Misas del Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México

Homilía pronunciada por el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de México, en la Basílica de Guadalupe con motivo del IV Domingo de Adviento.

 

«José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 20-21)».

Esta narración del Evangelio de este IV Domingo del Adviento nos invita a descubrir cómo se dio el nacimiento de Jesús, y quienes fueron, los que con su decisión de aceptar lo que Dios les pedía, hicieron posible el nacimiento de Jesucristo.

María aceptó ser madre, confiada en el anuncio del ángel Gabriel, pero José quedó desconcertado porque no habían convivido juntos, estaban prometidos y piensa no entregarla a las autoridades por infidelidad, sino dejarla en secreto, asumiendo él la responsabilidad; sin embargo, en ese discernimiento, en sueños escucha claramente que el ángel le dice: José, no dudes en recibir en tu casa a María, ella ha concebido por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 20-21), y de esa forma José se hace cargo del nacimiento del Hijo de Dios.

Este acontecimiento significativo para todas las generaciones de la humanidad habla de la tarea que también nosotros tenemos, que Dios está pensando de nosotros, para hacer realidad su presencia en medio del mundo. Para eso ha enviado a su Hijo.

María y José cumplieron su misión y Jesús también lo hizo, encarnándose y asumiendo la condición humana, dejando escondida su condición divina, para entrar en el ser de la humanidad y mostrarnos cómo debemos asumir nuestra propia vida, para él convertirse en Camino, Verdad y Vida.

Pero ese hecho histórico lo pensó Dios, lo diseñó Dios para todas las generaciones, y ahí estamos incluidos nosotros. La encarnación del Hijo de Dios es una señal muy clara del amor que Dios nos tiene a todos, pero ese amor tiene que ser correspondido.

A veces pudiéramos pensar “bueno, a María le avisó el ángel Gabriel; a José, un ángel en sueños, y ¿a mí quién me dice lo que tengo qué hacer? ¿Cómo puedo descubrir yo mi propia vocación?, ¿Para qué Dios me ha dado esta vida? Nadie me lo ha dicho, si me lo dijeran como a María y a José, a lo mejor yo también obedecería”.

 Dios da señales, así como la dio a María y a José, da señales a cada uno de nosotros a través de nuestra vida, pero esas señales son a través de nosotros mismos, es decir, de la vida misma que vamos recorriendo y de las relaciones que tenemos con los demás y de lo que acontece en torno nuestro. Tenemos que aguzar la conciencia, y descubrir a través de esto que me ha sucedido, qué debo hacer para corresponder al plan de Dios, y esa es nuestra responsabilidad.

Con la confianza como lo hizo José. Él estaba preocupado de qué hacer, sin embargo, en sueños se le revela la voluntad de Dios. Quienes han estudiado la psicología humana dicen que los sueños reflejan las preocupaciones y alegrías que llevamos dentro. Pero también con plena conciencia podemos descubrir qué quiere Dios de mí cuando caigo en una enfermedad, cuando me toca vivir en carne propia un drama, cuando tengo una angustia, o cuando veo un grave problema en quienes amo, quiero y convivo, ¿qué quiere Dios de mí?

Para eso es la oración, para pedirle a Dios que nos ayude a entender su voluntad, porque así recibiremos como María y como José la asistencia del Espíritu Santo, que nos fortalece en medio de nuestra natural limitación, en medio de nuestras debilidades. La fuerza del Espíritu Santo es enorme, todo lo puede y cómo dice san Pablo en la segunda lectura, él es el que nos llama, él es el que nos manifiesta su poder.

Dice el apóstol: Dios me concedió la gracia del apostolado a fin de llevar a los pueblos paganos a la aceptación de la fe, para gloria de su nombre y ustedes también están llamados a pertenecer a Cristo Jesús (Rm 1, 5-7).

La fortaleza del Espíritu nos hace afrontar y superar cualquier dificultad y problema en la vida. Por eso María y José son grandes intercesores nuestros, no debemos simplemente recordar la Navidad como un hecho histórico, sino como un hecho actual para nosotros y en esa experiencia, cuando realizamos aquello, que descubrimos Dios nos pide, en esa experiencia iremos constatando que está participándonos Dios de su propia Santidad.

A veces pensamos que la Santidad es el ejercicio de virtudes heroicas, no, esa es la consecuencia. La Santidad es un don que Dios da desde nuestro Bautismo para convertirnos en sus discípulos, en quienes estamos con el deseo de aprender quién es Dios y quién es Dios para mí, para nosotros, pero el discípulo recibe esa gracia en el Bautismo, y en la Confirmación recibe el envío, el mandato, como dice aquí San Pablo, la gracia del apostolado.

Cuando nosotros realizamos algo que nos costó mucho, una decisión difícil, pero que experimentamos que el Espíritu de Dios me asistió, me acompañó, me iluminó y me dio la gracia de salir adelante, no debo callar, ni dejarlo en secreto; por el contrario, debo transmitirlo a los demás, debo dar testimonio de esa experiencia, porque de esa manera me convierto, no sólo ya en discípulo, sino en apóstol.

Estamos llamados a ser apóstoles, como lo dice Pablo hoy, es una gracia para aquellos que responden a la voluntad de Dios, es el testimonio de que Dios camina conmigo, con nosotros, como pueblo, como sociedad, y que podemos así superar cualquier dificultad, que tengamos que afrontar.

Eso no significa que esa dificultad la resolveremos como nosotros queremos, y ahí es donde Dios nos da muchas sorpresas, muchas señales.

