Octubre de 2019
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Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe, Presidente del Cabildo

Estimados hermanos y hermanas en Cristo Jesús. Este domingo celebramos el Domingo Mundial de Oración por las Misiones, más comúnmente conocido como domingo del DOMUND. Y a partir de la pregunta que hace nuestro Señor Jesucristo en el evangelio: «pero ¿creen que cuando venga el Hijo del Hombre encontrará fe en la tierra?», quisiera reflexionar con ustedes. La pregunta que propone el Señor es la conclusión de un breve discurso que trató de animar a sus discípulos a la oración para que oraran insistentemente. Podemos pensar que si el Señor Jesús quería animarlos a esto, es porque la oración insistente y constante no era lo común entre sus discípulos. Jesús afirma que la oración perseverante alcanza de Dios una pronta respuesta, porque a diferencia del juez injusto, que aparece en la parábola, Dios es un Padre amoroso que se apresura a atender a sus hijos que somos cada uno de nosotros.

Sin embargo, el Señor se preocupa de que no seamos capaces de comprender la gran conexión que existe entre la fe y la oración. Ambas realidades se reclaman mutuamente, a saber. Cuando nos decidimos a orar, lo hacemos porque tenemos fe. Pero si oramos, entonces nuestra fe se acrecienta, aumenta, se hace más consistente. Así mismo sucede lo contrario, si no oramos, es porque en realidad no tenemos fe, y el descuido de la fe se manifiesta en una vida donde la oración, sea rezada, meditada o como sea, en realidad no existe.

Por este motivo el discurso termina con una pregunta sobre la fe. Esta pregunta, por otra parte la hizo Nuestro Señor hace casi dos mil años y nos podemos también nosotros preguntar: a esta distancia y sin saber cuándo regresará Él, en este momento de la historia, ¿Tenemos o no tenemos fe? Bueno, si estamos reunidos en esta asamblea, pues es porque tenemos fe, y el estar aquí será alimento para nuestra comunión de fe con Dios, claro. De nuestra fe y comunión con nuestros hermanos y con la humanidad entera, eso es algo real, si no estaríamos aquí.

Pero pareciera que aunque pasen muchos años, la cosa no progresa, y en los últimos años pareciera que vamos en retroceso con respecto a la práctica religiosa. En primer lugar, y esto tiene que ver con la misión evangelizadora de la Iglesia, lo que en la segunda lectura nos decía san Pablo, la predicación. Esta función evangelizadora de la Iglesia, nadie nace siendo ya cristiano. Aunque un bebe nazca de una familia que por muchas generaciones hayan sido ya cristianos, no hay ningún gen en él que lo obligue, que obligue a ese nuevo ser humano a ser cristiano o cristiana. Esa persona no ha sido evangelizada, ni será evangelizada tan solo por el ambiente social que lo rodee. Por eso, parece que en cada generación se está estrenando el cristianismo., porque nadie nace siendo ya cristiano.

México está cumpliendo cinco siglos de la llegada del Evangelio, y para un mexicano que acaba de nacer, esos quinientos años no significan nada, si nadie de los que ya estamos aquí, no le comunicamos la Buena Noticia de la salvación.

Si por hipótesis, los cristianos nos desentendiéramos completamente de evangelizar a la generación que nos sigue, la fe cristiana acabaría, porque no depende de la genética, ni de la casualidad, ni de las convenciones culturales. Por eso es necesario cada año recordar que estamos en misión y que esta misión continuará vigente hasta la venida del Hijo del Hombre, mientras nazcan nuevos hombres, nuevas mujeres. Aquí no caben ni el descuido –ya llevamos quinientos años, ah pues ya sale, así sale, no. Ni el desánimo –ah, como no hemos logrado nada en quinientos años, pues ya para qué-. Si cada uno pone su parte en la construcción de la fe, es decir, en orar y evangelizar, cuando venga el Hijo del Hombre, ciertamente que encontrará fe en este mundo.

Amén.

