Misas del Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México

DICIEMBRE 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El Señor dijo a Abram: Ese no será tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas. Y haciéndolo salir de la casa, le dijo: Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes. Luego añadió: Así será tu descendencia. Abram creyó lo que el Señor le decía, y por esa fe, el Señor lo tuvo por justo”.

Abraham ha sido llamado Padre de la fe, porque creyó en la voz y promesa de Dios, de hacerlo padre de una gran descendencia, sin tener alguna evidencia que le mostrara la viabilidad de la promesa divina. Creer sin ver, confiar ante la imposibilidad presente, mantenerse en todo momento fiel a la Palabra de Dios, son las características de nuestro Padre en la fe.

Este Domingo, posterior a la Navidad, celebramos la festividad de la Sagrada Familia, miramos a José y María caminar como Abraham, en la oscuridad de la promesa, pero creyendo en la Palabra de Dios. José para aceptar a su esposa embarazada de un hijo que no sabía su procedencia, María para aceptar el misterio de ser madre en la virginidad, y sin saber la misión que su hijo debía cumplir. Sorprendente misterio, que vivieron en la plenitud de la obediencia a la fe.

Como cristianos, discípulos de Jesús, estamos llamados a mirar el futuro a la luz de la fe, creyendo en la Palabra de Dios como lo hizo Abraham: “Por su fe, Abraham, obediente al llamado de Dios, y sin saber a dónde iba, partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia”.

Y de la misma manera como lo hicieron María y José, que no obstante las palabras proféticas de Simeón, no tuvieron miedo y afrontaron la misión para la que Dios los había elegido. Así lo hemos escuchado hoy en el Evangelio: “Simeón, varón justo y temeroso de Dios,…Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús,…Simeón lo tomó en brazos y… los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”.

Hoy vivimos una gravísima crisis de la familia, generada por varios factores: fractura cultural sobre el consenso de los valores cristianos, originando la dificultad de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones; confusión y rechazo al proyecto de familia instituido por Dios mediante las leyes de la naturaleza; violencia intrafamiliar en lugar de ser cuna del amor; temor y evasión al compromiso de procrear hijos, debido, entre otras causas, a la distorsión de la sexualidad humana considerada más para el mero placer, que para la intimidad y plenitud del amor.

Lamentablemente la discusión para clarificar estos aspectos se ha vuelto ideológica, y se deja de lado la posibilidad de un diálogo sereno y de recíproca escucha para plantear la actual situación social y redescubrir la indispensable misión de la familia, como la célula básica de una sociedad que prepara y educa la niñez y la adolescencia para lograr nuevas generaciones, que valoren la fraternidad, la solidaridad y la subsidiaridad, superando las diferencias de clases económicas y sociales.

Dios, nuestro Padre, conocedor de las resistencias a su proyecto creador, que siempre se han dado a lo largo de la historia; se dirige a nosotros los discípulos de Jesús, y nos invita a prolongar la misión de su Hijo Jesús, afrontando las contradicciones y asumiendo los sufrimientos que conlleva ser fieles a la Palabra de Dios.

Pero debemos advertir que Dios nos pide siempre buscar el diálogo constructivo, dejando en libertad, con la tolerancia necesaria, a quienes no aceptan el mensaje de Jesucristo; ya que nosotros no debemos ser jueces de los demás, sino promotores de la verdad con el respeto de la libre elección con la que cada persona debe decidir.

La Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesucristo, debe como Abraham, como María y José, dar testimonio de la belleza del proyecto divino de la familia, y transmitir la inmensa alegría, de quienes viven fieles al compromiso propio de esposo y de esposa, de padres y de hijos, de nietos y de miembros de una familia. Recordemos siempre que el testimonio es más elocuente y convincente que el discurso conceptual.

Mirando hacia el futuro incierto, y bajo las sombras actuales de la grave crisis actual de la familia, los cristianos debemos caminar en la obediencia, guiados por la luz de la fe, recordando la promesa del Señor dirigida a Abraham: “No temas, Abram. Yo soy tu protector y tu recompensa será muy grande”. Y como María podremos experimentar las maravillas que hace Dios en la familia que es fiel y mantiene en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en los triunfos y en los fracasos, su fidelidad a la promesa de nuestro Padre Dios.

Seguramente Ustedes como yo, hemos escuchado en distintas ocasiones los conmovedores testimonios de muchos, que han vivido los padecimientos del COVID, y de quienes por la misma contingencia han perdido a uno o a más seres queridos, cómo han crecido en la fe; ellos afirman cómo han aprendido a descubrir la intervención divina, cuando se vive un drama y una tribulación inesperada.

Por eso los invito a dirigir nuestra súplica confiada a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que conociendo en carne propia el sufrimiento, decidió presentarse y quedarse con nosotros, dejándonos su bendita imagen para animar, consolar y manifestar su ternura maternal a todos sus hijos, y mostrándonos el camino a seguir para afrontar la grave crisis de la familia, que se va extendiendo no solo en nuestra Patria, sino también intensamente en los países de tradición cristiana.

Por eso con toda confianza dirijamos nuestra plegaria a Nuestra Madre, para que nos llene de esperanza y nos ayude en dar, como ella lo hizo con su esposo José y con su hijo Jesús, el testimonio de vida familiar que necesitamos seguir, para resolver la grave crisis, que atraviesan las familias de nuestro tiempo:

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe!  Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, al mensajero que trae la buena nueva, que pregona la salvación, que dice a Sión: “Tu Dios es rey!”

Durante el Adviento hemos reflexionado sobre la figura de Juan Bautista, de quien dijo Jesús que no había una persona más grande que él. La alegría del Profeta Isaías exclamando: “¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la salvación, que dice a Sión: “Tu Dios es rey!”, transmite una enorme esperanza: saber que la Buena Nueva está llegando. Ahora nosotros identificamos que dicho anuncio del Profeta, se concretó en Juan Bautista, quien señaló la llegada del Mesías, y lo manifestó solemnemente en el bautismo de Jesús, portador de la presencia de Dios en medio de nosotros.

Tanto el profeta Isaías como el mismo Juan Bautista, se quedaron cortos en sus proclamaciones, porque jamás imaginaron que el Mesías, mensajero del Padre, fuera a ser el mismísimo Hijo de Dios, asumiendo la carne mortal del ser humano para manifestar el inmenso amor, que Dios tiene por su criatura predilecta el hombre.

La Buena Nueva, que en griego se dice Evangelio, fue preparada durante siglos como lo afirma la segunda lectura de hoy: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo”.

La misma obra creadora, que no deja de sorprender al hombre, descubriendo lentamente la compleja relación del Universo para generar la Tierra, nuestra Casa Común, creada para desarrollarse, sostenerse y mantenerse así misma, sin ninguna intervención de la creatura, fue la primera manera de hacerse presente Dios con la humanidad, por espacio de muchos siglos.

Solamente hacia el siglo V antes de Cristo, el ser humano entre tumbos y hierros, entre reflexiones compartidas y consideraciones de las relaciones humanas, inició el proceso de reconocer que la Creación en sí misma es la primera mensajera que manifiesta la existencia de un solo Dios. De esto da cuenta el Libro del Génesis en los primeros capítulos, fruto de la reflexión de los hombres creyentes y humildes, investigadores y estudiosos de esos siglos previos al nacimiento de Cristo.

La obra creadora debería haber sido y ser siempre el camino universal para descubrir a Dios. Como bien lo confiesa San Agustín en su búsqueda de Dios: “Pregunté a la tierra y me dijo: ‘No soy yo’; y todas las cosas que hay en ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: ‘No somos tu Dios; búscale sobre nosotros’. Interrogué a los vientos que soplan y el aire todo, con sus moradores, me dijo: ‘Se engaña Anaxímenes: yo no soy tu Dios’. Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. ‘Tampoco somos nosotros el Dios que buscas’, me respondieron. Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi carne: Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de él’. Y exclamaron todas con grande voz: Él nos ha hecho”.

La Creación y todas sus creaturas con su armónica función es el más contundente testimonio del Dios Creador, ellas son la luz que refleja su existencia. Sin embargo como afirma San Juan hoy en el Evangelio: “Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin embargo, el mundo no lo conoció”.

Aquí tenemos el motivo del por qué Dios Padre decidió la Encarnación de su Hijo, mostrar, hasta el extremo de la muerte en cruz, el infinito amor misericordioso, que tiene por su creatura predilecta, el ser humano. Por eso, el eje de todas las celebraciones litúrgicas se centra en la Navidad y la Semana Santa; expresando así que la Encarnación del Hijo tiene la finalidad de la Redención del hombre.

Una y otra vez, durante todo el año, la Iglesia recuerda estos dos misterios que están estrechamente unidos: la Encarnación y la Redención con la esperanza de atraer a todos y cada uno para conducirnos a la vida eterna, donde participaremos de la misma naturaleza de Dios Trinidad.

Por eso a pesar de la necia resistencia del ser humano para aceptar el inconcebible y maravilloso destino para el que fuimos creados, Dios Padre envió a su Hijo como afirma el apóstol San Juan: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios. Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

En Cristo hemos ido conociendo y develando el misterio del verdadero Dios, por quien se vive, que perdona y levanta, que reconcilia y da vida. Por eso afirma la carta a los Hebreos: “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser y el sostén de todas las cosas con su palabra poderosa. Él mismo, después de efectuar la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la majestad de Dios”; lo que de manera contundente expresa San Juan en el Evangelio: “la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado”.

Ésta es la inmensa causa de nuestra alegría, que se enciende y alimenta con la Navidad; no es simplemente una memoria del pasado que recordamos, es una realidad que vivimos, quienes, como discípulos de Jesucristo, hemos puesto nuestra voluntad al servicio de la Evangelización. Por eso los cristianos cantamos con gran emoción: ¡Gloria Dios en el Cielo y Paz en la Tierra a los hombres de Buena Voluntad!

Agradezcamos a San José y a su esposa María, Nuestra Madre, quienes, con su colaboración sincera y obediente al plan de Dios, hicieron realidad la gracia más grande que ha recibido la humanidad: conocer el misterio del verdadero y único Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya naturaleza es el Amor en plenitud.

Por eso con toda confianza dirijamos nuestra plegaria a Nuestra Madre, para que nos aliente y nos conforte en las situaciones y dificultades que hemos afrontado a través de este año 2020, y pidámosle interceda con su Hijo Jesucristo para que tengamos un buen año 2021:

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa para que yo habite en ella? Yo te saqué de los apriscos y de andar tras las ovejas, para que fueras el jefe de mi pueblo, Israel”.

Esta advertencia del Profeta al Rey David descubre la gran tentación, que se presenta a todo aquel, que ha procedido conforme a la voluntad de Dios y le ha ido muy bien. ¿Cuál es la tentación? Generar la conciencia de considerar, que tiene el poder en sus manos para realizar todos sus sueños, y que basta que él lo quiera para cumplirlos; aún cuando dichos proyectos sean buenos, conduce sutilmente a su conciencia pensar que todo lo puede, y se desarrolla así la conciencia del hombre poderoso que  se considera capaz de lograr todo lo que quiera. Al caer en esta tentación iniciaría su ruina, pues se abre la puerta a la soberbia, que ciega la capacidad de escucha y de atender y sopesar las opiniones de los demás.

David ha procedido bien al consultar al Profeta para que le diera su parecer, que en un principio le responde afirmativamente, pero que el mismo Profeta en oración descubre la voz de Dios, y comunica lo que realmente quiere Dios del Rey David, quien a su vez la escucha y obedece; dejando a su Hijo Salomón la construcción del templo que anhelaba ver. En consecuencia, Dios cumple su promesa y engrandece el final del reinado de David y el de su dinastía: “Yo estaré contigo en todo lo que emprendas…y te haré tan famoso como los hombres más famosos de la tierra. Le asignaré un lugar a mi pueblo, Israel; …

… Y a ti, David, te haré descansar de todos tus enemigos. … te daré una dinastía; y cuando tus días se hayan cumplido,… engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo”. Así, el Rey David superó la tentación y Dios cumplió su promesa, fortaleciendo el Reino de Salomón, quien edificó la construcción del Templo de Jerusalén. El Rey David cometió graves pecados, como el adulterio y el posterior homicidio de Urías para desposar a Betsabé; sin embargo siempre humildemente aceptó su culpabilidad. Qué grande lección dejó en herencia a su Pueblo, eso le valió que de su dinastía naciera el Hijo de María, y quedará como un personaje central de la Historia de Israel y de la Historia de la Salvación.

En este cuarto y último Domingo de Adviento, la Palabra de Dios, al recordar la figura del Rey David, nos invita a no tener miedo por nuestras fallas y pecados cometidos, siempre el Señor, como buen Padre de sus Hijos, misericordiosamente nos concederá el perdón y nos otorgará la gracia para fortalecer nuestro espíritu. Este es el primer paso para prepararnos a la Navidad, y el segundo es descubrir la voluntad de Dios en mi vida, interrogarme sobre lo que Dios espera de mí, ante el cumplimiento de mis responsabilidades.

Si en esta tarea descubrimos que la propuesta supera mis fuerzas, debo preguntarme como María: ¿Cómo podrá ser esto?, debo compartir mis alternativas con mi familia, con mi grupo de apostolado, con mis amigos fieles, que también quieren responder a la voluntad de Dios, y discernir mis decisiones para presentarlas con fe y esperanza a Dios mi Padre, y mejor aún, traerlas a la Eucaristía para unirlas al Sacrificio de Cristo, y recibir el Pan de la Vida, y con él, la fortaleza del Espíritu Santo, que me acompañará a realizar mis decisiones.

Nuestra Madre María, respondió positivamente al mensaje del Ángel Gabriel, sin saber todo lo que le esperaba vivir: alegrías y tristezas, gozos y sufrimientos, llegando al extremo de ver morir crucificado a su Hijo, condenado injustamente, y además penalizado como si fuera un impostor, seductor, y blasfemo. Estas fueron las acusaciones presentadas a las autoridades romanas con falsos testigos y componendas políticas. Sin embargo, María se mantuvo firme hasta el final, viviendo bajo el misterio, conducida por la fe, pues desconocía como sería el desarrollo del Plan de Salvación para la humanidad, que Dios Padre, tenía reservado para que su Hijo Encarnado lo cumpliera.

Conocemos ya la finalidad del Plan divino: Manifestar hasta el extremo, el amor misericordioso por sus creaturas, para que descubriendo ese amor, se descubrieran todos como hijos muy amados. Si María aceptó sin saber el plan ni su finalidad, y aprendió a vivir su generosa entrega bajo la conducción misteriosa del Espíritu Santo, nosotros deberíamos aceptar, sin temor alguno con plena confianza, las propuestas de Dios: ¡No tengamos miedo a ser obedientes de la fe, aprendemos como ella lo fue!

En nuestros tiempos proclamamos la libertad como el máximo don y derecho del hombre, lo cual es verdad, Dios mismo la concedió y la respeta. Pero debemos entender que la libertad y la obediencia no están contrapuestas, sino que son complementarias y van de la mano. Dios nos ha creado para el amor, lo cual exige el ejercicio pleno de la libertad, pero cualquier decisión tomada, sea buena o mala, impone un determinado camino con ciertas exigencias para alcanzar el objetivo; por tanto, debemos cumplir esas condiciones. En esto consiste la obediencia.

En cuanto a la relación con Dios, debemos con plena libertad decidir si aceptamos o no su Voluntad, y habiéndola aceptado debemos como lo hizo María expresar nuestra obediencia a la voluntad del Padre: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. De esta manera recibiremos el Espíritu del Señor, y aprenderemos a ser obedientes de la fe, con la plena confianza en el amor de Dios, Nuestro Padre. Este proceso nos conducirá a exclamar, como San Pablo, llenos de alegría: “Hermanos: A aquel que puede darles fuerzas para cumplir el Evangelio que yo he proclamado, predicando a Cristo, conforme a la revelación del misterio, que… en cumplimiento del designio eterno de Dios, ha quedado manifestado por las Sagradas Escrituras, para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe, al Dios único, infinitamente sabio, démosle gloria, por Jesucristo, para siempre”.

Invoquemos pues a Nuestra Madre, María de Guadalupe, para que seamos obedientes de la fe, y así, lleguemos también a proclamar como ella, las maravillas que hace Diosa través de nosotros. Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común. Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz”.

En este tiempo del Adviento, la Liturgia propone la figura de Juan Bautista, como maestro para señalar lo que debemos hacer, en vista de capacitarnos para reconocer la presencia de Dios en el mundo, y aprender a descubrir la luz, que oriente nuestra vida, para lograr el destino al que hemos sido llamados.

Los textos de hoy presentan varios aspectos fundamentales de la enseñanza de Juan Bautista; el primero que debemos imitar es la claridad de su identidad y la humildad de reconocerse servidor, su misión es preparar la llegada del Mesías. Por eso afirma contundentemente: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor, como anunció el profeta Isaías”.

Pero, ¿cómo vamos a enderezar el camino del Señor? Este es el segundo aspecto de la enseñanza de Juan señalar la manera de prepararse a la inminente llegada del Mesías para lo cual indica el indispensable arrepentimiento de los pecados cometidos; y quienes aceptan adecuar su conducta a los mandamientos de la ley de Dios, los bautiza con agua. En la época de Jesús se mantenía la tradición de considerar que los pecados los perdonaba solo Dios, y ningún hombre podía absolverlos en su nombre. Por ello, los emisarios de los fariseos lo interpelan diciendo: Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?

La pregunta le permite a Juan expresar el tercer aspecto de su enseñanza y cumplir su misión, de anunciar la llegada del Mesías al afirmar: Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. El anuncio de la inminente llegada del Mesías excedió las expectativas del pueblo, y se incrementó el número de quienes abrieron su corazón y pidieron ser bautizados por Juan.

Cuántos en este Adviento escucharán la voz de la Iglesia que clama en el desierto actual del aislamiento, ahora que se ha incrementado la soledad, la angustia, la incertidumbre, el sufrimiento, y la muerte en el mundo. El Papa Francisco ha declarado que de esta pandemia no saldremos igual que antes, saldremos mejores o peores, y tiene mucha razón porque la experiencia humana manifiesta que de la vivencia de una situación dramática, trágica o de grave injusticia, nunca se sale igual, afecta profundamente el interior del hombre.

Es necesario un acompañamiento adecuado, sea durante la misma experiencia o inmediatamente después, para salir transformado en un ser que descubre la razón de su vida y de la importancia de vivir de manera fraterna y solidaria. De lo contrario, en el aislamiento durante y después de la trágica situación vivida, esa persona sale traumada, desconsolada y con relativa facilidad abre su corazón al odio y la venganza contra quien resultare responsable y contra quien por cualquier motivo lo cuestionara.

Así, una familia, una comunidad, un pueblo o una nación padece esta misma experiencia dramática de forma generalizada queda profundamente afectada y debe ser atendida para sanar su corazón, sus sentimientos, su interior. Con mayor razón está aconteciendo con la actual pandemia mundial. ¿Saldremos mejores o saldremos peores? De nosotros depende.

¿En cuántos cristianos y no cristianos se moverá el corazón, buscando y esperando un consuelo y una esperanza de vida? Es la hora sin duda de ser como Juan Bautista, testigos de la luz, orientadores del camino que lleva a la vida. Es la hora de dar a conocer, que Dios no nos ha abandonado, sino que ha estado a nuestro lado. Esta experiencia queda en nuestras manos promoverla, extendiendo nuestra mano solidaria en favor de los afectados.

Hoy, no solo podemos enderezar nuestra vida para preparar la Navidad, sino que está en nuestras manos recibir, también y sobre todo, el beneficio de la venida de Jesucristo al mundo. ¿Qué hace falta en el mundo de hoy para que el Espíritu Santo nos conduzca, nos acompañe y nos fortalezca como Iglesia, para acompañar a nuestra sociedad, con la serenidad propia de los discípulos de Jesucristo?

La primera lectura recuerda el contenido del mensaje de Isaías, que Jesucristo al iniciar su ministerio pronunciara en la Sinagoga de Nazaret, afirmando que en él se ha cumplido la profecía de Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor”. Después de 21 siglos contamos con la experiencia vivida con tantos cristianos que han creído en Jesucristo y han recibido el Espíritu Santo y sus siete dones, asumiendo así el mismo acompañante que tuvo Jesús en su vida terrestre.

Vivimos de manera sorprendente cuando dejamos que nos conduzca el Espíritu Santo en nuestro peregrinar hacia la Casa del Padre. Por tanto la mejor preparación es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, y anunciar su presencia en medio de nosotros, con un estilo de vida solidario, fraterno, y dispuesto siempre a la caridad con el prójimo, que encontramos en el camino de la vida.

Así viviremos la misma experiencia que describe el Apóstol Pablo a los tesalonicences: “Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía; pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal”.

De esta manera construiremos la casita sagrada, que desea Nuestra Madre, María de Guadalupe para todos sus hijos. Comprometámonos con ella, y asumamos nuestro mejor esfuerzo para salir de esta Pandemia mejores personas, y logremos ser una mejor sociedad. Pidámoslo de corazón a Nuestra Madre, María de Guadalupe.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista, predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados….Proclamaba: Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Este segundo Domingo del Adviento la liturgia presenta a Juan Bautista, cumpliendo su misión, la cual tiene dos aspectos: invitar al arrepentimiento de los pecados, de las equivocaciones, de las negligencias, de los atropellos y del incumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios; el arrepentimiento de corazón obtiene el perdón de los pecados y su consecuencia es el cambio de conducta, adecuando la vida personal a la observancia de los Mandamientos; esto es lo que llamamos: Conversión personal.

El segundo aspecto de la misión de Juan Bautista es anunciar la inminencia de la llegada del Mesías y sus características. La misión del Mesías, es más grande e importante, por eso Juan ha dicho: “viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias”. Juan predica el arrepentimiento, anuncia la llegada del Mesías, y señala con claridad que el Mesías ofrecerá algo totalmente nuevo y sorprendente: “él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Para responder a la llamada de Juan Bautista basta reconocer nuestras faltas y pedir perdón. Para responder a la misión de Jesucristo, el Mesías anunciado, es indispensable recibir el bautismo con el Espíritu Santo y aprender a dejar conducirnos por él, con plena fidelidad y generosa entrega, creyendo en el anuncio y presencia del Reino de Dios entre nosotros; es decir, creer y proclamar que Dios camina con nosotros para edificar la civilización del amor. A este proceso la Iglesia lo ha llamado Conversión Pastoral.

En efecto, la Conversión Pastoral es creer el anuncio de la Buena Nueva, Dios está en medio de nosotros, y esa presencia ha llegado con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y trae el encargo anunciado por el profeta Isaías en la primera lectura: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón:… Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo… Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.

En nuestros días, son muchos los que habitualmente reaccionan a este gozoso anuncio, afirmando que la venida de Jesús, el Hijo de Dios vivo, el mundo no ha cambiado nada en estos 21 Siglos, que sigue siendo vapuleado por la maldad, y la relación entre los pueblos y naciones continúa siendo belicosa, y que en general los criterios de la sociedad y de la gente, favorecen la actitud de someter y controlar al débil y desprotegido.

Para explicar esta constante afirmación, san Pedro recuerda con gran claridad, que Dios Padre ama entrañablemente a todas las creaturas, al afirmar: “No olviden que, para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”.

En efecto, Dios vive en la eternidad, y para él, todo es presente, no hay pasado ni futuro, conoce a fondo nuestros pensamientos y nuestras acciones, sabe nuestro recorrido existencial, y propicia los caminos de salvación para el pecador, a través de quienes lo reconocemos como el verdadero Dios, de quien procede la vida y por quien se obtiene la vida eterna. En una palabra, Dios interviene en la Historia a través de quienes le corresponden aceptando y testimoniando las enseñanzas del Evangelio. Por eso san Pablo exhorta a los que creemos en Jesucristo, camino, verdad, y vida: “nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche”.

El Adviento, al prepararnos para el recorrido hacia la Navidad, en que recordaremos el inicio de la Encarnación del Hijo de Dios, que asumió la condición de creatura, para hacer presente en el mundo el amor y la misericordia de Dios Padre, es la oportunidad para todos los cristianos, discípulos de Jesús de renovar nuestra convicción en la Buena Nueva: El reino de Dios ha llegado y está presente en semilla, en desarrollo, dependiendo su fuerza del dinamismo con que asumamos las enseñanzas de nuestro Maestro Jesús en nuestra propia vida.

Pero, para eso nos necesitamos, nadie puede aisladamente hacer esa hermosa y siempre urgente misión evangelizadora. En esto consiste la Conversión pastoral, en asumir el compromiso de acción conjunta, en favor del prójimo necesitado. Cuando el Papa Francisco convoca a la comunión y a ser una Iglesia en salida y misionera, está llamando a la Conversión Pastoral. Es conveniente reconocer la diferencia y la complementariedad entre la Conversión personal y la Conversión pastoral. La primera es mi convicción de cuidar que mi conducta esté acorde a los mandamientos de Dios, la segunda es la expresión de mi conciencia para testimoniar, con mi participación eclesial en comunión, la presencia del Reino de Dios.

Así edificaremos la única familia, la familia de Dios, y por ello, colaboraremos por la vida digna de todo ser humano y por la relación fraterna con todos, hombres y mujeres, independientemente de sus contextos culturales, sociales, y económicos, conjugando los esfuerzos necesarios para tener como objetivo de todas las actividades la previsión del bien común, por encima de intereses de grupo. Estos deben subordinarse, respetando lo que afecta a todos. Un claro ejemplo es el cuidado de nuestra casa común, la tierra.

Pidámosle a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que anime nuestra Conversión Pastoral y acompañe nuestro caminar como testigos del Evangelio.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

NOVIEMBRE 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre… Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”.

Al iniciar un nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, la Palabra de Dios recuerda la relación filial de Dios con nosotros los humanos, que siempre debe estar en nuestra mente y en nuestro corazón: “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor”.

Nuestro Creador, quien nos ha dado la vida, es alguien que nos ama entrañablemente como un buen Padre, que está atento al desarrollo y al comportamiento de sus hijos para redimirlos; es decir, para rescatarlos cuando se encuentran en peligro, cuando han extraviado el camino, cuando su conducta se ha desviado, y en lugar de corresponder al amor, se han entregado al odio y la violencia contra sus hermanos.

Además, afirma el Profeta: “nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. Entonces, si estamos en sus manos y somos hechura de Dios, por qué no obramos el bien como Él lo hace, por qué permite que obremos mal y en contra de su voluntad y de sus proyectos. Incluso el Profeta va más allá al lanzar la pregunta con sabor a reclamación: “¿Por qué, Señor, has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”.

También nosotros, cuántas veces hemos considerado ante las injusticias y crímenes horrendos, que Dios parece impasible, indiferente, y que tarda en intervenir. Dichos acontecimientos cuestionan especialmente al hombre que los sufre y con frecuencia se pregunta: ¿Dónde está Dios? La impaciencia y desesperación humana en esos casos elevan ruegos como lo hace el profeta Isaías: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”. En una palabra, se desea en esas circunstancias que Dios actúe y resuelva favorablemente las injusticias provocadas por el mismo hombre. Pero no sucede así, Dios no parece intervenir para corregir y castigar al hombre criminal, ni a las organizaciones delincuenciales.

La explicación es muy sencilla, Dios nos ha creado para el amor, pero para lograr el aprendizaje y alcanzar la experiencia de amar, es indispensable la libertad. Si Dios interviniera cada vez, penalizando una mala acción, entonces nuestra experiencia de Dios sería de temor, por el miedo actuaríamos conforme a la normatividad, así jamás alcanzaríamos la experiencia de amar; y seríamos incapaces de la eternidad, ya que ésta consiste en compartir la vida divina que es el amor.

¿Cuál es el camino para afrontar las tragedias, los dramas, y cualquier desastre? Seguir el ejemplo de Jesucristo, que precisamente vino al mundo para redimirnos, para rescatarnos de esas situaciones, para que no quedemos en la orfandad y la desesperanza. Él asumió la injusta sentencia de muerte en la cruz, con plena confianza en Dios, su Padre, quien envió al Espíritu Santo para fortalecerlo en el sufrimiento y muerte, y para devolverlo a la vida, resucitándolo de entre los muertos.

Es evidente que en Cristo vemos el caso extremo del sufrimiento que lleva a la muerte, pero hay muchas formas menores de sufrimiento que padecemos en esta vida, y en ellas, quien sigue el ejemplo de Cristo, recibe la fortaleza y la sabiduría para superarlas y salir adelante, logrando más convicción y experiencia del amor de Dios, nuestro Padre.

A este propósito entendemos la recomendación de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: “Velen y estén preparados, porque… no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.

En estas palabras está una indicación final muy contundente: “permanezcan alerta”. ¿Qué significa esta recomendación? Permanecer alerta significa tomar conciencia de la naturaleza pasajera de la vida terrena. Nuestra vida es transitoria, y tiene la finalidad de prepararnos para la vida eterna. No debemos perder de vista nuestro destino, por ello Jesús advierte que recordemos siempre, que no sabemos a qué hora terminará nuestro viaje.

¿Qué debemos hacer? San Pablo ofrece su experiencia y recomienda la gratitud de los dones que vamos recibiendo de Jesucristo al escuchar su palabra, al conocerlo, y al seguirlo fielmente: “Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por Él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento… Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es, quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.

En este tiempo del Adviento, para prepararnos a la Navidad, la Palabra de Dios ofrecerá con insistencia elementos para generar la esperanza. Hoy se ha centrado en el amor que Dios tiene por todas sus creaturas, en el destino final que nos ha preparado, y en la fidelidad absoluta para cumplir sus promesas. Pero especialmente en este tiempo de pandemia, que ha generalizado e intensificado las partidas inesperadas de tantos seres queridos, encontramos un gran consuelo en recordar que han partido a la casa del Padre, y que el dolor y el sufrimiento experimentados son transitorios y su final es la vida eterna.

Nuestra Madre, María de Guadalupe así lo vivió, acompañando a su Hijo en la Cruz, y recibió ella primero, la gran noticia de su resurrección. Nuestro Pueblo de México hace 5 siglos sufría la gran desolación generada por la conquista, y entonces vino ella a visitarnos, como un faro de luz y de esperanza, y se ha quedado con nosotros para acompañarnos y consolarnos durante estos siglos, como una madre pendiente de sus hijos, y ahora en este tiempo de pandemia permanece alerta, para recordarnos que, con su Hijo Jesús, resucitaremos también nosotros a la vida eterna.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’. Y el rey les dirá: Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Esta página del Evangelio suele interpretarse como el momento del Juicio final sea el particular al fallecer o el universal al final de los tiempos. Sin embargo, también y sobre todo es una motivación muy fuerte y alentadora para mover nuestro corazón a la médula del mensaje y a la práctica de las enseñanzas de Jesús, para invitar de manera convincente a vivir el amor a los pobres, especialmente a los más necesitados, como camino para ejercitarnos en el amor, y encontrar experiencialmente en esta vida la comunión con el Espíritu de Jesús.

Dios, nuestro Padre sabe perfectamente de la fragilidad y de la debilidad de nuestra condición humana ante las tendencias y pasiones originadas en la relación interpersonal. Por eso, la Parábola que hoy hemos escuchado del Profeta Ezequiel manifiesta el interés y la prontitud de Dios para auxiliar y proporcionar a la comunidad humana, en todas las expresiones culturales, su inmenso amor y misericordia: “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas… e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad”.

¿Qué significa dispersarse en un día de niebla y oscuridad? Dispersarse consiste en separarse de la habitual relación establecida, donde la ayuda mutua fortalece la voluntad y proporciona la motivación necesaria para mantener las buenas y positivas relaciones con los demás.