El hombre, como expresa la primera lectura del profeta Isaías sobre el rey Ajaz, no quiere comprometerse con Dios, es una reacción natural, ‘no le pediré una señal al Señor’, claro porque si te da una señal clara te compromete, pero el profeta le dice al rey:

¿No satisfechos con cansar a los hombres, quieren cansar también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo les dará por eso una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros. (Is 7, 13-14).

Las señales si las pedimos nosotros, no necesariamente nos las dará Dios, pero las señales las dará cuando menos esperamos, cuando estamos en esa actitud de querer corresponderle a su amor.

Hermanos, que esta Navidad sea para renovar nuestra confianza en el amor de Dios. No tiene otro sentido la encarnación de Jesús. Si se hizo hombre, siendo el Hijo de Dios, fue para redimirnos; es decir, para ayudarnos a salir adelante ante cualquier situación de peligro, de riesgo, de sufrimiento y de muerte.

Que el Señor nos renueve en esta fe, que contemplemos -como nos pide el Papa Francisco, hace algunos días en un mensaje-, que contemplemos el Nacimiento, que así lo ideó san Francisco de Asís, veamos ahí cómo Jesús nace cuidado por dos seres, María y José, que le correspondieron a Dios.

Veamos en ese Nacimiento, que eso mismo que hizo con ellos y gracias a ellos, lo puede hacer con nosotros, cada quien desde su situación. María es nuestra madre, José es nuestro padre adoptivo, ellos nos ayudan también a aprender cómo cuidar a Jesús en nuestros hermanos.

Que esta Navidad sea para todos nosotros un crecimiento en la fe y en la confianza del amor de Dios, Nuestro Padre.

Que así sea.

Homilía pronunciada por el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de México, en la Basílica de Guadalupe con motivo del III Domingo de Adviento.

“He aquí que yo envío a mi mensajero, para que vaya delante de ti y te prepare el camino” (Mt. 11,10).

Este anuncio del Profeta Isaías, se hizo realidad –según el testimonio del mismo Jesús– en la persona de Juan el Bautista. Por eso, hoy el Evangelio que hemos escuchado, pone la figura de Juan, el Bautista, como un personaje central.

¿Cuál es la razón que tenemos para fijarnos en Juan, el Bautista? ¿Por qué la liturgia presenta justamente a este personaje antes de la Navidad, si él presentó a Jesús cuando ya era mayor, y ahora apenas estamos acercándonos al momento en que nació?

Es interesante descubrir a partir de la Segunda Lectura del Apóstol Santiago (Sant. 5,7-10): las dos venidas de Jesucristo: la primera de ellas la hizo para iniciar la plenitud de los tiempos, con su encarnación, su nacimiento, su predicación. El Profeta Isaías, en la Primera Lectura (Is. 35,1-6a.10), afirma acerca de esta primera venida: “se iluminarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán; saltará como un venado el cojo, y la lengua del mudo cantará” (Is. 35,5-6)

¿Qué escuchamos en el Evangelio cuando le preguntan a Jesús que si es Él el Mesías o deben esperar a otro? Jesús responde: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (Mt. 11,4-5).

De esta manera, Jesús cumple lo anunciado por el Profeta: da testimonio con sus hechos de que Él es el Mesías, el esperado. Él es el Hijo de Dios encarnado, hecho hombre, para presentarnos lo que Dios espera de cada uno de nosotros; para presentarnos el proyecto que tiene al habernos creado varón y mujer; para decirnos que nos ha creado a nosotros para compartir esa misma vida divina.

Para eso Dios envió a Jesús, y se encarnó en el seno de María. Y cumplió efectivamente su misión, enseñándonos, a través de su vida, cómo afrontar todo tipo de situaciones, incluida la injusticia y el sufrimiento. Pero también, dejó la evidencia necesaria de que todo no acaba con la muerte, sino que viene la Resurrección. Esto fue lo que realizó Jesús en su primera venida.

La segunda venida de Jesús será al final de los tiempos, el Apóstol Santiago pide ser pacientes, y aguardar con ánimo y esperanza. Ésta ya no será para mostrar el proyecto que Dios tiene para nosotros aquí en la tierra, sino que será la plenitud de los tiempos para manifestar en todo su esplendor la gloria de Dios, el misterio de Dios, y para hacernos entrar eternamente en esa vida divina para la que hemos sido creados, entrar al Cielo, donde se acabará la injusticia, se terminará la muerte, y experimentaremos el gozo pleno del amor.

El Apóstol Santiago dice: “Sean pacientes hasta la venida del Señor. Vean cómo el labrador, con la esperanza de los frutos preciosos de la tierra, aguarda pacientemente las lluvias tempraneras y las tardías. Aguarden también ustedes con paciencia, y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca” (Sant. 5,7-8).

Pero entre la primera y la segunda venida de Jesús –tiempo que nos toca vivir, pero que no sabemos cuánto durará– tenemos este anuncio de Jesús: lo que ya hizo en su tiempo cuando se encarnó, lo puede hacer con nosotros ahora. En esta vida terrena, a pesar de que sigue habiendo injusticias, tragedias, faltas de respeto, agresiones y violencia, nos ofrece la comunión con Dios para tener, como expresa claramente el Evangelio, esperanza, y afrontar todas estas difíciles situaciones.