 

Pablo,… oró, le impuso las manos y el enfermo quedó sano”

Estimados Caballeros y Damas de la Orden de Malta, queridos voluntarios, muy amados hermanos y hermanas enfermos, queridos capellanes:

Agradezco en primer lugar la invitación para estar hoy aquí celebrando juntos nuestra fe a los pies de Nuestra Madre Santa María de Guadalupe. Creo que la Palabra que acabamos de escuchar nos alienta en este momento de nuestras vidas e ilumina grandemente nuestra Misión.

El Señor Jesús, en el Evangelio, comienza las horas de su Pasión e invita a los discípulos a entrar en un ambiente de intimidad con su Padre, con nuestro Padre Dios. De igual forma, ustedes hermanos enfermos, han venido aquí, animados por el Espíritu de Dios, en estos momentos de pasión, para experimentar esa intimidad junto a Jesús; y qué mejor manera de hacerlo que por medio de Aquella que con su mirada dulce, tierna, amable y compasiva, nos hace sentir la presencia de Jesús y nos pone delante del Padre.

Apartarnos para la oración implica silencio y vigilancia, buscar hacer la Voluntad de Dios y no la nuestra. Dios nos conforta, este mismo encuentro con Él, a través de María, nos da paz. Paz que no es el bienestar que en muchos momentos nuestro ambiente nos lleva a desear, no es la comodidad que nuestra cultura actual tanto difunde. Es la paz que verdaderamente nos da el saber hacer solo su Voluntad y no la nuestra.

Sabemos bien lo que ha pasado con los discípulos esa noche en Getsemaní, “se han quedado dormidos”: Dormirse, cansarse hasta abandonarlo todo, son actitudes de derrota frente a la confrontación con el mundo, que van apagando al discípulo como luz para los hombres. Queridos hermanos enfermos, no se duerman, no se cansen en su camino de fe, su lucha junto a Jesucristo el Señor, es lucha por la salvación de la humanidad.

Los enviados del Señor llevan consigo una levadura que fermenta la masa, por eso creo importante ahora agradecer a ustedes damas y caballeros de esta Orden, por esta peregrinación y por las obras que realizan en bien de sus hermanos. También a ustedes voluntarios, sin quienes esta peregrinación no sería posible.

Pablo se dirigía a Roma, -en la primera lectura, en el Libro de los Hechos de los Apóstoles- Roma, lugar de su martirio. A pesar de este momento tan duro, Pablo no se apaga, sigue iluminando como el Maestro, y comunica en el nombre del Señor, salud a los enfermos de la isla de Malta.

Les pido encarecidamente a los miembros de la Orden: tengan siempre muy clara la meta de la Misión, llevar la Buena Nueva de Salvación. Que en su corazón y en su mente esté siempre Jesucristo Nuestro Señor, que esto comuniquen con amor a los voluntarios, de tal manera que esta peregrinación y todas las acciones en bien de los más pequeños sea siempre un verdadero momento de transmisión de la salud que Dios nos da. No olviden lo que el Papa Francisco nos ha dicho en su mensaje para la Jornada del enfermo de este año: “los gestos gratuitos de donación, como el Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización”.

A ustedes queridos voluntarios, que siempre les anime la certeza de estar amando a Cristo en sus hermanos. En el mismo mensaje del Papa nos recuerda dos cosas que ustedes bien pueden imprimir en sus corazones: “Cada hombre es pobre, necesitado e indigente… El justo reconocimiento de esta verdad nos invita a permanecer humildes y a practicar con decisión la solidaridad, en cuanto virtud indispensable de la existencia”. Y más adelante dice: “La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano”.

Todos, el día de hoy, nos encomendamos a la intercesión maternal de Santa María de Guadalupe y de San Juan Diego, quien preocupado por la salud de su tío escuchó estas palabras de la Morenita: “…; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante y aflictiva. ¿No estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu Madre?”

Que esta voz nos ayude a confiar y a esperar; que esta voz nos ayude a compartir los dones recibidos con espíritu de diálogo y de acogida recíproca, a vivir como hermanos, atentos a las necesidades de los demás, a saber dar con un corazón generoso, y aprender la alegría del servicio desinteresado.

Que así sea.