La dispersión sin embargo está latente cuando se pierde la luz y la claridad para seguir caminando ante la niebla, que no permite ver las cosas a distancia; es decir, cuando se pierde un proyecto que me ilusionaba, una amistad o una persona que me acompañaba favorablemente, cuando el futuro que confiaba alcanzar se ha diluido o perdido, cuando una situación y estado de vida se quiebra, se fractura y no se ve cómo recuperarla.

En este tiempo de pandemia hemos entrado en una fuerte experiencia de dispersión, y sobretodo estamos caminando en un tiempo de niebla y oscuridad. En estas circunstancias es cuando más necesitamos ayuda, aliento para generar de nuevo la esperanza, por eso dice Dios: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré”.

El Señor está pendiente de nosotros, tanto para atender al que sufre como para robustecer a quien se encuentra en una condición de vida favorable y se disponga a ayudar. Ambas situaciones a la vez, explican la fuerte exhortación de Jesús, incluso expresando como condición necesaria e indispensable, que debemos ayudar, y acompañar, levantar y consolar al prójimo, porque ahí encontraremos a Cristo sufriente en la cruz. Y además, viviendo este proceso para desarrollar y descubrir que en el prójimo necesitado se hace presente Jesús, aprenderemos a amar sin condiciones, a la manera como Dios nos ama, preparándonos así para la vida eterna, que consiste en participar de la naturaleza de Dios Trinidad, que es el Amor.

Por eso al final de nuestra vida escucharemos a Jesucristo que nos dirá: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme”.

Este hermoso y consolador futuro que Jesús nos anuncia hoy, debemos asumirlo con el realismo indispensable de la presencia del mal en el mundo. San Pablo expresa con claridad que la victoria sobre el mal está garantizada, pero eso no significa que lo esté mientras seguimos peregrinando en esta vida terrestre: “Cristo… resucitó como la primicia de todos los muertos…En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo. Enseguida será la consumación… después de haber aniquilado todos los poderes del mal”.

Ahora queda esclarecido que el Reino de Dios está ya presente a través de cada uno de nosotros, que hemos decidido seguir a Jesús, ser sus discípulos, y disponer nuestra voluntad y corazón para practicar la caridad, para ejercitarnos en el amor, atendiendo a nuestros prójimos necesitados.

 

‘Pedimos por ustedes los laicos’

Hoy es la fiesta de Cristo Rey, hoy es la celebración del Reino de Dios en medio de nosotros, y hoy es el día del Laico; es decir, del bautizado en el nombre de Cristo, que hace presente el Reino de Dios en nuestros días. Hoy los Obispos, Presbíteros y miembros de la Vida consagrada, pedimos muy especialmente a Dios Padre por todos Ustedes los laicos, discípulos de Cristo, que en sus ambientes y contextos de vida hacen presente el amor de Dios, auxiliando al necesitado que encuentran en su diario caminar.

Y, ¿quién es la primera laica, que nos ha da ejemplo constante de cómo vivir fielmente las enseñanzas de Jesucristo? Ya lo han recordado, claro, es Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien con ternura nos auxilia y nos fortalece para salir adelante en la lucha contra el mal, nos consuela y nos alienta a descubrirnos hermanos, miembros de la familia humana, y nos llena de esperanza ante cualquier adversidad.

Pidámosle a ella por todos nuestros laicos, para que todos manifestemos en el mundo de hoy, que el Reino de Dios está en marcha, y con ella, proclamemos que su Hijo Jesucristo es nuestro Rey. ¡Viva Cristo Rey!

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno” (Mt. 25, 14-15).

¿A quién representa ese hombre, que sale de viaje a tierras lejanas, y que sirve de ejemplo para explicar en qué consiste el Reino de los Cielos? Sin duda es Jesucristo, que se ha encarnado para manifestar el Reino de los Cielos, y ha regresado a esas tierras lejanas; es decir, la casa de su Padre, dejando a sus discípulos, servidores de confianza, la tarea de anunciar, explicar y compartir los dones, que expresan el Reino de los Cielos.

Pero este Señor volverá cuando menos lo esperemos, como afirma la parábola: Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Representa el transcurso de nuestra vida terrestre, del cual al final de nuestra vida daremos cuenta al Señor sobre la encomienda que ha dejado, a todos y cada uno de los discípulos suyos, de hacerlo presente en el mundo, y dar a conocer el inmenso amor que nos tiene.

Quienes hayamos cumplido nuestra misión, conforme a nuestras capacidades y recursos, escucharemos con asombro: “Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor”. En cambio, serán reprobados, quienes hayan tenido miedo y no hayan aprovechado sus pocas o muchas cualidades y dones, como el tercer servidor de la Parábola: “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.

Casi siempre al escuchar esta Parábola consideramos el aspecto personal de poner a trabajar los recursos y habilidades, que hemos recibido o adquirido sin embargo la aplicación de esta enseñanza se extiende más allá de las responsabilidades individuales, como lo ha desarrollado la enseñanza y doctrina social de la Iglesia. Tenemos una responsabilidad social fundamentada en la enseñanza de Jesús, al clarificar que el mandamiento más importante y fundamento de todos los demás, es amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo.

Bajo esta enseñanza entran realidades importantes que debemos atender, como el cuidado y la eficaz responsabilidad de todas las Instituciones para que presten servicios de calidad, de acuerdo a la finalidad para la que fueron establecidas. Aquí corresponden la honesta administración financiera, la profesionalidad del personal, la buena gestión de los servicios, y el respetuoso trato, a quienes acuden para ser atendidos. Buenas Instituciones y bien calificadas en su servicio expresan, como sociedad, que manifestamos el Reino de Dios en medio de nosotros.

Por eso toda administración, incluidas las mismas Iglesias, no debe tener como primer objetivo enriquecerse, ya que la bonanza económica viene por añadidura, de acuerdo al dicho de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y hacer su voluntad, todo lo demás les vendrá por añadidura” (Mt. 6, 33). Toda administración debe tener siempre la finalidad de producir de manera eficiente y honesta los recursos y productos que requiere la Institución; y destinarlos para servicio de la sociedad.

Por tanto, la responsabilidad personal se extiende a todos los campos, y la primera instancia para formar, con esta mentalidad y actitud, es la familia. En este sentido es elocuente escuchar el elogio de la Mujer hacendosa, que complementa con su trabajo el esfuerzo de su marido para bien de su hogar, de sus hijos, y de los pobres: Adquiere lana y lino y los trabaja con sus hábiles manos. Sabe manejar la rueca y con sus dedos mueve el huso; abre sus manos al pobre y las tiende al desvalido.

De ahí la claridad del texto afirmando, que es mayor el valor del capital humano, que el valor del capital monetario: Dichoso el hombre que encuentra una mujer hacendosa: muy superior a las perlas es su valor. Su marido confía en ella y, con su ayuda, él se enriquecerá; todos los días de su vida le procurará bienes y no males.

No dudemos en desarrollar nuestras capacidades, habilidades y recursos para ser bien administrados, y den el mayor fruto posible; ya que es ésta la manera para caminar en esta vida terrestre como Hijos de la Luz, como testigos del Reino de Dios, como mensajeros de la Paz y el Amor. Hagamos así nuestra la recomendación de San Pablo: “ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas. Por tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.

Este Domingo, previo a la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, el Papa Francisco lo ha declarado día de la Jornada Mundial de los Pobres. En ella estamos concluyendo la Megamisión 2020, realizada en el contexto de la pandemia. Demos gracias a Dios por lo que se ha hecho, y pidamos que recompense a todos los que de una u otra forma han participado. ¡Pero la Misión de la Iglesia no termina, ésta debe estar siempre presente en todas las actividades de los bautizados!

Unámonos a este gran esfuerzo, que requiere anunciar y testimoniar con nuestra vida que el Reino de Dios ya está presente entre nosotros. Cada quien en su campo, en sus contextos, mirando y apreciando siempre a los demás como hermanos, y auxiliando las necesidades más apremiantes de los pobres que encontremos en nuestro camino.

Esta ha sido la razón, de la presencia en nuestra Patria, de nuestra Madre, María de Guadalupe, siempre atenta y dispuesta a mostrarnos el camino para encontrar a su Hijo Jesucristo, a través del servicio a los demás, especialmente a los necesitados. Pidámosle a ella nos anime y fortalezca en la misión de la Iglesia: anunciar y testimoniar que ¡Cristo vive y está en medio de nosotros!

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean” (Sab 6, 12-13).

¿A qué sabiduría se refiere este texto? Indudablemente a la sabiduría que procede de Dios. ¿Cómo podemos describir en general la sabiduría? Primero es conveniente diferenciar los conceptos entre la ciencia y la sabiduría humana. La ciencia es el conocimiento de las realidades del mundo, de las cosas existentes en esta vida, y de la relación entre ellas. Mientras que la sabiduría humana es el arte de aprender cómo proceder correctamente en las relaciones y situaciones de la existencia terrestre.

Pero la sabiduría descrita en este texto, y en general, en los libros sapienciales, y entre ellos el libro de la Sabiduría, la describen con rasgos y actitudes de un ser vivo. Algunos la personificaron en el Rey Salomón; sin embargo, quien la personifica plenamente es Jesucristo, quien siendo el Hijo de Dios y Palabra de Dios Padre, revela en su persona todas las características de la sabiduría descritas en la Biblia.

La Sabiduría que proviene de Dios, permite iniciar y recorrer el aprendizaje sobre la naturaleza de Dios, y obtener el conocimiento de lo que Dios ha proyectado para el desarrollo de la humanidad. Pero, ¿cómo se logra semejante propósito? A través de la propia revelación que Dios ha realizado mediante los profetas y su intervención divina, y llevada a término por la Sabiduría Divina, que es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

En Cristo se hace realidad la descripción que hemos escuchado de la Sabiduría: con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta. Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones. A los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos.

Así podemos entender que al conocer y contemplar a Cristo, nos atrae y lo buscamos, y él se anticipa a quienes lo desean conocer y amar. Y en efecto, las dos cualidades descritas de la Sabiduría, radiante e incorruptible, las manifiesta Jesucristo en plenitud, porque El es la Luz del mundo que irradia y da sentido pleno a todas las circunstancias de la vida humana; El es la Verdad incorruptible e imperecedera que nada la mancha ni deteriora, El es la Vida verdadera y eterna porque es la revelación del verdadero Dios, que es amor.

La afirmación de San Pablo en la segunda lectura queda clarificada, reconociendo que Jesucristo ofrece la Vida Eterna y la ha garantizado al vencer la muerte y resucitando de entre los muertos: “no queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”. La resurrección es la raíz de toda esperanza. Es fundamental adquirir la convicción de la eternidad y de la vocación a esa eternidad. De aquí la razón de afirmar que si Cristo no resucitó vana es nuestra fe.

También la parábola que hoy escuchamos de labios de Jesús, la interpretamos mejor a la luz de la reflexión sobre la Sabiduría: Las 10 jóvenes representan a la humanidad destinada a compartir la vida divina, que necesita estar preparada para el momento del encuentro con el esposo, que llegará a medianoche, de repente, y será necesario disponer de luz, proporcionada por suficiente aceite, para recorrer en medio de la oscuridad y de las tinieblas, que siempre se encuentran en el camino de la vida.

El aceite para la luz, es la experiencia personal de conocer a Cristo, Luz imperecedera, para entrar al Reino de los cielos. Por eso no se trata de egoísmo, el no compartir el aceite cuando “las descuidadas dijeron a las previsoras: Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando”. Hay que vivir la experiencia de encender la luz con el aceite, que es la relación con Cristo. Por eso la clave de interpretación está al final de la Parábola: Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.

Naturalmente todos entendemos que las experiencias son imposibles de compartir, al igual que sus efectos; se puede sin embargo hablar de ellas y de su valor para invitar a otros a vivirlas. Se puede indicar dónde encontrar el aceite, que en este caso de la Parábola se está refiriendo a una experiencia personal, que no es posible vender ni traspasar.

En esta vida hay la oportunidad y garantía de conocer a Jesús, para eso se encarnó y se hizo semejante a nosotros. En conclusión a todos se les ofrece la oportunidad de acceder y entrar en relación con Cristo, Sabiduría divina y Luz del mundo, y obtener el aceite necesario, que es la experiencia eclesial de conocerlo, amarlo, y servirlo.

De ahí la necesidad de orar para pedir la Sabiduría, que es un don, un regalo del Espíritu Santo. A partir de la Palabra de Dios encarnada en Jesucristo, se ha abierto la puerta para el aprendizaje de la Sabiduría, la verdadera, la que salva. Quien la busca la encuentra y quien la practica adquiere la prudencia para ser de los previsores que al final de la vida, al tocar la puerta del cielo, nos abra Cristo y nos diga: yo te conozco entra a participar del banquete eterno del Reino de Dios.

En el recorrido de la vida terrestre no se necesitan influencias para entrar en relación con Cristo. Basta con buscarlo, atendiendo al anuncio de la Iglesia y de sus miembros, que somos todos los bautizados.

Por eso, la Iglesia debe siempre proclamar a Jesucristo, y darlo a conocer, por eso siempre debe ser misionera. Así ha sido Nuestra Madre, María de Guadalupe, discípula y misionera, pidámosle a ella, que nos fortalezca con su ejemplo y su cariño para que la Iglesia de nuestro tiempo sea intensamente misionera.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Y pude oír el número de los que habían sido marcados: eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel. Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Ap. 7, 9).

El apóstol Juan narra su visión, en la que escucha el número de los convocados: 144,000 procedentes de las doce tribus de Israel, provenientes de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y de todas las lenguas. Se trata de una narración reveladora del destino al que está llamada y convocada la humanidad entera. El número de los convocados, simbólicamente expresa la plenitud 12x12xmil y representa a todos los que proceden de las 12 tribus de Israel y a todos los que proceden de la convocatoria de los 12 apóstoles que eligió Jesús, el Cordero, quien ha obtenido, en beneficio nuestro, un destino glorioso y triunfante, proyectado y realizado por Dios, así lo declara la misma multitud: “¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!”.

Sí, Dios participa la Santidad a todos, como lo expresa San Juan en la segunda lectura: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos… ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él”.

Así expresa el apóstol Juan, el proyecto salvífico de Dios, que ha sido diseñado para todos sin excepción, pero para ello es indispensable la respuesta de cada uno, aceptando las tribulaciones y sufrimientos, no por la firmeza del carácter sino por la fortaleza obtenida gracias a unirse al sacrificio de Jesucristo en la cruz. Eso es lo que significa lavar y blanquear la túnica con la sangre del Cordero: “Entonces uno de los ancianos me pregunto: “¿quiénes son y de dónde han venido los que llevan la túnica blanca?”. Yo le respondí: “Señor mío, tú eres quien lo sabe». Entonces él me dijo: « son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero»”.

Pero, ¿cuál es el concepto que habitualmente piensa el común de la gente sobre la Santidad? De ordinario la Santidad es considerada una exigencia a la heroicidad, fruto del esfuerzo y de la voluntad del hombre. Así la Santidad se convierte en una meta casi inalcanzable para la inmensa mayoría. Pero además, quienes asumen esa concepción y buscan por sus propias fuerzas el cumplimiento de las leyes y normas, desarrollan la terrible soberbia espiritual, que los conduce irremediablemente a la ceguera espiritual, se incapacitan para descubrir la intervención de Dios en sus vidas y en la vida de los demás, como lo muestra en tiempo de Jesús, la actitud de los fariseos y saduceos, que no supieron reconocer la presencia de Dios en la persona de Jesucristo ni en sus obras.

Entonces, ¿la Santidad en qué consiste, cómo se logra? La Santidad es la participación de la vida divina, que el hombre acepta como regalo de Dios, y que nutre y alimenta con la indispensable lectura y meditación de los Evangelios, con el seguimiento en el propio contexto de vida, del ejemplo dado por Cristo, y confiando en la asistencia del Espíritu Santo para asumir a la luz de la Fe las diversas situaciones vividas sean dolorosas o gozosas, compartiéndolas en comunidad eclesial, y adquiriendo la buena disposición con todo ser humano, con quien se encuentre a lo largo de la vida.

Las bienaventuranzas expresan la alegría y el consuelo, que experimenta el discípulo de Jesucristo, al seguir su ejemplo ante las distintas experiencias y contextos de la vida humana: “Dichosos los pobres en el espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia: porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

Los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia son el parámetro para clarificar que mi conducta refleja mi respuesta al amor de Dios. Recordemos siempre, la Santidad no la adquirimos por mérito de nuestra buena conducta, sino por consecuencia de nuestra correspondencia al amor de Dios; así, recibimos la gracia para imitar a Jesús y vivir acordes al testimonio de su vida, y de quienes han logrado corresponder a la Santidad, que Dios les regaló; por ello, la Iglesia los declara Santos.

La Iglesia, consciente del proyecto de Dios de compartir la Santidad a la Humanidad, proclama una y otra vez la Vocación Universal a la Santidad, ¿pero realmente es para todos? En efecto, es el deseo explícito de Dios. Por eso es tan importante entender, que la Santidad no se obtiene por la práctica de las virtudes y las buenas obras que hagamos en favor del prójimo, éstas son la consecuencia que verifican con nuestra conducta, que hemos emprendido el camino a la Santidad.

En la Eucaristía, nosotros una y otra vez, al participar en ella, blanqueamos nuestra túnica y garantizamos nuestra participación en la multitud gloriosa de los santos. Por tanto, no es por el mérito de nuestras buenas obras que ganamos el cielo, sino por creer, confiar, y unir nuestra frágil condición humana con el único Santo, Jesucristo a través de Él, y por el Espíritu Santo la comunidad cristiana entra en comunión con Dios Trinidad y con los difuntos.

Por eso, la Iglesia enseña que mientras llega el final de la Historia, hay tres sectores de la Iglesia: La triunfante que ya está en comunión permanente con Dios, la purgante que son los difuntos que no han logrado entrar aún al cielo, y la peregrinante, que somos nosotros los que aún transitamos en la vida terrestre. En la Solemnidad de este día la Iglesia celebra a todos los que ya forman parte de esa multitud, que llegará a la plenitud con nuestra llegada. Ellos ya gozan de la vida divina, de la Santidad, de la vivencia plena del amor.

Nuestra Madre, María de Guadalupe vivió y experimentó las bienaventuranzas, ella ha venido para auxiliarnos en nuestro camino a la Santidad, invoquémosla con esperanza y gratitud:

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

OCTUBRE 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Ellos mismos cuentan de qué manera tan favorable nos acogieron ustedes y cómo, abandonando los ídolos, se convirtieron al Dios vivo y verdadero para servirlo, esperando que venga desde el cielo su Hijo, Jesús, a quien Él resucitó de entre los muertos, y es quien nos libra del castigo venidero” ( 1Tes. 1, 9-10).

Para seguir a Jesucristo y servirlo es indispensable abandonar a los ídolos; pero, ¿acaso existen todavía ídolos en nuestro tiempo? ¿Hay idolatría actualmente en nuestro mundo, tan avanzado en los descubrimientos científicos y tan desarrollado en las impresionantes tecnologías? Aclaremos primero, ¿qué entendemos por idolatría, en qué consiste, y cuáles son sus expresiones? Inicialmente consistió en divinizar y ofrecer culto religioso a la personificación de las fuerzas de la naturaleza, a personajes mitológicos, o a esculturas mágicas. Posteriormente como lo testimonia el libro de la Sabiduría (13-14), y diversos pasajes del Nuevo Testamento, entre ellos San Pablo en la carta a los Romanos (1,18-32); ahí expresa que la idolatría es el pecado universal de los hombres que, en lugar de reconocer al Creador a través de su creación, cambiaron la gloria del Dios Incorruptible por una representación de sus criaturas, trayendo como consecuencia la decadente esclavitud en todas las dimensiones de la vida humana. La idolatría en nuestro tiempo la genera el ser humano cuando centra su vida y toda su pasión e inteligencia en adquirir dinero, poder, o placer para poseer, controlar y obtener el dominio sobre los demás a su arbitrio, para dar satisfacción a su ambición, codicia, o pasiones desordenadas, dejando de lado su destino final, desconociendo la común dignidad de todo ser humano y, atropellando los derechos de los demás, con tal de obtener los beneficios que se ha propuesto, para su beneficio egoísta. ¿Cuál es el remedio para superar las idolatrías? Descubrir al único y verdadero Dios Creador y Redentor a través de Jesucristo, manifestado en su vida al encarnarse en el seno de la Virgen María, y enviado por Dios Padre para expresar a todo ser humano su amor y misericordia, y mostrar en su único Hijo el camino, la verdad y la vida para quien quiera seguirlo. Porque Dios es amor y misericordia, fuente de la vida. La respuesta de Jesús al Doctor de la ley es muy clara y contundente: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. La manera de mantenerse en el verdadero culto, y practicar con fruto la religión, se logra, centrando nuestra vida en la oración y la liturgia para la relación personal con Dios, y ejercitándonos en el amor al prójimo. En ambos casos las celebraciones litúrgicas, y los servicios pastorales propiciarán el indispensable encuentro con los demás cristianos, favoreciendo organizaciones, que faciliten el auxilio y la ayuda a los pobres y necesitados. ¿Cómo educar para el amor y desarrollar las cualidades y capacidades para afrontar las situaciones adversas y los testimonios contrarios de odio, rivalidad, discordia, pleitos e injusticias? En la primera lectura del libro del Éxodo, hemos escuchado algunas indicaciones muy precisas sobre cómo practicar el amor al prójimo: – No hagas sufrir ni oprimas al extranjero,… – No explotes a las viudas ni a los huérfanos, … – Cuando prestes dinero … no te portes con él como usurero, cargándole intereses…- Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol… Sin duda hay aún muchas más formas de expresar y testimoniar el amor al prójimo, cada quien en sus propios contextos los encontrará a diario.

Al ver las necesidades de los demás, recordemos que es una invitación de parte de Dios para que ayudemos al pobre, y de esta manera, Dios nos hará participe de su ser, aprenderemos a ser como Él, como lo expresa la primera lectura: Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso”. Esta imitación de la manera de ser de Dios Padre, está al alcance de todo ser humano, ya que cuenta con inteligencia, sensibilidad, y está creado para amar. Así fue según narra San Pablo su experiencia con la comunidad de Tesalónica: “Ustedes, por su parte, se hicieron imitadores nuestros y del Señor, pues en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la Palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya, porque de ustedes partió y se ha difundido la palabra del Señor; y su fe en Dios ha llegado a ser conocida, no solo en Macedonia y Acaya, sino en todas partes”. Es oportuno recordar que este camino propuesto por Dios, de abandonar los ídolos y centrarnos en Él y en nuestros prójimos, como razón de nuestra vida, es necesario vivirlo y animarlo en comunidad. Solos no podremos; ante tantos problemas cada vez más complejos, cunde el desánimo, y se manifiesta el desaliento y la desesperanza. Pero cuando vamos juntos como Iglesia, entonces nos fortalecemos y somos capaces de llevar a cabo no solo lo propuesto, sino incluso descubriremos más opciones y alternativas para prestar auxilio al necesitado. Para este propósito hemos lanzado la experiencia de la MegaMisión 2020, para auxiliarnos y fortalecernos en esta tarea, para encontrarnos con el verdadero Dios, y compartir las maravillas que Dios hace mediante la pequeñez de nuestras acciones. No dejes de participar, hay muchas y diversas formas de hacerlo: promoviendo la vida y la familia, auxiliando a los enfermos, acompañando a los discapacitados, a los huérfanos y desamparados, a los indigentes, a los reclusos, generando actitudes ecológicas en favor del ambiente; participando desde tus posibilidades. Animados por la ternura y el amor de Nuestra Madre, María de Guadalupe, que hemos experimentado de distintas circunstancias, y siguiendo su excelente testimonio, como discípula y misionera, participemos en la misión. Pidámosle nos acompañe y auxilie: Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común. Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria. Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios” (1a. Tim. 2, 3-4).

Con qué claridad San Pablo expresa la raíz del Ecumenismo y la indispensable conveniencia de una buena relación entre todas las religiones: “No hay sino un solo Dios”, por tanto, la manera como busquemos a Dios y como desarrollemos nuestra relación con Él es secundaria. Unas religiones ayudan más, tienen más historia recorrida, más experiencia, otras tienen más herramientas para acrecentar la espiritualidad de la persona, mejor pedagogía, pero todas las búsquedas sinceras de Dios, de una u otra forma llevarán al único Dios Creador.

Segundo aspecto, san Pablo al declarar que Dios es único y que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, está afirmando que Dios quiere que toda religión, que busca a Dios se convierta en un camino, que finalmente conduzca al verdadero y único Dios. Por tanto, como Iglesias y religiones debemos establecer relaciones positivas, cordiales, y propositivas, que ayuden a la humanidad a entender que creer en Dios, es lo mejor que nos puede pasar en la vida.

El sustrato que descubrimos de estas afirmaciones, conduce a la confirmación del diálogo como el camino, que debe aprender y vivir en la cotidianidad toda sociedad. Cuando el diálogo es la escucha del otro en reciprocidad, no solamente facilita entender las posiciones del otro, sino completa y enriquece la visión y concepción del mundo y de la vida humana; cuando el diálogo es sobre la experiencia de Dios, él interviene para conducir más temprano que tarde a la comunión.

Además, el Profeta Isaías anuncia que Dios está en la mejor disposición de actuar en favor de la humanidad, está esperando que nosotros expresemos la necesidad de su ayuda, y señala cómo debemos prepararnos: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse”.

Él entrará en acción si nosotros cuidamos que se respeten los derechos de los demás, y practicamos la justicia, estas dos condiciones pide Dios para intervenir en favor de la humanidad. Por eso afirma el Profeta Isaías en nombre de Dios: “mi templo será la casa de oración para todos los pueblos”. Y por Jesucristo, sabemos que el verdadero templo de Dios somos nosotros, los que formamos su cuerpo y Él es nuestra cabeza.

La Iglesia católica en el tiempo contemporáneo, particularmente desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) al día de hoy, viene afirmando la necesidad del Ecumenismo (diálogo entre las distintas Iglesias que creemos en la Revelación de Jesucristo) y del diálogo interreligioso (diálogo con todas las religiones). El mismo Concilio definió a la Iglesia peregrinante, es decir a la Iglesia que integra cada generación en esta vida terrena, afirmando que por su propia naturaleza está fundada para transmitir lo que de Dios ha recibido; tiene su razón de ser en y para la misión.

Así lo define el Decreto “Ad Gentes”: La Iglesia peregrina es por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre (No. 2).

Entonces, si la Iglesia está llamada a promover las buenas relaciones con las demás religiones, ¿cuál es la razón de la misión definida en el mismo Concilio como parte integrante de la naturaleza de la iglesia católica? ¿Qué tipo de misión debe promover?

Convencidos por la fe y la experiencia desarrollada a través de la Historia y actualmente a través de los actuales cristianos, que el amor al prójimo, especialmente a los más necesitados es la mejor manera para intensificar nuestra experiencia de relación con Dios, la misión debe desarrollarse por el testimonio. Al preocuparnos y dar una mano al pobre, al que sufre por enfermedad, por discapacidad, por marginación, por reclusión, por discriminación daremos no solamente una ayuda, sino un testimonio del amor de Dios a través de nosotros.

Envío a la Megamisión

Hoy que celebramos el Domingo Mundial de la Misión, y que inauguramos la experiencia de la Megamisión 2020 de la Arquidiócesis Primada de México, es conveniente clarificar su razón de ser y entender su necesidad.

En primer lugar es fundamental orar por el éxito de la misión, así preparamos nuestro corazón y disponemos nuestra voluntad, por eso san Pablo recomienda a Timoteo: “Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido”.

La experiencia de misión promueve el bien de la sociedad y además fortalece ciertamente nuestro espíritu, por que al entrar en contacto con el prójimo necesitado, descubrimos más fácil y rápidamente la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Las experiencias de misión permiten evangelizar con acciones, dejando las ideas y los conceptos sobre Dios en el silencio.

El desarrollo de los conceptos tienen su tiempo y su lugar en la educación del cristiano, y siempre serán indispensable ayuda para comprender mejor los designios de Dios. Pero debemos evitar que sean objeto de discusiones inútiles, que enfrentan y dividen, que radicalizan las posiciones y polarizan las relaciones. Solo debemos dar cuenta de la doctrina, a quienes se interesan por conocer al Dios revelado por Jesucristo.

De esta manera llevaremos a cabo una experiencia misionera que superará cualquier tentación de proselitismo, y será fuerte testimonio, capaz de generar una atracción al bien. Confiemos en la palabra de Jesús: “sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien con su vida, más que con palabras, dio el testimonio y ejemplo de cómo ser discípula y misionera del amor de Dios.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo” (Mt.22, 2).

La Parábola es una invitación a participar en el banquete del Reino de Dios. Jesús comenzó su misión anunciando: El Reino de Dios ha llegado, conviértanse y crean en
esta buena nueva” (Mc. 1, 15).

Con la llegada de Jesucristo ha iniciado el Reino de Dios en esta vida terrena, porque Él es Hijo de Dios, que al encarnarse asumiendo la condición humana hace presente a
Dios en medio de la humanidad, en medio de nosotros.

La Parábola está dirigida a los Sumos Sacerdotes y a los Ancianos del pueblo para advertirles que al iniciar el Reino de Dios, ellos eran los primeros destinatarios para participar en el banquete de bodas, sin embargo al rechazar a Jesús, están rechazando a Dios mismo, y por ello la sentencia es tajante y firme en la narración: “La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos”.

Lo mismo sucederá con todos aquellos que acepten la invitación pero no lleven el traje de fiesta para el banquete: “Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’. Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera… Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Por eso es tan importante entender y meditar esta Parábola, ya que nosotros hemos recibido la invitación y debemos participar con traje de fiesta.

Los beneficios de participar en el banquete

La profecía de Isaías (Is 25,6-10), ofrece los elementos necesarios para ubicar dónde y cómo se realiza el banquete, y cuáles son los beneficios que recibiremos al participar:

1) Lo primero es recordar que la invitación es general, todos están invitados: “En aquel día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos”.

2) ¿Cuál es el monte sobre el cual se ha preparado el banquete? Dios nuestro Padre, conociendo nuestra frágil condición humana, ha preparado un banquete impensable y sorprendente en el monte Calvario, donde con su muerte Jesús nos redimió, y entregando su vida, se ofreció a sí mismo, siendo obediente a su Padre, hasta la muerte y muerte en cruz.

3) La Eucaristía actualiza la Muerte y Resurrección de Jesucristo, se celebra sobre el altar, memorial del monte calvario, y transmite los beneficios de la Redención de N.S. Jesucristo. Por eso, la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana. La Eucaristía es el banquete que ofrece a todo el que participa en ella, platillos suculentos: vino exquisito y manjar sustancioso. El Pan de la vida, alimento para fortaleza del espíritu, vigoriza el cuerpo de cada discípulo para aceptar y cumplir la concreta misión recibida de Dios Padre.

4) La Eucaristía, con la proclamación de la Palabra de Dios y con la presencia real de Jesucristo en la hostia consagrada, proporciona la luz para descubrir qué hay más allá de la muerte, y para recibir el consuelo ante cualquier sufrimiento, adversidad, enfermedad o tragedia. Como lo anuncia el profeta Isaías: “Él arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo”.

5) La Eucaristía es presencia misteriosa y sacramental, pero presencia real de Jesucristo, el Hijo de Dios, con lo cual se cumple la profecía de Isaías: “En aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara”.

6) ¿Y, cuál es el vestido de fiesta que debo llevar, para participar en el banquete de la Eucaristía? La disposición de entregar generosamente mi vida en el cumplimiento de la Voluntad de Dios Padre, y ofrecerla junto al sacrificio de Jesús en la cruz.