La venida del Señor está cerca también para nosotros, es la venida intermedia del Señor, pero tenemos que ser como Juan, el Bautista: preparadores del camino para que ya, en esta vida, tengamos la fortaleza, la sabiduría, y una manera concreta de vida que nos ayude a afrontar cualquier situación que vivamos.
Y en este sentido, el Reino de Dios comienza en medio de nosotros. Depende de nosotros que seamos mensajeros de esta esperanza, que demos testimonio de lo que creemos: del anuncio de Jesús.

Por eso nos ha dejado la Eucaristía; por eso estamos aquí reunidos en torno al altar; por eso recibimos la comunión del Pan Eucarístico, para que el Señor nos fortalezca con su Espíritu, nos ayude a afrontar todos los aspectos de la vida, y con ello, ser mensajeros para que otros también se hagan discípulos de Jesús y puedan, desde esta vida terrena, pregustar lo que eternamente nos espera en el Cielo.

Hermanos, la Navidad significa todo eso. No es solamente el recuerdo histórico de lo que sucedió hace 2020 años, sino un hecho que se actualiza hoy en la medida en que nosotros nos abramos a este anuncio, aceptemos a Jesucristo, y lo hagamos el modelo de vida para nosotros.

Pidámosle esto a Santa María de Guadalupe, quien vino a nuestra Patria para darnos a conocer a su Hijo y nos encontráramos con Jesucristo. Ella nos lo muestra, sobre todo en las expresiones de cercanía, de ternura, de maternidad.

Pidámosle también en esta Eucaristía que podamos, como Juan el Bautista, preparar el camino para que en nuestro pueblo de México se reciba a Jesús en todos los ámbitos, en todas las ciudades y en todas las familias, y llevemos la alegría y la esperanza para que el Reino de Dios se manifiesta en nuestro tiempo.

¡Que así sea!

+ Carlos Cardenal Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

“Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin” (Lc. 21, 9).

También la Primera Lectura del Profeta Malaquías (3, 19-20a) anunciaba que llegaría el día del Señor. Tanto Malaquías, como otros profetas del Antiguo Testamento, hablan de un final de los tiempos, un final terrible, catastrófico. Pero también tenemos un contraste en el Nuevo Testamento, en el libro de la Apocalipsis del apóstol San Juan, que habla de un final glorioso, a través de la imagen de la Jerusalén Celestial. La Iglesia Católica, en el Concilio Vaticano II, manifestó que esa alternativa es posible.
La Casa Común que nos ha dado Dios: la creación, este hermoso planeta en el que vivimos, está organizado como nuestro cuerpo, todo interconectado, de tal manera que si algo nos duele, por ejemplo, el dedo de un pie, todo el cuerpo se preocupa de ello; más aún si el órgano del cuerpo es más importante.
Así está proyectada también la creación, que Dios realizó para darnos esta casa. Todo está interconectado en ecosistemas y con un perfecto equilibrio para darle a cada generación las condiciones necesarias para que tengan una vida digna. Se crean así lo que llaman hoy los biomas; es decir, los ambientes propios para el ser humano y las distintas especies.
Pero el único que puede cuidar –y esa es su vocación– esta Casa Común, es el ser humano. Las demás especies viven de acuerdo a sus instintos para los que fueron creados, y así contribuyen siempre al bienestar de nuestra Casa Común. En cambio, el ser humano es el único capaz de tomar conciencia de la belleza de la creación, de la belleza de nuestra casa, y por eso se convierte en el custodio y en el administrador de la misma.
Hoy vemos con tristeza los procesos degradatorios que afectan nuestra casa común. Los seres humanos, en muy poco tiempo –40 o 50 años– no nos hemos comportado como buenos custodios, no nos hemos comportado como buenos administradores del proyecto de Dios. San Agustín decía que, para ser buenos administradores de la creación, tenemos que ordenar nuestro propio corazón. Si no ordenamos nuestra vida, si no tomamos en cuenta nuestra conducta, no seremos capaces de darle un final feliz, un final glorioso, a la creación.
Esta advertencia evidencia lo que está sucediendo. Como dice Jesús en el Evangelio: “Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin” (Lc. 21,9). Tenemos todavía una oportunidad de rectificar, de corregir, de retomar el camino para que el final de los tiempos no sea catastrófico, sino glorioso.
La semana pasada nos reunimos en Asamblea los Obispos de México, y terminamos con la conciencia de enviar un comunicado a nuestro pueblo católico, en el que manifestamos nuestra esperanza, pero también nuestras preocupaciones, que son fundamentalmente tres.
La primera: la gran preocupación sobre el respeto a la familia, pues es el lugar privilegiado para la educación, y en donde se transmiten los primeros valores. Reordenar el corazón del hombre desde la familia. Tenemos que retomar esta preocupación.
La segunda preocupación es la escalada de la violencia, que ha provocado más pobreza, abandono, y sobre todo, inseguridad. ¿De dónde surge la violencia? Desde los pequeños actos de agresión que toleramos en las relaciones humanas. Tenemos que rehacer ese camino de las buenas relaciones al interior de la familia, de las buenas relaciones de vecindad, de las buenas relaciones sociales.
La tercera preocupación que manifiesta nuestro comunicado son precisamente los pobres. El Papa Francisco, muy oportunamente, ha proclamado este domingo como la Jornada Mundial por los Pobres. La pobreza es algo que no nos debe pasar inadvertido. Hay muchos que no tienen lo básico para vivir dignamente, tenemos que corresponder, unos con otros, para buscar mejores situaciones dignas para todos.
Porque creemos en Jesucristo, no debemos tener miedo a las cosas negativas que suceden, y por eso terminábamos nuestro comunicado diciendo: el mensaje del Evangelio es de verdadera libertad, fraternidad, solidaridad y reconciliación. No dejemos que el mal venza, venzamos el mal a fuerza de bien. Trabajemos todos juntos y organizados por la paz y la vida.
Que Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, nos enseñe a caminar, con su ternura materna, hacia la unidad como pueblo mexicano. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

“Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará” (2,Mc,7,14).

