Misas del Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México

MARZO 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres? (Jn 9,2).

Los discípulos de Jesús, siguiendo la tradición recibida de sus antepasados para interpretar como castigos divinos las enfermedades congénitas, los vicios, y las tragedias, le plantean a Jesús la pregunta: ¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?

Ante esta escena evangélica podemos preguntarnos hoy, quién pecó para que estemos padeciendo semejante Pandemia. La respuesta de Jesús es contundente y nos ilumina el momento que vivimos. Jesús respondió: Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios (Jn 9,3).

En efecto, ante situaciones dramáticas, críticas, trágicas, casi siempre surge la inquietud de saber quién fue responsable de lo sucedido. Jesús indica que más bien debemos preguntarnos, qué quiere Dios de nosotros ante los acontecimientos.

Continuando con la escena del Evangelio, hemos escuchado que: Jesús escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: Ve a lavarte en la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista (Jn 9, 6-7).

A la luz del Evangelio podremos descubrir, que el estilo de vida de la sociedad globalmente hablando, está más orientado en atender el cuerpo y dar satisfacción a sus tendencias, que desarrollar el espíritu que da vida al cuerpo. Y en esa inercia, pierde  importancia y sentido lo que hacen los demás, la persona del otro no me interesa; estamos así transitando a un individualismo subjetivista que convierte al otro en un objeto, me interesa el otro solamente si lo necesito para lograr mis objetivos. Entonces, ¿qué quiere comunicarnos Dios mediante los acontecimientos de la Pandemia?

Debemos preocuparnos por alimentar no solo el cuerpo y atenderlo, sino también por alimentar el espíritu, abrirnos a la trascendencia, a la mirada del más allá, crecer y desarrollar mi experiencia de Dios, Padre de misericordia, que ha creado este planeta, para que sea nuestra casa común, que ha dejado en nuestras manos la responsabilidad de cuidarlo, respetando sus leyes naturales para su conservación, y que ha creado al ser humano para que aprenda a ejercitarse en el amor, entendido como amor gratuito y generoso, con quienes me rodean y convivo, para que generemos una sociedad fraterna y justa, que procura la paz y el bienestar común.

Hemos perdido el horizonte del destino para el cual fuimos creados. Nos preocupamos solamente del presente inmediato sin tener en cuenta el futuro. Estamos ciegos al no reconocer nuestra vocación a la trascendencia, nuestro destino a la vida eterna.

Al final del Texto cuando se encuentra Jesús con el ciego, a quien le devolvió la vista, Jesús le dice: Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos (Jn 9, 39).

Con esta afirmación Jesús se presenta enviado por Dios Padre para dar a conocer al  verdadero Dios, por quien se vive, y la finalidad de habernos creado, dándonos un espíritu eterno para compartir, como hijos, la vida divina en la Casa de Dios Padre.

Por eso, necesitamos encontrarnos con Jesucristo, para que nos ayude a ver y descubramos lo que debemos hacer, cómo debemos actuar e intervenir en esta Pandemia. Así descubriremos que nos necesitamos, y debemos actuar solidariamente mirando el bien no solo personal, sino también de la sociedad en sus distintas expresiones: barrio, colonia, ciudad, país, mundo.

Hagamos realidad las palabras que el Apóstol San Pablo expresó en la segunda lectura: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la justicia, y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte en las obras estériles de los que son tinieblas (Ef 5,8-11). San Pablo terminaba diciendo: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz (Ef 5,14).

Agradezco a Televisa, El Heraldo de México, Grupo multimedios, Univisión, Azteca noticias, y muchas redes digitales que han dispuesto sus plataformas de comunicación para seguir alimentando nuestro espíritu en estas circunstancias, que impiden a los fieles asistir y participar físicamente en nuestras habituales celebraciones eucarísticas de los domingos. El Señor les recompense abundantemente, y sea en provecho de todos los que virtualmente están participando en esta celebración.

Ahora los invito a ponernos de pie para poner en manos de Nuestra Madre, María de Guadalupe nuestras súplicas y oraciones. Primero en un breve momento de silencio y luego juntos en oración.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,

escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas,

acompáñanos, protégenos, cuídanos.

Bajo tu amparo nos quedamos Señora y Madre Nuestra,

te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

Amén.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

¿Cómo es que tú siendo judío me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Jn 4,9).

Este denso pasaje del Evangelio de san Juan que narra el diálogo entre Jesús y la samaritana tiene una riqueza muy grande para descubrir la nueva manera de relacionarnos entre nosotros, para poder encontrar a Jesús, el encuentro vivo con él y para poder ejercer también una nueva manera en la relación con Dios en espíritu y en verdad.

Voy a detenerme en tres puntos de este diálogo, que me parecen de suma actualidad y de importancia en nuestro tiempo. El primero es cómo Jesús está atento a superar barreras, a superar diferencias que hacen que la gente no se trate entre sí, a superar muros y a facilitar el diálogo.

La mujer se extraña, ¿cómo tú siendo judío vienes a mí si sabes que nosotros no nos tratamos? y, ¿cómo, además, me pides que te dé de beber agua?

El discípulo de Cristo tiene que aprender a hacer de este ejemplo de Jesús una realidad en nuestras vidas. Como dice el Papa Francisco necesitamos una iglesia en salida, que vaya en busca de sus hermanos, independientemente de lo que piensan, independientemente de lo que creen, es necesario transmitir el camino de la verdad y de la salvación.

El segundo punto es observar cómo el diálogo que se establece entre Jesús y la mujer samaritana se va desarrollando en distintos niveles, mientras que Jesús habla de realidades para adentrarnos en el espíritu propio, en nuestro interior y de la relación con Dios, la mujer habla de cosas transitorias, muy importantes como tener agua para vivir, pero que sólo sirven para este mundo, para nuestro peregrinaje en la tierra.

