Misas Dominicales
de Mons. Salvador Martínez Ávila,

Vicario Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario

DICIEMBRE 2020

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Todos los años, hermanos y hermanas en Cristo, dentro de los ocho días que siguen a la Navidad celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazareth. De esta familia compuesta por Jesús, José y María tenemos varios testimonios tanto de la relación de pareja como de la relación paterno filial. Por ejemplo, San José y la Virgen debieron afrontar las dudas de fidelidad cuando ella se encontró en cinta por obra del Espíritu Santo; en tal situación, nos narra el evangelista San Mateo, José que era hombre justo, no quería repudiar a su prometida públicamente, sino que pensó repudiarla en secreto. Pero Dios vino en su ayuda revelándole que ella había concebido sobrenaturalmente. José aceptó el testimonio de Dios y aceptó a María como su esposa. También como familia tenemos varios acontecimientos, como el nacimiento de Jesús no en Nazareth lugar de residencia de José y María sino en Belén, porque habían ido a empadronarse; después de la visita de los magos de oriente la precipitada huida a Egipto. El día de hoy leemos la presentación del niño Jesús al Templo de Jerusalén, en este episodio observamos cómo Jesús, José y María eran judíos observantes de la Ley y de esta manera su vida se encontraba inmersa en el acompañamiento cotidiano de la Divina Providencia. A lo largo de la vida de Nuestro Señor Jesucristo son abundantes los ejemplos de personas que tenían su vida inmersa en la Providencia de Dios y observamos como en todos sus pasos la presencia de Dios se hizo patente. Sólo por poner un ejemplo: la viuda que un día echó todo lo que tenía para vivir aquel día al arca del Templo, esa mujer nunca murió de hambre, porque ponía toda su confianza en Dios. Así mismo, hermanos y hermanas, la celebración de esta fiesta de la Sagrada Familia nos recuerda que si aplicamos nuestra fe a nuestra manera de vivir como familia, la Divina Providencia será el garante de nuestro caminar. Creer en Dios como individuo y como grupo social n o nos pone en estatutos sociales de excepción o privilegiados, podemos ser perseguidos, ser obligados a cumplir con leyes económicas y sociales que nos dificultan las cosas, podemos, incluso, sufrir enfermedades, si vivimos inmersos en la fe en Dios, su providencia se hará patente para que todo aquello que nos toque vivir sea de provecho para la salvación eterna.
Amén

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Estimados hermanos y hermanas, al considerar la visita que hizo el arcángel Gabriel a la Virgen María, pensaba en la gran fortuna que tuvo la Virgen de ser visitada por un enviado de Dios. Por medio de esta embajada la Virgen supo que se encontraba llena de la gracia de Dios, que sería la madre del mesías y que esto sería obra del Espíritu Santo y como señal su prime Isabel, que era estéril, estaba en cinta. La Virgen, a su vez pudo preguntar sobre la forma en que Dios cumpliría lo que le anunciaba, y respondió «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». ¡Qué gran fortuna la de la Virgen! Después de otro rato de haber meditado la Palabra, me vino el pensar que este encuentro entre San Gabriel y la Virgen también tuvo ciertas dificultades, en primer lugar llama la atención que la Virgen nunca le preguntó al ángel quién era, dio por sentado que este era un enviado de Dios. Esto me lleva a pensar que la Virgen María tenía una especial sintonía para reconocer la presencia de Dios y de sus enviados, no es que recibiera visitas angélicas cada tanto. LA segunda cosa es que le costó trabajo entender lo que significaba «llena de gracia»; le costó trabajo entender cómo sería madre de un hijo si no tenía marido en aquel momento. También cabe la posibilidad de que después del encuentro con el ángel todo eso resultado producto de su pura imaginación. El encuentro entre ella y el ángel tuvo un antecedente que fue una espiritualidad verdadera de parte de ella que le permitió sintonizar con el acontecimiento. No fue solamente fortuna, no fue casualidad. Reflexionando todavía un poco más de tiempo, me pregunto ¿Dios solamente se hace presente a pocas personas y en momentos muy señalados? ¿Será el Señor tacaño para hacerse presente son los humanos? El centro del mensaje de la anunciación no está en el encuentro del ángel con María sino en el hecho de que por medio de ella Dios se hace uno de nosotros, Dios se hizo carne. Desde el momento en que María dijo «hágase en mí…» el encuentro entre Dios y los hombres es una realidad permanente. Jesús de Nazareth nos ofreció un encuentro mucho mejor que el encuentro entre María y San Gabriel arcángel. Jesús nos ofreció más de treinta años de vida cotidiana, sus años de ministerio quedaron consignados en los evangelios para que cada uno de nosotros también pueda sumergirse en la amistad con Él, con Dios. ¡Qué afortunados nosotros, porque al decir María que sí nos procuró un encuentro tan íntimo y verdadero con Dios!

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Hermanos y hermanas en Cristo. Con este tercer domingo del Tiempo de Adviento, iniciamos prácticamente la segunda mitad del camino que nos lleva a la Fiesta de la Navidad. Y resulta verdaderamente intrépido, el llamado que Dios nos hace al gozo, a la alegría, en medio de un tiempo de sufrimiento y de tristeza.