Con estas palabras, el cuarto de los hijos de esta mujer, responde al Rey, que ordena irlos ejecutando a cada uno por no aceptar dejar las costumbres y leyes de la tradición de sus padres. La respuesta del muchacho manifiesta que la convicción de la resurrección es fundamental para afrontar cualquier adversidad, incluida la muerte injusta que pudiéramos recibir.

La convicción religiosa en la resurrección de los muertos nos hace ver la trascendencia de nuestra vida presente; esta vida terrena que no termina con la muerte tiene relación con la vida eterna.
Hemos sido creados por Dios para la vida y ésta, la terrena, es una preparación para la otra. Ésta es el aprendizaje del amor, es el aprendizaje de que Dios nos ama y que debemos entonces amarlo a Él, creer en Él, y por ello, amar todo lo que Él ha creado, no solamente al prójimo, al ser humano, sino también la Creación misma.

Este aprendizaje del amor incluye afrontar todo tipo de adversidad. Así como lo oíamos en la primera lectura y con el testimonio mismo de la segunda lectura, del Apóstol Pablo, que entregó su vida para transmitir esta convicción de que Cristo había resucitado, y que por tanto, su resurrección es garantía para nosotros que también resucitaremos.

Veamos un poco al revés, para caer en la cuenta de la importancia de esta relación entre esta vida y la vida eterna. ¿Qué sucede cuando no creemos en la resurrección? Nuestra mirada es miope, solamente vemos lo que alcanzamos a creer que vivimos, y buscamos solamente el beneficio y lo que nos atrae, lo que nos seduce en esta vida.

Si de por si el ser humano es una criatura frágil, limitada, si queda solamente a expensas de creer en la vida terrera, cae con mucha facilidad en la injusticia que hace a los demás, en la violencia hacia los otros, y de ahí se producen las guerras, y lo que estamos viviendo en nuestro país, el matar por matar, los homicidios que no tienen justificación ni sentido, pero, para el que no cree en la resurrección, para él, si tiene sentido porque quita al otro de en medio y obtiene lo que él quería. ¿Ven hasta dónde se llega, cuando nosotros no tenemos la convicción de la resurrección?

Por eso es bueno que también a partir de esta Palabra de Dios nos preguntemos: ¿Realmente mi convicción por la vida eterna está reflejada en mi vida y en las actitudes que tengo con los demás? ¿Los considero hermanos? ¿Tengo propia autoconciencia de mi dignidad, de mi propia persona y de la persona de los otros? ¿Reconozco que somos creados por Dios, hijos de Dios, y por tanto, debo tener relaciones fraternas y no relaciones violentas?

Revisemos nuestra vida, y no solamente una vez, lo tenemos que hacer con frecuencia porque, como expresa tanto la primera lectura como el Evangelio, de ahí depende nuestra vida eterna; unos los que aprendan a amar, a descubrir la belleza de lo de Dios ha hecho, tendrán también la oportunidad de compartir la vida divina. Vida que ya empezamos aquí, precisamente cuando amamos, pero que llega a su plenitud al llegar a la casa del Padre, y nos va a sorprender.

Si aquí en este mundo la naturaleza, la forma como está ordenado nuestro propio organismo, nuestro cuerpo humano, y la forma como está todo interconectado entre la creación para producir la lluvia, para tener alimentos, para que estén a nuestro servicio, entonces imaginen ustedes lo que vamos a ver, al conocer al mismo Dios Creador.

Esto es obra de Dios como nosotros mismos, pero la vida eterna es para entrar y participar de la vida de Dios. Si ha creado el Universo, ¿qué no tendrá preparado para nosotros?

Esto es lo que tiene que fortalecer nuestra capacidad de renuncia a las seducciones, a las adicciones, a la violencia, esto es lo que tiene que mover nuestro corazón para decidirnos a hacer vida las enseñanzas de Jesús, y entonces tendremos estas experiencias como las del Apóstol Pablo que dice:

El mismo Señor Nuestro Jesucristo y Nuestro Padre Dios que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza conforten los corazones de ustedes y los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras (2 Tes 2, 16-17).

Lo necesitamos en este tiempo. Nosotros los que creemos en la resurrección de los muertos, tenemos que dar testimonio del amor de Dios por nosotros y de nosotros hacia los demás. Porque dice el mismo Apóstol: Hay que orar para que la Palabra del Señor se propague con rapidez como aconteció entre ustedes. Y oren también para que Dios nos libre de los hombres perversos y malvados que nos acosan, porque no todos aceptan la fe.

Pidámosle al Señor Jesús que nos dé esta conciencia, que afiance nuestra convicción de que creemos en la vida eterna, que la deseamos con todas nuestras fuerzas, y entonces no tendremos miedo ante cualquier adversidad, enfermedad, problema o conflicto.

Que el Señor Jesús nos dé esa gracia enorme, caminemos siempre, fortaleciendo nuestra convicción en la resurrección de los muertos.