7) Finalmente, con estos elementos descritos, quien participa en la Eucaristía, no solo con presencia física, sino con la propia ofrenda existencial como lo hizo Jesús, experimentará una inmensa felicidad y transmitirá en su entorno familiar, social, laboral el anuncio del Profeta: “Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae, porque la mano del Señor reposará en este monte”.

En síntesis: La Profecía de Isaías se ha cumplido en plenitud en la persona de Jesucristo, y se actualiza en cada Eucaristía para los fieles que en ella participan, ofreciendo junto con el pan y con el vino, su voluntad para cumplir la vocación y misión personal y comunitaria.

Por eso es indispensable para la vida cristiana, participar al menos cada domingo en la Eucaristía. No es un simple mandamiento, es una necesidad y un auxilio para ser fiel y leal discípulo de Jesucristo, y colaborar en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, y en la contribución para construir una sociedad fraterna y solidaria. Además descubriremos la acción del Espíritu Santo en nuestra propia persona y en los demás: con lo que desarrollaremos una experiencia viva de nuestra relación con Dios.

Así da testimonio San Pablo: “Hermanos, yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo, lo mismo a comer bien que a pasar hambre; lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza”. Por eso expresa con firme convicción a su querida comunidad de los filipenses: “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes, por medio de Cristo Jesús” (Fil. 4,12-14 y 19).

Estamos invitados no solo a participar sino a dar testimonio de lo que Dios hace a través de nosotros. En esto consiste la misión de la Iglesia, esto explica por qué María de Guadalupe vino a nuestras tierras a dar testimonio de la generosa y dolorosa entrega que hizo de su Hijo querido al pie del Calvario. Pidámosle a ella, que interceda para que también nosotros seamos generosos misioneros del amor de Dios.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y
solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo” (Mt.22, 2).

La Parábola es una invitación a participar en el banquete del Reino de Dios. Jesús comenzó su misión anunciando: El Reino de Dios ha llegado, conviértanse y crean en
esta buena nueva” (Mc. 1, 15).

Con la llegada de Jesucristo ha iniciado el Reino de Dios en esta vida terrena, porque Él es Hijo de Dios, que al encarnarse asumiendo la condición humana hace presente a
Dios en medio de la humanidad, en medio de nosotros.

La Parábola está dirigida a los Sumos Sacerdotes y a los Ancianos del pueblo para advertirles que al iniciar el Reino de Dios, ellos eran los primeros destinatarios para participar en el banquete de bodas, sin embargo al rechazar a Jesús, están rechazando a Dios mismo, y por ello la sentencia es tajante y firme en la narración: “La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos”.

Lo mismo sucederá con todos aquellos que acepten la invitación pero no lleven el traje de fiesta para el banquete: “Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’. Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera… Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Por eso es tan importante entender y meditar esta Parábola, ya que nosotros hemos recibido la invitación y debemos participar con traje de fiesta.

Los beneficios de participar en el banquete

La profecía de Isaías (Is 25,6-10), ofrece los elementos necesarios para ubicar dónde y cómo se realiza el banquete, y cuáles son los beneficios que recibiremos al participar:

1) Lo primero es recordar que la invitación es general, todos están invitados: “En aquel día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos”.

2) ¿Cuál es el monte sobre el cual se ha preparado el banquete? Dios nuestro Padre, conociendo nuestra frágil condición humana, ha preparado un banquete impensable y sorprendente en el monte Calvario, donde con su muerte Jesús nos redimió, y entregando su vida, se ofreció a sí mismo, siendo obediente a su Padre, hasta la muerte y muerte en cruz.

3) La Eucaristía actualiza la Muerte y Resurrección de Jesucristo, se celebra sobre el altar, memorial del monte calvario, y transmite los beneficios de la Redención de N.S. Jesucristo. Por eso, la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana. La Eucaristía es el banquete que ofrece a todo el que participa en ella, platillos suculentos: vino exquisito y manjar sustancioso. El Pan de la vida, alimento para fortaleza del espíritu, vigoriza el cuerpo de cada discípulo para aceptar y cumplir la concreta misión recibida de Dios Padre.

4) La Eucaristía, con la proclamación de la Palabra de Dios y con la presencia real de Jesucristo en la hostia consagrada, proporciona la luz para descubrir qué hay más allá de la muerte, y para recibir el consuelo ante cualquier sufrimiento, adversidad, enfermedad o tragedia. Como lo anuncia el profeta Isaías: “Él arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo”.

5) La Eucaristía es presencia misteriosa y sacramental, pero presencia real de Jesucristo, el Hijo de Dios, con lo cual se cumple la profecía de Isaías: “En aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara”.

6) ¿Y, cuál es el vestido de fiesta que debo llevar, para participar en el banquete de la Eucaristía? La disposición de entregar generosamente mi vida en el cumplimiento de la Voluntad de Dios Padre, y ofrecerla junto al sacrificio de Jesús en la cruz.

7) Finalmente, con estos elementos descritos, quien participa en la Eucaristía, no solo con presencia física, sino con la propia ofrenda existencial como lo hizo Jesús, experimentará una inmensa felicidad y transmitirá en su entorno familiar, social, laboral el anuncio del Profeta: “Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae, porque la mano del Señor reposará en este monte”.

En síntesis: La Profecía de Isaías se ha cumplido en plenitud en la persona de Jesucristo, y se actualiza en cada Eucaristía para los fieles que en ella participan, ofreciendo junto con el pan y con el vino, su voluntad para cumplir la vocación y misión personal y comunitaria.

Por eso es indispensable para la vida cristiana, participar al menos cada domingo en la Eucaristía. No es un simple mandamiento, es una necesidad y un auxilio para ser fiel y leal discípulo de Jesucristo, y colaborar en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, y en la contribución para construir una sociedad fraterna y solidaria. Además descubriremos la acción del Espíritu Santo en nuestra propia persona y en los demás: con lo que desarrollaremos una experiencia viva de nuestra relación con Dios.

Así da testimonio San Pablo: “Hermanos, yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo, lo mismo a comer bien que a pasar hambre; lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza”. Por eso expresa con firme convicción a su querida comunidad de los filipenses: “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes, por medio de Cristo Jesús” (Fil. 4,12-14 y 19).

Estamos invitados no solo a participar sino a dar testimonio de lo que Dios hace a través de nosotros. En esto consiste la misión de la Iglesia, esto explica por qué María de Guadalupe vino a nuestras tierras a dar testimonio de la generosa y dolorosa entrega que hizo de su Hijo querido al pie del Calvario. Pidámosle a ella, que interceda para que también nosotros seamos generosos misioneros del amor de Dios.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y
solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción a su viña” (Is. 5,1).

El poema sobre la Viña que escuchamos del Profeta Isaías y la Parábola que hoy Jesús propone para nuestra reflexión, conviene interpretarlas a partir del amor de Dios por su pueblo, y que a pesar de la pésima correspondencia que históricamente ha recibido Él mantiene su infinito amor. Sin duda por ello, el mismo Jesús, alude a Isaías, para relacionar el poema y su Parábola.

La relevancia del mensaje a través de la Parábola es el envío del Hijo a cuidar y proteger la Viña, es decir, el pueblo de Israel, el pueblo elegido para rendir fruto, para dar testimonio del amor que Dios tiene por su Viña amada, por su pueblo elegido.

Jesús pretende manifestar que Él es el enviado del Padre, y que su misión es cuidar de la Viña. El Padre lo ha decidido porque los viñadores, que deberían haber cumplido su misión, han fallado y se han aprovechado, haciendo suyos los beneficios, y explotando a quien deberían cuidar y ayudar a dar fruto. Por eso las duras palabras de Jesús dirigidas a los Sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

A pesar de los malos viñadores y de la muerte del propio Hijo, la viña seguirá, el Señor llamará a otros viñadores, y continuará dando frutos, testimoniando el amor de Dios, pero dependiendo de la fidelidad de los viñadores.

Esta parábola ofrece la posibilidad de dos interpretaciones muy importantes y oportunas para la vida de la Iglesia:

Una sobre la responsabilidad de los viñadores de cuidar los vides para que den fruto, y en su tiempo rendir buenas cuentas al dueño de la vid, por eso advierte: “¿Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?. Ellos le respondieron: Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

La otra sobre los viñedos mismos, cuya responsabilidad es dar uvas maduras y sabrosas, y no uvas agrias, que no tienen buen sabor, al contrario destemplan los dientes: “Él esperaba que su viña diera buenas uvas, pero la viña dio uvas agrias”.

La primera interpretación la refiero a los pastores, conductores de la comunidad eclesial: Obispos, Presbíteros, Consagrados, Diáconos y Agentes de Pastoral, que en su nivel de servicio, cumplimos nuestra misión, cuidando la Viña del Señor, y cultivándola para que dé los mejores frutos posibles. Para ello es indispensable ofrecer todos los elementos que necesita cada persona y cada comunidad parroquial para rendir buenas cuentas al Dueño de la Viña, es decir, lograr que conozcan y descubran el gran amor que nos tiene Dios Padre, y corresponder a ese amor de la mejor manera, que es reconocer y aceptar al prójimo como mi hermano, miembro de la familia de Dios.

Pidamos por esta razón con insistencia por los nuevos viñadores que somos nosotros los pastores del Pueblo de Dios. Desde el Papa hasta los Obispos, sacerdotes, consagrados, y agentes de pastoral que colaboran en la Viña del Señor. Para que lleguemos a ser como el apóstol Pablo, testimonio convincente y apasionado, que promueva mucho fruto en bien de la misma comunidad eclesial y de la sociedad en general: “Hermanos aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio”.

La segunda interpretación la refiero a todos los bautizados, cada uno es una vid que debe producir uvas, de la que se obtenga el buen vino que alegra el corazón del hombre; es decir, engendrar y formar personas, que descubriendo su propia vocación cumplan sus responsabilidades, de manera que generen ambientes de vida fraternos y solidarios, que den sentido y razón de ser al gran don de la vida, que hagamos lo que hagamos procuremos siempre el bien de los demás, haciendo caso a la recomendación de San Pablo: “No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”.

Preguntémonos pues, cada uno desde su propia responsabilidad, si hemos cuidado la viña del Señor y hemos dado fruto de uvas dulces y maduras. En otras palabras, conviene revisar, ¿cuáles son las obras buenas que con mi actitud y mis acciones he promovido y cuáles los frutos que se han generado?

Hoy por ser domingo no hemos celebrado la fiesta de San Francisco, pero si podemos recordarlo, pidiendo su intercesión para seguir su ejemplo. Aprendamos de la sencillez y la humildad de San Francisco, para reconocer a todo prójimo como hermano, como hoy nos motiva el Papa Francisco al ofrecer en este día la Encíclica “Fratelli tutti” “todos hermanos”. Los invito a leer y reflexionar su contenido para luego ponerlo en práctica. Construyamos así un mundo que reconozca la común dignidad de toda persona.

San Francisco se caracterizó por vivir y dar una gran testimonio de la Creación como huellas que nos conducen al Creador, camino que todo ser humano tiene a su alcance para descubrir la necesidad de una Inteligencia superior al hombre, ante la grandeza inmensa y la perfección del Universo y de nuestra Casa Común, la Tierra.

Hoy se presenta una gran oportunidad al concluir este domingo la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, convocada por el Papa Francisco, ahora nos corresponde pasar de la oración a la acción, promoviendo con entusiasmo la ecología integral, y recordando el principio fundamental de la Ecología: Somos los administradores de la Creación y no los dueños.

Hagamos lo que nos corresponde, y el Señor hará maravillas de nuestras pequeñas acciones; Así podremos exclamar y dar testimonio, como Nuestra Madre, María de Guadalupe: El Señor, nuestro Dios, ha estado grande con nosotros, y estamos alegres, porque ha hecho maravillas a través de nuestra pequeñez.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

 Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

SEPTIEMBRE 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: Hijo, ve a trabajar hoy en la viña. Él le contestó: Ya voy, señor, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: No quiero ir, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Ellos le respondieron: El segundo”.

Cuántas veces hemos dicho que sí pero no hemos cumplido con nuestro compromiso. Cuántas veces nos han dicho que sí y no nos han cumplido lo prometido. Además de ser odioso recibir una promesa que nunca es cumplida, genera en nosotros una gran desilusión y desesperanza, y perdemos la confianza, en quien no actúa conforme la ha dicho de palabra.

De la misma manera, la persona que se ha comprometido y no cumple, interiormente se queda dañada, va perdiendo la confianza en sí mismo, porque sabe de la debilidad de su voluntad, fácilmente se convertirá en una persona indecisa, y de constante incertidumbre ante la propuesta de compromisos.

En el camino hacia el encuentro con Nuestro Padre Dios, caer en la incertidumbre conduce con mucha frecuencia al creyente, a la necesidad de aferrarse a formas, que según su tradición, le garanticen que está agradando a Dios; de esa manera pone su confianza no en Dios mismo, sino en la fidelidad a las prácticas religiosas, y así pretende adquirir su seguridad, y con facilidad se vuelve un cristiano rigorista, incapaz de reconocer la acción de Dios, en quienes observa que no cumplen con las prácticas habituales o en quienes considera alejados y pecadores.

Esto fue lo que sucedió a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, pusieron su seguridad y su certeza en las tradiciones en sí mismas, y olvidaron y despreciaron la voz de los profetas y de Juan Bautista, el precursor del Mesías; con ello ensordecieron ante la proclamación de la llegada del Reino de Dios, y más aún fueron ciegos incapaces de reconocer en la misma persona de Jesús, la presencia del Reino de Dios.

Por eso Jesús les advierte: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.

Conviene con frecuencia preguntarnos si escuchamos y atendemos la Palabra de Dios, si descubrimos la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, detectando alguno de los 7 dones que nos regala: piedad, temor de Dios, consejo, fortaleza, inteligencia, ciencia, y sabiduría. Así comprobaremos el crecimiento de nuestra experiencia de Dios.

Jesús manifiesta la obediencia a Dios Padre, a través de su persona, Él vino a la viña de su Padre, obedeciendo de palabra y de obra, entregando su vida, afrontando las variadas y adversas circunstancias, con plena confianza en el acompañamiento del Espíritu Santo, enviado por su Padre.

Así lo señala san Pablo citando, el Himno Cristológico, considerado el más antiguo de la primitiva Iglesia: “Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz”. En la vida son pocos los que siguen cabalmente a Jesús, por eso Jesús advierte, que no basta de palabra, decirle sí a Dios, es necesario cumplir la voluntad del Padre, para entrar al Reino.

Debemos pues, revisar con frecuencia lo que Dios nos pide, y renovar nuestro compromiso, siempre con la confianza de ser perdonados de nuestros pecados, porque la misericordia de Dios es eterna; aún el pecador empedernido la alcanza, como lo expresa el Profeta Ezequiel en la primera lectura: “Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.

Nadie tiene garantizada la perseverancia en el camino del bien, aun cuando formalmente cumpla con las normas y tradiciones religiosas, ellas son sin duda un buen camino, cuya finalidad es orientar al creyente para que desarrolle su espiritualidad, su aprendizaje en la práctica de la oración, y disponer su relación personal y comunitaria con la persona de Jesucristo y para poner en práctica sus enseñanzas, integrándose como miembro responsable y comprometido de la Iglesia.

Jesús, con la Parábola dirigida a los Sumos Sacerdotes y Ancianos del pueblo, que se jactaban del cumplimiento de la ley, advierte lo importante que es no confiarse en la formalidad de una respuesta, hay que revisar siempre nuestra conciencia, y las inquietudes que se mueven en nuestro interior.

En este sentido es oportuna la exhortación de San Pablo: “Hermanos: si alguna fuerza tiene una advertencia en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si nos une el mismo Espíritu y si ustedes me profesan un afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo todos una misma manera de pensar, un mismo amor, unas mismas aspiraciones y una sola alma”.

De la misma manera sus recomendaciones son instrumento de grande ayuda para nuestra personal revisión y nuestro desarrollo espiritual como discípulos de Jesucristo: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo. Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”.

Pidámosle a Nuestra Madre, Maria de Guadalupe nos ayude a desarrollar los mismos sentimientos que tuvo su hijo, Cristo Jesús.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

 “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca…Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor” (Is. 55, 6.8).

Esta profecía de Isaías históricamente corresponde al tiempo inmediato en que el pueblo de Israel dejaría de ser esclavo en Babilonia. El profeta por tanto, prepara al pueblo para que al regresar a Jerusalén no cometa los mismos errores históricos de rebeldía y olvido de Dios, que trajeron como consecuencia la destrucción del Templo, de la Ciudad, y el destierro.

Buscar al Señor es tenerlo en cuenta en la vida, es consultarlo para saber qué es lo que quiere de mí. Por eso es tan importante el discernimiento, porque es la forma para descubrir la voluntad de Dios. En pocas palabras, el discernimiento necesita la luz de la Palabra de Dios, y con ella interpretar los acontecimientos para descubrir qué dice Dios a través de ellos. Luego la interpretación es necesaria compartirla en comunidad: con la familia, círculo de amigos, asociación de fieles, y con quienes están al frente de la comunidad eclesial.

Si además, aprendemos a llevar a la práctica la voluntad de Dios estaremos caminando conforme a los planes que Dios tiene. Estos planes son siempre para nuestro bien, porque Dios nos ama y quiere nuestro bien, ya que Él por su misma naturaleza es el Bien Supremo.

En cambio el ser humano en sus relaciones con los demás, siempre busca su propio bien, descuidando el bien de los demás, y al buscar solo su beneficio, siempre estropeará el buen camino del prójimo. Por ello, pensar y actuar de manera egoísta conduce irremediablemente a planes, que a corto o mediano plazo serán nefastos.

Por ello, el Profeta advierte de manera propositiva: que el malvado abandone su camino, y el criminal, sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá piedad; que regrese a nuestro Dios, que es rico en perdón.

A pesar de estar convencidos que la voluntad de Dios es para nuestro bien, sin embargo, muchas veces es difícil ponerla en práctica. A este propósito servirá de motivación y aliento para fortalecer nuestro espíritu, el aclamar con frecuencia en la oración la expresión del Salmo 144: Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.

En la Parábola que Jesús propone en el Evangelio de hoy, hay dos elementos que explican y completan nuestra reflexión: el primero es tener trabajo, y el segundo recibir la paga.

En la viña del Padre siempre hay trabajo para todos, aunque unos llegamos desde temprana edad, otros en plena juventud, otros en edad madura, otros en el ocaso de la vida; pero todos recibiremos la misma paga, un denario. ¿Por qué? Porque el tener trabajo significa encontrar el sentido de la vida, el para qué la he recibido, y en ella encontrar las satisfacciones que produce la alegría ante las cosas buenas y la fortaleza ante el sufrimiento y las penas. Trabajar en la viña del Reino del Señor, pase lo que pase, es garantía para la existencia terrena.

En cuanto a la paga de un mismo denario para todos, significa que al ser recibidos en la Casa del Padre, compartiremos en plenitud, como hijos suyos, la naturaleza de Dios, es decir, el amor y la eternidad.

Así tendremos la experiencia que comparte San Pablo hoy: Hermanos: ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí. Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.

Vemos con claridad que el Apóstol valora tanto la vida como su término con gran convicción y realismo, al grado de afirmar que terminar como Jesús en la cruz, abandonado de sus discípulos, y traicionado por uno de ellos, y muriendo injustamente crucificado y sentenciado por blasfemo y falso profeta es camino de vida y de vida eterna.

Por eso continúa diciendo: Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir. Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte, el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el de permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes.

Expresa así con gran claridad que la vida, cualquiera que sea el derrotero que tenga, es oportunidad y camino hacia la verdadera vida, a la vida eterna. Pero que esa misma vida tiene sentido y la ama con apasionada entrega, porque es la oportunidad de ayudar y servir a los demás, sea para acompañarlos en el sendero correcto, como buen pastor y guía, sea para entenderlos, comprenderlos y ayudar a reorientar la conducta de quienes se hayan extraviado y necesiten una mano para levantarse y volver a ser discípulos fieles de Jesucristo.

Termina motivando a la perseverancia, a los miembros de su muy querida comunidad de los filipenses con estas palabras: Por lo que a ustedes toca, lleven una vida digna del Evangelio de Cristo. Pero estas palabras que históricamente fueron dirigidas a la comunidad de los Filipenses, hoy son referidas a nosotros, ya no por San Pablo, sino por Dios mismo, porque son Palabra de Dios, según la tradición ininterrumpida de la Iglesia.

Todos sin duda queremos obtener el denario al final de nuestra vida. Motivemos nuestro corazón, recordando que Dios Padre lo quiere, y lo desea más que nosotros mismos. Dios Trinidad anhela y confía que compartamos con Él y con nuestra Madre, María de Guadalupe, el amor y la eternidad. Pidamos a ella que nos quiere y nos cuida tanto, que así sea.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

 “Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).

Pedro plantea su pregunta manifestando gran generosidad, ya que perdonar a un prójimo que ofende siete veces, no es nada fácil. De ordinario concedemos con resistencia una vez el perdón y advertimos, que no vuelva a reincidir. Por eso podemos suponer la sorpresa de Pedro ante la respuesta de Jesús: debes perdonar siempre. Pero, ¿por qué es indispensable el perdonar y perdonar siempre, a quien nos ofende, agrede, e incluso nos atormenta y persigue, o a quien ha asesinado a un ser querido?

Una inicial explicación la encontramos en la primera lectura: “El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados?” (Ecle. 28, 4). Los humanos todos somos de la misma naturaleza, frágiles por los diversos condicionamientos que plantea la misma relación humana y porque somos libres para asumir una conducta hostil o una conducta positiva. Por tanto, siendo conscientes de nuestra frágil y condicionada naturaleza tendremos en muchas ocasiones que pedir perdón por nuestros errores, pero si yo no soy compasivo y perdono, ¿cómo me atrevo a pedirlo en mi favor? En este sentido le propone Jesús a Pedro la Parábola, que hemos escuchado en el Evangelio.

Una segunda razón para perdonar es descubrir que el perdonar una ofensa, cualquiera que sea pequeña o grande, me libra del rencor y del deseo de venganza que hiere mi interior y trastorna la paz de mi espíritu; es decir, el beneficio garantizado es para quien perdona. Porque según la Parábola y la misma experiencia humana, no siempre el perdonado toma conciencia del significado de haber sido perdonado, y entonces vuelve a reincidir.

Por eso afirma el libro del Eclesiástico: “Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados… Piensa en tu fin y deja de odiar, piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos. Ten presentes los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo”.

En esta misma línea hemos escuchado la advertencia que Jesús hace al final de la Parábola de hoy: “Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

La tercera razón para perdonar es recordar que el perdón y la reconciliación son el camino para aprender amar, éste es el más alentador argumento, y genera enorme disposición y esperanza, en quien lo descubre y lo hace vida. Solo el perdón abre las puertas para iniciar el camino del aprendizaje para amar al estilo de Dios, es decir, amar sin esperar correspondencia, aunque dicha correspondencia se espera y cuando llega causa una gran alegría, y quien así lo experimenta, percibe la presencia de Dios en su vida.

El camino del perdón conduce a la reconciliación, y obtenida ésta, se abre el espacio de la comunión fraterna y solidaria, y con la comunión se aprende a generar relaciones positivas para recorrer el camino de la unidad y de la paz entre las personas, entre los pueblos y las naciones. Objetivo tan deseado y anhelado por la humanidad.

El Papa San Juan Pablo II en la Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte” afirmó enfáticamente, que, en el tercer milenio, el gran desafío que tenemos, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las profundas esperanzas del mundo, es hacer de la Iglesia, la casa y la escuela de la comunión, es promover una espiritualidad de la comunión, como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano.

¿Y en qué consiste una espiritualidad de la comunión? Ante todo, en una mirada del corazón hacia el misterio de Dios Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Para ello es indispensable desarrollar la capacidad de ver lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo como miembro del cuerpo de Cristo, y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí». Y también saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

La comunión es la concreta expresión de mi capacidad para amar como ama Dios Padre, y poder generosamente servir desde la vocación y misión que haya descubierto, tanto en la familia, en el oficio o profesión que realizo, en la sociedad, y especialmente como miembro de la Iglesia en mi comunidad parroquial y en mi propia Diócesis.

La comunión lleva a la experiencia de la unidad, entendida cabalmente como puesta en común desde la diversidad, desde las diferencias tanto del pensar, del sentir y del actuar. La comunión no es por tanto la identificación como si fuéramos clones unos de otros, por el contrario, es la diversidad que enriquece al encontrar las distintas maneras de proceder, y descubrir que personas y pueblos, somos como fuentes de agua que recorren el camino de la vida como arroyos, que luego forman corrientes mayores hasta desembocar en el mar de la unidad.

En este camino, sin lugar a dudas lograremos hacer nuestra la experiencia del Apóstol Pablo, y podremos afirmar como él lo expresa: Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Nuestra Madre, María de Guadalupe, vio y sufrió al ver a su hijo injuriado, flagelado, crucificado, muerto injustamente, y exhibido como un falso profeta. Pero perdonó y fue recompensada al ver a su Hijo resucitado. Invoquemos su ayuda para aprender a perdonar siempre a nuestro prójimo, y ser recompensados con la vida eterna.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

 “A ti, hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel” (Ez 33,7).

¿Qué significa ser centinela?

Un centinela es aquella persona que recibe el encargo de vigilar y custodiar, o de velar y proteger a una persona, a una comunidad, o incluso a una ciudad para alertar en tiempo oportuno algún peligro, y pueda el protegido librarse y salvaguardar su vida.

Esta encomienda que Dios da al Profeta Ezequiel, trae consigo una nueva manera de ser profeta. Hasta antes de la destrucción de Jerusalén y del Templo de Salomón los profetas desarrollaban su misión como videntes, que confirmaban una decisión como divina, o que predecían las consecuencias de abandonar los mandatos del Señor.

El profeta Ezequiel, después de largo tiempo de permanecer callado, reinicia por mandato divino su misión profética, ahora como centinela de la casa de Israel, haciendo un llamado a la responsabilidad personal de cada miembro del pueblo, para que escuche la voz de Dios, y él mismo como profeta cumple su responsabilidad al proclamar lo que Dios le comunicó: “Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”.

La nueva misión del profeta centinela se ubica históricamente cuando el pueblo de Israel ha sido desterrado de Jerusalén y llevado como esclavo a Babilonia, cuando el pueblo siente que su Dios los ha castigado e incluso piensan que los ha abandonado. Dios envía al profeta, con la misión de animar y darle una esperanza en la cautividad, lo envía como centinela para custodiar y velar por su pueblo. Así el Profeta Ezequiel se convirtió en un factor determinante para el regreso del pueblo de Israel a Jerusalén.

En el evangelio hemos escuchado que Jesús encomienda a sus discípulos esta misión profética de centinela, y señala el procedimiento adecuado para ejercer esta importante misión en la comunidad“Jesús dijo a sus discípulos: Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano”.

Es bueno preguntarnos, si hemos cumplido esta misión en nuestra familia, en nuestro círculo de amigos, en nuestras relaciones laborales y sociales, y especialmente en nuestras comunidades parroquiales y eclesiales. ¿Cuántas veces callamos y nos abstenemos de dar nuestra opinión, nuestro punto de vista, nuestra apreciación porque la consideramos imprudente, o porque nos compromete, o porque consideramos que no nos harán caso? De esa manera dejamos que se hunda nuestro prójimo en sus errores.

En el caso de cumplir nuestra misión profética, que hemos recibido en el bautismo, es muy conveniente actuar de acuerdo al protocolo que señala Jesús: Ve y amonéstalo a solas, si no te hace caso, insiste con la compañía de uno o dos personas más, y si tampoco reacciona acude a la comunidad de discípulos para que Intervengan.

Es oportuno recordar el diálogo de Dios y Caín ante la muerte de su hermano Abel: “El Señor preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Él respondió: No lo sé: ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano? Entonces el Señor contestó: ¿Qué es lo que has hecho? La sangre de tu hermano me grita desde la tierra” (Gen. 4, 9-10). En efecto, todos los seres humanos somos hermanos, y debemos cumplir nuestra misión de centinelas, de guardianes de los demás, buscando siempre su bien, su buena respuesta en su propia misión.

En esta línea entenderemos mejor lo que ha hecho por nosotros nuestro hermano mayor, Jesucristo, quien ha dado su vida hasta la muerte misma, para indicarnos el camino de la cruz y el noble sacrificio que significa estar atento a prestar ayuda al necesitado, para conducirnos a la verdad, clarificando nuestras respuestas convenientes ante las distintas circunstancias y contextos que nos plantea la sociedad, y para obtener la vida, y vida en abundancia, que deja la satisfacción interior cuando el prójimo corrige su camino y enmienda su error, lo cual alegra el corazón proporcionando gran alegría.

Con otras palabras, pero en la misma línea, hemos escuchado a San Pablo en la segunda lectura: “Hermanos: no tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley. En efecto, los mandamientos… se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie. Así pues, cumplir perfectamente la ley consiste en amar”.

Qué elocuente y oportuna es esta reflexión e indicación de la Palabra de Dios ante el contexto actual que vivimos: La pandemia y la crisis sanitaria exigen nuestra responsabilidad mirando el bien del prójimo. La crisis económica pide nuestra solidaridad y capacidad de compartir con el necesitado. La crisis ecológica revela la importancia de una consciente vocación como administradores de la Creación y no como dueños. La crisis de inseguridad necesita justicia salvífica, es decir: atención tanto a los factores que la causan como a quienes la provocan, ya que su prolongada permanencia en nuestra sociedad se debe, entre otros factores, a la ambición de poder y de riqueza, a la ignorancia y a la indigencia, a la corrupción y a la falta de reconocimiento de la común dignidad de todo ser humano.

Todas estas crisis claman a gritos, como lo fue la sangre de Abel injustamente derramada, que pongamos en práctica el mandamiento fundamental señalado por Jesucristo: Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.

Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que con su tierna y maternal presencia, mueva el corazón de todos sus hijos para que sigamos fielmente las enseñanzas de Jesucristo, Nuestro Señor, Camino, Verdad y Vida.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

AGOSTO 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

 “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste” (Jer 20,7).

La seducción es un movimiento que se desarrolla en nuestro interior ante una relación o un interés que descubro y me atrae fuertemente, casi siempre experimentada de manera invencible. Tratándose de una seducción no pecaminosa, sino al contrario, de una atracción hacia algo claramente positivo, como le sucedió al Profeta Jeremías, la decisión para aceptar y asumir la atracción suele ser rápida y sin muchas consideraciones previas. Sin embargo al paso del tiempo, las circunstancias adversas, que no habían sido consideradas, pueden romper el compromiso o entrar en un proceso de tensión, de interrogantes, e incluso de rebeldías a veces reprimidas y otras abiertamente manifestadas.

Adentrándonos en el proceso del Profeta Jeremías, quien al realizar su misión profética, sufrió frustraciones, escarnios, insultos, tormentos, y tentativas de muerte. Sin embargo, una y otra vez experimentaba la mano de Dios para salir adelante y librarse de tantas adversidades.

Por eso es consolador y ejemplar su testimonio al afirmar: “había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”. Sin duda era la fuerza del Espíritu Divino que lo acompañó hasta el final de su vida, y lo mantuvo fiel en su misión. Es conveniente examinar nuestra vida y preguntarnos, ¿cuál ha sido mi experiencia cuando he decidido responder a la voluntad de Dios?

En el Evangelio de hoy, Pedro trata de disuadir la decisión de Jesús de subir a Jerusalén, al saber, que padecería mucho y sería condenado a muerte. Jesús responde duramente, a quien acababa de encomendarle la continuidad de su misión y de haberle constituido la cabeza de la comunidad de los discípulos: “Jesús se dirigió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”.

