a dar testimonio al reunirnos y al colaborar en los servicios sociales de nuestra ciudad, así seremos luz para todos los que caminan en tinieblas. Ésta es la razón del llamado, que nos hace el Papa Francisco, a caminar juntos, a vivir la sinodalidad y la misión. Por eso estamos realizando la Visita Pastoral a las Parroquias de nuestra Arquidiócesis, ahí estamos conociendo las realidades de sus distintos ambientes y escuchando las necesidades y proyectos, que se han planteado en la respectiva asamblea parroquial.

Renovemos la confianza y la esperanza en Nuestra Madre, María de Guadalupe, dirigiéndole la oración que hoy hace 126 años recitaron los Obispos y el pueblo de México, al ser coronada su imagen.

Salve, Augusta Reina de los Mexicanos,
Madre Santísima de Guadalupe, Salve.

Ante tu Trono y delante del Cielo,
Renuevo el juramento de mis antepasados,
Aclamándote Patrona de mi Patria, México;
Confesando tu milagrosa aparición en el Tepeyac
Y consagrándote cuanto soy y tengo.

Tuyo soy gran Señora, Acéptame y bendíceme. Amén

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