Que así sea.

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

¿Cómo podrían seguir existiendo las cosas si tú no lo quisieras? ¿Cómo habría podido conservarse algo hasta ahora, si tú no lo hubieras llamado a la existencia? (Sab. 11, 22-12, 2)

Estas palabras, del Libro de la Sabiduría que escuchamos en la Primera Lectura, nos ayudan a reconocer que Dios llevó a cabo la creación; pero además la sostiene y la mantiene. San Agustín decía: “Si en algún momento Dios dejara de mirar su obra creadora, en ese mismo momento dejaría de existir”.

Es bueno preguntarnos por qué Dios Creador, nuestro Padre, sigue manteniendo esta casa para nosotros. Aquí mismo, en la Primera Lectura, lo explica: “Tú amas todo cuanto existe, y no aborreces nada de lo que has hecho. Es el amor lo que sostiene a la creación; pero no por la creación misma, sino –ahonda más el Libro de la Sabiduría– ‘porque son tuyos, Señor’–; amas la vida porque tu Espíritu inmortal está en todos los seres, y por eso nos quieres como a hijos.

¿Qué necesitamos para darnos cuenta de que verdaderamente Dios, nuestro Padre, nos ama? Necesitamos conocer a Jesucristo. Por eso el Evangelio de hoy complementa esta pregunta.

Cuando vemos a este hombre, Zaqueo, que es de muy baja estatura, y cuya vida había sido vivir bien y tener todo lo necesario sin que le importaran los demás; de pronto, cuando escuchó que hablaban de Jesús, en él surgió la inquietud de conocerlo, porque traía un mensaje, porque curaba a los ciegos, hacía oír a los sordos, caminar a los cojos, y además consolaba a quienes estaban tristes por la muerte de alguien.

Zaqueo corre, se sube a un árbol para verlo cuando pasaba por ahí. Se informó que Jesús pasaría por ahí de camino a Jericó, y lo esperó arriba del árbol. Él simplemente quería ver a Jesús; pero Jesús lo sorprendió: se detuvo al verlo arriba del árbol y le dijo: “¡Zaqueo, baja; hoy tengo que hospedarme en tu casa!”.

¿Que vemos en este pasaje? Primero, debemos tener clara nuestra búsqueda de Jesús, no contentarnos con haber recibido desde niños, jóvenes o adultos, la noticia de que Jesús existió, la información de que Jesús dio su vida por nosotros. Tenemos que tener la inquietud de encontrarlo personalmente en los hechos y actividades de la vida; esa búsqueda tiene que estar latente en nosotros; debemos pedirla y orar para tener un encuentro como el de Zaqueo. Necesitamos que entre a nuestra casa, porque nosotros – como dijo el libro de la sabiduría: ‘Tenemos una participación de la vida divina. Él nos ha dado un espíritu; proviene de Dios el espíritu que da vida a mi cuerpo.

Hermanos, ¿cómo podemos tener ese encuentro con Jesucristo? No basta la oración individual; no basta rezar el Rosario todo el día; no basta con asistir a Misa. Necesitamos encontrarlo en el prójimo, en el otro. ¿Ven por qué proyectamos esta Megamisión en la Arquidiócesis de México el mes pasado?

Agradezco por ello, a todos los que se registraron e hicieron posible la misión en esos ambientes donde es más fácil encontrar a Jesús: en las personas que están en las cárceles; en los enfermos que están en los hospitales; en los familiares de los enfermos, que atienden y acompañan a sus seres queridos entre el dolor y la incertidumbre; en los que tienen capacidades diferentes y necesitan de nosotros; en los indigentes y los migrantes, que son muchos en nuestra ciudad y no tienen ni para comer. Ahí encontraremos a Jesús.

O también en esta nueva área en que también estuvo presente la Megamisión: cuidando nuestra casa común, la obra creadora de Dios, con una sensibilidad ecológica; barriendo nuestras calles, recogiendo la basura; teniendo en cuenta el no usar plásticos, y mucho menos arrojarlos a la calle. Todo eso es cuidar nuestra casa común. ¿Cómo lo lograremos? Cuando seamos una sociedad corresponsable. Pero si no encontramos a Jesús, no tendremos la esperanza de que lo vamos a lograr, ni la fortaleza para mantenernos en el objetivo.

Por eso, san Pablo exhorta a los Tesalonicenses: “Hermanos, oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que Él los ha llamado, y con su poder, llevemos a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como los que ya han emprendido por la fe”. (Tes. 1,11- 2,2)

La fe, y el encuentro con Jesucristo, nos hacen reaccionar, como lo vemos en Zaqueo, quien le dice a Jesús: “Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más.

Todos somos redimidos; todos estamos llamados a ser salvados. A todos nos quiere el Señor, y por eso siempre nos perdonará, aunque hayamos cometido graves faltas o pecados. La misericordia de Dios es la de un Padre que ama entrañablemente a sus hijos.

Pidámosle a Santa María de Guadalupe que busquemos a Jesús, que Ella nos muestre a su Hijo; que tengamos ese encuentro existencial; que lo descubramos cuando nos acercamos al otro para ayudarle, para auxiliarle, para descubrir a Jesús en nuestro prójimo.

¡Que así sea!

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

«Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos» (Amós 6, l. 4-7).

Estas son duras palabras dirigidas a los poderosos del Reino de Israel por el profeta Amós. Debemos centrarnos en qué es lo que denuncia el profeta, podría alguien decir que está denunciando a los ricos, a los que acumulan dinero y bienes, o ¿qué piensan ustedes?