El discípulo de Cristo debe aprender a pensar y discernir lo que Dios quiere, y dejar de lado, lo que impide cumplir su vocación y misión, a pesar de los muchos atractivos que ofrece el mundo, y que según la lógica humana debiera preferirlos. Por eso, Jesús continúa aclarando: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Este es el criterio fundamental para todos los que aceptamos ser discípulos de Jesucristo, y miembros de su Iglesia.

Jesús termina lanzando un cuestionamiento que sin duda alguna dejó huella en sus discípulos: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?” Los discípulos tuvieron la experiencia privilegiada de verificar que Jesús, padeciendo y sufriendo injustamente una muerte y muerte de cruz, recuperó la vida. Dios, su Padre, lo resucitó de la muerte, y con ese contundente acontecimiento confirmó sus palabras: el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

Ciertamente es una afirmación que conlleva un cuestionamiento desafiante para todo ser humano. Sin embargo, éste es el camino cristiano: hay que dar la vida por la proclamación del Reino de Dios, anunciando y explicando el plan de Dios para la humanidad, y expresando con nuestro testimonio, que nuestra prioridad es hacer presente a Jesucristo en el mundo de hoy, particularmente mediante la misericordia y el amor en nuestros diversos contextos de vida.

En este sentido, la advertencia de San Pablo es un criterio fundamental para desarrollar la espiritualidad del discípulo de Cristo: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

A veces consideramos que a Dios lo agradamos con la participación en la vida cultual, asistiendo a misa los domingos y fiestas de guardar, cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios, y practicando las devociones según nuestras tradiciones familiares o de la comunidad parroquial y haciendo algunos actos de caridad. Sin duda, estas prácticas religiosas tienen su importancia, ya que todas ellas son los medios para que todo fiel cristiano, descubra su vocación, alimente y fortalezca su espíritu; pero la finalidad de toda práctica y devoción religiosa es la expresada por San Pablo: “los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto”.

En efecto, debemos ofrecer nuestra persona para que demos testimonio confiable, creíble, firme y constante, de la presencia del amor y de la misericordia de Dios Padre en el mundo; así tendremos la experiencia manifestada por el Profeta Jeremías, así lo expresa la vida apostólica de San Pablo, y desde luego, de forma admirable la vida de Jesús, quien con la autoridad moral de su generosa entrega exige diciendo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.”

Vale la pena hacer nuestra la experiencia vivida por Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste”. Así se cumplirá en nosotros la promesa de Jesús: el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Esta experiencia del discípulo de Jesús, según la lógica humana es muy difícil realizarla, solo es posible desarrollando nuestra fe y recibiendo la fuerza del Espíritu Santo. Jesús lo sabe, y por eso, dejó su presencia Eucarística como alimento, y en ella, debemos renovar nuestro sí al Maestro, atendiendo a su Palabra, orando para afrontar las adversidades, y ayudándonos, como comunidad de discípulos de Cristo, como Iglesia para testimoniar, que Cristo Vive en medio de nosotros.

Nuestra Madre, María de Guadalupe, ha venido a nuestras tierras para mostrarnos a su Hijo, y acompañarnos en el camino de nuestra respuesta. Pongamos en sus manos nuestras necesidades personales, de nuestra familia y de nuestra sociedad.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Esto dice el Señor a Sebná, mayordomo de palacio: “Te echaré de tu puesto y te destituiré de tu cargo…llamaré a mi siervo, a Eleacín…le traspasaré tus poderes. Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”.

¿Por qué se repite, una y otra vez, los casos como el de este mayordomo Sebná, que denuncia el profeta Isaías para que sea relevado de su cargo? ¿Por qué sucede con tanta frecuencia la corrupción, a quien se le confía una gran responsabilidad?

Sin duda, hay dos factores que determinan la buena gestión de un administrador. Primer factor la preparación, tanto en la formación personal como en la capacitación para desempeñar el oficio, y el segundo factor, la convicción sincera y leal del administrador, expresada públicamente, en la persona que le confía la responsabilidad.

En el Evangelio de hoy, claramente escuchamos que Jesús delega a Pedro su presencia y su autoridad plena para actuar en su nombre al frente de su comunidad de discípulos: “Jesús les preguntó: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Los dos factores están expresados, en la encomienda que Jesús deja a Pedro, quien como miembro de la comunidad de los 12 discípulos se ha formado escuchando, observando, interrogando, y obedeciendo a su maestro; y a la par, Pedro ha ido asumiendo un liderazgo entre los doce, que Jesús ha confirmado; y el segundo factor lo ha expresado Pedro, al contestar en nombre de sus compañeros, con gran honestidad y verdad, la identidad de Jesús, sin saber que esa respuesta sería la ocasión para recibir la misión de suceder a Jesucristo y actuar en su nombre, cuando el maestro regrese a la casa del Padre.

¡Qué importante es un buen colaborador, cuando tiene que ejercer en nombre de la autoridad una responsabilidad, que afectará para bien o para mal a los subordinados! Pero igualmente es importante la respuesta de los subordinados para que la acción de Dios se manifieste en la Iglesia. Por eso es conveniente, que nosotros los cristianos, con frecuencia, nos cuestionemos preguntándonos: ¿Considero, que mis decisiones y mi conducta las he asumido, subordinándome a la voluntad de Dios? En general, todo creyente quiere conducirse bien, y responder a Dios positivamente, ¿pero, yo acepto la voluntad de Dios, ante quien en su nombre, está ejerciendo una autoridad?

La obediencia a la autoridad constituida en las diferentes instancias de la sociedad sufre actualmente un grave deterioro. Muchas veces y con frecuencia debido a la mala gestión de los administradores. En los distintos niveles de autoridad eclesial, también ha sido una constante histórica la presencia de una mala gestión, que ha repercutido en la disposición de los bautizados para aceptar, de buen grado y confiadamente, la participación y colaboración en las propuestas de renovación, que exigen los tiempos actuales. Debemos reconocer con dolor y arrepentimiento el deterioro de la Obediencia a Dios, que a través de la desobediencia a la respectiva autoridad eclesial, impide la intervención y conducción del Espíritu Santo.

Nuestra inteligencia busca conocer lo que nos conviene, y descubrir lo que impide nuestros proyectos de vida. Luchamos por lograr los pasos que nos conduzcan al cumplimiento de nuestros propósitos. Esta es la lógica humana.

Pero, si impulsados por un individualismo egoísta, nos empeñamos en alcanzar a toda costa nuestras metas, fácilmente dejaremos de lado la ética natural de hacer el bien, y asumiremos el camino fácil y atractivo de justificar o de encubrir los medios injustos y deshonestos con tal de obtener el fin. Así se nubla la razón y perderemos la conciencia del bien, quedando seducidos por nuestro objetivo, seremos arrastrados a practicar el mal, la deshonestidad y la injusticia, causando un gran daño, a quienes nos rodean, y a quienes dependen de nosotros.

En cambio, el camino del creyente es invocar a Dios y confiar en Él, ya que interviene, por caminos insospechados, muchas veces incomprensibles, sorprendentes, inesperados según la lógica humana, debido a que nosotros vemos el presente condicionados por el pasado, y con escasa visión del futuro a largo plazo. En cambio, Dios no está condicionado por el tiempo; el pasado, el presente y el futuro no existen, Él vive en la eternidad todo lo ve, lo conoce y lo orienta, mirando nuestro bien.

Por eso, cuando vivimos una tragedia, un drama, un sufrimiento, una enfermedad que parece no tener fin, limitados por nuestra natural miopía, generada por existir en el tiempo, nos impide avizorar la intervención de Dios, porque la necesitamos ya, y la esperamos como yo la deseo. Sin embargo, es nuestra oportunidad de intensificar nuestra fe y aprender a vivir bajo el misterio, conducidos por el Espíritu Santo, y confiando en la providencia misericordiosa de Dios.

A este propósito comprenderemos mejor, y será una esperanza cierta, lo que afirma San Pablo en la segunda lectura: “¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser su consejero? ¿Quién ha podido darle algo primero, para que Dios se lo tenga que pagar? En efecto, todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por Él y todo está orientado hacia Él. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Confiemos en esta verdad y en el amor misericordioso de Dios Padre a sus criaturas, confiemos en la enseñanza de Jesucristo, y pongamos en manos de Nuestra Madre, María de Guadalupe nuestra súplica de imitarla, aceptando como ella, la voluntad del Padre, y diciendo: ¡Hágase en mí según tu Palabra!

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse” (Is 56, 1).

Los tiempos de Dios son la eternidad, por eso el anuncio del profeta Isaías “mi salvación está a punto de llegar”, en realidad significa que Dios está siempre dispuesto a intervenir para auxiliar a la persona o a la comunidad creyente, en cuanto vele por los derechos de los demás y practique la justicia. Por tanto, la condición que pone Dios para actuar está siempre al alcance del hombre, está en nuestras manos.

Este anuncio del Profeta, dirigido al pueblo de Israel después de la dolorosa experiencia del destierro, está abierto a todos los pueblos; comienza la dura tarea de hacer entender a Israel, que hay un único Creador del Universo; por tanto, todos los pueblos de la tierra están bajo la mirada tierna y amorosa de Dios Padre. Hagamos cotidiana la alabanza que cantábamos en el Salmo: ¡Que te alaben, Señor, todos los pueblos! ¡Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora!

Por ello, interesémonos por todos, incluso por quienes nos hayan marginado o hayan roto su relación con nosotros. Esto explica la actitud y el amor de San Pablo por el pueblo de Israel, por su propio pueblo que lo expulsó, lo persiguió y buscó quitarle la vida. Aprendió en carne propia, que Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección.

La razón de fondo la explica el Apóstol al afirmar: Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección. Así como ustedes antes eran rebeldes contra Dios y ahora han alcanzado su misericordia con ocasión de la rebeldía de los judíos, en la misma forma, los judíos, que ahora son los rebeldes y que fueron la ocasión de que ustedes alcanzaran la misericordia de Dios, también ellos la alcanzarán. Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia. Queda claro que la misión de Jesús es universal, Dios es Padre de todos los pueblos.

En el Evangelio hemos escuchado que una mujer cananea, por tanto, extranjera, ha escuchado, que el profeta Jesús de Galilea, se encuentra en su población y no pierde la ocasión para pedirle, con insistencia y con gran humildad, la curación de su hija, ya que se encuentra en una situación dolorosa, que ha salido de su control el resolverla.

¿Por qué se resiste Jesús para atender a esta mujer Cananea? “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra. En cambio, son los discípulos quienes se acercaron a Jesús para rogarle: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.

En realidad, a los discípulos no les interesaba resolver el problema de la mujer, les preocupaba apagar el escándalo, que provocaba la mujer con sus gritos, y que, en tierra extranjera, como lo era Tiro y Sidón tuvieran un conflicto, con la comunidad o con la autoridad, que perjudicara la fama de Jesús. Sin embargo, la respuesta de Jesús desconcierta a los discípulos: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Por su parte la mujer continuaba rogándole a Jesús que la ayudara: Ella se acercó entonces a Jesús, y postrada ante Él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

¿Qué pretende Jesús? Ha llevado a sus discípulos a tierra de paganos, para romper la fuerte tendencia, que después de 5 siglos, continuaba al considerar a Dios como el Dios de un pueblo, y no el Único Dios verdadero, que debía darse a conocer al mundo entero. ¿Entonces porque actúa así?

La respuesta la encontramos en las palabras de Jesús: Mujer, ¡qué grande es tu fe! Los discípulos acababan de vivir la experiencia de afrontar el viento huracanado a medianoche, y haber escuchado el reclamo que Jesús hizo a Pedro: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? Los discípulos tienen que aprender la lección, una mujer extranjera tiene más fe que ellos. La fe no es privilegio de un pueblo, es un don universal que otorga el único Dios a todos los hombres.

Jesús ha llevado a sus discípulos a Tiro y Sidón para que constaten, que Dios se hace presente en todas las naciones, y que todas las personas tienen el don de la fe y la desarrollan, la hacen crecer. Así prepara Jesús a sus discípulos, que deberán llevar el anuncio del Evangelio, la Buena Nueva del único y verdadero Dios, a todos los pueblos hasta los últimos rincones de la tierra. Como anunciaba el profeta Isaías, la Misión universal parte de la elección de un pueblo. La misión de Jesús se concentra en su pueblo Israel, para que sea el promotor del verdadero Dios.

La fe es un don, un regalo, pero es una semilla que crece y está en nuestras manos el desarrollarla. ¿Cómo desarrollar la fe? Mediante la escucha de la Palabra de Dios, la escucha del interior, del espíritu, la confianza, la voluntad firme, la obediencia, la búsqueda y la relación con Jesús. Es provechoso preguntarnos con frecuencia: ¿Mi fe está centrada en el Dios revelado por Jesucristo? ¿Qué lugar ocupa mi oración y a quien la dirijo? ¿Mi fe ha crecido, o la he dejado de lado en mi cotidianidad? Si ha crecido, ¿qué situaciones o personas me han ayudado a desarrollarla?

La transmisión de la fe, mediante un proceso evangelizador, que comienza en la familia de padres a hijos, continua con la ayuda de la comunidad parroquial, especialmente con la enseñanza catequética, y que debe extenderse, mediante el testimonio atrayente de los cristianos, en todos los ambientes de la vida, especialmente en la atención de los necesitados, enfermos, reclusos, indigentes, adictos a todo tipo de dependencias esclavizantes.

Pidamos a Nuestra Madre, nos auxilie para desarrollar y transmitir nuestra fe.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo” (Salmo 84, 11-12).

Estas afirmaciones del salmo 84, exponen un proceso sencillo y esperanzador para superar las dificultades de las relaciones humanas en cualquier nivel de convivencia.

Propone tres maneras, la primera es la práctica de la misericordia ejercitada a la par de la verdad. La segunda consiste en ajustar la aplicación de la justicia, buscando la reconciliación, que exige el perdón, para alcanzar la paz. La tercera señala la fidelidad del hombre a Dios, como el faro de luz, que debe iluminar y orientar el proceso de las relaciones, y así Dios, desde el cielo, intervendrá, proporcionando la justicia.

En el fondo, las tres formas coinciden en señalar que las relaciones humanas serán florecientes y positivas, si el mismo hombre busca la relación fiel a Dios, y espera confiado su intervención. Este proceso lo descubrimos en las tres lecturas de este domingo.

En la primera lectura Elías, perseguido a muerte por la reina Jezabel, deja el monte Carmelo, y después de un largo caminar de 40 días y 40 noches llega al Monte Horeb, al Sinaí para buscar al Señor, como lo hizo Moisés, y saber qué hacer. Ahí se refugia en una cueva, y confiado, espera alguna señal para saber cómo proceder. El Señor se le manifiesta y él acepta regresar para continuar su misión, confiando en el auxilio divino. Así de la fidelidad a su misión, la justicia vino del cielo que siempre lo protegió.

En la segunda lectura encontramos la misericordia expresada por san Pablo, en favor de sus hermanos de raza, de quienes ha sufrido la expulsión y persecución a muerte, y sin embargo les manifiesta, que los sentimientos albergados en su corazón no son de odio ni de venganza; sino todo lo contrario, como lo afirma ante la comunidad cristiana de Roma, poniendo de testigo a Cristo y a su propia conciencia.

Escuchemos en voz de san Pablo como la misericordia y la verdad se encontraron: “les hablo con toda verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me atestigua, con la luz del Espíritu Santo, que tengo una infinita tristeza y un dolor incesante tortura mi corazón. Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, los de mi raza y de mi sangre, los israelitas, a quienes pertenecen la adopción filial, la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas”.

Aunque cuesta entender el concepto de justicia divina, es necesario recordar que la justicia ejercida por Dios, y explicada por san Pablo, es siempre justicia salvífica. Significa que la justicia divina no coincide con el concepto de la justicia humana, que es retributiva, declarando quien es culpable y quien es inocente, y aplicando en consecuencia una pena o concediendo la exoneración y la libertad. El ejemplo de san Pablo es una invitación para examinarme, si encuentro en mi experiencia, el haber perdonado por misericordia, a quien me ofendió o me perjudicó, y haberlo encomendado en mi oración a Dios, Nuestro Padre.

La justicia divina siempre va acompañada de la misericordia, es decir, Dios, y quien actúe en su nombre, siempre buscará y encontrará la forma de salvar a quien haya sido culpable; así se entiende perfectamente la afirmaciones del Salmo 84: “La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo”.

En el Evangelio, la relación de Jesús y sus discípulos, especialmente protagonizada por Pedro observamos la clara manera, en que la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo.

En la escena vemos a los discípulos, que fieles a Jesús se embarcaron: “Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente”. Queda así expresada, que la fidelidad de los discípulos brotó en su obediencia al maestro. Más adelante el texto narra que mientras Jesús se fue a orar, para relacionarse con su Padre, que habita en el cielo, los discípulos pasaban un momento adverso en la medianoche, al encresparse el agua por la violencia del viento.

Jesús se presenta caminando sobre el agua, y al no reconocerlo, los discípulos se aterran y lanzan gritos de pánico. Jesús les habla tranquilizándolos, y Pedro lo pone a prueba: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua. Entonces Jesús pone a prueba a Pedro al decirle: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

Cuántas veces le hemos pedido a Dios su intervención para que nos libre de alguna adversidad, drama o peligro de muerte, y esperamos que milagrosamente intervenga; sin embargo Dios está esperando, que nosotros hagamos lo que está a nuestro alcance, confiando en su palabra, poniéndonos en sus manos. Es, en esas circunstancias, que recordando este pasaje, nos dará la confianza y la fortaleza para afrontar con esperanza la adversidad.

Es oportuno preguntarnos: ¿En esta pandemia, cuál ha sido mi actitud?, ¿trato que la fidelidad brote de la tierra, que soy yo y mis circunstancias? ¿He experimentado la justicia salvífica, la intervención de Dios se ha manifestado?

Si mi respuesta es positiva tendré toda la fuerza de la fe para expresar como los discípulos en la barca: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Así creceré en experiencia de fe, de esperanza y podré practicar, con generosidad y entrega, la caridad en favor de mi prójimo.

En cualquier caso que nos encontremos, acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, para que seamos fieles, y colaboremos con la justicia salvífica de Dios en favor de nuestros prójimos.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Jesús subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos” (Mt. 14, 13-14).

Este inicio del pasaje, que hemos escuchado en el Evangelio presenta a Jesús buscando, como solía hacerlo, un lugar apartado y solitario, para orar y para compartir con sus discípulos sobre la muerte de Juan Bautista, ejecutado por orden del rey Herodes; sin embargo, la gente, que había quedado atraída por la enseñanza de Jesús sobre las siete Parábolas para explicar el Reino de los cielos, se entera de su partida, y lo sigue por tierra, para encontrarlo al desembarcar.

Jesús vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Con esta imprevista situación, Jesús conmovido, cambia el plan previsto, y en vez de compartir los recientes sucesos con sus discípulos en la intimidad, se dedica a atender a la muchedumbre y a curar a los enfermos. El tiempo pasa y comienza el atardecer, los discípulos se preocupan y piensan que es conveniente despedir a la gente, el argumento que consideraron podría convencer a Jesús de concluir la jornada, fue plantear la necesidad de comer, y le dicen: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vaya a los caseríos y compren algo de comer”. Solución muy fácil, que cada quien busque de comer y nosotros nos retiramos.

Aquí, descubrimos la gran sensibilidad de Jesús, que por atender a la gente que lo busca, cambió el plan inicial; ante lo cual lo discípulos quedaron sorprendidos. Surge una primera lección para nosotros: ¿Qué tan flexibles somos para cambiar los planes cuando se presenta una situación imprevista? ¿Qué tan sensibles somos para atender al prójimo, que busca una ayuda? ¿Hemos crecido en compasión y misericordia ante las necesidades de la comunidad y de la sociedad?

Pero notemos cómo los discípulos quedaron desconcertados por la respuesta de Jesús: “No hace falta que vayan. Dénles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”. Y más sorprendidos quedaron al ver la multiplicación de los panes y pescados. Con ello se cumplía lo anunciado por el Profeta Isaías, en la primera lectura: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua: y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar”.

La enseñanza es, que no debemos remitir la solución de una necesidad, cuando nuestros recursos sean insuficientes, enviando a la gente, a que por su cuenta, resuelva el problema. Sino ofrecer lo que tengamos, orar como lo hizo Jesús al bendecir los 5 panes y 2 pescados, y dejar a la Providencia divina, lo que no podamos hacer. Nosotros debemos confiar, que ofreciendo lo que está en nuestras manos, el Señor Jesús intervendrá de alguna manera para completar lo que falta. Dios interviene cuando colaboramos con lo que somos, con lo que hacemos, o con lo que tenemos.

Y entonces viene lo maravilloso, este procedimiento nos conduce a ser testigos de la acción de Dios en la Historia, a partir de la práctica de lo ordinario, de la realización de nuestros quehaceres y responsabilidades. Nuestra experiencia de un Dios personal se concretiza y nuestra fe se fortalece, porque sabemos que contamos con él, en cualquier situación. Además haremos constar la presencia de Dios en el mundo, y por nuestra parte, experimentaremos el gozo y la confianza, en quien jamás nos abandona, en quien siempre nos acompaña.

Este pasaje sobre la multiplicación de los cinco panes y dos pescados, es narrado en los cuatro evangelios. El evangelista san Juan, último de los cuatro en redactar el evangelio, relaciona el milagro de la multiplicación de los panes con el anuncio de la Eucaristía. Desde los inicios de la Iglesia se ha considerado este milagro de alimentar a la muchedumbre que buscó a Jesús, e incluso el dato de recoger, habiendo ya comido, doce canastos de sobrantes, profetiza que esta será la manera de Dios para satisfacer el hambre y la sed espiritual de quienes se acerquen a Jesús Eucaristía.

Es también conveniente recordar que la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana, por tanto no basta asistir simplemente a la celebración Eucarística, sino llegar a ella, habiendo compartido, de alguna manera, lo que somos y tenemos con los más necesitados de nuestra comunidad. Así de nuestras actividades y responsabilidades habituales el Señor Jesús, mediante el Espíritu Santo, hará fecundas nuestras labores, y por esta constatación, alabaremos y agradeceremos de corazón a Dios, nuestro Padre, en la oración y en la participación en la Misa.

Enseñar sobre las realidades del Reino de Dios, sanar las dolencias espirituales y atender a quienes sufren una enfermedad o atraviesan por una experiencia dolorosa y de sufrimiento, será la mejor manera de ser discípulo de Cristo. El contexto actual producido por la Pandemia hace más urgente nuestro actuar cristiano, y hacerlo de manera organizada y en equipo.

Con esta experiencia de vida podremos dar testimonio de la verdad sobre lo que afirma San Pablo en la segunda lectura: ¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.

Nuestra Madre, María de Guadalupe, como buena discípula de su Hijo, vino a nuestras tierras para atendernos y auxiliarnos, pidámosle que nos ayude a seguir su ejemplo.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

JULIO 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Te pido que me concedas sabiduría de corazón, para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal” (1Re. 3, 9).

El hombre sabio según la Biblia es el hombre de la palabra que sabe dar consejos, que recoge la experiencia de la historia y la hace suya para indagar y entender el sentido de las situaciones humanas. Recibe con apertura la doctrina, las tradiciones, y los consejos. Es un hombre fuerte, firme y paciente que domina la ira, es humilde y no se considera a sí mismo como sabio, reconoce que debe evitar lo malo y que deberá dar cuenta a Dios de su proceder. Por eso se capacita a su vez, como consejero, maestro y educador, en una palabra se convierte en fuente de vida para los demás.

Cuando un hombre sabio se le confiere la autoridad de gobierno expresa el arte de saber escuchar para aplicar la ley no simplemente a la letra, sino conociendo los contextos del acontecimiento, y juzgar, clarificando lo que procede en justicia. Salomón recibió la tarea de continuar la magnífica labor de su padre el Rey David, quien logró dar al pueblo de Israel la necesaria organización social, política, y religiosa, logrando el orden y la paz anhelada.

Cuando hay que suceder a alguien que ha hecho muy bien las cosas, el sucesor inicia con una mayor responsabilidad, que quien inicia algo nuevo, o algo que ha sido mal administrado. Ante este enorme reto Salomón acude a Dios, mediante la oración y abre su corazón, pidiendo lo que agrada a Dios.

¿Nosotros le hemos pedido a Dios la sabiduría de corazón? ¿Padres de familia, maestros y educadores, autoridades y líderes sociales, cuál es nuestra principal petición a Dios para cumplir nuestras responsabilidades? Sigamos el ejemplo de Salomón y seguramente Dios nos concederá la sabiduría de corazón y nos dirá también: “Por haberme pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido”.

San Pablo en la segunda lectura recuerda que Dios nos ha creado para que demos testimonio de su Hijo Jesucristo, para ello debemos aceptar su designio salvífico, y Él nos concede la gracia necesaria para cumplir nuestra misión: “Hermanos: ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por Él, según su designio salvador. En efecto, a quienes conoce de antemano, los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”.

Hoy hemos escuchado a Jesús estas parábolas: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”.

El tesoro escondido está en nuestro propio interior. Cada uno de nosotros es el campo donde está escondido el tesoro, es nuestro corazón, que simboliza nuestro espíritu y que debe ponerse en comunicación con Dios mediante la oración para recibir la sabiduría de corazón.

La perla muy valiosa es nuestra manera de comerciar, de intercambiar con los demás, de poner en práctica la sabiduría de corazón para escuchar y comprender a nuestros prójimos, para cumplir nuestras responsabilidades e interactuar en favor de nuestra sociedad.

Ante esta realidad es consolador conocer la paciencia de Dios, que refleja la parábola de la red con la pesca: “El Reino de los cielos se parece a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos”.

Para llevar a cabo esta experiencia de conducirme como una persona sabia, Dios me ha concedido la vida. Porque efectivamente es un aprendizaje gradual, que lleva tiempo y casi siempre entre tumbos y yerros, entre caídas y levantadas, entre triunfos y fracasos, entre aciertos y errores, entre aceptaciones y rechazos de los demás.

Tenemos la vida por delante, es nuestra oportunidad de pedir a Dios la sabiduría de corazón y ejercitarla con paciencia y constancia, y siguiendo ese camino, día a día, llegaremos a ser personas muy positivas y alegres, de esas que da gusto conocer y con ellas colaborar. Pero además tendremos siempre la paz interior ante las adversidades y contratiempos, y la esperanza necesaria para afrontar con fortaleza los fracasos y derrotas.

Así llegaremos a ser personas que, de la experiencia vivida, tendremos siempre palabras de aliento, motivación y consuelo, para dar respuesta ante situaciones nuevas, cumpliendo en nosotros lo que Jesús ha dicho: “Todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

Con gran confianza hagamos nuestra la expresión del Salmo que hemos recitado: “Para mí valen más tus enseñanzas, que miles de monedas de oro y plata; Tus preceptos, Señor, son admirables, por eso yo los sigo. La explicación de tu palabra da luz y entendimiento a los sencillos” (Salmo 118, 72. 129-130).

La primicia, entre todas las creaturas, que ha logrado a la perfección ejercitar la sabiduría de corazón es nuestra Madre, María de Guadalupe. Por ello, invito a todos a pedirle nos auxilie para que en nuestro pueblo de México aprendamos a pedir la sabiduría de corazón, y vivir manifestando la misericordia y el amor a nuestros prójimos.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: De seguro lo hizo un enemigo mío” (Mt. 13, 27-28).

Cuando Dios concluye su obra creadora, el relato del Génesis expresa: Vio Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno (Gen.1,31). ¿Acaso es una falla de Dios no haber previsto que su bella obra se vería dañada? ¿Previó Dios que en su campo aparecería la cizaña? ¿En tal caso, por qué lo permitió, si Él es Dios?

En el fondo estos cuestionamientos plantean la pregunta que, a lo largo de los siglos, aparece en las distintas generaciones de la humanidad: ¿Por qué si Dios es todopoderoso permite la presencia del mal? Preguntémonos entonces, ¿qué deseaba Dios al crearnos? La Creación, obra magnífica, casa espléndida para la humanidad, fue diseñada con toda conciencia para funcionar a la perfección. La razón de esta casa fue para entregarla en administración al ser humano, y dispusiera de ella, para en ella habitar y generar la vida humana; a su imagen y semejanza los creó varón y mujer, con el mandato de crecer y multiplicarse.

Al crear al varón y a la mujer tenía que correr el riesgo de no ser correspondido, pero no hay otro camino para lograr el objetivo central de Dios, crear a quien pudiera hablarle de tú a tú, y compartir su ser, compartir su naturaleza divina, que es el amor. En efecto, el objetivo de la vida en el diseño de Dios, es descubrir su amor y experimentar su misericordia, y para ello es indispensable la libertad, la capacidad de decidir y de actuar en consecuencia, la posibilidad real de corresponder en el amor o de rechazarlo.

Todo ser humano es a la vez trigo y cizaña. Así constatamos la presencia del odio y del amor a lo largo de nuestra vida. Dependerá de la capacidad para distinguir el bien del mal, y de la decisión para optar o no por el amor. Por esta razón es un grave error considerar a un sector de la población como los malos y otros como los buenos. Con distintos procesos todos vamos creciendo, a veces como trigo y otras veces como cizaña.

Dios nos quiso libres, asumiendo correr el riesgo de la presencia del mal en la vida humana. No hay otra opción. Jesús en la parábola expresa: ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: De seguro lo hizo un enemigo mío”. Ese enemigo es la presencia del mal, personalizada en nuestras decisiones egoístas, cuando solo consideramos que lo material nos llevará a la felicidad, y nos entregamos a obtener a toda costa placer, riqueza, poder, sin importar las necesidades de nuestros prójimos y sin descubrir la presencia del espíritu en nuestro interior. Cuando nuestro criterio de acción deja de lado la justicia, y la ambición y codicia nos dominan, crecemos como cizaña.

En la Parábola hemos escuchado la decisión del amo: “Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. Pero Él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego almacenen el trigo en mi granero”. Nuestro consuelo y esperanza es que contamos con la vida entera para dar nuestra respuesta final, y una decisión transitoria de actuar como cizaña no nos lleva a la condena, como lo confirma el libro de la Sabiduría: “Has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano, y has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta” (Sab. 12,19). Por esta enseñanza de Jesucristo, la doctrina de la Iglesia respeta la vida de todo ser humano y está en contra de todo lo que atenta la vida: el aborto, la tortura y la pena de muerte. Pero está de acuerdo en la penalización conforme a la justicia, de los delitos y crímenes.

En esta realidad, la educación es la herramienta indispensable para ir clarificando nuestra conducta, para ejercitarnos en el buen uso de la libertad, tanto en el ámbito personal como en el social. La educación es el desarrollo de nuestra inteligencia para el conocimiento de nuestra persona y de los diversos dinamismos de la sociedad. La mejor forma de iniciar un proceso educativo consiste en experimentar ser amado. Esta es la tarea del matrimonio y de la familia, ser la cuna del amor para los hijos. Quienes hemos tenido esa maravillosa y fundamental experiencia debemos agradecerla de todo corazón a nuestros padres y a Dios, dador de todos los bienes.

Lamentablemente en nuestra actual sociedad se constata el terrible fenómeno de la violencia intrafamiliar. Ahí los niños y adolescentes en vez ser amados, son maltratados y agredidos en su dignidad, y si no reciben ayuda para superar los traumas recibidos, quedarán muy expuestos, y fácilmente atraídos, por el odio y la venganza que envenenan el alma.