 

Misa Coral del Cabildo de Guadalupe

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe, Presidente del Cabildo

“¿Qué no eran diez los que fueron sanados?» preguntó nuestro Señor Jesús, hermanos y hermanas, al ver que solamente un extranjero regresó alabando a Dios en voz alta. Esta pregunta me lleva esta mañana a compartir con ustedes la certeza de que la fe y la gratitud son dos virtudes que manifiestan nuestro crecimiento espiritual. En la actualidad parece que el asunto de la fe en Dios y la práctica religiosa sea cosa de niños o de ancianos, o de niños y ancianos. Los jóvenes y los adultos fuertes, al menos en la mayoría de los casos, no asisten a la Iglesia, ni rezan, ni oran en sus corazones a Dios. ¿Será que cuando hay más fuerzas y capacidades llegamos a creer que lo podemos todo y no necesitamos de fuerzas extrañas? ¿Será que por haber ido a la escuela ya les quitaron la venda de los ojos y se dieron cuenta de que vivían engañados?

En no pocas ocasiones me ha tocado escuchar a papás y a mamás de familia, jóvenes, fuertes, que han llegado a ser extremadamente agresivos con los demás, particularmente con los que les son más cercanos, el cónyuge o los hijos. Siempre preocupados, siempre insatisfechos, siempre tratando de que las cosas salgan «bien», es decir, «como a mí y solo a mí me parece que deben de ser»; más allá de la preocupación y la insatisfacción, hay quienes han llegado a sentirse permanentemente decepcionados por el mundo en el que viven, frustrados porque nadie ha valorado justamente las virtudes y los desvelos que uno hace por los demás. Todo ello es siempre convertido en agresividad de palabra y obra, y en muchas ocasiones lo que ha provocado son cercos de vacío y ausencia de los más cercanos.

Reflexionando con estas personas hemos llegado a descubrir que esto sucede porque no hay una práctica verdadera de fe. Las personas para las que Dios es Dios verdaderamente en sus vidas, el centro de la vida no es uno mismo, es Dios. Porque cuando uno se queda sin Dios, el centro es uno mismo y uno mismo a veces se cree omnipotente, omniciente, todo, omni, el grande, el todo. No, Dios es Dios, solo Él es omnipotente.

Las aspiraciones y los sueños y proyectos personales o sobre las personas que nos son más cercanas son valiosos, pero no son absolutos. Nuestra vida está en manos de Dios Nuestro Padre, Él cuenta con nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia, nuestro compromiso. Pero tanto mi vida como la realidad que no puedo controlar, que está más allá de mis manos, está bajo su Divina Providencia. Hay preocupaciones, sí, pero hay un límite para ellas, porque yo no soy todo poderoso, el único Todopoderoso es Dios. Me esfuerzo porque las cosas salgan bien, sí pero sé que tal vez pueda equivocarme en las expectativas que tengo.

Creer en Dios y practicar mi fe es mucho más saludable que quedarme enfrascado en mí mismo y en mis problemas. Esto es una verdad completamente evidente en el caso de los diez leprosos que quedaron curados gracias a su fe, ¿no es verdad? Sí. Hoy está demostrado. Los diez leprosos si no hubieran creído en Jesús, se quedan leprosos para toda su vida y se mueren, punto. Los diez leprosos que creen en Jesús: ¡maestro! Ten misericordia de nosotros. Sanados por su fe. Así se lo dijo Jesús.

Por lo que respecta al tema de la gratitud, es también un signo de un buen nivel de vida espiritual. Todos tenemos presente que la niñez es una etapa en la que los mayores constantemente le deben recordar a los pequeños que se debe decir «muchas gracias», porque un niño en cuanto recibe un beneficio, se da la media vuelta y se pone a disfrutar de lo que le dieron. Los chicos por falta de experiencia no entienden que mucho de lo que reciben no lo recibirían si no contaran con le buena voluntad de aquellos que se lo dan. El egocentrismo es una característica de la niñez y gracias a la intervención de otras personas, los pequeños aprenden, tanto a dar gracias, como a ofrecer un poco o bastante de lo suyo, en favor de otros.