Lo que está denunciando es la falta de sensibilidad hacia los que sufren desgracias, es decir, no se condena a quien como fruto de su trabajo, honesto y constante, va creciendo en disposición económica, sino al despilfarro de la misma sin atender a las necesidad del prójimo.

Este es el punto que tanto el profeta Amós nos recuerda y le exhortó a su pueblo, pero no le hicieron caso, y el Reino de Israel -como también lo señaló el profeta- quedó devastado, desapareció hacia el 722 antes de Cristo. Nunca volvió a resurgir ese Reino del norte.

Nosotros después hemos escuchado a Jesús en el Evangelio de hoy (Lc 16, 19-31), que propone esta parábola en la misma línea del Profeta Amós, cuando muestra que el rico no tuvo ni siquiera la deferencia de darle algo mínimo, a quien en la puerta de su casa todos los días se encontraba, enfermo, llagado, y él pasaba sin advertirlo.

La insensibilidad hacia las necesidades del prójimo es lo que está señalando Jesús, Él lo hizo en vida, su testimonio en los Evangelios nos muestra cómo se acercaba a todos los que acudían a Él y a todos los necesitados. Rompiendo también incluso señalamientos de la ley, buscando siempre centrar a la persona como prioritaria en la atención, según el espíritu de la misma ley. Las leyes son para servir al hombre y no el hombre para servir a las leyes.

Por eso es tan interesante esta propuesta, que siguiendo el llamado del Papa Francisco, les he hecho hoy, aquí, para iniciar la Megamisión en nuestra Arquidiócesis. No vamos a hacer una misión general, de visitar a quien nos toca de vecinos, sino a cinco ambientes de necesitados, como ustedes lo escucharon.

Ambientes de pobreza, de quien está privado en las cárceles de su libertad por la causa que sea, ambientes de migrantes, ambientes también de quienes sufren con constancia desastres ecológicos. Son ambientes, como los enfermos en los hospitales, que nos necesitan.

Por eso agradezco de corazón a todos los que se han ido inscribiendo para participar en esta Megamisión todo el mes de octubre. Pidámosle al Señor que estas acciones nos ayuden también a que en la colaboración con los más necesitados crezcamos en esa solidaridad y fraternidad que necesita tanto nuestra Ciudad de México y el País en general.

No es el camino de las confrontaciones violentas lo que nos da la paz, la tranquilidad; es el camino del diálogo, de la puesta en común, de la concertación y de alcanzar que a todos nos llegue el bienestar para una vida digna.

Hermanos, pidámosle esto hoy aquí en esta Eucaristía, el fruto de esta gran misión y la consecuencia de mirar por los más necesitados para que nuestra sociedad sea más solidaria y fraterna.

También pidamos por estas otras intenciones que nos han dicho, porque el turismo sea una industria que ofrezca empleo y porque atendamos al migrante y al refugiado.

Digámosle a María de Guadalupe, madre, tú eres nuestra madre, tú eres amablemente misericordiosa, te manifiestas como tu hijo Jesús, y te tenemos tanto amor y confianza que aquí estamos reunidos en torno a tu bendita imagen. Ayúdanos para crecer y poder llegar a ser un México digno, un México fraterno, un México solidario.

Que así sea.

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

 

“Escuchen esto, todos los que buscan al pobre sólo para arruinarlo” (Am 8, 4-7).

Pero el mensaje que la Palabra de Dios nos comunica no se queda sólo en esa advertencia; es decir, no es solamente para aquellos que realizan actividades de comercio, a quienes el Profeta Amós les pide que, en lugar de disminuir las medidas, aumentar los precios o alterar las balanzas; traten de ayudar a quienes más lo necesitan, poniendo menores costos.

En el Evangelio, Jesús afirma que la administración es muy importante porque no se puede servir a Dios y al dinero. ¿Qué quiere decir Jesús con esto? Si nuestro objetivo sólo es enriquecernos, estamos perdidos. Porque si bien indudablemente los bienes materiales son para tener una vida digna, para satisfacer nuestras necesidades: comer, vestir, salir, trabajar y ayudar; la administración de nuestros dineros tiene que estar subordinada al seguimiento de Jesús.

Jesús es nuestro camino. Es quien indica con qué actitudes debemos de vivir. La administración del dinero puede generarnos codicia, ambición, querer poseer más sólo por poseer más, y esto siempre será en perjuicio de muchos otros. La subordinación de la administración del dinero a las enseñanzas de Jesucristo, es el camino, pero para ello nuestro corazón no debe estar apegado a los bienes materiales, sino a Jesús.

En la Segunda Lectura (1 Tim 2, 1-8), el Apóstol San Pablo afirma que el fiel cristiano, el discípulo de Jesucristo, debe orar siempre. La oración es fundamental para estar siempre en comunicación y en comunión con Dios.

El Apóstol Pablo expresa con toda claridad que hagamos oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres (1 Tim 2, 1); que siempre tengamos en cuenta nuestro personal bienestar, pero también el bienestar común de los que nos rodean: nuestras familias, nuestros amigos y los círculos en que nos movemos.

Hacer oración significa que tomamos conciencia de que no estamos solos, de que Dios nos acompaña, que Él nos fortalece, nos da la alegría de vivir y la felicidad de tener un Padre amoroso, que siempre está con nosotros.