La misión de la Iglesia, es decir, de todos los bautizados, es ayudar a quienes por distintas causas se encuentran enredados en las trampas del mal. Debemos proponer experiencias que conduzcan a descubrir la fuerza del espíritu, que todos llevamos en nuestro interior, alentados por la afirmación de San Pablo: “Dios, que conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen” (Rom. 8,27). Con esta reflexión aprendamos a respetar siempre a toda persona en su dignidad, independientemente de su conducta, y a nadie condenemos definitivamente, porque Dios es el único juez, que pedirá cuentas al final de nuestra vida; hasta entonces, Dios ofrece siempre una oportunidad a todo ser humano de convertirse en trigo para que, purificado de sus pecados, corresponda libremente al amor de Dios.

Con la confianza en el amor que nos tiene Nuestra Madre, María de Guadalupe, pongamos en sus manos nuestra gratitud de ser trigo, y nuestras necesidades ante las acechanzas del enemigo para que superemos las tentaciones, que llevan a actuar como cizaña. Presentémosle también las necesidades que conocemos de nuestros prójimos, y de la sociedad en general.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Hermanos: considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros” (Rom. 8,18).

La afirmación de San Pablo induce la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos transitar de los sufrimientos de esta vida a la gloria para la cual fuimos creados? Los sufrimientos en sí mismos nunca son deseables, pero siempre en algún momento de nuestra vida se hacen presentes e incluso en ciertas etapas, como lo hemos vivido en la Pandemia, se intensifican, causando miedo, incertidumbre, preocupación y angustia. ¿Cómo superar estos sentimientos y salir adelante con ánimo y fortaleza?

San Pablo explica que “La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. Ante el desorden egoísta que lleva a la esclavitud que desencadena el pecado, encontramos tres palabras claves: esperanza, liberación, y libertad. Pero, ¿cómo obtener la esperanza, cómo lograr la experiencia de liberación, y cómo compartir la gloriosa libertad?

¿Cuál es nuestra esperanza? El Profeta Isaías la anuncia: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”. Nuestra esperanza es confiar en la eficacia de la Palabra de Dios, ya que regenera al herido, rescata lo perdido, orienta al extraviado, confirma al que duda; en síntesis, es la presencia misma de Dios, que transmite la fortaleza necesaria para salir adelante ante cualquier adversidad y ante la misma muerte.

¿En qué consiste nuestra liberación? En superar la esclavitud del pecado y las tentaciones del mal, y alcanzar así nuestra condición de hijos de Dios. San Pablo lo afirma al decir: “Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no solo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.

¿Cómo alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios? Desarrollando las primicias del Espíritu, que han sido sembradas en nuestro bautismo, en el que por gracia divina recibimos la condición de hijos adoptivos de Dios.

Jesús en el Evangelio, propone una sencilla Parábola, en la que se presenta como el sembrador que vino a sembrar la buena semilla, con clara intención de ofrecerla en todos los escenarios posibles: en el camino, en la tierra pedregosa, en tierra no preparada, y en tierra mejor dispuesta. La semilla es la misma, pero su fecundidad y fruto queda condicionada por el terreno que la recibe.

La parábola del Sembrador en tiempos de Jesús se entendía espléndidamente, y los campesinos y agricultores hoy también la entienden; pero quienes han perdido el contacto con la naturaleza y no conocen los procesos de sembrar, cultivar, y cosechar la tierra, les cuesta trabajo descubrir, la importancia de elegir y preparar la tierra para obtener una buena cosecha.

La interpretación de la Parábola sobre siembra, cultivo y cosecha, se aplica a la vida humana, tanto en lo personal como en lo social. Nosotros somos las distintas tierras en que ha caído la semilla, es decir, las primicias del Espíritu Santo, que harán su labor al tiempo, porque toda semilla necesita germinar, desarrollarse, convertirse en planta y dar fruto.

El sembrador es Jesucristo, la semilla es el Espíritu Santo, y nosotros la tierra; pero, ¿qué tipo de tierra somos? ¿Qué proceso espiritual hemos desarrollado en nuestro seguimiento de Jesús, en nuestro proceso de participación como comunidad de los hijos de Dios, como Iglesia? ¿Con qué criterios actuamos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades familiares, laborales, y sociales?

Nuestra responsabilidad es prepararnos para ser tierra buena y fecunda: disponiendo nuestro interior para escuchar la Palabra de Dios, compartiendo en comunidad nuestras reflexiones sobre los acontecimientos para descubrir qué quiere Dios de nosotros, asumiendo decisiones personales y grupales sobre las acciones para corresponder a lo reflexionado y discernido, y transmitiendo mediante nuestra actividades diarias el testimonio de caridad y compromiso con las principales y más urgentes necesidades de nuestra comunidad y de la sociedad.

Con este proceso imitaremos a Jesús, y cumpliremos la misión de sembrar y no necesariamente cosechar. Por ello, no debemos impacientarnos por constatar los resultados favorables. La cosecha no depende de nosotros, sino de la respuesta de los otros, que deberá ser en plena libertad. Por ello, no debemos nunca imponer nuestras convicciones religiosas a los demás, sino actuar como lo hace Dios, respetando siempre la libertad de cada persona.

Así actuó el mismo Jesús, y así ha actuado siempre Dios con la humanidad. Indudablemente es consecuencia de la libertad que nos ha regalado; ya que la libertad es condición indispensable para aprender, ejercitar y vivir el auténtico amor, el amor que se expresa con plena libertad en correspondencia al ser que me ama.

Ante el desafío actual para transmitir la fe católica a las nuevas generaciones, es urgente que seamos buena tierra para dar testimonio elocuente y convincente del inmenso valor de la fe cristiana, con la que ciertamente transformaríamos nuestra sociedad en una comunidad fraterna, solidaria y justa, donde el respeto a la dignidad de todo ser humano se garantizaría. Pidámosle a nuestra Madre, María de Guadalupe, que oriente y acompañe este necesario proceso evangelizador en nuestra Patria.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien”.

 ¿A qué se debe la dificultad que Jesús afirma tienen los sabios e inteligentes, para conocer y aceptar la realidad divina, revelada en su persona y en sus enseñanzas? ¿Cuál es la ventaja que tienen los sencillos, los débiles, los pequeños, los que no cuentan a los ojos del mundo? Para responder esta doble pregunta es conveniente recordar la Bienaventuranza: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, y comprender en qué consiste la pobreza de espíritu.

El ser humano tiene la natural tendencia de desarrollar su inteligencia, sus cualidades, sus habilidades y sus capacidades; y gracias a ese desarrollo se abre camino en la vida, va encontrando el reconocimiento de los demás, y va adquiriendo la autosuficiencia. En una palabra, resuelve sus problemas y asume conciencia de su capacidad para conducir su vida.

En cuanto a su relación con Dios, a medida que crece su desarrollo humano restringirá, la mayoría de las veces sin pretenderlo, la necesidad de acudir a Dios, invocando su ayuda solamente para aquellas cosas que salen de su control; por tanto, creyendo en un Dios, a quien hay que recurrir para pedir milagros.

En este contexto costará enorme trabajo entender en qué consiste la pobreza de espíritu, ya que se corre el riesgo de imaginar a Dios, como el Ser Poderoso, distante y alejado, que deja en libertad de hacer lo que nos venga en gana, aunque al final de la vida, le daremos cuenta de nuestras acciones; lo que será motivación para guardar los mandamientos de la ley de Dios, casi siempre conforme cada uno los interprete. En este camino de distanciamiento entre la acción de Dios y nuestra vida ordinaria, quedamos expuestos a enfriar nuestro corazón y olvidar la vida espiritual, y a dejarnos llevar por las satisfacciones siempre transitorias de la vida terrena.

En la segunda lectura san Pablo recuerda nuestra condición cristiana: Hermanos: ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes. Sin la vida espiritual irremediablemente perderemos la relación de amor de hijo con Dios Padre, de hermano con Jesucristo, y de amigo con el Espíritu Santo, incluso la relación de criatura limitada y dependiente con quien me ha regalado la vida.

Experimentar en carne propia la fragilidad humana, en cualquier contexto adverso a nuestras expectativas, será una oportunidad para redescubrir nuestra vocación de ser hijos de Dios, y de vivir siempre con plena conciencia, la indispensable relación con el Dios compasivo y misericordioso, revelado por Jesucristo.

Quien descubre la presencia constante de Dios y experimenta la intervención del Espíritu Santo en su vida, comprenderá lo hermoso que es percibirse y relacionarse con Dios con la conciencia de estar ante El, pequeño, limitado, necesitado, como un niño al amparo de sus padres. Esta es la pobreza de espíritu necesaria para entrar y participar del Reino de los Cielos.

Jesús recuerda que las cargas de responsabilidad, el agobio y la fatiga, el cansancio y la tensión constante, son una señal y una oportunidad para buscarlo como Maestro de la Vida: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Aquí Jesús comparte dos cualidades de su ser, que nos ayudarán a entrar y disfrutar del Reino de Dios, ya desde esta vida terrena: La mansedumbre y la humildad de corazón.

La mansedumbre es la cualidad de proceder de manera pacífica y tranquila. Es una cualidad que brinda afabilidad y buen trato. Por tanto, facilita la relación humana grata y benévola, que propicia confianza para un diálogo sincero y franco, sin reservas ni secretos. Transmite paz y hace reposar al espíritu atribulado o angustiado ante cualquier situación de incertidumbre o de desafío estresante.

La segunda característica de Jesús, combina dos palabras que enriquecen y profundizan el significado. Humilde de corazón, es aquel que acepta su condición de servidor, y por tanto, obediente a quien le ha encomendado realice el servicio, pero no es un servidor obligado o condicionado para servir, sino un servidor que ha aceptado libre y voluntariamente realizar la misión que se le ha pedido. Jesús aceptó de corazón, bien convencido y dispuesto, la misión que le dió su Padre para Encarnarse y Redimir a la humanidad.

Cumple así la profecía de Zacarías: “Alégrate sobremanera, hija de Sión; da gritos de júbilo, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”. Así quiere Jesús que seamos sus discípulos, y desea ayudarnos para aprender a ser como él: mansos y humildes de corazón, servidores que, libremente y con plena conciencia, entreguemos nuestra vida para testimoniar el amor de Dios Padre, y entrar en la intimidad divina, bajo la conducción del Espíritu Santo, propiciando inmensa alegría a la comunidad eclesial.

Jesús no solo está bien dispuesto para acompañarnos en el aprendizaje de lograr ser mansos y humildes de corazón, sino que experimenta una enorme alegría con la respuesta generosa de sus discípulos que buscan imitarlo, y por eso exclama: Te doy gracias Padre porque así te ha parecido bien.

Reconociendo nuestras cargas y fatigas, nuestras responsabilidades y preocupaciones, y acompañados por nuestra tierna Madre, Maria de Guadalupe, pidamos a su Hijo Jesús nos ayude a ser mansos y humildes de corazón.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

JUNIO 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt. 10, 37-38).

Al escuchar estas palabras de Jesús, sin duda quedamos sorprendidos y hasta desconcertados. ¿Cómo pide Jesús que lo más preciado, por instinto natural y por designio de Dios Creador, como es el amor a los padres y a los hijos, el amor a la familia de sangre, lo dejemos de lado y demos prioridad a seguirlo? Ciertamente no nos pide que dejemos de amarlos, pero sí que debe ser Él y sus enseñanzas nuestro criterio en la toma de decisiones, en nuestra conducta, y en nuestra vida.

La respuesta es muy sencilla, hemos recibido la vida para realizar la voluntad de Dios Padre, y para descubrir esta voluntad ha quedado señalado el camino, en la vida y en las enseñanzas de Jesús, que están en la Sagrada Escritura. Pero mi vida y mis circunstancias, mi época y mis contextos históricos y culturales son tan distintos a los tiempos en que vivió Jesús, ¿cómo podré escuchar y entender a Jesús?

Ciertamente, el seguimiento como buen discípulo de Jesucristo no consiste en repetir su modo de comer, vestir, viajar, e incluso rezar. Consiste en ser oyente de la Palabra de Dios que es Jesucristo encarnado, y que escuchándolo yo descubra, lo que Dios Padre quiere de mí. Al conocer su voluntad debo aceptarla y cumplirla en todas las circunstancias, independientemente de las consecuencias, que serán unas satisfactorias y otras dolorosas, e incluso injustas. Este aprendizaje de priorizar la voluntad del Padre, implica percibir y confiar en el amor que Dios me tiene, en su presencia constante mediante el Espíritu Santo, que me fortalece ante las circunstancias adversas, incluida la misma muerte.

Jesús, inmediatamente después de pedir seguirlo, afirma: El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Es decir, quien pretenda poner de manera prioritaria sus intereses, por encima de la voluntad de Dios Padre, perderá su vida; en cambio, quien proceda como él, buscando siempre llevar a cabo la voluntad del Padre, la salvará; porque Jesús es el camino, la verdad y la vida.

Ésta es la afirmación contundente de san Pablo en la segunda lectura. “Hermanos: todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del Bautismo, hemos sido incorporados a su muerte… para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva… Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con Él”.

Esta certeza de la resurrección y participación en la vida eterna, es la convicción que sostiene nuestra fe, y la razón para seguir a Jesús y su enseñanza, de priorizar la voluntad de Dios Padre, haciéndola el faro de luz para la toma de mis decisiones en todos los campos de la vida: personal, familiar, eclesial, laboral, profesional, social, o ejerciendo cualquier tipo de autoridad.

Una clave fundamental para aprender a priorizar la voluntad de Dios Padre, es sin duda, aprender a dejarse conducir, y caminar en el misterio de no saber el resultado de mis esfuerzos; y entonces, seré testigo de la acción de Dios en los demás. Como el profeta, que ejerciendo su misión, un matrimonio le ofrece comida y hospedaje, y Eliseo los bendice, y Dios les concede un hijo, que no habían podido engendrar.

Debemos responder a la voz de Dios, que escuchamos en el texto sagrado, procurando el bien del prójimo, de mi comunidad, el bien de los demás. Así, podremos vivir la experiencia de ser conducidos por el Espíritu Santo, y entrar en el Misterio de Dios. ¿Qué significa entrar en el misterio de Dios?

Es el tránsito de la reflexión humana, que ante una injusticia no encuentra respuesta razonable, y ante el fracaso de un esfuerzo sobrehumano que no encuentra un argumento que explique lo sucedido, se encomienda a Dios mediante la oración, y Dios le regala una visión nueva, una comprensión de los hechos, que jamás imaginó, y que permite al orante, adentrarse en el modo como Dios mira y comprende las situaciones dramáticas y dolorosas, que vive el hombre y la humanidad. A esta experiencia la espiritualidad cristiana la ha llamado visión contemplativa.

Esta visión nueva me libera de la frecuente esclavitud de mi pasado que me reclama mis errores, me libera de la tensión constante ante los desafíos presentes, y me ofrece una manera siempre esperanzadora de avizorar el futuro; todo esto porque voy comprendiendo los proyectos de Dios para mí y para el mundo, voy experimentando una y otra vez, que no estoy solo, y voy descubriendo las inesperadas pruebas del amor de Dios.

Entrar en el misterio de Dios y vivir según la nueva visión que Dios me regala, se manifiesta en la constante disposición para asumir las responsabilidades en favor de mi prójimo, en favor de los más necesitados, en la generosidad de compartir los bienes recibidos de Dios, tanto materiales como espirituales, en la capacidad de brindar ayuda en el momento oportuno; pero sobretodo, en la sabiduría para dialogar y acompañar, para comprender y consolar, para transmitir paz y esperanza.

Algunos pensarán al escucharme que esto es para pocos, sin embargo, el plan de Dios, es que sea para todos sus hijos. Por ello, necesitamos dar a conocer a Jesús, y atestiguar con nuestra conducta, lo que creemos y vivimos. En esto consiste evangelizar, no es simplemente adoctrinar, sino enseñar a vivir, guiados por la luz de la fe, confiando en el Dios que me ama.

Aprendamos de María, que entró en el misterio de Dios, aceptó sus propuestas y asumió sus responsabilidades, con absoluta confianza en su amor. Pidámosle que nos cubra con maternal afecto, nos ayude a saber escuchar a su hijo Jesucristo, y nos acompañe a seguirlo.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

Qué significa reconocer y qué significa negar a Jesucristo. El contexto del pasaje explica la afirmación de Jesús teniendo en cuenta la relación de esta vida terrena con la vida eterna; es decir, quien crea y confiese su fe en Jesucristo aquí en la tierra, Jesús le garantiza que él lo hará entrar a la Casa del Padre; pero quien, habiendo recibido el anuncio de la fe no lo acepta en su tránsito por este mundo, Jesús no intercederá para que entre a la Casa del Padre y participe de la vida eterna.

¿Cómo y en qué forma podemos reconocer a Jesucristo delante de los hombres? Antes de responder a la pregunta es necesario clarificar cuál es el Dios en quien yo creo. Una cosa es creer en Dios y otra es creer en el Dios revelado por Jesucristo. El hombre por instinto está inclinado a reconocer que existe un Dios, que nos ha regalado la vida y la casa común donde vivimos: la tierra. Pero ese Dios cada uno lo va imaginando a la medida de sus necesidades, de sus relaciones, de las tradiciones en que nace y crece, y a partir de sus diversos contextos de vida.

Ese proceso natural e instintivo, lleva a conceptualizar a un Dios a mi imagen, un Dios que voy construyendo a la medida de mis necesidades, y que muchas veces finaliza en un Dios Ídolo, un Dios que no existe, un Dios que a pesar de mis súplicas no interviene, y que genera el desenlace de no creer en ese Dios que edifiqué, y no creer que exista un Dios verdadero; o bien desata la sed de búsqueda del verdadero Dios.

El conocimiento del Dios revelado por Jesucristo desencadena una experiencia distinta, sobretodo cuando asumimos los elementos necesarios para conocerlo. ¿Cuáles son estos elementos? Señalaré 4 que son esenciales. Primero, la necesidad de leer y meditar los Evangelios y conocer las enseñanzas de Jesús, realizada y celebrada en comunidad. Aquí entra la vivencia de los Sacramentos.

Segundo, debo acompañar mi meditación de la Palabra de Dios con la experiencia de formarnos y compartir la vivencia de los valores evangélicos: a partir de cómo han sido nuestras respuestas ante la injusticia, el sufrimiento, la discriminación, la pobreza económica; y cómo he descubierto la intervención de Dios en mi vida.

Tercero, debo compartir la experiencia alcanzada con mis semejantes, que encuentre en el camino de la vida. Una transmisión más de experiencia y de testimonio, que de conceptos; aunque ambos son necesarios y complementarios. Esta es la misión de la Iglesia: ser una comunidad de discípulos, que viven, siguiendo el ejemplo de Jesús.

Cuarto, los pasos anteriores debo acompañarlos con la oración, una oración que me permita presentarle a Dios mi interior, mi corazón, mis inquietudes, mis luchas, mis dificultades; con la actitud que escuchamos en el Salmo 68: A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro. Escúchame, Señor, pues eres bueno y en tu ternura vuelve a mí tus ojos. Se alegrarán, al verlo, los que sufren; quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre ni olvida al que se encuentra encadenado.

La experiencia de mi oración me llevará a descubrir la manera cómo Dios me acompaña y sostiene, dándome los dones del Espíritu Santo: Temor de Dios, Piedad, Fortaleza, Ciencia, Inteligencia, Sabiduría, y Consejo.

Con este proceso descubriremos al verdadero Dios, revelado por Jesucristo. Precisamente teniendo esta hermosa y consoladora experiencia, no porque todo salga bien, y en todo tengamos éxito y bueno frutos, que ciertamente se darán y debemos agradecer a Dios por ellos; sino porque también tendremos experiencias desgarradoras y dolorosas en la que nos identificaremos con Cristo crucificado. Sin embargo, viviéndolas así, experimentaremos la fortaleza y la paz interior, que serán el mejor signo de que hemos obrado, como Dios Padre lo quería.

El testimonio valiente y sin temor alguno del Profeta Jeremías en la primera lectura es contundente al manifestar su plena confianza en Dios, ante la infidelidad de los supuestos amigos: “Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror’. Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: ‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él’. Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso y su ignominia será eterna e inolvidable.

Una vida así llevada es sin duda la mejor respuesta a la pregunta inicial: ¿Cómo y en qué forma podemos reconocer a Jesucristo delante de los hombres? Hay que ser fieles a Dios, en todas las circunstancias de la vida, por más adversas y trágicas que sean, porque en el momento de nuestro paso de esta vida terrena Él nos reconocerá y nos conducirá a la casa del Padre, donde nos tiene preparada una morada eterna.

Una experiencia así, facilita entender mejor lo afirmado por san Pablo al final de la segunda lectura: Pues si por el pecado de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios.

Cómo cambiaría nuestra patria, si todos los católicos estuviéramos evangelizados y conociéramos a Jesucristo y al verdadero Dios que nos ha revelado; cómo mejoraría nuestra sociedad si todos los cristianos reconociéramos a Jesucristo delante de los hombres en cualquier situación de nuestra vida.

Ésta es la misión que trajo a nuestras tierras a Nuestra Madre, María de Guadalupe, y es la razón de su permanente presencia entre nosotros. Con el amor que le tenemos y la confianza que nos suscita, pongamos en sus manos nuestro compromiso de evangelizar a México, reconociendo a Jesucristo delante de los hombres.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con Él por la muerte de su Hijo, con mucho más razón, estando ya reconciliados, recibiremos la salvación, participando de la vida de su Hijo” (Rom. 5, 10).

Hoy la Palabra de Dios presenta tres temas interrelacionados. La reconciliación: “fuimos reconciliados por Dios Padre por la muerte de su Hijo”. La necesidad de contar con buenos Pastores: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. La misión de anunciar el Reino de Dios: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”.

Para que haya reconciliación el camino es el perdón, y para perdonar es necesario el amor. Nadie puede afirmar que ama cuando no ha experimentado el perdón. Por eso, afirma San Pablo de manera contundente: “la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”. Este es el punto de partida, reconocer y agradecer a Dios su amor, sabiendo que Él me perdona porque me ama.

¿Cómo promover el proceso del perdón para llegar a la reconciliación? Debemos primero distinguir la diferencia entre el resentimiento y el perdón. El resentimiento es generado por una injusticia, por una infidelidad, por un homicidio de un ser querido, por una traición; ante ese acontecimiento inesperado y traumatizante surgen los sentimientos de dolor y de impotencia, de odio y de venganza. Por tanto, el resentimiento se mueve en el campo de la emotividad que ha sido herida, y es muy justificable el rechazo a la persona que provocó el hecho doloroso.

En cambio, el perdón se mueve en el campo de la voluntad, es una decisión racional y espiritual, que asumo, superando mis heridas y mi dolor por lo acontecido, motivado por los valores de la fe, y especialmente por el ejemplo de Jesucristo. Lo cual no quita que mis heridas estén presentes, y que serán sanadas no simplemente por el pasar del tiempo, sino serán más rápidamente curadas por el efecto de perdonar, lo cual me llevará a crecer en mi capacidad de amar, como Dios nos ama.

Cuántos matrimonios se mantendrían fieles y en armonía, si aprendieran a comprenderse, aceptando que no somos perfectos, y que nos equivocamos, aceptando que somos culpables sin tratar de defender a toda costa mis errores con mentiras y falsos testimonios.

Cuántas situaciones de conflicto, drama y dolor injustificado se resolverían si promovemos este proceso. Gracias al perdón y la reconciliación se superarían la rivalidad, el odio, el rencor, o el deseo de venganza. Cuántos ambientes laborales y sociales mejorarían las relaciones humanas y las personas serían más eficaces y solidarias.

Cuántos homicidios se evitarían, si a los delincuentes recluidos se les ofreciera la posibilidad de un acompañamiento de desarrollo humano-espiritual, que los condujera a la recuperación de su propia dignidad; porque solo así reconocerán y respetarán la dignidad de los demás.

Ante tal situación se hace indispensable promover procesos que fortalezcan el tejido social. La fe cristiana y las religiones en general, tenemos la misión de anunciar el Reino de Dios, que consiste en acompañar los procesos de desarrollo humano espiritual, en particular este proceso de educar en la capacidad de perdonar y lograr la reconciliación, para alcanzar la paz social, que tanto anhelamos.

Los Obispos de México en el año 2010, en el documento Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga Vida Digna (No.104), sobre la necesidad de fortalecer el tejido social, afirmábamos: La fragmentación social, la frágil cohesión social, el individualismo y la apatía han introducido en distintos ambientes de la convivencia social la ausencia de normas, que tolera que cualquier persona haga lo que le venga en gana, con la certeza de que nadie dirá nada.

Para la promoción del perdón y de la reconciliación es indispensable ser ayudados, y para eso algunos hemos sido llamados al ministerio sacerdotal, es parte importante de la actividad de un buen pastor, que conozca a su comunidad y sepa conducirla.

La responsabilidad de un Buen Pastor, es ayudar a quien se encuentra abatido, desamparado, o agotado, como lo expresa “Jesús al contemplar las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas”. Jesús es consciente de la necesidad de auxiliar a la multitud de personas agobiadas, y por eso recomienda: “Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. No dejemos de orar por las vocaciones sacerdotales, el Papa Francisco nos ha convocado del 4 al 19 de este mes, a una jornada de oración por los sacerdotes. La misión de anunciar el Reino de Dios presente entre nosotros, culmina el proceso iniciado con la experiencia del perdón y reconciliación, acompañado de un buen pastor.

La misión de proclamar el Reino de Dios es más eficaz cuando va acompañada de testimonios de familias y comunidades cristianas, que confirman con su vida, que es factible la reconciliación en todas las dimensiones de la vida social.

Ante los grandes desafíos que afrontamos de la inseguridad y violencia, confiemos en la fe recibida por Jesucristo, quien con su vida nos manifestó a un Dios Padre, que nos ama entrañablemente, crezcamos en la virtud de la esperanza, y vivamos la caridad, que no es otra cosa que corresponder con la asistencia del Espíritu Santo al amor infinito y eterno de Dios Trinidad.

Nuestra Madre, María de Guadalupe así lo vivió, y tiene toda la disposición de ayudarnos a vivirlo también nosotros, para eso vino a nuestras tierras, ella desea un pueblo reconciliado, unido y en paz, por eso, se ha quedado entre nosotros, dejándonos su hermosa y tierna imagen en la tilma de San Juan Diego, prolongando el amor y la misericordia de Dios Padre. Encomendémosle nuestras preocupaciones.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él” (Jn 3,16).

La encarnación del Hijo de Dios y su misión de redimir a la humanidad ante sus constantes extravíos es la mayor muestra del amor de Dios por nosotros. Él nos ha creado para ser sus hijos, y no simplemente sus creaturas. Y nos quiere como hijos para compartir la vida divina, para compartir su vida eternamente; es decir la plenitud del amor, porque Dios, Trinidad de personas, comunidad de personas, son un solo Dios verdadero, y son uno porque su naturaleza es el amor.

Por ello, su amor por nosotros sus hijos espera correspondencia de nuestra parte, para lo cual era indispensable, garantizarnos de antemano su inmenso amor, dándonos la mejor ayuda, mediante el envío de su Hijo único, con la explícita misión de manifestarnos el camino para aprender el verdadero y auténtico amor; por eso Jesús se definió como el camino, la verdad y la vida.

Sin embargo, aún manifestado el camino, el ser humano debe recorrerlo, ejerciendo su libertad, decidiendo por sí mismo, y replanteándose una y otra vez sus decisiones a lo largo de la vida ante los constantes cambios y los diversos encuentros interpersonales y de grupos. La libertad no es simplemente tener la capacidad de decidir, sino la responsabilidad de elegir el bien.

Pero sucede que no siempre estamos de acuerdo en identificar el bien para el prójimo, y esto es lo que produce el conflicto. Y si yo soy un líder social, empresarial, o una autoridad constituida en cualquier nivel, mi responsabilidad es mayor, pues debo elegir lo que redunde en bien de mis subordinados.

Por tanto, el discernimiento es fundamental para todo fiel cristiano, aprenderlo y practicarlo, y tener claro que el objetivo del discernimiento es el bien común. Es decir, debemos clarificar el bien que Dios Padre quiere que haga, y que mi decisión beneficie no solamente a mi persona o mi familia, sino también a quienes afecte mi decisión.

Aquí necesitamos la oración, porque Dios Padre, nos ama entrañablemente y cuando acudimos a Él para pedirle oriente mi discernimiento, sin duda clarificaremos con su ayuda la mejor decisión, y el beneficio será mayor al que hubiéramos imaginado, porque Dios Padre siempre nos sorprende cuando somos fieles a su voluntad.

En la segunda lectura San Pablo afirma: Hermanos: estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes (2Cor. 13, 11).

La alegría, el constante desarrollo humano espiritual, el buen ánimo y la vida armoniosa, la paz aún ante las pruebas y dificultades, son características del discípulo de Cristo y de la comunidad cristiana en su conjunto. Éste testimonio de vida es el más elocuente y convincente que podemos ofrecer como Iglesia, como familia, como sociedad.

La fe en Dios Trinidad es el faro de luz que ilumina el camino de nuestro tránsito por esta vida terrena. Lamentablemente mi percepción es que hemos perdido, en muchos sectores de católicos, la capacidad de transmitir la fe mediante el testimonio, a las nuevas generaciones; y la doctrina por más valiosa que sea, sin el ejemplo de quien la viva, no convence, no arrastra.

Se multiplican los casos de jóvenes que viven en la ambigüedad y confusión de los auténticos valores y, por tanto, la ética de los medios utilizados para conseguir sus fines no importa. Quedan expuestos a caminar en la mentira y la deshonestidad, considerando que todo es permitido, si tú lo deseas y decides. Es trágico y de nuestra parte una gran irresponsabilidad, si dejamos a las nuevas generaciones sin la herencia más importante para la vida: la fe en Dios Trinidad, que nos ama entrañablemente.

Debemos advertir que la ayuda de una generación a la siguiente es de vital importancia. Es la verdadera y más importante tarea, la educación cristiana de los hijos. Transmitir no solamente la doctrina, sino el modelo de vida que exprese los valores de las enseñanzas de Jesucristo.

Sin embargo, siempre es oportuno retomar el camino, animados por el inmenso y misericordioso amor que Dios Padre nos tiene. Además, tenemos el amor y la ternura de María de Guadalupe, nuestra querida Madre. A ella, pidámosle nos acompañe en un nuevo intento de ser testigos creíbles para anunciar la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo.

ORACIÓN 

 Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

MAYO 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse. En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma” (Hech. 2, 1-6).

A propósito del sorprendente acontecimiento que sucedió el día de Pentecostés, es conveniente recordar el pedagógico refrán que dice: Cuando una persona señala con el dedo una estrella en el cielo, el necio se queda mirando el dedo, y el sabio mira la estrella. Así, ante el milagro de los extranjeros, de cada uno entender en su propio idioma a los apóstoles, no podemos quedarnos admirando el milagro, sino a Dios, que lo ha realizado, y especialmente descubrir, qué ha querido Dios comunicarnos.

Veamos los elementos y su interpretación: Reunidos en un mismo lugar, es decir necesitamos reunirnos y encontrarnos, eso es la iglesia viva. Ruido y viento fuerte significan la necesidad del anuncio, y no quedarnos con la información de lo que ofrece Dios a sus hijos, sino transmitirlo y proclamarlo hasta los últimos rincones de la tierra. Lenguas de fuego, que se distribuyeron y posaron sobre ellos, es decir, recibir y escuchar al Espíritu Santo, discerniendo las inquietudes de nuestro interior, de nuestro corazón, confiando en realizarlas, y así, propiciar que arda nuestro corazón, como pasó con los discípulos de Emaús. Finalmente, lo referente al idioma que todos entendían significa que el lenguaje que toda la humanidad comprende es el lenguaje del amor, porque Dios, Creador del ser humano, es amor.