Poco a poco, Jesús va estableciendo un diálogo donde la mujer descubre que lo importante por encima de las cosas transitorias, que debe atender cualquiera de nosotros para sobrevivir y tener una vida digna, lo más importante es preocuparnos de lo que está sucediendo en nuestro interior.

Jesús le hace sentir e incluso pedir el agua que da vida, es decir, le hace ver la necesidad que tenemos de satisfacer el ansia de entrar en una relación con Dios, que me permita conocerlo. Por eso Jesús le promete el agua que da vida, el agua que brota como un manantial desde dentro, para lo cual la mujer tiene que reconocer sus propias condiciones actuales: No tengo marido, es cierto, no lo tienes porque ya llevas cinco y el que está ahora contigo no es tu marido (Jn 4,18).

Reconocer esas realidades en las cuales no he tenido la satisfacción, ni la plenitud de mi vida, porque no he conocido lo que Dios quiere de mí al haberme dado la vida. Este es el diálogo que tenemos que generar al relacionarnos con los demás.

No solamente preocuparnos si va a llover o no, o quién ganó de mis equipos favoritos, o cómo está el clima, o cómo nos debemos de cuidar en esta situación de pandemia y de epidemia en el mundo. Tenemos que atender esas preocupaciones transitorias, pero nuestra preocupación principal tiene que ser, ¿a qué he venido yo? ¿Por qué tengo vida? ¿Para qué tengo vida?

Y eso es posible cuando ponemos en común, cuando compartimos nuestra vida interior con los demás, y cuando hacemos este esfuerzo para que el otro se descubra a sí mismo como lo que es, lo que tiene, lo que anhela, lo que posee y a lo que Dios lo llama. Este es el tercer punto, la necesidad de transmitir lo que vivimos.

Jesús inmediatamente después de tener este diálogo con la samaritana hace dos cosas muy importantes que pueden escapársenos. Cuando sus discípulos regresan y lo encuentran hablando con esa mujer, y a la hora que se despide de ella, dice el texto, se quedaron sorprendidos. Jesús, entonces les dice: Abran los ojos, miren, contemplen los campos que ya están dorados para la siega, ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna, de modo que se alegran igual el sembrador y el segador porque uno es el que siembra y otro el que cosecha (Jn 4,35-37).

Les está diciendo a sus discípulos: hagan lo mismo que yo. Yo estoy sembrando, ustedes van a cosechar, pero levanten los ojos, miren la necesidad que tienen nuestros contemporáneos, aunque sean samaritanos, no hay que dedicarnos solamente a los judíos, hay que dedicarnos a todo aquel que es compañero en la vida. Y la segunda cosa que hace Jesús cuando los samaritanos han escuchado a la mujer, que también a su vez transmitió su experiencia a sus paisanos, ellos se vieron en interés de conocer a Jesús, la mujer también transmite lo que vive a sus compañeros, a su familia y a los demás círculos a tal punto que van y le piden a Jesús que se quede con ellos. ¿Jesús qué hace? accede, dice el texto, y se quedó con ellos durante unos días.

Hermanos, que en este caminar hacia nuestro interior que todos necesitamos para crecer en nuestra propia espiritualidad, sigamos estos pasos, tener apertura para el diálogo con todos los demás, independientemente de sus condiciones de vida, si están casados por la iglesia o no, si están separados, si ya no creen en Dios, si están en condiciones de indigencia, como sean. Nosotros tenemos que tener esta capacidad, como Jesús, de acercarnos con su método, tratando de entender al otro, pero también ayudándola a descubrir la necesidad que tiene de atender su espíritu y que para ello es necesario compartir.

Finalmente transmitir la buena noticia el Señor vive, nos encontramos con Él, y es el camino para encontrar la verdad y la vida.

Con esta reflexión y a propósito de lo que vivimos en el mundo hoy, de países que han sido castigados fuertemente por la epidemia y otros que estamos en expectativa sin saber qué es lo que sucederá con nosotros, y que queremos cuidarnos y protegernos, estamos aquí con María de Guadalupe, Nuestra Madre, vamos a dirigirnos a ella, vamos a pedirle que nos cuide y nos acompañe, que nos proteja.

El Papa lo hizo ahora recientemente en Roma, quiero también seguir su ejemplo y les pido que juntos hagamos esta oración que muchos la conocen y pueden irla repitiendo junto conmigo. Primero nos vamos a poner de pie y vamos a tener un breve momento de silencio para que cada uno le diga a Nuestra Madre qué es lo que les preocupa en este momento, cuáles son sus angustias, cuáles son sus preocupaciones fundamentales.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
No desprecies nuestras oraciones, nuestras súplicas,
acompáñanos, protégenos, cuídanos.
Bajo tu amparo nos quedamos Señora Nuestra, Madre Nuestra,
te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

En el Día Internacional de la Mujer el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México presidió la Misa Dominical en la Basílica de Guadalupe. Compartiendo con nosotros en su homilía, que: «Este misterio de ser luz, de orientar la vida y saber por dónde ir, cómo afrontar los problemas, los conflictos y las dificultades, lo podemos hacer cuando la relación entre el hombre y la mujer se dan espléndidamente. Si estamos en confrontación, no podemos ser luz, no podemos ser transparentes, no podemos ser esa blancura que nos permita encontrar el verdadero camino. Pidámosle a María de Guadalupe, mujer, y a su Hijo Jesucristo, varón, que nos ayuden a construir una sociedad donde reconozcamos la plena y común dignidad del varón y la mujer»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Ahí se transfiguró en su presencia” (Mt. 17, 2).