Y en particular -nos dice el Apóstol- tenemos que orar por los Jefes de Estado y las demás autoridades. ¿Por qué debemos pedir por ellos? Explica el Apóstol que solamente así podremos llevar una vida tranquila y en paz. Las autoridades tienen la grave responsabilidad de vigilar y favorecer las situaciones que viven los ciudadanos. Tienen que aplicar políticas públicas en favor de los más necesitados para que la sociedad camine en orden de justicia y de paz. Es una grave responsabilidad. Si nosotros pedimos a Dios por ellos, entonces Dios les facilitará cumplir esa responsabilidad por el bien de todos.

El Apóstol recuerda que el fundamento de orar por todos, es porque Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven porque somos hijos de Dios. ¿Qué hace un padre o una madre de familia por sus hijos? Lo que puede o esté a su alcance, con tal de no dejar al hijo desamparado. Eso hace Dios nuestro Padre. Si nosotros oramos, Dios actúa, interviene. De ahí la importancia de esta indicación que hace San Pablo a Timoteo.

Finalmente dice: quiero que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración donde quiera que se encuentren, levantando al Cielo sus manos puras (1 Tim 2,8). Y para eso estamos aquí hoy: para orar.
La Eucaristía es la mejor manera de orar. Y estamos aquí con nuestra Madre, María de Guadalupe. Que ella interceda para que nuestras autoridades civiles apliquen las políticas públicas necesarias para alcanzar la justicia y la paz. Y que a nosotros, a cada uno de los aquí presentes, nos ayude a cuidar nuestra administración, subordinándola siempre a las enseñanzas de Jesús. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

“La gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor, que provienen de Cristo Jesús” (1 Tm 1,14).

Con estas palabras de la segunda lectura hemos escuchado este testimonio tan hermoso del Apóstol Pablo a su discípulo Timoteo. Esta experiencia de conversión que desarrolló el Apóstol Pablo, nos ayuda también a nosotros -a partir de la lectura del Evangelio de hoy- a interrogarnos, cuál es mi experiencia en mi relación con Dios.

Y nos ayuda el Evangelio si nos preguntamos: ¿yo sería como el hermano mayor o como el hermano menor, que se fue y despilfarró lo que recibió de su padre? (Lc 15, 1-32) ¿Con quién me identifico? Cada uno piénselo.

Si soy como el hermano mayor, yo creo que la mayoría de los que estamos aquí, nuestra experiencia es como la del hermano mayor, por eso venimos a Misa, cumplimos con los mandamientos de la ley de Dios, tenemos la precaución de portarnos bien, de cumplir bien lo que aprendemos de la enseñanza de la Iglesia como lo hacía Pablo, él era rigurosamente estricto en el cumplimiento de todos los mandamientos cuando perteneció a la escuela farisaica, con su maestro.

¿Somos así nosotros?, o quizá más de alguno de los aquí presentes es como el hijo menor que ha tenido una vida libertina, que ha buscado el placer por el placer, que ha despilfarrado lo que tenía, que se ha sentido en lo más profundo de un abismo, que no sabía qué hacer, pero que ha regresado y ha encontrado el amor de Dios nuestro Padre.

¿Por qué es importante esta pregunta? Porque lo importante en la vida es descubrir a este Dios Padre, que es amor y misericordia. Si, por ejemplo, somos como el hijo mayor que desde niños tratamos de ser bien portados, pero a lo mejor tenemos ese pensamiento de decir: “soy bueno porque yo me he comportado y me he exigido a mí mismo, soy bueno porque he hecho este esfuerzo y me ha costado trabajo y por eso desconfió de los que se portan mal, por eso los juzgo como gente que no merece el respeto porque se ha perdido y ya no es recuperable, se dió a las adicciones, al vandalismo, a la indigencia”.

Si somos así, entonces nos tenemos que preguntar sobre el cumplimiento que hemos hecho para ser buenos discípulos de Cristo. ¿Mi preocupación es cumplir con lo ordenado o a través de lo que hago descubrir la mano de Dios en mi vida? La intervención de Dios en lo que voy realizando, en mis relaciones, en mis actitudes, ¿estoy descubriendo el amor de Dios, la bondad que tiene conmigo, la providencia que guarda para que yo me preserve de una manera saludable, sana en mis relaciones con los demás?

¿Veo que la acción del Espíritu de Dios se mueve en mi corazón, agradezco la misericordia que Dios tiene conmigo, tengo esta actitud de gratitud? De forma que puedo afirmar como San Pablo: doy gracias a aquel que me ha fortalecido, a nuestro Señor Jesucristo por haberme considerado digno de confianza al ponerme a su servicio a mí, que antes fui blasfemo y perseguía a la Iglesia con violencia, pero Dios tuvo misericordia de mí. (1 Tm 1, 12-13)

Dios tuvo misericordia de mí…, qué importante es que tengamos esa experiencia en nuestra vida, por eso es tan importante darnos un momento antes de dormir para que analicemos si en el día, en alguna forma, experimenté que Dios me acompañó, ¿dónde pasó Dios en lo que hice en este día?

Esa constante revisión de mi acción, no es simplemente para ver si cumplí bien, sino para ver cómo Dios estuvo conmigo, cómo me fortaleció, me acompañó, estuvo pendiente de mí. Y entonces, tendré esa hermosa experiencia como la expresa San Pablo. Entonces sabremos decir cómo la gracia de Dios nos está constantemente fortaleciendo y ayudando para afrontar cualquier adversidad, cualquier problema; y experimentaremos que no estamos solos, que estamos acompañados por alguien que nos ama profundamente y que nunca nos dejará de su mano.