Cuando nosotros, damos gracias a Dios, a la Virgen, o a cualquiera de nuestros hermanos alrededor y aprendemos a vivir en gratitud a los otros, hacemos que nuestro espíritu crezca. El mérito por haber alcanzado metas con esfuerzo, no está en contra de la gratitud. Una persona verdaderamente agradecida, no es aquella que se convierte en un mantenido. Al contrario, la gratitud está más cerca de convertirnos en personas acomedidas, de convertirnos en personas proactivas, generosas. Tratemos hermanos, de que nuestras vidas crezcan en fe y en gratitud.

¡Alabado sea Jesucristo!

 

Versión estenográfica de la

Homilía pronunciada por S. E. Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato, con motivo de la peregrinación varonil de dicha diócesis a la Basílica de Guadalupe.

8 de octubre de 2019

Estamos todos como una familia, la gran familia qué es nuestra Diócesis de Irapuato. Y estamos con gozo, con alegría, con paz, porque venimos –como ya nos decía Monseñor- a la casa, a la casa que hemos construido entre todos, a la casa que es nuestra casa, a la casa donde todos vivimos como hermanos, donde nos olvidamos de procedencias, de diferencias, de problemas. Venimos a la casa, pero sobre todo, venimos a estar frente a Nuestra Madre.

Ayer cuando caminábamos con los peregrinos, algún peregrino que ya veía yo muy, muy cansado y que le dije: no te subes al carro. No padre, todavía quiero seguir caminando. Pero ya vas muy mal. Dice: es que todo se me va a acabar cuando mire a la Morenita, cuando me ponga bajo su mirada.

Y esa es hoy nuestra intención, ponernos bajo la mirada amorosa de María, ponernos bajo su regazo. Venir y contar lo que hay en nuestro corazón, venir y decir nuestros problemas y nuestras alegrías, venir y como a una Madre que recibe al niño, el niño que cuenta todo, que dice lo bueno y lo malo, que dice los problemas, que dice las angustias, que dice todo lo que hay en su corazón.

Y hoy también nosotros, esa es nuestra intención. Por eso nuestra primera oración será: míranos Madre mía. Decimos todos: míranos Madre mía. Más fuerte, míranos Madre mía, míranos Morenita, mira este es tu pueblo de Guanajuato, tu pueblo de Irapuato, el que tiene la tradición muy profunda de una fe cimentada, fortalecida con la sangre de nuestros mártires, que al grito de Cristo Rey. ¡Viva Cristo Rey!, dieron su sangre y nos dieron las bases, la semilla para seguir construyendo nuestra fe.

Míranos Madre, somos este pueblo que en ratos queremos transformar el mundo y vivir en paz y queremos sentirnos fraternalmente unidos, y queremos trabajar y llevar a todos lados esa imagen de Cristo nuestro Rey. Míranos Madre mía somos un pueblo con profundas raíces católicas, cristianas, con una gran sensibilidad para el dolor, para el amor, para la familia. Míranos Madre mía.

Pero míranos también Madre, cómo estamos sufriendo, cómo la violencia, el dolor, la angustia, se apodera de nuestros pueblos y ciudades. Mira como sufrimos angustiados ante el crimen, ante el pecado, ante la violencia, ante la división. Míranos Madre y traemos ante ti todo lo que nosotros somos y todo lo que tenemos.

Y  hoy queremos renovar nuestro grito, el grito de los mártires, el grito de nuestros pueblos, el grito de nuestras comunidades: ¡Viva Cristo Rey! y queremos decirlo una y otra vez, porque queremos que este Rey de justicia de paz y de amor, vuelva a resonar en toda nuestra región, vuelva a hacerse una realidad, un Reino de justicia de paz y de amor. Por eso desde lo más profundo de nuestro corazón gritamos: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Este es nuestro grito, pero este también nuestro compromiso: construir ese Reinado, construir ese ambiente de paz, de amor, de seguridad. Somos tus hijos, estamos adoloridos. Queremos que nos escuches, queremos que atiendas tú nuestras súplicas. Qué hermoso contemplarte, llevando en tu corazón, en tu vientre a Jesús, hasta allá, hasta las montañas de Ain Karim, a presentar a tu hijo querido que apenas está en tu vientre. Qué hermoso escuchar los saltos de alegría, los gritos de bendición de Juan el Bautista en el vientre de su madre. Que alentador oír la bendición de Isabel diciéndote: feliz porque has creído.