Para entender este pasaje, es importante saber qué significa “transfigurar”, y significa: ir más allá de lo que aparece; es decir ir al interior. Cuando vemos a una persona, al contemplarla, nos quedamos con la expresión corporal, lo que aparece por fuera. Ir más allá es traspasar lo corporal para saber lo que es, lo que hay dentro de esa persona; eso significa más o menos la transfiguración de Jesús. Lo que vieron los discípulos.

Lo sorprendente no es la palabra “transfigurar”, sino lo que encontraron los discípulos al ver el interior de Jesús. Se dieron cuenta que, en Jesús, aunque era en todo semejante a nosotros como hombre, había una presencia de la divinidad, algo único. Y realmente así fue; es decir, es el Hijo de Dios que, para poder hacerse hombre, ocultó su divinidad, quedó escondida. Incluso, San Pablo afirma en una de sus cartas: “Se vació de sí mismo, dejó a un lado esa naturaleza divina para poder asumir la naturaleza humana” (Fil 2, 7).

Pero en aquel encuentro en el Monte Tabor, Jesús se transfiguró, mostró su interior. Dice el texto: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve” (Mt. 17, 2). Es una descripción que refleja, primero, una gran luz, una luz como la del sol, algo inusitado. ¿Cómo puede, de un ser humano, salir esa luz tan resplandeciente como la del sol? Así lo describieron los discípulos. Y un segundo elemento: sus vestiduras blancas, tan blancas como la nieve.

Estos dos elementos: luz y blancura, hablan de lo que es el misterio de Dios. Dios es luz, Dios esclarece, Dios clarifica, Dios ilumina, Dios orienta, porque no es lo mismo caminar de día que caminar de noche. Caminando de la mano de Dios, lo hacemos con plena claridad, sin tropezarnos, sin caernos, sin correr riesgos.

La blancura, en particular, expresa la transparencia, la pureza, la claridad de las cosas. Dios es precisamente transparente, lo que dice lo hace. No hay en Él nada que ocultar, nos ama verdaderamente. No es una pose, no es una conveniencia, es Él, Dios, el Dios que dice lo que es y hace lo que dice.

Estas dos características que los discípulos descubrieron en ese momento de la transfiguración (luz y blancura) reflejan aspectos fundamentales de lo que es el misterio de Dios, y por eso estaban todos tan contentos que dijeron: “Señor, ya quedémonos aquí contigo” (Mt. 17, 4) (más contigo como Dios, que contigo como hombre).

Pero Jesús responde: ‘No, esto es nada más para ustedes, cuando vean que yo resucite de la muerte, al tercer día, recuerden que también resucitaré porque soy el Señor de la vida. Para que tengan esta fe cuando me vean morir en la cruz’ (Mt. 17, 9). Jesús prepara así a Pedro, a Santiago y a Juan, que van a ser excelentes miembros de la comunidad apostólica.

Hermanos, ahora, a partir de esto que acabo de explicarles, ¿recuerdan ustedes lo que dice el libro del Génesis, cuando Dios decide crear al ser humano? Dice: “Hagámoslo a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1, 27). Y añade: “Así los creó, a imagen y semejanza, y los creó varón y mujer”. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que también en nuestro interior hay algo de Dios; está ahí también una luz; no resplandece como la de Jesús, porque no tenemos esta naturaleza divina, sino que somos adoptados como hijos de Dios por el Bautismo, pero además al hacernos varón y mujer, nos hizo distintos para poder expresar de manera distinta y complementaria los aspectos de la divinidad. ¿Qué quiere decir esto?, que ni los varones solos ni las mujeres solas pueden dar testimonio de lo que es Dios, sino solamente juntos, en relación. El proyecto de Dios es así.

Este misterio de ser luz, de orientar la vida y saber por dónde ir, cómo afrontar los problemas, los conflictos y las dificultades, lo podemos hacer cuando la relación entre el hombre y la mujer se dan espléndidamente. Si estamos en confrontación, no podemos ser luz, no podemos ser transparentes, no podemos ser esa blancura que nos permita encontrar el verdadero camino.

Por eso, ante este texto, me parece importante pedir a nuestra Madre, María de Guadalupe, que nos auxilie. Ella fue mujer y el Hijo de Dios quiso nacer de una mujer, como todos nosotros, para darle esa relevancia, de una y otra manera, al varón y a la mujer.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer, pero debemos entender, desde la fe, que somos complementarios, que tenemos la misma dignidad, y que sólo en una buena relación entre unos y otros haremos el camino que necesita la humanidad para encontrarse al final en la Casa del Padre, gozando de luz plena y de la verdad completa.

Pidámosle a María de Guadalupe, mujer, y a su Hijo Jesucristo, varón, que nos ayuden a construir una sociedad donde reconozcamos la plena y común dignidad del varón y la mujer.

¡Que así sea!

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, en el I Domingo del Tiempo de Cuaresma, oficio la Eucaristía en la Basílica de Guadalupe.

Nos llama a comprender la importancia de la familia y sus valores, en su homilía nos invita a reflexionar, diciéndonos: «Si hay odio, violencia y agresión al interior de la familia estamos fallándole a nuestra vocación, porque estamos haciendo que estos nuevos seres con las heridas que van desarrollando en la niñez, en la adolescencia y en la juventud se hagan agresivos, violentos, sin respeto a la dignidad humana. ¿Ven la importancia de la familia? Si la familia cumple su misión las otras instituciones que están para servir al hombre, que están para servir a la sociedad como la escuela, facilitaremos ese aprendizaje de lo que debemos y cómo debemos actuar en nuestra conducta social. Estos replanteamientos son muy propicios para superar los feminicidios que estamos viviendo en la sociedad, porque la muerte a la mujer por violencia, es humanamente incomprensible».