Lo anterior no quita la compleja realidad para ponerse de acuerdo, que constatamos por doquier. Las informaciones y experiencias vividas influyen considerablemente en nuestra percepción y consideración sobre las situaciones y sobre las personas, lo que dificulta ponerse de acuerdo y coincidir en el comportamiento. La relación humana entra siempre en conflicto, y se agudiza al confrontar nuestra manera de ver las cosas, de visualizar el futuro personal y social.

Bien sabemos lo difícil que es alcanzar la comunión, incluso en la familia y en los demás círculos habituales de relación humana, pues hemos sido creados en y para la libertad, y sin ella no se puede aprender y vivir el amor; sin embargo, el reto es lograr la comunión, la unidad, porque en esto consiste la vida de Dios, a la que hemos sido llamados para compartirla eternamente.

El inmenso regalo del Espíritu Santo, no nos priva la libertad, pero exige practicar el perdón. En el Evangelio de hoy Jesús dijo a sus apóstoles: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn. 20, 22-23). Así, el discípulo de Cristo, bajo la guía del Espíritu Santo, encontrará la sabiduría en el proceder, la fortaleza en la adversidad, la disposición a recomenzar, la voluntad de perdonar y ser perdonado. Por ello, es indispensable no solo el diálogo honesto, sincero y abierto, sino también el reconocimiento de nuestros errores y la capacidad de perdonarnos a nosotros mismos y de perdonar a los demás.

El Sacramento de la Reconciliación, o de la Confesión como solemos llamarlo, no es simplemente un desahogo de nuestros errores y pecados, es sobre todo la oportunidad de recibir de nuevo el Espíritu Santo, para reiniciar con su ayuda el camino de la libertad y del amor. Es éste, el camino que nos conduce a la comunión y a la unidad, tantas veces fracturada, por nuestra conducta desviada.

San Pablo en la segunda lectura afirma: “Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu” (1Cor. 12, 13). Esta afirmación expresa nuestra vocación a ser conducidos por el Espíritu Santo; y para constatar que, en efecto, lo vamos logrando, la mejor manera de verificarlo, es observar si con nuestras decisiones y acciones hemos colaborado a la comunión en los diferentes ambientes, y especialmente a la comunión eclesial; ya que la unidad es el fruto, que confirma haber sido guiados por el Espíritu Santo.

Ésta es la alegría de la Iglesia al celebrar la fiesta de Pentecostés, es la ocasión para renovar nuestra gratitud a Dios Padre, que nos ama inmensamente, y que nos regala, una y otra vez, y cuantas veces sea necesario, la ayuda eficaz del Espíritu Santo para rehacer nuestra vida, tanto en lo personal como en lo social. Con esta confianza renovemos nuestro propósito de ser promotores y protagonistas de un mundo fraterno y solidario.

María estuvo en Pentecostés, participando del nacimiento de la Iglesia, pidámosle, aprender como ella, a dejarnos conducir por el Espíritu Santo y proclamar las maravillas, que Dios, Nuestro Padre, realice a través de nuestras débiles fuerzas.

El Papa Francisco en el quinto aniversario de la Encíclica Laudato Si’ nos ha enviado esta oración, que ahora ante Nuestra Madre, María de Guadalupe, le dirigimos a Dios y Padre nuestro:

Dios Padre, Creador del universo. Tú nos creaste a tu imagen y nos hiciste custodios de toda tu creación.

Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad, en esperanza y fraternidad, para que experimentemos una verdadera conversión del corazón.

Ayúdanos a mostrar solidaridad creativa para enfrentar las consecuencias de esta pandemia mundial. Haznos valientes para abrazar los cambios dirigidos a la búsqueda del bien común.

Ahora más que nunca, que podemos sentir que todos estamos interconectados e interdependientes.

Has de tal modo que logremos escuchar y responder al grito de la tierra y al grito de los pobres.

Que puedan ser los sufrimientos actuales los dolores de parto de un mundo más fraternal y sostenible.

Bajo la amorosa y tierna mirada de nuestra madre, María de Guadalupe, te hacemos esta oración por Cristo, Nuestro Señor. Amén

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra” (Hch. 1, 8).

 

Nuestro mundo necesita la fuerza de los testigos para creer que Jesucristo está vivo y que sus enseñanzas son el camino de la realización de los sueños y proyectos humanos que buscan la vida digna de la humanidad.

El testigo no solamente debe ser de oídas, que ya es un buen primer paso. Es decir, conocer las enseñanzas de Jesús. El testigo debe ser alguien, que en carne propia, ha experimentado la presencia de Jesucristo. Evidente que esta presencia no es física, sino espiritual, pero real.

Para ser testigo presencial es indispensable recibir el Espíritu Santo, y poner en práctica las enseñanzas de Jesús tanto las doctrinales, como las existenciales. Y hay que reconocer, con plena claridad, que todas estas enseñanzas deben ser entendidas y comprendidas desde la Cruz gloriosa de Cristo.

Es decir, el camino del discípulo de Cristo no es un camino de éxito en todos sus proyectos y planes, sino un camino con dificultades y con sorpresas inesperadas, pero siempre conducen al camino de la vida, al encuentro de la verdad, de la libertad y de la justicia. Por eso, San Pablo expresa hoy en la segunda lectura: Hermanos: pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, que les conceda espíritu de sabiduría y de reflexión para conocerlo (Ef. 1,17).

A este propósito es conveniente recordar la parábola de los talentos (Mt. 25, 24-30), ahí Jesús explica que lo importante no es guardar y enterrar mis capacidades y habilidades, sino ponerlas en práctica, y una vez desarrolladas, ponerlas de nuevo en manos de Dios, nuestro Padre.

Por tanto, debemos actuar en coherencia con las enseñanzas de Jesús, y los frutos que logremos, compartirlos con mi prójimo, con mi comunidad, con la iglesia, con la sociedad. No puedo ni debo guardarlos como un tesoro para mí.

Mi experiencia de mi caminar como discípulo debo compartirla con los demás, debo transmitirla siempre, como pide Jesús en el Evangelio de hoy: Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado (Mt. 28, 19-20).

Los discípulos de Cristo son discípulos misioneros, la Iglesia es una Iglesia en salida, como pide insistentemente el Papa Francisco. Además, Jesús, que ascendió a los cielos y está en la casa del Padre, garantiza su presencia para acompañarnos en todo momento hasta el final de los tiempos: sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo (Mt. 28, 20).

Con esta confianza debemos afrontar las adversidades y las situaciones dramáticas por más duras que sean; y también agradecer los momentos de gozo por la buena respuesta de los compañeros, que responden generosamente a la invitación de vivir como discípulos de Cristo.

Esta experiencia personal y comunitaria enriquece la celebración de la Eucaristía. Porque habiendo desarrollado nuestra experiencia discipular, llegaremos siempre al encuentro eucarístico dominical con necesidades y con satisfacciones, con ofrendas existenciales para ponerlas en la mesa del altar, y experimentaremos que ambas ofrendas serán asumidas por Jesús, y presentadas al Padre; y al tiempo, muchas veces cuando menos lo esperamos, por medio del Espíritu Santo recibiremos las respuestas y recompensas de nuestros esfuerzos y trabajos por la comunidad.

Viviendo este proceso de vida discipular, comprenderemos lo expresado por San Pablo en la segunda lectura: Le pido a Dios, que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuan gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en Él, por la eficacia de su fuerza poderosa (Ef 1, 18-19).

Cuando la Iglesia en el transcurso de los siglos ha logrado poner en práctica las enseñanzas de Jesús, en la forma que las hemos recordado, han sido las ocasiones en que logra transformar el estilo de vida de la sociedad en una cultura fraterna y solidaria, fundamentada en el respeto a la dignidad de toda persona humana, dando testimonio de que es posible, y es un gran don, alcanzar vida digna para todos sus miembros.

Ante el comentario que circula en los medios y redes sociales, que después de la pandemia no será la vida igual que antes, los invito a plantearnos, ¿cuál será nuestra respuesta como discípulos de Cristo, qué espera Nuestro Maestro Jesucristo, el Señor, de nosotros? Pidamos ayuda a Nuestra Madre, María de Guadalupe para que encontremos la respuesta, y la llevemos a la práctica con la fuerza del Espíritu Santo.

El Papa Francisco en el quinto aniversario de la Encíclica Laudato Si’ nos ha enviado esta oración, que ahora ante Nuestra Madre, María de Guadalupe, le dirigimos a Dios y Padre nuestro:

 

Dios Padre, Creador del universo. Tu nos creaste a tu imagen y nos hiciste custodios de toda tu creación.

Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad, en esperanza y fraternidad, para que experimentemos una verdadera conversión del corazón.

Ayúdanos a mostrar solidaridad creativa para enfrentar las consecuencias de esta pandemia mundial. Haznos valientes para abrazar los cambios dirigidos a la búsqueda del bien común.

Ahora más que nunca, que podemos sentir que todos estamos interconectados e interdependientes.

Has de tal modo que logremos escuchar y responder al grito de la tierra y al grito de los pobres.

Que puedan ser los sufrimientos actuales los dolores de parto de un mundo más fraternal y sostenible.

Bajo la amorosa y tierna mirada de nuestra madre, María de Guadalupe, te hacemos esta oración por Cristo, Nuestro Señor. Amén

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán.” (Jn. 14, 19).

El mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán. Esta afirmación Jesús la dirige a sus discípulos; por tanto, se refiere a nosotros, que creemos en Jesucristo, estamos bautizados en su nombre y nos profesamos católicos. Por eso es conveniente preguntarnos: ¿Percibo en mi vida, en mis relaciones, la presencia de Jesús? Si nuestra respuesta es sí, felicidades. ¡Bendito sea Dios! Porque estás manifestando la presencia de Dios en el mundo de hoy. Pero si la respuesta es no, es indispensable revisar la manera como vivo mi fe, la forma como entiendo ser discípulo y revisar si busco, escucho y atiendo las enseñanzas de mi Maestro Jesús.

Jesús anuncia a sus discípulos que en su ausencia tendrán alguien que los acompañará permanentemente para guiarlos y ayudarlos a vivir la comunión, como discípulos de Cristo: yo rogaré al Padre y Él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad… No los dejaré desamparados. (Jn.14, 16-18). Así acompañados por el Espíritu, cuando el mundo ya no podrá ver a Jesús, los discípulos lo podrán encontrar y no solamente a él, sino estarán en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

¿Cómo podemos establecer la relación con el Espíritu de Verdad, con el Espíritu Santo que nos ha sido dado en los Sacramentos del Bautismo y la Confirmación? Necesitamos desarrollar un proceso en dos dimensiones: una personal y otra comunitaria o eclesial. Ambas son indispensables, se enriquecen recíprocamente y se complementan.

Para la dimensión personal, debo primero, tomar conciencia de las inquietudes que surgen en mi interior, especialmente cuando leo y medito la Palabra de Dios, especialmente los Evangelios, o las enseñanzas de la Iglesia, o la vida de los Santos, o las reacciones que experimento ante las distintas realidades que me toca afrontar. Segundo paso debo clarificar cuales son para bien mío y para bien de los que me rodean, e identificar cuáles me dañan o me conducen a generar un daño a mí o a los demás. Tercer paso compartir con alguien que me conozca y pueda ayudarme a clarificar mis dudas y la toma de decisiones. Todo este proceso debo vivirlo en ambiente de oración, es decir, reconociendo que Dios me ve y conoce mi interior, y por eso solicito la ayuda del Espíritu Santo. Finalmente debo valorar el resultado de mis decisiones, de mis acciones, y descubrir cómo han incidido para bien tanto en mi persona como en los demás.
La respuesta personal debe implicar la aceptación de ser conducido por el Espíritu Santo en comunidad: Jesús afirma, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho (Jn 14, 26).
La dimensión eclesial de mi proceso consiste en compartir con una comunidad de discípulos de Cristo, sea en mi familia, en mi Parroquia, en algún apostolado, en círculo de amigos, o en cualquier grupo de creyentes que estemos en relación o en comunión con la Iglesia. Esto evitará equivocarme en el discernimiento y caer en el peligro de ideologizar la misma doctrina del Evangelio; así evitaré convertirme en un radical defensor de la doctrina, que deja de lado la caridad y olvida que Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo (Jn 3, 18).

El desarrollo espiritual, acompañado de mi comunidad eclesial me llevará a una experiencia maravillosa, al descubrir que son más los beneficios que recibo, de los que yo esperaba; otras veces percibiré el crecimiento de mi fortaleza para afrontar las adversidades, e iré creciendo en paciencia y comprensión ante las situaciones equivocadas del prójimo, y a la par, experimentaré una estable paz interior, fruto de la acción del Espíritu Santo en mi persona.

De esta manera podremos hacer realidad la recomendación del Apóstol Pedro que hemos escuchado en la segunda lectura: Hermanos: veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta cristiana de ustedes, pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal (1Pe 3, 15-17).

Así desarrollaré mi experiencia de la presencia de Dios en mi vida. Y casi sin advertirlo, me convertiré en un discípulo más, en quien se cumplirá la afirmación de Jesús: El mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán.

Renazcamos de esta pandemia con la alegría de descubrir la presencia de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo en nuestro mundo actual, y emprendamos nuestra misión como Iglesia creyente para renovar nuestra sociedad y demos testimonio intenso y convincente de los valores fundamentales de la fe cristiana: La verdad, la libertad, y la justicia.
Los invito para que estas dos últimas semanas del Tiempo Pascual, nos preparamos a la gran solemnidad de Pentecostés, y celebremos el domingo 31 de mayo, con firme decisión y gran esperanza, la venida del Espíritu Santo para renovar nuestros corazones.

En Pentecostés culminó el nacimiento de la Iglesia, comunidad de discípulos de Cristo, ahí estaban los doce apóstoles acompañados por María, nuestra Madre. Pidámosle a ella, que nos prepare a vivir este tiempo hacia Pentecostés, desarrollando nuestro camino espiritual para percibir la presencia de Dios en medio de nosotros.

En este mes de mayo, dedicado a la Virgen María, el Papa Francisco nos ha enviado esta oración que ahora le dirigimos a Nuestra Madre, María de Guadalupe:
Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.
Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.
Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad.
Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones… voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya… volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, ).

Parece que los discípulos empiezan a entender y a considerar que Jesús habla claramente, hay una mansión que es de su Padre, y en ella, pueden caber todos ellos. Se acabará ya la etapa de caminar a la ventura, buscando cuevas, refugios para pasar la noche, o en el mejor de los casos llegar a casa de amigos.

¿Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Astutamente Tomás considera indispensable ubicar dónde está la casa, para buscar la mejor ruta. Felipe por su parte, considera que bastaría conocer al Padre de Jesús, por eso le dice: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces?

Jesús los sorprende diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino es por mí. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¡Qué paradoja! El camino desconocido lo tienen a la vista, ante sus ojos, y no se dan cuenta.

Los discípulos comienzan a plantear sus inquietudes, y con ellas, revelan su visión miope de la realidad, no alcanzan a vislumbrar la trascendencia, ni la relación de esta vida con la otra.

Solamente la muerte en cruz y la resurrección de entre los muertos les abrirá la mente y el corazón para entender lo que ahora no comprenden: Esta vida es camino para la eternidad.

Esta relación es fundamental para encontrar el sentido de la vida terrena. Su importancia y su razón de ser, se la da la trascendencia. La vocación a la eternidad está en lo íntimo de nuestro ser, pues nadie quiere morir. Esta convicción es fundamental: la vida no termina con la muerte, genera la esperanza para afrontar con valentía las afrentas, las injusticias, el sufrimiento, y cualquier adversidad; porque Jesucristo nos ha preparado un lugar en la casa de Dios, Nuestro Padre, en la que hay muchas moradas.

Lamentablemente cuando no se descubre esta vida en relación con la vida eterna, el ser humano busca la felicidad pero no la encuentra, ni en el dinero, ni en el poder, ni en el placer; siempre aparece el deseo de algo más que no ha descubierto, una ansiedad que crece y que trata de satisfacerla, para lo cual se deja conducir por los instintos, las pasiones y tendencias corporales; pero siempre se queda peor que antes y se origina la adicción.

Este dinamismo genera en la sociedad el estilo creciente de una vida superficial, estresante, cuyo derrotero está llevando a muchos a vivir un individualismo egoísta y estéril, que perjudica a él mismo y a quienes entran en relación con él.

Por eso es necesario preguntarnos, ¿descubro la importancia de la trascendencia para entender la vida presente? ¿Soy consciente que para descubrir la relación de esta vida con la eternidad es indispensable conocer, meditar y compartir la lectura de los Evangelios para conocer y seguir a Jesús?

Hoy celebramos en nuestra patria a la mujer madre, la que nos dio a luz. Me permito agradecer la tarea tan importante que realizan al transmitir la fe a sus hijos en la importante etapa de la infancia. Ahí es cuando se siembra la conciencia de nuestro destino a la eternidad. Ustedes son las primeras evangelizadoras de las nuevas generaciones. ¡Dios las bendiga siempre!

Por nuestra parte los Obispos, Presbíteros, Catequistas y demás agentes de pastoral prolongamos el acompañamiento espiritual de los fieles cristianos; por eso debemos orar siempre para que surjan vocaciones laicales al servicio pastoral, y especialmente al Sacerdocio Ministerial, pidiendo que permanezcan fieles a su ministerio.

A este respecto entenderemos mejor lo que hemos escuchado en la primera lectura sobre la decisión que toman los Doce Apóstoles en los inicios de la primitiva comunidad cristiana: “…como aumentaba mucho el número de los discípulos, hubo ciertas quejas …, de que no se atendía bien a las viudas en el servicio de caridad de todos los días. Los Doce convocaron entonces a la multitud de los discípulos y les dijeron: “No es justo que, dejando el ministerio de la Palabra de Dios, nos dediquemos a administrar los bienes. Escojan entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encargaremos este servicio. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra”.

Este fue el inicio de los actuales Diáconos permanentes casados, dedicados al servicio de la administración de los bienes y de la caridad, que permitió a los Obispos y Presbíteros dedicarse a tiempo pleno a la formación y al acompañamiento espiritual y pastoral de los miembros laicos de la Iglesia.

Si llevamos a cabo nuestra tarea ministerial contaremos con discípulos fieles de Cristo, quienes con sus distintas presencias promuevan y den testimonio de una experiencia convincente, al manifestar la alegría y la esperanza de orientar su vida con plena coherencia de nuestro destino a la eternidad.

Con fieles cristianos organizados socialmente para dar testimonio de los valores que proclamó Jesús: actuar conforme a la verdad, con respeto a la libertad, y acorde a la justicia, ciertamente seremos testigos de la promesa de Jesús que escuchamos al final del Evangelio: “Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

En este mes de mayo, dedicado a la Virgen María, el Papa Francisco nos ha enviado esta oración que ahora le dirigimos a Nuestra Madre, María de Guadalupe:

Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad.

Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El ladrón no viene más que para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10).

La misión de Jesús es ofrecer vida y vida en abundancia. Para ilustrar su misión Jesús utiliza la imagen del Buen Pastor que sabe cuidar a sus ovejas. Y, ¿quién es un buen pastor? El que conoce a cada una por su nombre, con sus cualidades y características.

El que durante el día recorre el camino de la vida, junto con sus ovejas, para afrontar los peligros y superarlos, para llegar al lugar elegido, sin correr riesgos innecesarios. Este proceso no es simplemente de experiencia individual sino grupal, y comunitaria.

El que durante la noche resguarda en lugar seguro a las ovejas. El Pastor cuida la puerta para dejar entrar solamente a sus ovejas. Así describe la intimidad de las ovejas como pertenecientes a un solo rebaño, reconocidas por su Pastor.

En la interpretación de esta simbología debemos entender que el día representa los momentos en que tenemos claridad de nuestros objetivos y estamos felices de hacer lo que hacemos. En cambio la noche es cuando perdemos el sentido de lo que hacemos, cuando la rutina se ha impuesto como hábito, y no la descubrimos como vocación y misión encomendada por quien nos ama y acompaña.

Durante el día, aunque haya luz en el camino, es indispensable recorrerlo acompañado y guiado para compartir los gozos, los proyectos y los sueños. Es la hermosa experiencia de sentirse comunidad, de conocerse entre sí, de ayudarse solidariamente en el recorrido.

En la noche de la vida es más indispensable la compañía del Pastor y de la comunidad. De ahí que haya que evitar el aislamiento y la soledad buscada como evasión de los demás. La noche es momento de compartir la intimidad espiritual con la mirada puesta en el nuevo amanecer, que suscita la esperanza.

Hay tantos cristianos que se alejan cuando más necesitan del compartir en la escucha y en la puesta común de lo acaecido.

Jesucristo es el Buen Pastor, ¿pero quiénes ejercemos el oficio en su nombre para bien de los hermanos? Inmediatamente pensamos en los Sacerdotes y Obispos, y ciertamente, para eso hemos sido llamados, para orientar el desarrollo humano y espiritual de la comunidad cristiana al estilo de Jesucristo. ¿Pero solo nosotros somos pastores?

¿Quién es mi pastor en la vida diaria? El ejercicio de Buen Pastor inicia en la familia; papá y mamá son los primeros pastores que acompañan a sus hijos en el camino de la vida, y a falta de ellos, los sustituyen los hermanos mayores u otros familiares cercanos. Luego vienen los maestros, los profesionales desde sus propias competencias, los empresarios para acompañar a sus empleados, los líderes sociales y políticos para promover el bien común.

Por eso es muy importante, descubrir nuestra vocación común como bautizados a ser buenos pastores, desde nuestra propia misión. Reconocer la Vocación Laical tan importante como la vocación a la Vida Consagrada o a la Vida Presbiteral. Todos necesitamos a alguien que nos guíe, y luego, aprender para dar la mano a quien lo necesite.

El Papa Francisco ha convocado, en este IV Domingo de Pascua, la LVII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, y ha enviado un mensaje. Ahí afirma:

Lo que a menudo nos impide caminar, crecer, escoger el camino que el Señor nos señala son los fantasmas que se agitan en nuestro corazón. Cuando estamos llamados a dejar nuestra orilla segura y abrazar un estado de vida —como el matrimonio, el orden sacerdotal, la vida consagrada—, la primera reacción la representa frecuentemente el “fantasma de la incredulidad”: No es posible que esta vocación sea para mí; ¿será realmente el camino acertado? ¿El Señor me pide esto justo a mí?

La motivación de este ejercicio de acompañamiento y conducción existencial que se inicia en la familia debe ser animado y orientado por toda la Iglesia con la espiritualidad de la comunión, bajo la guía de los Obispos y Sacerdotes, para ir abriendo en los distintos niveles sociales la indispensable relación de la comunidad humana para que camine hacia la fraternidad y la solidaridad, la justicia y la paz.

Este es el camino para superar la cultura de la muerte, del odio y la venganza, del descarte y la exclusión, de la discriminación y de la marginación. Para que desde nuestras distintas situaciones vayamos construyendo las redes sociales necesarias para encontrarnos como hermanos de una gran familia, la familia guadalupana, la familia cristiana, la familia parroquial y diocesana, la familia de Dios Padre, Creador del Género Humano y de nuestra Casa Común.

Hoy, y estas siguientes semanas hacia Pentecostés, que al parecer seguiremos en el confinamiento, promovamos en las familias y círculos de amistad, la oración pidiendo al Señor Jesús, Buen Pastor, nos envíe el Espíritu Santo, para que haga surgir abundantemente las vocaciones, que necesita con urgencia nuestra sociedad, y podamos ofrecer vida y vida en abundancia.

En este mes de mayo, dedicado a la Virgen María, el Papa Francisco nos ha enviado esta oración que ahora le dirigimos a Nuestra Madre, María de Guadalupe:

Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad. Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

ABRIL 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“El mismo día de la Resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús… y comentaban todo lo que había sucedido” (Lc 24,13).

Esta hermosa y densa página del Evangelio de San Lucas presenta las características de la pedagogía de Jesús, como Buen Pastor. El confinamiento actual es tiempo oportuno para aprender y practicar esta pedagogía.

Aquel mismo día es la referencia inicial que ubica el relato en el domingo de la Resurrección. Jesús había resucitado, y en ese mismo día, dos de sus discípulos no dan crédito a las primeras informaciones del acontecimiento y deciden abandonar la comunidad de los apóstoles y dejan Jerusalén.

El mismo día que llega el culmen glorioso de la Misión de Jesús, inicia la deserción de sus discípulos. La paradoja de la contrastada realidad es producida por la incredulidad ante una noticia sorprendente e increíble: Jesús está vivo.

Cleofás y su compañero consideraron, que era mejor reponerse de la amarga pesadilla que les causó haber visto la crucifixión y muerte de su querido maestro, y decidieron alejarse de la nostalgia y el pesado ambiente que invadía al grupo apostólico, quienes seguramente no dejaban de lamentarse por lo sucedido, de reprocharse su cobarde actitud, y de darle una y otra vez vuelta al mismo asunto. Ante esto lo mejor era romper, regresar a su pueblo y retomar sus actividades, aceptar que, todo por hermoso y bello que hubiera parecido, había ya terminado.

Ante la realidad siempre habrá reacciones distintas y contrastadas. ¿Qué hace Jesús? Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, va al encuentro de sus discípulos, que están desertando. ¿Qué pedagogía utiliza? Presencia, silencio, escucha y diálogo son las características pedagógicas del acompañamiento.

En primer lugar hay que notar la dirección del camino, los dos discípulos están abandonando Jerusalén, ya que han considerado que no tiene sentido seguir escondidos y arriesgando la vida en Jerusalén, van de regreso a casa, dan por terminada la experiencia de pertenecer al grupo. Jesús se puso a caminar con ellos, a pesar que van en sentido contrario del que pretende Jesús.

Preguntémonos cuántas veces no hemos sido capaces de dar unos pasos en otras direcciones que consideramos fuera del objetivo, cuántas veces nos ha parecido pérdida de tiempo y algo inapropiado escuchar al otro, que según nosotros anda extraviado y ha tomado decisiones incorrectas. Cuántas veces no hemos concedido al otro plantear sus puntos de vista y escucharlo, a pesar que yo considere que está equivocado en las decisiones tomadas. La convicción de estar en la verdad a muchos puede cegarlos y hacerles insensibles ante las necesidades del otro.

Jesús con gran humildad y sencillez se puso a caminar con ellos, primero va en silencio, pasa inadvertido, luego pregunta para escuchar lo que llevan en el corazón, para saber de sus propios labios las causas de la deserción y frustración.

Una vez enterado de los sentimientos y pensamiento de los dos discípulos, Jesús entra en un diálogo fecundo y provechoso, dándoles elementos para calentarles el corazón.

Este peregrino ha resultado fascinante, se pone en el lugar del otro, comprende y explica, sin regañar, ni autoproclamándose dueño de la verdad. Acepta su invitación para quedarse con ellos, y ahí lo reconocen, pero Jesús desaparece, sugiriendo con ello la necesidad de volver a Jerusalén y compartir lo que han vivido.

“Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “Es verdad, ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 23, 35).

Jesús sin pedirlo logra el regreso a la comunidad de los dos desertores, que se reintegran con el testimonio alegre y convincente de continuar en la comunidad y dar la vida por la causa del Evangelio.

¿Cómo reaccionamos ante el distanciamiento de tantos católicos de vivir acorde a la fe? ¿Practicamos la Pedagogía de Jesús para acompañar a los alejados? ¿Somos una Iglesia en Salida? ¿Proclamamos la misericordia, ofrecemos la Palabra de Dios, y no tanto las interpretaciones nuestras, muchas veces moralizantes y rigoristas, donde interesa más la práctica por el cumplimiento de las normas, que la respuesta en libertad para corresponder al amor de Dios Padre y su misericordia?

María de Guadalupe vino a acompañar al Pueblo de México y a los pobladores de toda América, se hizo presente a un pueblo que sufría la derrota y la caída de su cultura y de sus convicciones religiosas, para mostrar su ternura de Madre, y expresar el amor y la misericordia de Dios, trayendo en su vientre a Jesús, el Hijo de Dios.

Sí, efectivamente la Virgen María, modelo de la Iglesia, realiza un gesto de Iglesia en salida y de Iglesia inculturada, presenta con su tez morena, con sus vestiduras y entorno la simbología Náhuatl, así tiene en cuenta la idiosincrasia y el lenguaje del pueblo para dar a conocer la Buena Nueva del verdadero Dios por quien se vive. Aprendamos a realizar el acompañamiento pastoral como lo hizo Jesús, seamos Iglesia en salida e inculturada como lo hizo María de Guadalupe.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas: acompáñanos, protégenos, cuídanos. Bajo tu amparo nos quedamos, Señora y Madre Nuestra, te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes” (Jn 20,19).

Hasta antes de esta escena María Magdalena era la única, que había visto al Señor resucitado. Pedro y Juan habían visto el sepulcro vacío. Los demás discípulos parecen no creer la noticia, pues en lugar de alegría tienen miedo y sienten que corren peligro, pues si las autoridades ya ajusticiaron al maestro, podrían ir contra ellos. Por eso están reunidos y con las puertas cerradas. Sin duda nosotros en el lugar de los discípulos habríamos reaccionado igual, pensando más por nosotros, que aceptar los rumores de la resurrección, algo insólito e increíble.

El Señor Jesús sabe el temor que viven sus discípulos, y por eso, se presenta en medio de ellos con el saludo de la paz. Una paz que solamente su presencia podía transmitirla. Entonces surge la alegría, fruto de la paz, al ver sus manos y su costado, no hay duda es él, el Maestro amado.

Sin embargo tan grande y grata noticia conlleva la corresponsabilidad de dar testimonio de ella. Por eso, ahí mismo les confiere la misión, les infunde el Espíritu Santo, y les da la facultad de perdonar los pecados. Para esto los había elegido y llamado: Para prolongar su misión y redimir la humanidad. Para manifestar la inmensa misericordia de Dios Padre y ser portadores de ella en el mundo.

Tomás no tuvo miedo a las autoridades judías para moverse por la ciudad. Parece un hombre más libre. Sin embargo tampoco cree lo que le cuentan sus compañeros, así como ellos tampoco creyeron el testimonio de María Magdalena.

La escena de la incredulidad se repite como se repetirá a través de los siglos en las futuras generaciones. Siempre será indispensable la experiencia propia del encuentro personal con Jesucristo para asumir con certeza la fe en su resurrección.

Ocho días después, estaban de nuevo los discípulos reunidos, y Tomás estaba con ellos. Descubramos la importancia de estar en la comunidad. Tomás no había creído pero sigue valorando la relación con sus compañeros, y por ello, está ahora en medio de ellos. Los escucha pero no cree lo que dicen. No acepta el contenido de la conversación pero si el conversar con ellos. Esta es una magnífica lección: Mantener las relaciones de amistad y compañerismo, aunque haya momentos en que no se comparta plenamente las convicciones.

El estar con la comunidad permite a Tomás tener el encuentro con Jesús, quien se dirige personalmente, y lo interpela no para expulsarlo por no creer, sino para compartir el acontecimiento más importante de todos los tiempos: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,27). La experiencia de Tomás narrada en este Evangelio ha permitido a muchos hombres de distintas generaciones vivir la bienaventuranza expresada por Jesús: ¡Dichosos los que creen sin haber visto!».

Ahora, como buen discípulo de Cristo, es conveniente preguntarme, ¿cuál ha sido mi experiencia de fe en la resurrección de Jesús? ¿La he compartido alguna vez? ¿Qué efectos me ha producido el compartirla?

Creer en la resurrección de Jesús me conduce a la experiencia madura de la fe. El Apóstol Pedro en la segunda lectura advierte: Alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sea sometida a la prueba (1Pe 1,6).