Y hoy también nosotros queremos que también a nosotros nos escuches, que también a nosotros nos traigas a tu hijo, que también a nosotros nos traiga la paz, y oímos con mucha devoción, con mucho cariño: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿Qué es lo que aflige a tu corazón? Palabras consoladoras, palabras que nos llegan a lo profundo de nosotros, porque sentimos ese amor, ese afecto, esa ternura de Madre que se preocupa por nosotros.

Gracias Madre. Sí sabemos que estás aquí con nosotros, sí sabemos que eres la niña que nos acompaña por todos los caminos. Sí sabemos que nos dices a nosotros también a cada uno pequeñito, el más pequeñito de mis hijos, el más tierno y delicado, a quien amo tanto. Y en tu amor, en tu ternura, queremos hoy responder también para construir, para hacer tu mandato: hacer una casita, hacer un templo donde nos escuches. Y lo hemos hecho aquí, y queremos hacerlo en cada lugar. Y lo hemos construido con el esfuerzo de todos, y venimos todos desde lejos a sentirnos en casa. Pero ahora también queremos construir esa casita que tú nos pides, esa casita que es cada mexicano, que es cada persona, que es cada cristiano. Esa casita donde se viva en paz y armonía, donde haya diálogo, donde todos crezcamos, donde se vivan los sacramentos, donde se escuche la palabra de tu Hijo, donde sean socorridos todos los que tienen algún dolor. Esa casita que debe ser cada uno de nosotros.

Y con tristeza te decimos que hay dolor, porque se ha despreciado la dignidad de tus hijos, porque nos hemos olvidado que somos santuario, porque nos hemos olvidado que somos hijos. Y se desprecia y se golpea y se insulta y se destruye. Y hoy queremos construir, y hoy nuestro compromiso será hacer una nueva casita y será hacer nuevamente paz, queremos ser tus instrumentos de paz y queremos llevar tu mensaje por todos lados.

También como Juan Diego, nos sentimos pequeñitos. También como Juan Diego, decimos que somos el último, que somos cola, que no servimos, que no somos tomados en cuenta. Pero también, como Juan Diego, recibimos de tu Palabra, de tu boca: es preciso, es de todo urgente, que seas tú el que lleve, el que construya, el que hable.

Y hoy nos comprometemos a construir, y hoy queremos ser la Iglesia, la casita que tú quieres. Y hoy queremos que el Evangelio de tu Hijo resuene en todos y cada uno de nosotros. Y hoy queremos que cada uno de nosotros se vaya con el corazón lleno de tu amor, lleno de tu presencia y lleno de la presencia amorosa de Jesús Nuestro Salvador.

Queremos escuchar también las palabras que tú decías cuando, en aquella fiesta descubrían que faltaba el vino. Hoy también podemos decirte: en nuestras fiestas falta el vino, y no el vino de la borrachera, porque ese sobra, sino el vino del amor, el vino de la comprensión, el vino de la Palabra de Dios. Y hoy escuchamos tus palabras que nos dicen: hagan todo lo que Él les diga, hagan todo lo que Él les diga. ¿Y Él que nos dice? Y Él nos dice: ámense unos a otros. ¿Y el que nos dice? Y Él nos dice: construyan el perdón, perdonen, amen. ¿Y el que nos dice? Lo que hace es al más pequeñito a mí me lo hiciste. ¿Él que nos dice? Ten la confianza, yo estoy contigo. Y hoy lo sentimos a este Redentor, Salvador en medio de nosotros.

Como toda la nación, también nuestra diócesis se dispone y quiere preparar ese Proyecto Pastoral para los 500 años de presencia de María de Guadalupe en medio de nosotros. Como toda nuestra nación, también queremos formar una nueva nación, una nación diferente, una nación en justicia y paz. Y como toda nuestra nación, también nos disponemos nosotros a celebrar en el 33, los 2,000 años de nuestra redención y poner a Cristo en el centro de nosotros, en el centro de nuestro corazón, en el centro de nuestras vivencias, en el centro de todos nuestros proyectos.