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto (Mt 4, 1-11).]

Este primer domingo de Cuaresma la Palabra de Dios trata de orientarnos en la finalidad de este tiempo; es decir, a qué nos llama la Iglesia durante estos 40 días imitando a Jesús.
Jesús fue llevado 40 días por el Espíritu al desierto para discernir su vocación y su misión, para esclarecer a qué lo había enviado Dios Padre, qué significaba ser el Mesías esperado por el pueblo de Israel, y cómo tenía que hacer su misión.

Como verdadero hombre, y como nos pasa a todos nosotros, tenemos que descubrir para qué Dios nos ha dado la vida. En la primera lectura afirma el texto del Génesis que Dios nos dio el aliento para vivir: el Señor Dios tomó el polvo del suelo y con él formó al hombre, le sopló en la nariz un aliento de vida y el hombre comenzó a vivir (Gn 2, 7-8). ¿Para qué nos ha comunicado la vida, ya que ninguno la hemos pedido? Ha sido un regalo, pero ese regalo tiene una finalidad.

Jesús deja ahí un ejemplo muy claro en esta narración, aunque tenemos que actualizar las tentaciones que hoy tiene un discípulo de Jesús. Nosotros hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y hemos sido educados para ser católicos, integrando la comunidad de discípulos de Jesús. Entonces debemos preguntarnos, ¿para qué Dios nos dio la vida y cómo ejercer esa misión?

En este tiempo, en el contexto que nos toca vivir, las tentaciones las podemos descubrir si atendemos tres dinamismos que socialmente se están dando con mucha intensidad y que los tenemos que reencauzar: el individualismo, que hace a la persona sólo ver lo que le interesa y le conviene, descuidando lo que conviene a los demás. Segundo dinamismo, el subjetivismo. Hoy está expandido por todas partes que lo importante es lo que ‘tú piensas”, y por tanto, “hazle como tú quieras”. Así hemos perdido mucha capacidad de escucha al otro y a lo que le sucede a los demás, siendo fundamental la capacidad de escucha y de diálogo para edificar la justicia y la paz. Todos necesitamos compartir las inquietudes que llevamos dentro para poder esclarecer qué es lo que Dios quiere de mí.

Y tercer dinamismo, el relativismo. Cada quien hace su verdad y desde su verdad se pone a vivir, pero no llegamos al conocimiento de la auténtica verdad, y eso nos conduce, como lo estamos viendo en la sociedad, al libertinaje, cada quien hace lo que le pega la gana. Ante estos dinamismos sociales que se están dando en nuestra sociedad tenemos que replantearnos esta Cuaresma, personalmente, familiarmente, en círculo de amigos, en las instituciones, cómo superarlos, que es lo que nos puede ayudar a superar estos dinamismos y tendencias.

El primer recurso es, como hizo Jesús, darnos un tiempo para nosotros mismos. El silencio personal, refiriéndonos no solo a mí mismo sino a Dios, Dios que me dio la vida, y eso se llama orar, que no es simplemente recitar fórmulas de oración, y para orar es necesario escuchar la Palabra de Dios. ¿Se fijaron que Jesús las tres tentaciones las supera con la misma Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, que aprendió desde niño? Este es el primer elemento que tenemos como recurso para superar las tentaciones de hoy.

El segundo recurso, lo descubrimos recordando el libro del Génesis que narra como Dios nos dio la vida, y su proyecto no fue crear simplemente un ser humano, sino un ser humano complementario, varón y mujer, para complementarnos, para ayudarnos. Somos distintos el varón y la mujer, pero somos complementarios, de tal manera necesarios para generar la vida y para superar las tentaciones de la vida, esa es la misión del matrimonio y de la familia. La familia es el proyecto de Dios para generar la vida, facilitando el ambiente interno para que el ser que nace experimente ser amado; porque si no se experimenta el ser amado, es muy difícil aprender a amar.

Si hay odio, violencia y agresión al interior de la familia estamos fallándole a nuestra vocación, porque estamos haciendo que estos nuevos seres con las heridas que van desarrollando en la niñez, en la adolescencia y en la juventud se hagan agresivos, violentos, sin respeto a la dignidad humana.

¿Ven la importancia de la familia? Si la familia cumple su misión las otras instituciones que están para servir al hombre, que están para servir a la sociedad como la escuela, facilitaremos ese aprendizaje de lo que debemos y cómo debemos actuar en nuestra conducta social.

Estos replanteamientos son muy propicios para superar los feminicidios que estamos viviendo en la sociedad, porque la muerte a la mujer por violencia, es humanamente incomprensible. Hoy en nuestra revista Desde la fe hemos hecho un editorial para hacer esta llamada a que trabajemos para que el varón y la mujer tengamos en la práctica la misma dignidad y generemos una cultura sustentada en la misma dignidad de ser hijos de Dios, y que en todo tengamos opción a las mismas oportunidades. Por eso hermanos, los invito a hacer de esta Cuaresma una reflexión personal, familiar, en los círculos donde yo me muevo, para replantearnos cómo superar el individualismo, el subjetivismo y el relativismo que están mal encauzados, y que tanto dañan a nuestra sociedad.

Pidámosle ayuda e intercesión a María de Guadalupe, a quien le tenemos tanto cariño, tanto afecto, tanto amor, ella que supo darle todo su afecto a Jesús, acompañándolo hasta el final en el Calvario, y recibiendo por ello, la gracia de ver a su hijo resucitado.