Esto es lo que vivió María, esto es lo que vivió Pablo, esto es lo que han vivido a lo largo de la historia tantos cristianos y que hoy en día es indispensable vivirlo también nosotros.

Pidámosle a María de Guadalupe, Ella cercana, tierna y amorosa, que nos ayude a descubrir la mano de Dios en nuestra vida.

Que así sea.

Homilía pronunciada por el EMMO. SR. CARDENAL CARLOS AGUIAR RETES.

“El hombre prudente medita en su corazón las sentencias de los otros, y su gran anhelo es saber escuchar” (Eclo. 3,29).

Con esta exhortación y propuesta culmina la Primera Lectura, que hemos escuchado (Eclo. 3, 19-21. 30-31). El hombre prudente medita en su corazón las sentencias, el discurso, lo que habla el otro, y su gran anhelo es saber escuchar. Esto quiere decir, que para aprender a escuchar a los demás, hay que meditar en el corazón lo que el otro está diciendo. Solo de esta manera podremos entender por qué́ el otro dice lo que dice, y sólo así́ se puede generar un diálogo positivo, un diálogo que conduzca a una puesta en común y logre decisiones, para bien de quienes participan en él.

Habitualmente –como dice el Papa Francisco– no escuchamos. Oímos lo que el otro dice, pero no lo atendemos. No sabemos por qué́ dice eso ni desde qué situación existencial lo está́ diciendo. La situación de trabajo, de familia o personal que está viviendo en ese momento, la mayoría de las veces, lo hacen decir las cosas que refiere.

Solamente conociendo y entendiendo la situación del otro, podremos comprender lo que dice. Por eso el diálogo se tiene que prolongar, pero no para repetir lo mismo que ya se dijo. ¿Cuántas veces no insistimos una y otra vez con lo mismo y no nos hacen caso? Es porque el otro no nos ha escuchado. El diálogo tiene que prolongarse para conocer la situación que el otro está viviendo, así́ como el por qué́ y el para qué de lo que me está comunicando.

Cuando nosotros hacemos ese ejercicio, nos convertimos en personas prudentes, nos hacemos humildes, reconociendo que tenemos que aceptar al otro, entenderlo. Fíjense cómo iniciaba la Primera Lectura: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, y te amarán más que al hombre dadivoso” (Eclo. 3,19).

Por lo general, cuando hay un hombre generoso, que siempre ayuda, acudimos a él y nos da materialmente, monetariamente, o moralmente una ayuda. Y nos parece un hombre bueno. Pues dice el libro del Eclesiástico, que quien procede con humildad, se convierte en un hombre más querido y apreciado que el hombre generoso. Y para poder proceder con humildad, “el hombre prudente medita en su corazón las sentencias de los otros, y su gran anhelo es saber escuchar”.

En cambio, explica que quien no sabe escuchar, va convirtiéndose en un hombre orgulloso, soberbio, que no tolera que le contradigan. Dice: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está́ arraigado en la maldad” (Eclo.3, 28).

¿De qué manera podemos relacionar esta Primera Lectura con el Evangelio que acabamos de escuchar? En el Evangelio (Lc. 14, 1.7-14) Jesús propone una parábola afirmando que, cuando uno es invitado, no debe buscar los primeros lugares, sino los últimos, mientras se le asigna uno (Lc. 14,8). Después da una recomendación: “no invites tanto a los que sabes que te van a corresponder, sino aquellos que jamás te corresponderán, porque están en una situación económica totalmente distinta a la tuya (Lc. 14,10).

¿Qué quiere decir Jesús con esta parábola y con esta recomendación? Que en el fondo no es lo que tenemos (riquezas, conocimientos, autoridad moral, oficio) lo que nos hace valer ante los demás, sino que hay algo en común que tenemos todo ser humano: la dignidad. Todos tenemos la misma dignidad, desde que nuestra madre nos gestó́ en su seno hasta el término de nuestra vida, con la muerte.

Por eso Jesús recomienda no buscar los primeros lugares, porque somos igual que los demás, exactamente igual. Dale a todos, no solamente a aquellos que te van a corresponder, sino comparte con aquellos con quien sabes que jamás podrán hacerlo, pero que tienen tu misma dignidad humana.

Con esta recomendación entendemos la Primera Lectura: para respetar la dignidad del otro, hay que escucharlo, hay que atenderlo, y eso nos convertirá́ en personas humildes, con una gran autoridad moral ante los demás.

Que el Señor Jesús nos conceda seguir este proceso y nos lleve a ser hombres prudentes que retengan en su interior y en su corazón lo que escuchan del otro, y de ahí́ surgirá́ no sólo un diálogo profundo y positivo, sino bendiciones que beneficiaran tanto a una parte como a la otra.

Pidámosle a Dios, nuestro Padre, que nos dé ese caminar ahora que estamos aquí́ ante nuestra Madre, que supo escuchar. El Evangelio transmite pocas cosas de las que ella dijo, pero ella siempre estuvo atenta; escuchó la Palabra, tanto de su hijo como de lo que se movía en su interior y de lo que se movía en el corazón de los demás. Y por eso está aquí́ Marina de Guadalupe, porque quiere ayudarnos a formar una gran fraternidad en nuestra Patria, en los pueblos de América, entre los pueblos de la tierra, a través de la Iglesia fundada por su hijo.

Que así́ sea.

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