Madrecita de Guadalupe, aquí ponemos lo que somos y tenemos. Tú nos escuchas, tú nos atiendes, tú vas sembrando en nuestro corazón la Palabra del Señor.

¡Viva la Virgen de Guadalupe!

¡Viva la Virgen de Guadalupe!

¡Viva la Virgen de Guadalupe!

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva la Diócesis de Irapuato!

¡Viva la Diócesis de Irapuato!

¡Viva en México católico!

Alabado sea Jesucristo.

 

Misa Coral del Cabildo de Guadalupe

Preside: Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe, Presidente del Cabildo

 

Estimados hermanos y hermanas en el Señor Jesús. La fe es una virtud que si no se hace obras no sirve para nada. Esto es lo que nos enseña Jesús y les enseña Jesús a sus discípulos cuando le pidieron que les aumentara la fe. Sin embargo, al reunirlo con el tema de la humildad del trabajador, nos muestra una perspectiva muy hermosa sobre la que deseo reflexionar con ustedes en esta celebración.

El ejercicio de la fe como una virtud meramente humana, es algo más común de lo que nosotros imaginamos. Sobre todo, podríamos ejemplificarla con el tema de actuar por la confianza que le tenemos a las personas que nos quieren. Un niño cuando su mamá lo despierta en la mañana, le dice: ya es hora, ya levántate para la escuela, el niño no va a buscar el reloj a ver si de veras su mamá no lo quiso engañar, no, se levanta con confianza. Su mamá no tiene por qué engañarlo. Y no solamente lo reducimos al asunto de aquellos que nos quieren o que nos aman. Cuando al iniciar el día encendemos la radio y vamos a ir a trabajar, nos dicen: por tal lado o por tal otra calle hay tráfico muy intenso, entonces busca uno otro camino, porque confía en el locutor que dijo que hay tráfico, que está difícil pasar, ¿no es verdad?, no nos metemos precisamente a esas calles pensando, seguramente me quería engañar ese locutor. No, nos vamos por otro lado. Confiamos, ¡claro!

De aquí podemos dar un salto, no muy difícil a nuestra relación con Dios. Jesús dijo buenas noticias sobre el Reino de Dios e hizo muchos signos de que su palabra era verdadera, realizó milagros. Entonces muchos de sus discípulos decidieron seguirlo y empezar a aplicar las enseñanzas de Jesús –creyeron en él- las aplicaron a sus propias vidas, le tenían fe.

Cuando los discípulos le piden al Señor que les aumente la fe, el Señor les contesta sobre el ejercicio de esta virtud pero con un ejemplo, digamos, hiperbólico –la figura literaria se llama hipérbole- y con ello, más bien, hace referencia al señorío que Dios, desde la creación, le dio al ser humano sobre el universo y a partir de la certeza de este regalo de Dios, entonces el hombre podría mandar a cualquiera de las creaturas y estas le obedecerían sin chistar. Ahí está la clave del ejemplo que pone Jesús. Le dirían a ese árbol –el árbol es parte de la creación- está sometida al ser humano. El ser humano es el señor de la creación y tiene confiada de parte de Dios su administración.

Ahora bien, en presente muchos le tenemos miedo al futuro cercano de nuestro planeta, el cual está siendo afectado por el calentamiento global, o amenazado por asteroides que vienen hacia acá; no lo sé. Tememos que llueva demasiado, tememos que también grandes sequías, tememos el aumento en el nivel de los mares y sabemos que la causa de todo esto es nuestra forma de vivir, la manera de utilizar el planeta.

Si afrontamos estos temores basados en nuestra fe en Dios, más que pensar en una obra mágica, extraordinaria, de que un árbol se arranque y se plante en el mar, podemos pensar y creer en serio, que lograremos como humanidad, ponernos de acuerdo para mejorar el uso de lo que tenemos y entonces esos escenarios, esas fantasías que nos llenan de temor, sean transformadas por nuestra fe en un futuro venturoso. Podríamos creer que todos esos cataclismos a los cuales les tenemos tanto miedo, nunca sucederán gracias a que haremos lo necesario desde ahora, con mayor responsabilidad y no seguiremos abusando de nuestro mundo, porque somos su señor. Si tuvieran un poco de fe, creerían que de veras son los que gobiernan este mundo.