Que también nosotros veamos a tantos hijos, que necesitan experimentar ya en esta vida terrestre la conversión, la transformación, el cambio de su conducta para que sean conscientes de su propia dignidad, y que reconozcan en el otro, en el prójimo, la dignidad que debemos respetar y cuidar.

Que así sea.

FEBRERO 2020

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, nos dijo en su homilía: «Hoy recibirán el ministerio de lectores unos, para dar a conocer la Palabra de Dios, que nos conduzca por el camino de correspondencia a la santidad. Y otros, el ministerio de acólitos, para ayudar en la Eucaristía, la catequesis y el servicio de la caridad en el mundo, para caminar correspondiendo al amor de Dios». Asimismo, nos dice: «Pidámosle al Señor por estos 15 varones que se van a entregar al ejercicio de la caridad y de la Palabra de Dios para un día llegar a ser Diáconos Permanentes. Pidámosle por todos nosotros a María de Guadalupe, enséñanos a estar siempre en comunión con tu hijo Jesucristo».

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

En aquellos días dijo el Señor a Moisés: Sean santos, porque yo el Señor soy Santo” (Lv 19, 1-2).

Esta expresión del llamado que nos hace Dios a ser santos, me imagino que la mayoría de ustedes dice es una meta inalcanzable, es algo muy difícil, es para unos pocos. El texto dice que es para toda la asamblea, y después Jesús en el Evangelio también lo dice al final, que seamos “como lo es mi padre celestial”.

¿Realmente es inalcanzable esta meta de ser santos y ser un pueblo de Dios? Para poder entenderlo necesitamos recordar que la santidad es un regalo de Dios, y por eso san Pablo lo dice claramente en la segunda lectura: ¿No saben ustedes que son el templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1 Co 3, 16). 

Muchos de ustedes dirán, ¿cuándo, cuándo se me dio el Espíritu Santo? Se te dio cuando fuiste bautizado. Te bautizaron en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y te ungieron con el Espíritu Santo.

Ahí Dios regaló a cada uno de ustedes este Espíritu, que es el que nos conduce para ser santos, como Dios es santo. Pero eso cómo es posible. Cómo podemos realizarlo. Correspondiendo a esa gracia, aprendiendo a amar, éste es el arte.

Al respecto dice Jesús: Han oído ustedes muchas veces ama a tu prójimo, al que te hace el bien y odia al que te hizo el mal; pero yo les digo amen también a sus enemigos.

Cuando dejamos esos sentimientos de odio, de venganza, de anhelos de que le vaya mal al otro por lo que me hizo, por lo que me ofendió, ahí es donde está el camino de la santidad. Nuestra correspondencia al don de Dios está en estar atentos a la tentación para no dejarnos seducir por el odio, la venganza.

Y nosotros, ¿qué más tenemos que hacer? Estar en comunión con Dios, por eso nos regaló la Eucaristía, por eso nos regaló la Palabra de Dios. Estar en comunión a través de la oración, a eso han venido ustedes hoy aquí, a decirle a nuestra Madre, ayúdanos a estar en comunión con tu hijo.

Por eso necesitamos en la Iglesia estos ministerios que hoy voy a conferir a estos candidatos al diaconado permanente. 14 de ellos ya han ejercido su vocación de esposos, aquí están sus esposas con ellos, son hombres casados, uno más es un hombre célibe. Ellos han decidido servir como Diáconos Permanentes para ayudarnos en el camino de la caridad, del ejercicio del amor en nuestra sociedad.

Hoy recibirán el ministerio de lectores unos, para dar a conocer la Palabra de Dios, que nos conduzca por el camino de correspondencia a la santidad. Y otros, el ministerio de acólitos, para ayudar en la Eucaristía, la catequesis y el servicio de la caridad en el mundo, para caminar correspondiendo al amor de Dios.

Si nos mantenemos en comunión con Dios, y cuando lamentablemente la rompemos, inmediatamente recapacitamos, pedimos perdón y entramos de nuevo en relación con Dios, entonces caminamos en la santidad. 

Pidámosle al Señor por estos 15 varones que se van a entregar al ejercicio de la caridad y de la Palabra de Dios para un día llegar a ser Diáconos Permanentes.

Pidámosle por todos nosotros a María de Guadalupe, enséñanos a estar siempre en comunión con tu hijo Jesucristo.

Qué así sea.

El Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México ofició la Eucaristía desde la Basílica de Guadalupe en este V domingo del tiempo ordinario.

En este día en que se conmemora la Vida Religiosa, el Cardenal dijo durante su homilía: “Oremos por todos los discípulos de Cristo para que seamos luz y sal y especialmente en este día, por todos los consagrados y consagradas de nuestra Arquidiócesis de México, para que la gracia de Dios los fortalezca y los haga crecer en la comunión entre unos y otros, y den el testimonio intenso de oración, de abnegación y de la caridad que es la plenitud del amor. Entregamos en manos de María de Guadalupe a estas 4, 500 personas consagradas al servicio de nuestra iglesia particular, de la Arquidiócesis de México”

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

«Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo»

Esta misión de ser sal y luz, de darle sabor a la vida humana y de iluminar el camino para que esa vida humana sea satisfactoria y plena, es la tarea de todos los discípulos de Cristo, todos los que hemos sido bautizado en  su nombre hemos recibido esta misión; iluminar el camino de la humanidad y darle sentido a la actividad del hombre en su peregrinar por esta tierra para llegar a la casa del Padre.

¿Cómo podemos ser sal?, ¿cómo podemos ser luz?; el profeta Isaías en la primera lectura nos lo dice con toda claridad, con algunos ejemplos… comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo, no des la espalda a tu propio hermano, entonces surgirá tu luz, como la aurora, entonces cicatrizarán de prisa tus heridas. La acción de la caridad con aquel que es un necesitado, un prójimo que está cerca de nosotros y miramos por él y le ayudamos, ese es el camino, no solo para la persona que se le brinda esa ayuda, si no para nosotros mismos.