Hoy estamos viviendo una Pandemia que nos atemoriza, pero podremos salir adelante si recordamos que somos la comunidad de discípulos de Cristo, y que El nos acompaña, y que nosotros lo hacemos presente en el mundo de hoy para anunciar la Paz que nace de la Fe y de la Alegría de servir en la Caridad; así cada uno, comportándonos según nuestras condiciones y circunstancias, y obedeciendo las indicaciones de la autoridad competente, hagamos lo propio para evitar contagiar y/o ser contagiado.

En este sentido, los invito a reconocer y valorar a quienes atienden los servicios de salud, y ponen en riesgo constante sus personas, oremos por ellos médicos, enfermeros, asistentes, y todos los que hacen posible funcionen los centros de salud. Son verdaderos héroes, que en su servicio hacen presente a Cristo, y expresan la misericordia divina a los enfermos.

Por eso acudamos a María de Guadalupe, nuestra querida Madre, y pongamos bajo su manto especialmente a todos los que arriesgan su vida al servir a sus hermanos necesitados de atención médica, o también de atención psíquica o espiritual, o a quienes necesitan algo de comer. Todos ellos hacen presente a Jesús en medio de esta Pandemia.

Supliquemos a la Virgen María con la siguiente oración:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas,
acompáñanos, protégenos, cuídanos.
Bajo tu amparo nos quedamos, Señora y Madre Nuestra,
te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto” (Jn 20,3).

Jesús había verdaderamente muerto en la cruz, de eso no había ninguna duda. María Magdalena va al sepulcro, buscando la soledad y el silencio que le permita recordar al Maestro, y lograr el consuelo por su partida. Quiere hacer un homenaje, a quien le enseñó a amar y descubrir el amor de Dios.

Ante el hecho, la piedra del sepulcro removida, se enciende una alarma, ¿qué ha sucedido? ¿Quién lo habrá hecho? María Magdalena de inmediato prefiere dar aviso y recurre a los apóstoles.

La sorpresa de María Magdalena deja entrever que a pesar del amor, no esperaba la resurrección de Jesús. Ella está sumida en el dolor y la tristeza de haber visto morir a quien le había enseñado la importancia de vivir. Sin embargo, en vez de quedarse sola y sorprendida, prefiere recurrir a la comunidad apostólica para juntos proceder, bajo la cabeza que había señalado Jesús, bajo la autoridad de Pedro.

Juan y Pedro, los mismos que siguieron de cerca el proceso y juicio de Jesús, se apresuran, con el corazón palpitando de emociones, para constatar lo sucedido. El joven Juan llega primero, observa y se detiene, dando la primacía a Pedro, la cabeza del grupo apostólico. El texto termina afirmando: hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

Los elementos son observados por los dos, pero el efecto es distinto. Pedro regresa interrogándose, qué habrá pasado, mientras que Juan vio y creyó. La fuerza del amor le hace considerar que el Maestro amado está vivo.

En efecto, la fuerza del amor es el camino más directo para descubrir a Cristo Vivo y actuando a través de mi persona y de mi comunidad eclesial.

Por ello, me ayudará plantearme las siguientes preguntas:

-¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, partiendo del testimonio de las Sagradas Escrituras, de la tradición de la Iglesia, y de quienes me hayan transmitido la fe?

-¿Qué tan dispuesto estoy de iniciar mi relación con Dios guiado por la fe y no por evidencias contundentes? El Salmo 34, 9 afirma: Haz la prueba, y verás qué bueno es el Señor.

-¿Me emociona aventurarme por el camino de Juan, el discípulo amado?

Entonces, debo saber que primero tendré que experimentar, como Jesús, las pruebas de mi entorno existencial, que sin duda serán tentaciones difíciles, y para superarlas necesitaré vivir la fe en comunidad, sea la familia, el grupo de apostolado, la comunidad eclesial, en el círculo de amigos, o en el ámbito laboral; ya que los contextos socio-culturales actuales privilegian el placer, la codicia y la ambición, las tendencias dominantes que favorecen la satisfacción egoísta y el desorden de nuestra pasiones.

A esto se refiere San Pablo en la segunda lectura cuando afirma: Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad (1Cor. 5,8).

Para fortalecer mi camino de fe, y llegar a descubrir la presencia misteriosa, pero real de Jesús entre nosotros, es indispensable asumir, que mi destino es atravesar la muerte para llegar a la vida, y sustentar mi fe en la resurrección de los muertos.

Promovamos la levadura del amor, que nos ha ofrecido Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo, y que ha dispuesto al Espíritu Santo para conducir, a su creatura predilecta, que es el ser humano, varón y mujer, por el camino del amor gratuito y generoso; y logremos así, el proyecto inicial de la creación: ser imagen y semejanza de Dios, nuestro Padre Creador; es decir, luchemos para reflejar en nuestra vida social el testimonio de amor al prójimo, especialmente en los más necesitados. ¡Vivamos con alegría y esperanza la auténtica solidaridad cristiana, que ayuda a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio!

Anunciemos, con la convicción de nuestra propia experiencia de fe, la Resurrección de Jesucristo, como lo hicieron los primeros apóstoles:

Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la Cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que Él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él, después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados” (Hech 10,37).

Estamos viviendo una pandemia, y ante ella, estamos despertando a la necesaria colaboración solidaria de la sociedad para superarla. Elevemos nuestra oración para que sea la ocasión oportuna que nos lleve a replantearnos las tendencias dominantes negativas de la cultura actual, y logremos rectificar el camino de la conducta personal y social de nuestro tiempo.

Los invito a profesar, mediante el rezo del Credo, nuestra fe en Cristo resucitado, aceptando la Revelación: ¡Del Verdadero Dios, por quien se vive!

¡Que así sea!


En el momento de la Consagración

El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ha propuesto a las Conferencias Episcopales de los respectivos Países Latinoamericanos en esta hermosa y significativa fecha del Domingo de Pascua, del Domingo de la Resurrección del Señor Jesús, consagrar a nuestros pueblos, poniéndolos bajo el manto de Nuestra querida Madre, María de Guadalupe.

Ahora al término de nuestra Celebración, antes de la bendición final, consagremos, recitando juntos, la oración prevista por nuestros hermanos Obispos del Consejo de Presidencia del CELAM.


Oración de Consagración

Santísima Virgen María de Guadalupe,
Madre del verdadero Dios por quien se vive.

En estos momentos, como Juan Diego,
sintiéndonos “pequeños” y frágiles ante la enfermedad y el dolor,
te elevamos nuestra oración y nos consagramos a ti.

Te consagramos nuestros Pueblos,
especialmente a tus hijos más vulnerables:
los ancianos, los niños, los enfermos, los indígenas, los migrantes,
los que no tienen hogar, los privados de su libertad.

Acudimos a tu inmaculado Corazón
e imploramos tu intercesión:
alcánzanos de tu Hijo la salud y la esperanza.

Que nuestro temor se transforme en alegría;
que en medio de la tormenta tu Hijo Jesús sea para nosotros fortaleza y serenidad;
que nuestro Señor levante su mano poderosa y detenga el avance de esta pandemia.

Santísima Virgen María,
“Madre de Dios y Madre de América Latina y del Caribe,
Estrella de la evangelización renovada,
primera discípula y gran misionera de nuestros pueblos”,
sé fortaleza de los moribundos y consuelo de quienes los lloran;
sé caricia maternal que conforta a los enfermos;
y para todos nosotros, Madre,
sé presencia y ternura en cuyos brazos todos encontremos seguridad.

De tu mano, permanezcamos firmes e inconmovibles
en Jesús, tu Hijo,
que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

En este Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, presidió la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe dando inicio con la procesión y la bendición de las palmas. Escuchamos la proclamación del Evangelio según San Mateo donde se recordó la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. El Cardenal por su parte nos hizo reflexionar, diciéndonos: “Es que no basta ser simplemente admirador de Jesús, sino ser fiel discípulo suyo, que sigue su ejemplo, sus actitudes, sus criterios, y acepta un camino de contrastes, en los cuales hay que desarrollar la vida del espíritu, asumiendo la voluntad de Dios Padre”

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el Cielo! (Mt. 21,9).

¡Qué fuerte contraste presenta hoy la liturgia del Domingo de Ramos! Iniciamos con la escena de júbilo generalizado, por la entrada de Jesús a Jerusalén unos días antes de la Fiesta de Pascua, donde escuchamos el entusiasmo desbordante de los peregrinos que inundaban la ciudad con motivo de la fiestas, y conmocionada la multitud, algunos preguntaban: ¿Quién es éste? La gente respondía: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (Mt. 21,11).

Unos días después, Pilato preguntaba al mismo pueblo: ¿Qué voy a hacer con Jesús, que asegura ser el Mesías? “Crucíficalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho? Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!”. Entonces Pilato hizo azotar a Jesús y lo entregó para que lo crucificaran (Mt. 26,22-23).

Por otra parte, escuchamos al Profeta Isaías decir: Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo como discípulo (Is. 50,4). Con lo cual la liturgia nos invita a ser discípulos de Jesús. ¿Qué es lo que tenemos que aprender de este contraste tan fuerte que vivió Jesus?

 Una primera consideración es que no basta ser simplemente admirador de Jesús, sino ser fiel discípulo suyo, que sigue su ejemplo, sus actitudes, sus criterios, y acepta un camino de contrastes, en los cuales hay que desarrollar la vida del espíritu, asumiendo la voluntad de Dios Padre, con plena confianza, y descubriendo la compañía y la fuerza del Espíritu Santo, a lo largo de la experiencia personal y comunitaria.

Un segundo aspecto lo encontramos en la segunda lectura: Cristo Jesús, siendo  Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz (Fil. 2, 6-8).

Este condicionamiento tan inesperado que decidió Dios Padre, y le pidió asumirlo a su querido Hijo, es propio solo del cristianismo, entre todas las religiones. Se le llama Kénosis, es decir, el vaciamiento de sí mismo, dejar la condición divina para asumir una condición inferior, la humana, y hacerse así, semejante en todo, menos en el pecado, al ser humano. En otras palabras es el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios para llevar a cabo el misterio de la Redención, en favor del ser humano.

Un tercer elemento, que pongo para su meditación en esta Semana Santa, es la consecuencia de la Kénosis, vivir la experiencia humana del sufrimiento no merecido, sea de la injusticia sufrida por celo y envidia, por incomprensión, por traición, por manipulación político-religiosa. Jesús al asumir la condición humana experimentó en carne propia, y en extremo grado, el sufrimiento no solo no merecido, sino incluso sentenciado legalmente, no obstante haber dado testimonio de una vida ejemplar al servicio de los demás, especialmente de los enfermos y desamparados. Ante los ojos del pueblo sufrió la crucifixión por embustero, mentiroso, manipulador social y alborotador del régimen establecido, social, político, y religioso.

Ante semejante injusticia, Dios Padre no podía quedarse callado, y debía actuar de manera contundente para clarificar, particularmente a los discípulos de Jesús, que Jesús no mintió, que era verdaderamente el Hijo de Dios, que se había encarnado para manifestar cómo afrontar las adversidades, aún las más graves y complejas, y cómo vivir la fidelidad a las enseñanzas de Jesús para poder superar con entereza y confianza cualquier tragedia, por más intensa y difícil que fuera.

Por eso, al tercer día, quedando así claro, que verdaderamente había muerto y había sido sepultado, Dios Padre lo resucitó, rescatándolo de la muerte, y dejándolo 50 días para encontrarse y manifestarse a sus discípulos; y así, de esta experiencia maravillosa y única en la Historia de la humanidad, de constatar con sus sentidos vivo al que vieron morir, dejó constancia, ¡del amor y la misericordia del verdadero Dios, por  quien se vive!

Ahora entendemos por qué del domingo al jueves, el pueblo que había recibido a  Jesús entrando a Jerusalén como un auténtico profeta, y que ya muchos lo consideraban el Mesías esperado, cambiaron su entusiasmo, su alegría y su esperanza en enojo y en aprobación de su crucifixión.

La lección es que no basta conocer a Jesús de oídas, sino debemos progresar en el conocimiento de sus enseñanzas y aplicarlas en nuestra vida, especialmente ante los problemas, la dificultades de relación humana, las injusticias sufridas, las calumnias,  las incomprensiones, o por la consecuencia de nuestros mismos errores, o ante las epidemias; así podremos crecer en la experiencia y desarrollo de la vida espiritual, con la que seremos testigos de primera mano, de intervenciones de Dios en nuestra persona, y muchas veces también de lo que Dios realiza en favor de otras personas.

No fue acaso lo que sucedió con San Juan Diego, cuando confirmó la salud de su tío Bernardino. Pidamos a María de Guadalupe, nuestra querida Madre, que nos enseñe a ser buenos discípulos de su Hijo Jesús, para que pongamos en práctica sus enseñanzas. Encomendemos, en un breve silencio, a todos los que sufren cualquier adversidad o sufrimiento, físico, o moral, dejándolos en sus manos.

Ahora juntos digamos:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas,
acompáñanos, protégenos, cuídanos.

Bajo tu amparo nos quedamos, Señora y Madre Nuestra,
te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

MARZO 2020

En el V Domingo del Tiempo Cuaresma, el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, nos hace reflexionar en su homilía pronunciada en la Basílica de Guadalupe. En ella nos dice: «La muerte física del ser humano entra en el proyecto de Dios, para que asumamos en la fe, que esta vida terrena tiene la finalidad de una preparación para ejercitarnos en el amor con pleno conocimiento y con plena libertad. Recordemos que la vida divina es el amor gratuito de generosa donación y de servicio vivido en comunión, bajo la conducción de la persona de Dios Padre. Justamente la Pandemia está provocando que nos necesitemos todos, colaborando de distintas maneras por el bien de la comunidad. Así considerado podremos también nosotros, expresar como Jesús: Esta Pandemia no acabará en la muerte; sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Esta enfermedad no acabará en la muerte; sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella (Jn 11, 4).

Cuando sufrimos una pérdida no esperada de un ser querido, muchas veces nuestra reacción es parecida a la de Marta y María, que a la llegada de Jesús ante el fallecimiento de su hermano Lázaro le expresan su tristeza, diciendo: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano (Jn 11, 21.32). También nosotros en circunstancias parecidas nos dirigimos a Dios diciéndole : por qué Dios mío te llevaste a mi abuela, a mi esposo, a mi hijo, a mi hermana, a mi nieta, etc.

 Al vivir estas situaciones dolorosas es muy consolador recordar que la muerte de  nuestro cuerpo es un indispensable tránsito a la eternidad; y entonces, también surge  la pregunta, ¿por qué lo ha proyectado así Dios, nuestro Padre?

 San Ireneo en el Siglo II proporciona la respuesta al afirmar: La gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios.

La muerte física del ser humano entra en el proyecto de Dios, para que asumamos en la fe, que esta vida terrena tiene la finalidad de una preparación para ejercitarnos en el amor con pleno conocimiento y con plena libertad. Recordemos que la vida divina es el amor gratuito de generosa donación y de servicio vivido en comunión, bajo la conducción de la persona de Dios Padre.

Justamente la Pandemia está provocando que nos necesitemos todos, colaborando   de distintas maneras por el bien de la comunidad. Así considerado podremos también nosotros, expresar como Jesús: Esta Pandemia no acabará en la muerte; sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Por eso, ante la tristeza, la angustia, el dolor, el sufrimiento, vivamos con esperanza la Pandemia, meditando el final de la escena del evangelio que hoy hemos escuchado:

Jesús, profundamente conmovido, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: «¡Quiten la losa!». Marta, la hermana del difunto, le dijo: «Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió». Jesús le respondió: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Quitaron la piedra y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que tú siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Después de decir esto, gritó con fuerza:

«¡Lázaro, sal de allí!». El muerto salió con sus pies y manos atadas con vendas y su cara envuelta en un sudario. Jesús les ordenó: «Desátenlo para que pueda andar» (Jn 11, 38-44).

Esta sorprendente y elocuente intervención de Dios, realizada por su Hijo Jesucristo para resucitar a Lázaro, tiene la finalidad de manifestar que el Dios revelado por Jesús de Nazaret es el Dios de la vida, el Dueño y Señor de la Creación.

Con esta intervención preparaba y garantizaba ya la Resurrección del mismo Jesús, ante la muerte sufrida en la Cruz, con la enorme diferencia que esta vez, la  resurrección de Jesús sería definitiva, ya no moriría jamás, convirtiéndose en la esperanza fundada para todos nosotros, esperanza que celebraremos en la próxima Vigilia Pascual de la Semana Santa.

El Dios revelado por Jesucristo es el Dios Creador, el Señor de la vida, tiene la capacidad de generarla, de mantenerla, de transformarla, de darla por concluida o de llevarla a la eternidad. Y como afirma San Ireneo: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios.

El Verbo encarnado es Jesucristo, el que ha abierto el camino para conducirnos en la fe, durante esta vida terrena, al conocimiento del verdadero Dios y a la preparación que debemos ejercitar para lograr, como anticipo y primicia, experiencias de la presencia y de la intervención del Espíritu Santo en nuestra vida. 

Po eso, las palabras del Apóstol San Pablo en la segunda lectura orientan nuestra conducta y consuelan el corazón: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes (Rom. 8, 8-9).

Agradezco a Grupo Televisa, El Heraldo de México, Multimedios, Univisión, Azteca noticias, y muchas redes digitales que han dispuesto sus plataformas de comunicación para alimentar nuestro espíritu en estas circunstancias, que impiden a  los fieles asistir y participar físicamente en nuestras habituales celebraciones eucarísticas de los domingos. El Señor les recompense abundantemente, y sea en provecho de todos los que virtualmente están participando en esta celebración.

Los invito a poner en manos de Nuestra Madre, María de Guadalupe nuestras súplicas y oraciones. Primero en un breve momento de silencio y luego juntos, recitando la oración.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas,
acompáñanos, protegernos, cuídanos.

Bajo tu amparo nos quedamos Señora y Madre Nuestra,
te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Durante la Celebración Eucarística del IV Domingo del Tiempo Cuaresma el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México ofició en la Basílica de Guadalupe y durante su homilía nos dijo: «Hemos perdido el horizonte del destino para el cual fuimos creados. Nos preocupamos solamente del presente inmediato sin tener en cuenta el futuro. Estamos ciegos al no reconocer nuestra vocación a la trascendencia, nuestro destino a la vida eterna. Por eso, necesitamos encontrarnos con Jesucristo, para que nos ayude a ver y descubramos lo que debemos hacer, cómo debemos actuar e intervenir en esta Pandemia. Así descubriremos que nos necesitamos, y debemos actuar solidariamente mirando el bien no solo personal, sino también de la sociedad en sus distintas expresiones: barrio, colonia, ciudad, país, mundo»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres? (Jn 9,2).

Los discípulos de Jesús, siguiendo la tradición recibida de sus antepasados para interpretar como castigos divinos las enfermedades congénitas, los vicios, y las tragedias, le plantean a Jesús la pregunta: ¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?

Ante esta escena evangélica podemos preguntarnos hoy, quién pecó para que estemos padeciendo semejante Pandemia. La respuesta de Jesús es contundente y nos ilumina el momento que vivimos. Jesús respondió: Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios (Jn 9,3).

En efecto, ante situaciones dramáticas, críticas, trágicas, casi siempre surge la inquietud de saber quién fue responsable de lo sucedido. Jesús indica que más bien debemos preguntarnos, qué quiere Dios de nosotros ante los acontecimientos.

Continuando con la escena del Evangelio, hemos escuchado que: Jesús escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: Ve a lavarte en la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista (Jn 9, 6-7).

A la luz del Evangelio podremos descubrir, que el estilo de vida de la sociedad globalmente hablando, está más orientado en atender el cuerpo y dar satisfacción a sus tendencias, que desarrollar el espíritu que da vida al cuerpo. Y en esa inercia, pierde  importancia y sentido lo que hacen los demás, la persona del otro no me interesa; estamos así transitando a un individualismo subjetivista que convierte al otro en un objeto, me interesa el otro solamente si lo necesito para lograr mis objetivos. Entonces, ¿qué quiere comunicarnos Dios mediante los acontecimientos de la Pandemia?

Debemos preocuparnos por alimentar no solo el cuerpo y atenderlo, sino también por alimentar el espíritu, abrirnos a la trascendencia, a la mirada del más allá, crecer y desarrollar mi experiencia de Dios, Padre de misericordia, que ha creado este planeta, para que sea nuestra casa común, que ha dejado en nuestras manos la responsabilidad de cuidarlo, respetando sus leyes naturales para su conservación, y que ha creado al ser humano para que aprenda a ejercitarse en el amor, entendido como amor gratuito y generoso, con quienes me rodean y convivo, para que generemos una sociedad fraterna y justa, que procura la paz y el bienestar común.

Hemos perdido el horizonte del destino para el cual fuimos creados. Nos preocupamos solamente del presente inmediato sin tener en cuenta el futuro. Estamos ciegos al no reconocer nuestra vocación a la trascendencia, nuestro destino a la vida eterna.

Al final del Texto cuando se encuentra Jesús con el ciego, a quien le devolvió la vista, Jesús le dice: Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos (Jn 9, 39).

Con esta afirmación Jesús se presenta enviado por Dios Padre para dar a conocer al  verdadero Dios, por quien se vive, y la finalidad de habernos creado, dándonos un espíritu eterno para compartir, como hijos, la vida divina en la Casa de Dios Padre.

Por eso, necesitamos encontrarnos con Jesucristo, para que nos ayude a ver y descubramos lo que debemos hacer, cómo debemos actuar e intervenir en esta Pandemia. Así descubriremos que nos necesitamos, y debemos actuar solidariamente mirando el bien no solo personal, sino también de la sociedad en sus distintas expresiones: barrio, colonia, ciudad, país, mundo.

Hagamos realidad las palabras que el Apóstol San Pablo expresó en la segunda lectura: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la justicia, y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte en las obras estériles de los que son tinieblas (Ef 5,8-11). San Pablo terminaba diciendo: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz (Ef 5,14).

Agradezco a Televisa, El Heraldo de México, Grupo multimedios, Univisión, Azteca noticias, y muchas redes digitales que han dispuesto sus plataformas de comunicación para seguir alimentando nuestro espíritu en estas circunstancias, que impiden a los fieles asistir y participar físicamente en nuestras habituales celebraciones eucarísticas de los domingos. El Señor les recompense abundantemente, y sea en provecho de todos los que virtualmente están participando en esta celebración.

Ahora los invito a ponernos de pie para poner en manos de Nuestra Madre, María de Guadalupe nuestras súplicas y oraciones. Primero en un breve momento de silencio y luego juntos en oración.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,

escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas,

acompáñanos, protégenos, cuídanos.

Bajo tu amparo nos quedamos Señora y Madre Nuestra,

te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

Amén.

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, en el III Domingo del Tiempo de Cuaresma, oficio la Sagrada Eucaristía en la Basílica de Guadalupe, dentro de su homilía nos dice: «Hermanos, que en este caminar hacia nuestro interior que todos necesitamos para crecer en nuestra propia espiritualidad, sigamos estos pasos, tener apertura para el diálogo con todos los demás, independientemente de sus condiciones de vida, si están casados por la Iglesia o no, si están separados, si ya no creen en Dios, si están en condiciones de indigencia, como sean. Nosotros tenemos que tener esta capacidad, como Jesús, de acercarnos con su método, tratando de entender al otro, pero también ayudándola a descubrir la necesidad que tiene de atender su espíritu y que para ello es necesario compartir»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

¿Cómo es que tú siendo judío me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Jn 4,9).

Este denso pasaje del Evangelio de san Juan que narra el diálogo entre Jesús y la samaritana tiene una riqueza muy grande para descubrir la nueva manera de relacionarnos entre nosotros, para poder encontrar a Jesús, el encuentro vivo con él y para poder ejercer también una nueva manera en la relación con Dios en espíritu y en verdad.

Voy a detenerme en tres puntos de este diálogo, que me parecen de suma actualidad y de importancia en nuestro tiempo. El primero es cómo Jesús está atento a superar barreras, a superar diferencias que hacen que la gente no se trate entre sí, a superar muros y a facilitar el diálogo.

La mujer se extraña, ¿cómo tú siendo judío vienes a mí si sabes que nosotros no nos tratamos? y, ¿cómo, además, me pides que te dé de beber agua?

El discípulo de Cristo tiene que aprender a hacer de este ejemplo de Jesús una realidad en nuestras vidas. Como dice el Papa Francisco necesitamos una iglesia en salida, que vaya en busca de sus hermanos, independientemente de lo que piensan, independientemente de lo que creen, es necesario transmitir el camino de la verdad y de la salvación.

El segundo punto es observar cómo el diálogo que se establece entre Jesús y la mujer samaritana se va desarrollando en distintos niveles, mientras que Jesús habla de realidades para adentrarnos en el espíritu propio, en nuestro interior y de la relación con Dios, la mujer habla de cosas transitorias, muy importantes como tener agua para vivir, pero que sólo sirven para este mundo, para nuestro peregrinaje en la tierra.

Poco a poco, Jesús va estableciendo un diálogo donde la mujer descubre que lo importante por encima de las cosas transitorias, que debe atender cualquiera de nosotros para sobrevivir y tener una vida digna, lo más importante es preocuparnos de lo que está sucediendo en nuestro interior.

Jesús le hace sentir e incluso pedir el agua que da vida, es decir, le hace ver la necesidad que tenemos de satisfacer el ansia de entrar en una relación con Dios, que me permita conocerlo. Por eso Jesús le promete el agua que da vida, el agua que brota como un manantial desde dentro, para lo cual la mujer tiene que reconocer sus propias condiciones actuales: No tengo marido, es cierto, no lo tienes porque ya llevas cinco y el que está ahora contigo no es tu marido (Jn 4,18).

Reconocer esas realidades en las cuales no he tenido la satisfacción, ni la plenitud de mi vida, porque no he conocido lo que Dios quiere de mí al haberme dado la vida. Este es el diálogo que tenemos que generar al relacionarnos con los demás.

No solamente preocuparnos si va a llover o no, o quién ganó de mis equipos favoritos, o cómo está el clima, o cómo nos debemos de cuidar en esta situación de pandemia y de epidemia en el mundo. Tenemos que atender esas preocupaciones transitorias, pero nuestra preocupación principal tiene que ser, ¿a qué he venido yo? ¿Por qué tengo vida? ¿Para qué tengo vida?

Y eso es posible cuando ponemos en común, cuando compartimos nuestra vida interior con los demás, y cuando hacemos este esfuerzo para que el otro se descubra a sí mismo como lo que es, lo que tiene, lo que anhela, lo que posee y a lo que Dios lo llama. Este es el tercer punto, la necesidad de transmitir lo que vivimos.

Jesús inmediatamente después de tener este diálogo con la samaritana hace dos cosas muy importantes que pueden escapársenos. Cuando sus discípulos regresan y lo encuentran hablando con esa mujer, y a la hora que se despide de ella, dice el texto, se quedaron sorprendidos. Jesús, entonces les dice: Abran los ojos, miren, contemplen los campos que ya están dorados para la siega, ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna, de modo que se alegran igual el sembrador y el segador porque uno es el que siembra y otro el que cosecha (Jn 4,35-37).

Les está diciendo a sus discípulos: hagan lo mismo que yo. Yo estoy sembrando, ustedes van a cosechar, pero levanten los ojos, miren la necesidad que tienen nuestros contemporáneos, aunque sean samaritanos, no hay que dedicarnos solamente a los judíos, hay que dedicarnos a todo aquel que es compañero en la vida. Y la segunda cosa que hace Jesús cuando los samaritanos han escuchado a la mujer, que también a su vez transmitió su experiencia a sus paisanos, ellos se vieron en interés de conocer a Jesús, la mujer también transmite lo que vive a sus compañeros, a su familia y a los demás círculos a tal punto que van y le piden a Jesús que se quede con ellos. ¿Jesús qué hace? accede, dice el texto, y se quedó con ellos durante unos días.

Hermanos, que en este caminar hacia nuestro interior que todos necesitamos para crecer en nuestra propia espiritualidad, sigamos estos pasos, tener apertura para el diálogo con todos los demás, independientemente de sus condiciones de vida, si están casados por la iglesia o no, si están separados, si ya no creen en Dios, si están en condiciones de indigencia, como sean. Nosotros tenemos que tener esta capacidad, como Jesús, de acercarnos con su método, tratando de entender al otro, pero también ayudándola a descubrir la necesidad que tiene de atender su espíritu y que para ello es necesario compartir.

Finalmente transmitir la buena noticia el Señor vive, nos encontramos con Él, y es el camino para encontrar la verdad y la vida.

Con esta reflexión y a propósito de lo que vivimos en el mundo hoy, de países que han sido castigados fuertemente por la epidemia y otros que estamos en expectativa sin saber qué es lo que sucederá con nosotros, y que queremos cuidarnos y protegernos, estamos aquí con María de Guadalupe, Nuestra Madre, vamos a dirigirnos a ella, vamos a pedirle que nos cuide y nos acompañe, que nos proteja.

El Papa lo hizo ahora recientemente en Roma, quiero también seguir su ejemplo y les pido que juntos hagamos esta oración que muchos la conocen y pueden irla repitiendo junto conmigo. Primero nos vamos a poner de pie y vamos a tener un breve momento de silencio para que cada uno le diga a Nuestra Madre qué es lo que les preocupa en este momento, cuáles son sus angustias, cuáles son sus preocupaciones fundamentales.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
No desprecies nuestras oraciones, nuestras súplicas,
acompáñanos, protégenos, cuídanos.
Bajo tu amparo nos quedamos Señora Nuestra, Madre Nuestra,
te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

En el Día Internacional de la Mujer el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México presidió la Misa Dominical en la Basílica de Guadalupe. Compartiendo con nosotros en su homilía, que: «Este misterio de ser luz, de orientar la vida y saber por dónde ir, cómo afrontar los problemas, los conflictos y las dificultades, lo podemos hacer cuando la relación entre el hombre y la mujer se dan espléndidamente. Si estamos en confrontación, no podemos ser luz, no podemos ser transparentes, no podemos ser esa blancura que nos permita encontrar el verdadero camino. Pidámosle a María de Guadalupe, mujer, y a su Hijo Jesucristo, varón, que nos ayuden a construir una sociedad donde reconozcamos la plena y común dignidad del varón y la mujer»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Ahí se transfiguró en su presencia” (Mt. 17, 2).

Para entender este pasaje, es importante saber qué significa “transfigurar”, y significa: ir más allá de lo que aparece; es decir ir al interior. Cuando vemos a una persona, al contemplarla, nos quedamos con la expresión corporal, lo que aparece por fuera. Ir más allá es traspasar lo corporal para saber lo que es, lo que hay dentro de esa persona; eso significa más o menos la transfiguración de Jesús. Lo que vieron los discípulos.

Lo sorprendente no es la palabra “transfigurar”, sino lo que encontraron los discípulos al ver el interior de Jesús. Se dieron cuenta que, en Jesús, aunque era en todo semejante a nosotros como hombre, había una presencia de la divinidad, algo único. Y realmente así fue; es decir, es el Hijo de Dios que, para poder hacerse hombre, ocultó su divinidad, quedó escondida. Incluso, San Pablo afirma en una de sus cartas: “Se vació de sí mismo, dejó a un lado esa naturaleza divina para poder asumir la naturaleza humana” (Fil 2, 7).

Pero en aquel encuentro en el Monte Tabor, Jesús se transfiguró, mostró su interior. Dice el texto: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve” (Mt. 17, 2). Es una descripción que refleja, primero, una gran luz, una luz como la del sol, algo inusitado. ¿Cómo puede, de un ser humano, salir esa luz tan resplandeciente como la del sol? Así lo describieron los discípulos. Y un segundo elemento: sus vestiduras blancas, tan blancas como la nieve.