¿Obrar llevados por la fe, en favor del bien de nuestra humanidad, sería algo extraordinario que merecería alabanzas y menciones honoríficas? ¡De ninguna manera! Es nuestra misión. Si nos enfocamos en salvar nuestro mundo no hacemos más que aquello que Dios nos confió desde el principio. Esa bendición original que le dijo Dios a Adán: te lo entrego todo, utilízalo, come de ahí, adminístralo, no es nada de lo que nos debamos gloriar, es nuestra misión. Simplemente, como siervos inútiles, habremos hecho aquello que debíamos hacer.

Alabado sea Jesucristo.

La peregrinación de los Misioneros de Guadalupe arribaron con devoción, fe y amor a la Casita Sagrada de la Morenita del Tepeyac; dicha congregación agradece a Nuestra Señora de Guadalupe el permitirles cumplir 70 años de vida misionera.

S. E. Mons. Franco Coppola, Nuncio Apostólico en México dijo durante su homilía que ser Misionero es ser testigo, relator, es parte de ser cristiano, significa haber encontrado al Señor.

 

 

Este sábado, la Basílica de Guadalupe de Nuestra Señora de Guadalupe recibió fraternalmente y con mucho cariño a la peregrinación de la Diócesis Maronita de México Eparquía de Nuestra Señora de los Mártires de Líbano y la Comunidad  Libanesa.

S.E. Mons. Georges Saad Abiyounes M., O.L.M. ofició la Santa Misa, en la cual agradeció la presencia a toda la comunidad maronita libanesa cristiana que viene año con año a plantarse a los pies de la excelsa Virgen Maria de Guadalupe mostrándole su amor filial, su gratitud.

 

Homilía pronunciada por S.E. Mons. Georges M. Saad Abi Younes
Obispo Maronita de México.

Peregrinación anual de la Comunidad Maronita y Libanesa a la Basílica de Guadalupe.

Libro del Eclesiástico: 24,17-31. Carta de san Pablo a los gálatas: 4, 4-7. Evangelio según san Lucas: 1, 39-48.

La hermosa tradición de los Libaneses-Cristianos es la veneración y su amor filial a La Santísima Virgen María; los migrantes católicos libaneses y orientales que al llegar a los países, donde, han sido acogidos, busquen, inmediatamente, EL SANTUARIO PRINCIPAL DEDICADO A la virgen Maria, y México, patria que les ha acogido con los brazos abiertos, no ha sido la excepción, pues, apenas llegados a estas tierras mexicanas, supieron la importancia de ser hijos de SANTA MARÍA DE GUADALUPE ES: REINA DE MÉXICO Y EMPERATRIZ DE AMÉRICA.
Así, LA PEREGRINACIÓN DE NUESTRA COMUNIDAD MARONITA-LIBANESA, se ha convertido en un signo, por el cual, LOS HIJOS CRISTIANOS DE LÍBANO vienen año con año a postrarse a los pies de esta EXCELSA REINA, para, demostrarle: su amor filial, su veneración, su gratitud y sus peticiones confiadas y fervorosas, además, de pedirle que, el año por venir siga: con su socorro, consolación y haciéndoles fieles en el cumplimiento de la Voluntad de Dios; con el fin de alcanzar, gracias a su poderosísima intercesión, las gracias abundantes, que esta SANTA MADRE derramó a este continente americano.
Hermanos, las lecturas y el Evangelio que hemos escuchado, no son solo un recuerdo de: quién es María; sino una realidad feliz, que todos hemos vivido, a lo largo de nuestras vidas.
En efecto, las palabras del Eclesiástico, nos hablan de las bondades y gracias, que Santa María de Guadalupe derrama sobre todos sus fieles devotos; cuándo, en verdad, somos auténticos discípulos de su Divino Hijo; de aquí, el maravilloso poema que hemos disfrutado y cuyo significado es a la vez: amor y sabiduría de Dios, porque esto es María: SABIDURÍA DE DIOS, BONDAD Y MISERICORDIA INFINITA DEL: PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO, ÚNICO DIOS VERDADERO, que ha querido dejarnos a SANTA MARÍA DE GUADALUPE: como Madre amorosa y amable, que siempre está al pendiente de: nuestras necesidades, tribulaciones, sufrimientos, pruebas, penas y enfermedades del cuerpo y del alma, para, remediarlos por su intercesión ante Dios con prontitud y amor sin límites.