Cuando dice que vamos a ser luz, nos da también una visón de que esa acción nos beneficiará, dice: cicatrizará de prisa tus heridas; ayudando al otro, nos ayudamos a nosotros mismos, y más adelante dice el mismo profeta… que obrando de esta manera dice: invocarás al señor y él te responderá: lo llamarás y él te dirá: ¡aquí estoy! esta es la gran sorpresa que nos indica Jesús en otra parábola que tendremos cuando nos diga, tú le diste de comer a tu hermano pero lo hiciste conmigo, tú le diste de vestir a tu hermano necesitado pero lo hiciste conmigo, entra, forma parte del rebaño del Señor; ven bendito de mi Padre.

Así nos dice el profeta Isaías que seremos luz, iluminaremos el camino, así seremos algo que le dé sabor, es decir, sentido a la vida; esta misión que es para todo bautizado, para todo discípulo de Cristo, para desarrollarla especialmente en la familia, en esta comunidad célula, se plenifica, se intensifica y es de gran auxilio para la misión de la Iglesia; gracias a todos aquellos varones y mujeres que consagran su vida al servicio del reino de Dios.

Por eso estamos muy alegres, muy contentos y agradecidos con Dios, por la presencia de la vida consagrada, en nuestra Arquidiócesis de México; cerca de 4,500 personas son las consagradas en nuestro territorio. Aquí están muchos de ellos presentes, las saludo con cariño, con afecto, y también quiero a partir de eso, entendamos bien las palabras  de Pablo el Apóstol en la segunda lectura, cuando les dice a los Corintios… No busqué anunciarles el Evangelio mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, si no que resolví no hablarles sino de Jesucristo más aún de Jesucristo crucificado; eso es lo que hace la vida consagrada de manera más intensa, como luz del mundo y sal de la tierra.

Dan toda su vida para unirse en comunidad, y según el carisma de esa institución, se entregan como lo sabemos quiénes conocemos su obra a realizar una labor de ayuda al prójimo fundamentado, en situaciones muchas veces difíciles, que se necesita una gran abnegación, ayudando a los indigentes, a los niños sin techo, a los ancianos, atendiendo a nuestros sacerdotes mayores, ya que no se valen

por si mismos, atendiendo a todas esas situaciones de personas en riesgo, por causa de la degradación que en nuestra sociedad se da hacia muchos ámbitos de la vida humana, en donde no se respeta la dignidad humana, por eso el profeta pide algo que hay que evitar, el profeta Isaías, cuando renuncies a oprimir a los demás, y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, brillará tu luz en las tinieblas.

Estas son actitudes fundamentales que intensifican religiosos y religiosas, consagrados y consagradas atendiendo a personas que muchas veces no conocen, que están en redes de prostitución, de  trata de personas y que son las que le dan sentido a esas personas que han tenido heridas profundas de falta de respeto a su propia dignidad. Esa es la luz y esa es la sal que necesita nuestro mundo de hoy urgentemente, y para ello se necesita tener la actitud plena de donación de su vida, hasta el extremo como lo hizo Cristo en la Cruz.

Pidamos pues, oremos por todos los discípulos de Cristo para que seamos luz y sal y  especialmente en este día, por todos los consagrados y consagradas de nuestra Arquidiócesis de México, para que la gracia de Dios los fortalezca y los haga crecer en la comunión entre unos y otros, y den ese  testimonio que es una gran fortaleza para la vida de la Iglesia, el testimonio intenso de oración, de abnegación y de la caridad que es la plenitud del amor. Entregamos en manos de María de Guadalupe a estas 4, 500 personas consagradas al servicio de nuestra iglesia particular, de la Arquidiócesis de México.

Que así, sea.

ENERO 2020

Durante la Solemne Misa del III domingo del Tiempo Ordinario que el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México ofició en la Basílica de Guadalupe en su homilía dijo “A través de las redes, nuestros adolescentes y jóvenes exhiben su vida privada con facilidad y son objeto de acoso de distintas maneras” por ello nos motivó a pedirle a María de Guadalupe “podamos reconstruir el tejido de nuestra sociedad para facilitar el crecimiento de las nuevas generaciones en los valores humanos que nos ha reflejado el testimonio de la vida de Jesucristo”

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. (Is 9, 1-2).

El anuncio del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura lo retoma el Evangelio de hoy el evangelista Mateo, y afirma que es Jesús la luz que quita toda tiniebla, toda sombra, toda oscuridad en el caminar humano. Jesús es aquél que esperábamos, el que tenía que venir de la tierra de Zabulón y de Neftalí al otro lado de Galilea, de ahí viene Jesús y ahí inicia su ministerio anunciando, conviértanse, el Reino de Dios ya está cerca (Mt 4, 17). ¿Quién expresa el Reino de Dios? La persona de Jesús. Él es la presencia del Reino, la luz para el caminar del hombre, Él es el que esclarece cualquier dificultad, obstáculo, tragedia o drama en la vida humana, le da sentido; por eso es tan importante encontrarnos con Jesús.

¿Con Jesús? Ustedes podrán decir, pero sí el ya no está físicamente, ¿cómo podemos encontrarnos con Él? El Papa Francisco ha decretado que justamente este domingo, el tercero del Tiempo Ordinario, en el inicio de un nuevo año, se considere como el Domingo de la Palabra de Dios, para que tomemos conciencia de que Jesús se hace presente en Su Palabra.