Estos dos elementos: luz y blancura, hablan de lo que es el misterio de Dios. Dios es luz, Dios esclarece, Dios clarifica, Dios ilumina, Dios orienta, porque no es lo mismo caminar de día que caminar de noche. Caminando de la mano de Dios, lo hacemos con plena claridad, sin tropezarnos, sin caernos, sin correr riesgos.

La blancura, en particular, expresa la transparencia, la pureza, la claridad de las cosas. Dios es precisamente transparente, lo que dice lo hace. No hay en Él nada que ocultar, nos ama verdaderamente. No es una pose, no es una conveniencia, es Él, Dios, el Dios que dice lo que es y hace lo que dice.

Estas dos características que los discípulos descubrieron en ese momento de la transfiguración (luz y blancura) reflejan aspectos fundamentales de lo que es el misterio de Dios, y por eso estaban todos tan contentos que dijeron: “Señor, ya quedémonos aquí contigo” (Mt. 17, 4) (más contigo como Dios, que contigo como hombre).

Pero Jesús responde: ‘No, esto es nada más para ustedes, cuando vean que yo resucite de la muerte, al tercer día, recuerden que también resucitaré porque soy el Señor de la vida. Para que tengan esta fe cuando me vean morir en la cruz’ (Mt. 17, 9). Jesús prepara así a Pedro, a Santiago y a Juan, que van a ser excelentes miembros de la comunidad apostólica.

Hermanos, ahora, a partir de esto que acabo de explicarles, ¿recuerdan ustedes lo que dice el libro del Génesis, cuando Dios decide crear al ser humano? Dice: “Hagámoslo a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1, 27). Y añade: “Así los creó, a imagen y semejanza, y los creó varón y mujer”. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que también en nuestro interior hay algo de Dios; está ahí también una luz; no resplandece como la de Jesús, porque no tenemos esta naturaleza divina, sino que somos adoptados como hijos de Dios por el Bautismo, pero además al hacernos varón y mujer, nos hizo distintos para poder expresar de manera distinta y complementaria los aspectos de la divinidad. ¿Qué quiere decir esto?, que ni los varones solos ni las mujeres solas pueden dar testimonio de lo que es Dios, sino solamente juntos, en relación. El proyecto de Dios es así.

Este misterio de ser luz, de orientar la vida y saber por dónde ir, cómo afrontar los problemas, los conflictos y las dificultades, lo podemos hacer cuando la relación entre el hombre y la mujer se dan espléndidamente. Si estamos en confrontación, no podemos ser luz, no podemos ser transparentes, no podemos ser esa blancura que nos permita encontrar el verdadero camino.

Por eso, ante este texto, me parece importante pedir a nuestra Madre, María de Guadalupe, que nos auxilie. Ella fue mujer y el Hijo de Dios quiso nacer de una mujer, como todos nosotros, para darle esa relevancia, de una y otra manera, al varón y a la mujer.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer, pero debemos entender, desde la fe, que somos complementarios, que tenemos la misma dignidad, y que sólo en una buena relación entre unos y otros haremos el camino que necesita la humanidad para encontrarse al final en la Casa del Padre, gozando de luz plena y de la verdad completa.

Pidámosle a María de Guadalupe, mujer, y a su Hijo Jesucristo, varón, que nos ayuden a construir una sociedad donde reconozcamos la plena y común dignidad del varón y la mujer.

¡Que así sea!

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, en el I Domingo del Tiempo de Cuaresma, oficio la Eucaristía en la Basílica de Guadalupe.

Nos llama a comprender la importancia de la familia y sus valores, en su homilía nos invita a reflexionar, diciéndonos: «Si hay odio, violencia y agresión al interior de la familia estamos fallándole a nuestra vocación, porque estamos haciendo que estos nuevos seres con las heridas que van desarrollando en la niñez, en la adolescencia y en la juventud se hagan agresivos, violentos, sin respeto a la dignidad humana. ¿Ven la importancia de la familia? Si la familia cumple su misión las otras instituciones que están para servir al hombre, que están para servir a la sociedad como la escuela, facilitaremos ese aprendizaje de lo que debemos y cómo debemos actuar en nuestra conducta social. Estos replanteamientos son muy propicios para superar los feminicidios que estamos viviendo en la sociedad, porque la muerte a la mujer por violencia, es humanamente incomprensible».

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto (Mt 4, 1-11).]

Este primer domingo de Cuaresma la Palabra de Dios trata de orientarnos en la finalidad de este tiempo; es decir, a qué nos llama la Iglesia durante estos 40 días imitando a Jesús.
Jesús fue llevado 40 días por el Espíritu al desierto para discernir su vocación y su misión, para esclarecer a qué lo había enviado Dios Padre, qué significaba ser el Mesías esperado por el pueblo de Israel, y cómo tenía que hacer su misión.

Como verdadero hombre, y como nos pasa a todos nosotros, tenemos que descubrir para qué Dios nos ha dado la vida. En la primera lectura afirma el texto del Génesis que Dios nos dio el aliento para vivir: el Señor Dios tomó el polvo del suelo y con él formó al hombre, le sopló en la nariz un aliento de vida y el hombre comenzó a vivir (Gn 2, 7-8). ¿Para qué nos ha comunicado la vida, ya que ninguno la hemos pedido? Ha sido un regalo, pero ese regalo tiene una finalidad.

Jesús deja ahí un ejemplo muy claro en esta narración, aunque tenemos que actualizar las tentaciones que hoy tiene un discípulo de Jesús. Nosotros hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y hemos sido educados para ser católicos, integrando la comunidad de discípulos de Jesús. Entonces debemos preguntarnos, ¿para qué Dios nos dio la vida y cómo ejercer esa misión?

En este tiempo, en el contexto que nos toca vivir, las tentaciones las podemos descubrir si atendemos tres dinamismos que socialmente se están dando con mucha intensidad y que los tenemos que reencauzar: el individualismo, que hace a la persona sólo ver lo que le interesa y le conviene, descuidando lo que conviene a los demás. Segundo dinamismo, el subjetivismo. Hoy está expandido por todas partes que lo importante es lo que ‘tú piensas”, y por tanto, “hazle como tú quieras”. Así hemos perdido mucha capacidad de escucha al otro y a lo que le sucede a los demás, siendo fundamental la capacidad de escucha y de diálogo para edificar la justicia y la paz. Todos necesitamos compartir las inquietudes que llevamos dentro para poder esclarecer qué es lo que Dios quiere de mí.

Y tercer dinamismo, el relativismo. Cada quien hace su verdad y desde su verdad se pone a vivir, pero no llegamos al conocimiento de la auténtica verdad, y eso nos conduce, como lo estamos viendo en la sociedad, al libertinaje, cada quien hace lo que le pega la gana. Ante estos dinamismos sociales que se están dando en nuestra sociedad tenemos que replantearnos esta Cuaresma, personalmente, familiarmente, en círculo de amigos, en las instituciones, cómo superarlos, que es lo que nos puede ayudar a superar estos dinamismos y tendencias.

El primer recurso es, como hizo Jesús, darnos un tiempo para nosotros mismos. El silencio personal, refiriéndonos no solo a mí mismo sino a Dios, Dios que me dio la vida, y eso se llama orar, que no es simplemente recitar fórmulas de oración, y para orar es necesario escuchar la Palabra de Dios. ¿Se fijaron que Jesús las tres tentaciones las supera con la misma Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, que aprendió desde niño? Este es el primer elemento que tenemos como recurso para superar las tentaciones de hoy.

El segundo recurso, lo descubrimos recordando el libro del Génesis que narra como Dios nos dio la vida, y su proyecto no fue crear simplemente un ser humano, sino un ser humano complementario, varón y mujer, para complementarnos, para ayudarnos. Somos distintos el varón y la mujer, pero somos complementarios, de tal manera necesarios para generar la vida y para superar las tentaciones de la vida, esa es la misión del matrimonio y de la familia. La familia es el proyecto de Dios para generar la vida, facilitando el ambiente interno para que el ser que nace experimente ser amado; porque si no se experimenta el ser amado, es muy difícil aprender a amar.

Si hay odio, violencia y agresión al interior de la familia estamos fallándole a nuestra vocación, porque estamos haciendo que estos nuevos seres con las heridas que van desarrollando en la niñez, en la adolescencia y en la juventud se hagan agresivos, violentos, sin respeto a la dignidad humana.

¿Ven la importancia de la familia? Si la familia cumple su misión las otras instituciones que están para servir al hombre, que están para servir a la sociedad como la escuela, facilitaremos ese aprendizaje de lo que debemos y cómo debemos actuar en nuestra conducta social.

Estos replanteamientos son muy propicios para superar los feminicidios que estamos viviendo en la sociedad, porque la muerte a la mujer por violencia, es humanamente incomprensible. Hoy en nuestra revista Desde la fe hemos hecho un editorial para hacer esta llamada a que trabajemos para que el varón y la mujer tengamos en la práctica la misma dignidad y generemos una cultura sustentada en la misma dignidad de ser hijos de Dios, y que en todo tengamos opción a las mismas oportunidades. Por eso hermanos, los invito a hacer de esta Cuaresma una reflexión personal, familiar, en los círculos donde yo me muevo, para replantearnos cómo superar el individualismo, el subjetivismo y el relativismo que están mal encauzados, y que tanto dañan a nuestra sociedad.

Pidámosle ayuda e intercesión a María de Guadalupe, a quien le tenemos tanto cariño, tanto afecto, tanto amor, ella que supo darle todo su afecto a Jesús, acompañándolo hasta el final en el Calvario, y recibiendo por ello, la gracia de ver a su hijo resucitado.

Que también nosotros veamos a tantos hijos, que necesitan experimentar ya en esta vida terrestre la conversión, la transformación, el cambio de su conducta para que sean conscientes de su propia dignidad, y que reconozcan en el otro, en el prójimo, la dignidad que debemos respetar y cuidar.

Que así sea.

FEBRERO 2020

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, nos dijo en su homilía: «Hoy recibirán el ministerio de lectores unos, para dar a conocer la Palabra de Dios, que nos conduzca por el camino de correspondencia a la santidad. Y otros, el ministerio de acólitos, para ayudar en la Eucaristía, la catequesis y el servicio de la caridad en el mundo, para caminar correspondiendo al amor de Dios». Asimismo, nos dice: «Pidámosle al Señor por estos 15 varones que se van a entregar al ejercicio de la caridad y de la Palabra de Dios para un día llegar a ser Diáconos Permanentes. Pidámosle por todos nosotros a María de Guadalupe, enséñanos a estar siempre en comunión con tu hijo Jesucristo».

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

En aquellos días dijo el Señor a Moisés: Sean santos, porque yo el Señor soy Santo” (Lv 19, 1-2).

Esta expresión del llamado que nos hace Dios a ser santos, me imagino que la mayoría de ustedes dice es una meta inalcanzable, es algo muy difícil, es para unos pocos. El texto dice que es para toda la asamblea, y después Jesús en el Evangelio también lo dice al final, que seamos “como lo es mi padre celestial”.

¿Realmente es inalcanzable esta meta de ser santos y ser un pueblo de Dios? Para poder entenderlo necesitamos recordar que la santidad es un regalo de Dios, y por eso san Pablo lo dice claramente en la segunda lectura: ¿No saben ustedes que son el templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1 Co 3, 16). 

Muchos de ustedes dirán, ¿cuándo, cuándo se me dio el Espíritu Santo? Se te dio cuando fuiste bautizado. Te bautizaron en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y te ungieron con el Espíritu Santo.

Ahí Dios regaló a cada uno de ustedes este Espíritu, que es el que nos conduce para ser santos, como Dios es santo. Pero eso cómo es posible. Cómo podemos realizarlo. Correspondiendo a esa gracia, aprendiendo a amar, éste es el arte.

Al respecto dice Jesús: Han oído ustedes muchas veces ama a tu prójimo, al que te hace el bien y odia al que te hizo el mal; pero yo les digo amen también a sus enemigos.

Cuando dejamos esos sentimientos de odio, de venganza, de anhelos de que le vaya mal al otro por lo que me hizo, por lo que me ofendió, ahí es donde está el camino de la santidad. Nuestra correspondencia al don de Dios está en estar atentos a la tentación para no dejarnos seducir por el odio, la venganza.

Y nosotros, ¿qué más tenemos que hacer? Estar en comunión con Dios, por eso nos regaló la Eucaristía, por eso nos regaló la Palabra de Dios. Estar en comunión a través de la oración, a eso han venido ustedes hoy aquí, a decirle a nuestra Madre, ayúdanos a estar en comunión con tu hijo.

Por eso necesitamos en la Iglesia estos ministerios que hoy voy a conferir a estos candidatos al diaconado permanente. 14 de ellos ya han ejercido su vocación de esposos, aquí están sus esposas con ellos, son hombres casados, uno más es un hombre célibe. Ellos han decidido servir como Diáconos Permanentes para ayudarnos en el camino de la caridad, del ejercicio del amor en nuestra sociedad.

Hoy recibirán el ministerio de lectores unos, para dar a conocer la Palabra de Dios, que nos conduzca por el camino de correspondencia a la santidad. Y otros, el ministerio de acólitos, para ayudar en la Eucaristía, la catequesis y el servicio de la caridad en el mundo, para caminar correspondiendo al amor de Dios.

Si nos mantenemos en comunión con Dios, y cuando lamentablemente la rompemos, inmediatamente recapacitamos, pedimos perdón y entramos de nuevo en relación con Dios, entonces caminamos en la santidad. 

Pidámosle al Señor por estos 15 varones que se van a entregar al ejercicio de la caridad y de la Palabra de Dios para un día llegar a ser Diáconos Permanentes.

Pidámosle por todos nosotros a María de Guadalupe, enséñanos a estar siempre en comunión con tu hijo Jesucristo.

Qué así sea.

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México ofició la Eucaristía desde la Basílica de Guadalupe en este V domingo del tiempo ordinario.

En este día en que se conmemora la Vida Religiosa, el Cardenal dijo durante su homilía: “Oremos por todos los discípulos de Cristo para que seamos luz y sal y especialmente en este día, por todos los consagrados y consagradas de nuestra Arquidiócesis de México, para que la gracia de Dios los fortalezca y los haga crecer en la comunión entre unos y otros, y den el testimonio intenso de oración, de abnegación y de la caridad que es la plenitud del amor. Entregamos en manos de María de Guadalupe a estas 4, 500 personas consagradas al servicio de nuestra iglesia particular, de la Arquidiócesis de México”

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

«Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo»

Esta misión de ser sal y luz, de darle sabor a la vida humana y de iluminar el camino para que esa vida humana sea satisfactoria y plena, es la tarea de todos los discípulos de Cristo, todos los que hemos sido bautizado en  su nombre hemos recibido esta misión; iluminar el camino de la humanidad y darle sentido a la actividad del hombre en su peregrinar por esta tierra para llegar a la casa del Padre.

¿Cómo podemos ser sal?, ¿cómo podemos ser luz?; el profeta Isaías en la primera lectura nos lo dice con toda claridad, con algunos ejemplos… comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo, no des la espalda a tu propio hermano, entonces surgirá tu luz, como la aurora, entonces cicatrizarán de prisa tus heridas. La acción de la caridad con aquel que es un necesitado, un prójimo que está cerca de nosotros y miramos por él y le ayudamos, ese es el camino, no solo para la persona que se le brinda esa ayuda, si no para nosotros mismos.

Cuando dice que vamos a ser luz, nos da también una visón de que esa acción nos beneficiará, dice: cicatrizará de prisa tus heridas; ayudando al otro, nos ayudamos a nosotros mismos, y más adelante dice el mismo profeta… que obrando de esta manera dice: invocarás al señor y él te responderá: lo llamarás y él te dirá: ¡aquí estoy! esta es la gran sorpresa que nos indica Jesús en otra parábola que tendremos cuando nos diga, tú le diste de comer a tu hermano pero lo hiciste conmigo, tú le diste de vestir a tu hermano necesitado pero lo hiciste conmigo, entra, forma parte del rebaño del Señor; ven bendito de mi Padre.

Así nos dice el profeta Isaías que seremos luz, iluminaremos el camino, así seremos algo que le dé sabor, es decir, sentido a la vida; esta misión que es para todo bautizado, para todo discípulo de Cristo, para desarrollarla especialmente en la familia, en esta comunidad célula, se plenifica, se intensifica y es de gran auxilio para la misión de la Iglesia; gracias a todos aquellos varones y mujeres que consagran su vida al servicio del reino de Dios.

Por eso estamos muy alegres, muy contentos y agradecidos con Dios, por la presencia de la vida consagrada, en nuestra Arquidiócesis de México; cerca de 4,500 personas son las consagradas en nuestro territorio. Aquí están muchos de ellos presentes, las saludo con cariño, con afecto, y también quiero a partir de eso, entendamos bien las palabras  de Pablo el Apóstol en la segunda lectura, cuando les dice a los Corintios… No busqué anunciarles el Evangelio mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, si no que resolví no hablarles sino de Jesucristo más aún de Jesucristo crucificado; eso es lo que hace la vida consagrada de manera más intensa, como luz del mundo y sal de la tierra.

Dan toda su vida para unirse en comunidad, y según el carisma de esa institución, se entregan como lo sabemos quiénes conocemos su obra a realizar una labor de ayuda al prójimo fundamentado, en situaciones muchas veces difíciles, que se necesita una gran abnegación, ayudando a los indigentes, a los niños sin techo, a los ancianos, atendiendo a nuestros sacerdotes mayores, ya que no se valen

por si mismos, atendiendo a todas esas situaciones de personas en riesgo, por causa de la degradación que en nuestra sociedad se da hacia muchos ámbitos de la vida humana, en donde no se respeta la dignidad humana, por eso el profeta pide algo que hay que evitar, el profeta Isaías, cuando renuncies a oprimir a los demás, y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, brillará tu luz en las tinieblas.

Estas son actitudes fundamentales que intensifican religiosos y religiosas, consagrados y consagradas atendiendo a personas que muchas veces no conocen, que están en redes de prostitución, de  trata de personas y que son las que le dan sentido a esas personas que han tenido heridas profundas de falta de respeto a su propia dignidad. Esa es la luz y esa es la sal que necesita nuestro mundo de hoy urgentemente, y para ello se necesita tener la actitud plena de donación de su vida, hasta el extremo como lo hizo Cristo en la Cruz.

Pidamos pues, oremos por todos los discípulos de Cristo para que seamos luz y sal y  especialmente en este día, por todos los consagrados y consagradas de nuestra Arquidiócesis de México, para que la gracia de Dios los fortalezca y los haga crecer en la comunión entre unos y otros, y den ese  testimonio que es una gran fortaleza para la vida de la Iglesia, el testimonio intenso de oración, de abnegación y de la caridad que es la plenitud del amor. Entregamos en manos de María de Guadalupe a estas 4, 500 personas consagradas al servicio de nuestra iglesia particular, de la Arquidiócesis de México.

Que así, sea.

ENERO 2020

Durante la Solemne Misa del III domingo del Tiempo Ordinario que el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México ofició en la Basílica de Guadalupe en su homilía dijo “A través de las redes, nuestros adolescentes y jóvenes exhiben su vida privada con facilidad y son objeto de acoso de distintas maneras” por ello nos motivó a pedirle a María de Guadalupe “podamos reconstruir el tejido de nuestra sociedad para facilitar el crecimiento de las nuevas generaciones en los valores humanos que nos ha reflejado el testimonio de la vida de Jesucristo”

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. (Is 9, 1-2).

El anuncio del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura lo retoma el Evangelio de hoy el evangelista Mateo, y afirma que es Jesús la luz que quita toda tiniebla, toda sombra, toda oscuridad en el caminar humano. Jesús es aquél que esperábamos, el que tenía que venir de la tierra de Zabulón y de Neftalí al otro lado de Galilea, de ahí viene Jesús y ahí inicia su ministerio anunciando, conviértanse, el Reino de Dios ya está cerca (Mt 4, 17). ¿Quién expresa el Reino de Dios? La persona de Jesús. Él es la presencia del Reino, la luz para el caminar del hombre, Él es el que esclarece cualquier dificultad, obstáculo, tragedia o drama en la vida humana, le da sentido; por eso es tan importante encontrarnos con Jesús.

¿Con Jesús? Ustedes podrán decir, pero sí el ya no está físicamente, ¿cómo podemos encontrarnos con Él? El Papa Francisco ha decretado que justamente este domingo, el tercero del Tiempo Ordinario, en el inicio de un nuevo año, se considere como el Domingo de la Palabra de Dios, para que tomemos conciencia de que Jesús se hace presente en Su Palabra.

Por eso ustedes cada Eucaristía escuchan un trozo del Evangelio, a través de esta lectura, meditación y puesta en práctica de lo que escuchamos en la Palabra de Dios encontraremos la luz para nuestras situaciones difíciles, para nuestros momentos trágicos, y también para reconocer cómo Dios ha intervenido en todo aquello que nos da una gran satisfacción, una gran alegría; la Palabra es presencia de Jesucristo.

La Palabra proclamada y explicada por nosotros los ministros, que hemos tenido esta encomienda de parte de la Iglesia, diáconos, presbíteros y obispos, nosotros tenemos la responsabilidad de explicarla en estas homilías. Por ello, debemos pedir mucho por estas vocaciones sacerdotales en el ministerio, orar y propiciar en nuestros ambientes que surjan.

Yo hoy, en presencia de todos ustedes, le agradezco al Papa Francisco no solamente que haya tomado esta decisión del Domingo de la Palabra de Dios para que de este año en adelante así lo recordemos y lo vivamos. Sino, también aprovecho la ocasión, como quizá la mayoría de ustedes estén ya informados, de que el día de ayer el Papa me ha concedido tres nuevos colaboradores como Obispos Auxiliares de la Arquidiócesis de México, con ello completamos un equipo de cinco Obispos Auxiliares, que me ayudarán a este ministerio, a animar y a acompañar a nuestros sacerdotes y diáconos para que cumplamos cabalmente nuestra misión, como vemos que lo hacía ya san Pablo en la primitiva comunidad cristiana, cuando dice a los Corintios: Me he enterado hermanos, por algunos servidores de Cloe, que hay discordia entre ustedes (1 Co 1,10-11).

Me he enterado también yo en nuestros tiempos, que hay una gran dificultad para transmitir nuestra fe, nuestras convicciones espirituales a las nuevas generaciones. Y también me he enterado que los niños, adolescentes y jóvenes corren más riesgos que los que corrimos nosotros en esa etapa en la que tenemos que preguntarnos quién soy yo y para qué vine al mundo, cuál es mi vocación para discernir entre lo que Dios quiere de mí y de ordenar todas mis potencialidades, lo que me apasiona y me anima, ordenarlo para el servicio a los demás.

Hoy, corren ellos mayor riesgo en esta decisión de ir descubriendo el sentido de su vida por dos factores: uno, porque se ha multiplicado la desintegración de las familias, el estilo de vida de nuestra sociedad ha llevado a que papás estén menos tiempo con sus hijos, también, las separaciones de los Matrimonios, los divorcios y los vueltos a casar o los que quedan huérfanos y no tienen quién les de acompañamiento.

Pero, sobre todo riesgos muy nuevos, porque a éstos a que me he referido los vivimos también nosotros y tuvimos acompañamiento de familia, de tíos, de abuelos y con eso resolvíamos nuestro caminar, pero hoy las tecnologías de la comunicación, a través de las redes sociales, representan riesgos muy graves a sus hijos.

Lo hemos visto con los hechos sucedidos recientemente en Torreón, Coahuila, un adolescente que asesina a su maestra y que hiere a compañeros, y finalmente se quita la vida. Eso está propiciado no sólo por la separación de su familia, como en efecto era su caso, sino también porque en las redes sociales se ven tentados a vivir riesgos de gran magnitud, como una competencia de quién se atreve a hacerlos.

A través de las redes, nuestros adolescentes y jóvenes exhiben su vida privada con facilidad y son objeto de acoso de distintas maneras; por eso hoy, este domingo, nuestra revista y nuestra página Desde la fe de la Arquidiócesis de México ha dedicado una edición especial para ver cómo ayudamos a prevenir que esto no les suceda.

Que ustedes conozcan qué pueden hacer, ahí vienen los tres o cuatro riesgos graves en dónde ustedes pueden aclararse de qué manera acompañar a los niños, adolescentes y jóvenes en nuestro tiempo.

Pidámosle al Señor Jesús que nos ayude a superar estas circunstancias, estas dificultades, que las asumamos con confianza en Él. Pidámosle a María de Guadalupe que podamos reconstruir el tejido de nuestra sociedad para facilitar el crecimiento de las nuevas generaciones en los valores humanos que nos ha reflejado el testimonio de la vida de Jesucristo.

Pidámosle a María de Guadalupe, que ella nos acompañe y que aprendamos de ella la ternura y cercanía que necesitan los jóvenes.

Que así sea.

En el II Domingo del Tiempo Ordinario, el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, presidió la Eucaristía en la Basílica de Guadalupe. En su homilía nos hace reflexionar preguntándonos: «¿Por qué si somos santos, si hemos recorrido el proceso de arrepentimiento, reconociendo lo que hemos hecho mal, si hemos sido perdonados por Dios, y desde nuestro Bautismo tenemos acceso a la santidad de Dios cuando estamos en amistad con él, por qué entonces vivimos con tantos problemas, con tantos conflictos, con tantos homicidios, suicidios, agresiones, situaciones indignas para el ser humano? Porque muchos de nosotros somos católicos y hemos aprendido, hemos recibido una catequesis, nos han formado en lo más básico e importante del seguimiento de Cristo, pero muchas veces, se ha quedado en una formación meramente teórica, de conceptos»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Juan dio este testimonio. Vi al Espíritu descender desde el cielo en forma de paloma y posarse sobre Él (…) Yo lo vi y doy testimonio, de que éste es el Hijo de Dios (Jn 1, 31-34).

Teniendo en cuenta los diferentes relatos de los Evangelios sobre la figura de Juan Bautista podemos descubrir con facilidad lo importante que fue el testimonio de Juan, no solamente para el pueblo en general que había acudido a él, preparándose por su predicación a la conversión de corazón, al arrepentimiento de su mala conducta, de sus fallas, de sus errores; pero faltaba la culminación de ese proceso, faltaba saber si de verdad recibíamos el perdón de Dios. Y sobre todo, algo que Dios tenía reservado para nosotros, como lo explica la segunda lectura, del apóstol San Pablo, cuando dice: a todos ustedes a quienes Dios santificó en Cristo Jesús, que son su pueblo santo (1 Co 1,1-3). El perdón nos lleva a la amistad y unión con Dios, el perdón que Dios nos da, nos lleva a la capacidad de ser también como Dios: santos.

Por eso fue importante el testimonio de Juan Bautista para muchos, que lo habían escuchado y lo habían seguido, cuando afirmó: Jesús, es el Hijo de Dios, es el que quita el pecado del mundo, porque ha sido enviado y ha recibido el Espíritu Santo. Como narra el evangelista san Juan, de allí dos de ellos, de entre la gente que seguía a Juan, seguirán a Jesús: Felipe y Andrés. Ellos comienzan a seguirlo y después otros dos, y así Jesús inicia su misión, y proclama: el Reino de Dios ha llegado, y es para todos. ¿Ven la importancia del testimonio de Juan?

Hoy nos podemos preguntar, ¿por qué si somos santos, si hemos recorrido el proceso de arrepentimiento, reconociendo lo que hemos hecho mal, si hemos sido perdonados por Dios, y desde nuestro Bautismo tenemos acceso a la santidad de Dios cuando estamos en amistad con él, por qué entonces vivimos con tantos problemas, con tantos conflictos, con tantos homicidios, suicidios, agresiones, situaciones indignas para el ser humano?

Hoy la palabra de Dios nos ayuda a entender la importancia del testimonio. Porque muchos de nosotros somos católicos y hemos aprendido, hemos recibido una catequesis, nos han formado en lo más básico e importante del seguimiento de Cristo, pero muchas veces, se ha quedado en una formación meramente teórica, de conceptos. Los conceptos, las ideas, el saber cuál es la doctrina de Jesús es la puerta de entrada, pero no basta entrar, hay que saber a dónde vamos.

Lo que necesitamos es generar y promover como cristianos, como pueblo de Dios, el testimonio con nuestra propia conducta, viviendo la enseñanza de Jesús. Nosotros transmitiremos así la experiencia de Dios, de un Dios que camina con nosotros, de la fuerza de Dios a través del Espíritu Santo en todas las situaciones difíciles, adversas, e incluso en las alegres, aquellas que haciendo lo que Dios nos pide hacer, salen bien, y nos dan una gran alegría.

Estas experiencias de vida, hacer experiencia de vida la enseñanza de Jesús nos da la convicción de que aquello que aprendimos como doctrina es verdad, no es simplemente una hipótesis, una teoría. Tenemos que ponerla en la práctica para que llegue a ser en nosotros una convicción. Saber detectar la acción de Dios en nuestras vidas, cuando esto sucede, nuestra conducta se vuelve coherente, atractiva y también un fuerte testimonio, de que realmente el Espíritu Santo está para acompañarnos en la vida humana.

Ese testimonio es el que nos falta como sociedad. Esa fuerza de la convicción de quienes somos discípulos de Cristo, de quienes tratamos de aplicar en nuestra vida y en nuestro entorno las enseñanzas de Jesús.

Al inicio de esta Eucaristía les informaba que el Papa pide dedicar este domingo a la Palabra de Dios y apreciarla, porque la Palabra de Dios ofrece estos testimonios, esta enseñanza y estos ejemplos para poderlos seguir.

Este domingo la primera lectura del profeta Isaías se dirige a nosotros, ahora habla el Señor, el que me formó desde el seno de mi madre para que yo fuera su servidor, para hacer que Jacob volviera a él y congregar a Israel en torno suyo (Is 49, 5).

Eso que se realizó en el pueblo judío para que se diera el nacimiento de Jesús en ese pueblo y para que Jesús pudiera encarnarse, ahora está dirigido a nosotros, está dirigido para que seamos esos servidores de Dios.

Dios nos mira, nos está siguiendo, está pendiente de nosotros para ayudarnos a que seamos estos servidores, que como dice más adelante el profeta: porque es poco que mi siervo sólo sirva a las tribus de Judá… yo quiero que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la Tierra (Is 49, 6).

Por tanto, nos necesita a nosotros; ya que somos los últimos rincones de la Tierra. No debemos de pensar en lo más distante de nosotros, nosotros estamos en un rincón de la Tierra. En ese rinconcito donde yo vivo, en ese espacio y en ese ambiente, ahí tenemos que llevar la salvación, y la salvación eso es: tener experiencia y dar testimonio de que Dios camina conmigo y con nosotros.

¿Ven?, cuando dice entonces el Señor que he aquí a mi Siervo hoy en esta Eucaristía, nos está contemplando a nosotros, Jesús nos está viendo y está esperando que le digamos, aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, como cantábamos en la hora del Salmo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Pidámosle al Señor que nos dé esa valentía que sólo con la fe podemos dar ese paso, creyendo que si aplicamos la doctrina de Jesús transformaremos nuestras realidades y seremos la familia de Dios que Él quiere de nosotros.

Pidámosle a María de Guadalupe, pues para eso vino aquí, para mostrarnos el amor de Dios, para decirnos que está pendiente de nosotros, para a través de esta exquisita y tierna imagen que tiene siempre la mujer, María de Guadalupe hacia todos nosotros, que ella nos ayude también como lo hizo en carne propia al manifestar a su hijo Jesús, a darle vida a Jesús.

¡Démosle vida, desde nuestra propia vida, a Jesucristo en el mundo de hoy!

Que así sea.

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