Cuántos de nosotros hemos experimentado el amor de SANTA MARÍA DE GUADALUPE; cuántos hemos sido favorecidos de sus gracias y dones excelsos; cuántos hemos disfrutado de su consuelo; cuántos, que ya no teníamos esperanza, hemos recurrido a NUESTRA MADRE DE GUADALUPE y de inmediato, hemos sentido alivio, tranquilidad y paz.
Hermanos Libaneses y todos los que hoy hemos sido convocados a este SANTUARIO, DEDICADO A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE; el Evangelio nos da ejemplo en Isabel; quien no cabe en sí de gozo al recibir el saludo de María, que lleva en su purísimo seno «AL VERDADERO DIOS POR QUIEN SE VIVE»: Isabel, quien al ver a María, queda llena del Espíritu Santo, para, alabar y glorificar a Dios, que le ha concedido el que, precisamente, SU MADRE, venga ayudarla en el difícil trance de dar a luz al PRECURSOR: SAN JUAN, EL BAUTISTA, quien «salta de gozo en su seno» (cf. Le. 1,41) al sentir la presencia del Salvador, quien ha venido a confiarle, la altísima Misión de preparar a su pueblo, para, recibirle con un corazón bien dispuesto.
Por ello, SANTA MARÍA DE GUADALUPE clama en la hermosa alabanza a Dios, que todos conocemos como «EL MAGNIFICAT», que no es, sino una exclamación gozosa de gratitud y reconocimiento al Creador por LA MISERICORDIA Y COMPASIÓN, que ha tenido con sus criaturas, es decir, a aquellos que hemos recibido a su Divino Hijo, que se ha hecho VERDADERO HOMBRE, para, reconciliarnos con el Padre-Eterno por su: PASIÓN, MUERTE Y GLORIOSA RESURRECCIÓN.
Hermanos al venir hoy a postrarnos ante, NUESTRA MADRE DE GUADALUPE. Todos tenemos el deber, urgente, de venerar y obedecer a tan excelente REINA, cuyo único consejo a todos nosotros es el de: «HÁGAN LO QUE JESÚS LES DIGA» (cf. Jn. 2, 5)
Sí hermanos, cumplir con la Voluntad de Dios ayudados por SANTA MARÍA DE GUADALUPE, es el camino seguro, para, ser beneficiarios de su: consuelo, ayuda y socorro en esta vida; y para heredar en la otra: la felicidad y bienaventuranza, que Jesús tiene prometida a todo aquel, que se deje guiar por María; quien ya goza en CUERPO Y ALMA DE LA GLORIA. COMO, FRUTO PRECIOSO DE LA SALVACIÓN.
Así, esta PEREGRINACIÓN queridos libaneses es una buena tradición de renovar nuestro amor a la Guadalupana, pero, a la vez, es un EJERCICIO extraordinario en LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR, de toda nuestra vida, que es una peregrinación, para, alcanzar, La Vida Verdadera, que todos esperamos; vida libre de todo: sufrimiento, y llena de Luz, Paz y gozo en EL ESPÍRITU SANTO, esposo excelso de Santa María de Guadalupe, nuestra DULCE Y SANTA MADRE.
Amados Hermanos, esperemos en Dios, que los frutos de esta Peregrinación al SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE sean de santidad y justicia; de solidaridad y fraternidad; de alegría y verdadera convivencia; de amor y paz, porque, esto es lo que DIOS: PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO espera de nosotros.
Recemos en esta misa para la paz en México y en el mundo. También para los perseguidos cristianos en el mundo quien sufren por su fe.
QUE ASÍ SEA.

+ Mons. Georges M. Saad Abi Younes Obispo Maronita de México.
Visitador Apostólico de Centroamérica y Venezuela.

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