Por eso ustedes cada Eucaristía escuchan un trozo del Evangelio, a través de esta lectura, meditación y puesta en práctica de lo que escuchamos en la Palabra de Dios encontraremos la luz para nuestras situaciones difíciles, para nuestros momentos trágicos, y también para reconocer cómo Dios ha intervenido en todo aquello que nos da una gran satisfacción, una gran alegría; la Palabra es presencia de Jesucristo.

La Palabra proclamada y explicada por nosotros los ministros, que hemos tenido esta encomienda de parte de la Iglesia, diáconos, presbíteros y obispos, nosotros tenemos la responsabilidad de explicarla en estas homilías. Por ello, debemos pedir mucho por estas vocaciones sacerdotales en el ministerio, orar y propiciar en nuestros ambientes que surjan.

Yo hoy, en presencia de todos ustedes, le agradezco al Papa Francisco no solamente que haya tomado esta decisión del Domingo de la Palabra de Dios para que de este año en adelante así lo recordemos y lo vivamos. Sino, también aprovecho la ocasión, como quizá la mayoría de ustedes estén ya informados, de que el día de ayer el Papa me ha concedido tres nuevos colaboradores como Obispos Auxiliares de la Arquidiócesis de México, con ello completamos un equipo de cinco Obispos Auxiliares, que me ayudarán a este ministerio, a animar y a acompañar a nuestros sacerdotes y diáconos para que cumplamos cabalmente nuestra misión, como vemos que lo hacía ya san Pablo en la primitiva comunidad cristiana, cuando dice a los Corintios: Me he enterado hermanos, por algunos servidores de Cloe, que hay discordia entre ustedes (1 Co 1,10-11).

Me he enterado también yo en nuestros tiempos, que hay una gran dificultad para transmitir nuestra fe, nuestras convicciones espirituales a las nuevas generaciones. Y también me he enterado que los niños, adolescentes y jóvenes corren más riesgos que los que corrimos nosotros en esa etapa en la que tenemos que preguntarnos quién soy yo y para qué vine al mundo, cuál es mi vocación para discernir entre lo que Dios quiere de mí y de ordenar todas mis potencialidades, lo que me apasiona y me anima, ordenarlo para el servicio a los demás.

Hoy, corren ellos mayor riesgo en esta decisión de ir descubriendo el sentido de su vida por dos factores: uno, porque se ha multiplicado la desintegración de las familias, el estilo de vida de nuestra sociedad ha llevado a que papás estén menos tiempo con sus hijos, también, las separaciones de los Matrimonios, los divorcios y los vueltos a casar o los que quedan huérfanos y no tienen quién les de acompañamiento.

Pero, sobre todo riesgos muy nuevos, porque a éstos a que me he referido los vivimos también nosotros y tuvimos acompañamiento de familia, de tíos, de abuelos y con eso resolvíamos nuestro caminar, pero hoy las tecnologías de la comunicación, a través de las redes sociales, representan riesgos muy graves a sus hijos.

Lo hemos visto con los hechos sucedidos recientemente en Torreón, Coahuila, un adolescente que asesina a su maestra y que hiere a compañeros, y finalmente se quita la vida. Eso está propiciado no sólo por la separación de su familia, como en efecto era su caso, sino también porque en las redes sociales se ven tentados a vivir riesgos de gran magnitud, como una competencia de quién se atreve a hacerlos.

A través de las redes, nuestros adolescentes y jóvenes exhiben su vida privada con facilidad y son objeto de acoso de distintas maneras; por eso hoy, este domingo, nuestra revista y nuestra página Desde la fe de la Arquidiócesis de México ha dedicado una edición especial para ver cómo ayudamos a prevenir que esto no les suceda.

Que ustedes conozcan qué pueden hacer, ahí vienen los tres o cuatro riesgos graves en dónde ustedes pueden aclararse de qué manera acompañar a los niños, adolescentes y jóvenes en nuestro tiempo.

Pidámosle al Señor Jesús que nos ayude a superar estas circunstancias, estas dificultades, que las asumamos con confianza en Él. Pidámosle a María de Guadalupe que podamos reconstruir el tejido de nuestra sociedad para facilitar el crecimiento de las nuevas generaciones en los valores humanos que nos ha reflejado el testimonio de la vida de Jesucristo.

Pidámosle a María de Guadalupe, que ella nos acompañe y que aprendamos de ella la ternura y cercanía que necesitan los jóvenes.

Que así sea.

En el II Domingo del Tiempo Ordinario, el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, presidió la Eucaristía en la Basílica de Guadalupe. En su homilía nos hace reflexionar preguntándonos: «¿Por qué si somos santos, si hemos recorrido el proceso de arrepentimiento, reconociendo lo que hemos hecho mal, si hemos sido perdonados por Dios, y desde nuestro Bautismo tenemos acceso a la santidad de Dios cuando estamos en amistad con él, por qué entonces vivimos con tantos problemas, con tantos conflictos, con tantos homicidios, suicidios, agresiones, situaciones indignas para el ser humano? Porque muchos de nosotros somos católicos y hemos aprendido, hemos recibido una catequesis, nos han formado en lo más básico e importante del seguimiento de Cristo, pero muchas veces, se ha quedado en una formación meramente teórica, de conceptos»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Juan dio este testimonio. Vi al Espíritu descender desde el cielo en forma de paloma y posarse sobre Él (…) Yo lo vi y doy testimonio, de que éste es el Hijo de Dios (Jn 1, 31-34).

Teniendo en cuenta los diferentes relatos de los Evangelios sobre la figura de Juan Bautista podemos descubrir con facilidad lo importante que fue el testimonio de Juan, no solamente para el pueblo en general que había acudido a él, preparándose por su predicación a la conversión de corazón, al arrepentimiento de su mala conducta, de sus fallas, de sus errores; pero faltaba la culminación de ese proceso, faltaba saber si de verdad recibíamos el perdón de Dios. Y sobre todo, algo que Dios tenía reservado para nosotros, como lo explica la segunda lectura, del apóstol San Pablo, cuando dice: a todos ustedes a quienes Dios santificó en Cristo Jesús, que son su pueblo santo (1 Co 1,1-3). El perdón nos lleva a la amistad y unión con Dios, el perdón que Dios nos da, nos lleva a la capacidad de ser también como Dios: santos.

Por eso fue importante el testimonio de Juan Bautista para muchos, que lo habían escuchado y lo habían seguido, cuando afirmó: Jesús, es el Hijo de Dios, es el que quita el pecado del mundo, porque ha sido enviado y ha recibido el Espíritu Santo. Como narra el evangelista san Juan, de allí dos de ellos, de entre la gente que seguía a Juan, seguirán a Jesús: Felipe y Andrés. Ellos comienzan a seguirlo y después otros dos, y así Jesús inicia su misión, y proclama: el Reino de Dios ha llegado, y es para todos. ¿Ven la importancia del testimonio de Juan?

Hoy nos podemos preguntar, ¿por qué si somos santos, si hemos recorrido el proceso de arrepentimiento, reconociendo lo que hemos hecho mal, si hemos sido perdonados por Dios, y desde nuestro Bautismo tenemos acceso a la santidad de Dios cuando estamos en amistad con él, por qué entonces vivimos con tantos problemas, con tantos conflictos, con tantos homicidios, suicidios, agresiones, situaciones indignas para el ser humano?

Hoy la palabra de Dios nos ayuda a entender la importancia del testimonio. Porque muchos de nosotros somos católicos y hemos aprendido, hemos recibido una catequesis, nos han formado en lo más básico e importante del seguimiento de Cristo, pero muchas veces, se ha quedado en una formación meramente teórica, de conceptos. Los conceptos, las ideas, el saber cuál es la doctrina de Jesús es la puerta de entrada, pero no basta entrar, hay que saber a dónde vamos.

Lo que necesitamos es generar y promover como cristianos, como pueblo de Dios, el testimonio con nuestra propia conducta, viviendo la enseñanza de Jesús. Nosotros transmitiremos así la experiencia de Dios, de un Dios que camina con nosotros, de la fuerza de Dios a través del Espíritu Santo en todas las situaciones difíciles, adversas, e incluso en las alegres, aquellas que haciendo lo que Dios nos pide hacer, salen bien, y nos dan una gran alegría.

Estas experiencias de vida, hacer experiencia de vida la enseñanza de Jesús nos da la convicción de que aquello que aprendimos como doctrina es verdad, no es simplemente una hipótesis, una teoría. Tenemos que ponerla en la práctica para que llegue a ser en nosotros una convicción. Saber detectar la acción de Dios en nuestras vidas, cuando esto sucede, nuestra conducta se vuelve coherente, atractiva y también un fuerte testimonio, de que realmente el Espíritu Santo está para acompañarnos en la vida humana.

Ese testimonio es el que nos falta como sociedad. Esa fuerza de la convicción de quienes somos discípulos de Cristo, de quienes tratamos de aplicar en nuestra vida y en nuestro entorno las enseñanzas de Jesús.

Al inicio de esta Eucaristía les informaba que el Papa pide dedicar este domingo a la Palabra de Dios y apreciarla, porque la Palabra de Dios ofrece estos testimonios, esta enseñanza y estos ejemplos para poderlos seguir.

Este domingo la primera lectura del profeta Isaías se dirige a nosotros, ahora habla el Señor, el que me formó desde el seno de mi madre para que yo fuera su servidor, para hacer que Jacob volviera a él y congregar a Israel en torno suyo (Is 49, 5).

Eso que se realizó en el pueblo judío para que se diera el nacimiento de Jesús en ese pueblo y para que Jesús pudiera encarnarse, ahora está dirigido a nosotros, está dirigido para que seamos esos servidores de Dios.

Dios nos mira, nos está siguiendo, está pendiente de nosotros para ayudarnos a que seamos estos servidores, que como dice más adelante el profeta: porque es poco que mi siervo sólo sirva a las tribus de Judá… yo quiero que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la Tierra (Is 49, 6).

Por tanto, nos necesita a nosotros; ya que somos los últimos rincones de la Tierra. No debemos de pensar en lo más distante de nosotros, nosotros estamos en un rincón de la Tierra. En ese rinconcito donde yo vivo, en ese espacio y en ese ambiente, ahí tenemos que llevar la salvación, y la salvación eso es: tener experiencia y dar testimonio de que Dios camina conmigo y con nosotros.

¿Ven?, cuando dice entonces el Señor que he aquí a mi Siervo hoy en esta Eucaristía, nos está contemplando a nosotros, Jesús nos está viendo y está esperando que le digamos, aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, como cantábamos en la hora del Salmo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Pidámosle al Señor que nos dé esa valentía que sólo con la fe podemos dar ese paso, creyendo que si aplicamos la doctrina de Jesús transformaremos nuestras realidades y seremos la familia de Dios que Él quiere de nosotros.

Pidámosle a María de Guadalupe, pues para eso vino aquí, para mostrarnos el amor de Dios, para decirnos que está pendiente de nosotros, para a través de esta exquisita y tierna imagen que tiene siempre la mujer, María de Guadalupe hacia todos nosotros, que ella nos ayude también como lo hizo en carne propia al manifestar a su hijo Jesús, a darle vida a Jesús.

¡Démosle vida, desde nuestra propia vida, a Jesucristo en el mundo de hoy!

Que así sea.

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