Misas Dominicales
de Mons. Salvador Martínez Ávila,

Vicario Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario

MARZO 2020

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Jesucristo, hermanos y hermanas en el Señor, es la luz del mundo. Hoy claramente nos muestra que es capaz de capacitarnos para ver aquello que por nacimiento, es decir, naturalmente, no podemos ver.

La inteligencia de las cosas sobrenaturales, la capacidad de interpretar sobrenaturalmente nuestra realidad y nuestra historia, son un don de Dios.

Y esto es lo que aprendemos precisamente este día. Tal vez muchos de nosotros nos encontremos abrumados por una cantidad tremenda de información, y toda ella contradictoria.

Esta es una buena ocasión para poner en práctica el don sobrenatural que Dios nos dio para interpretar la realidad, no según nuestros propios criterios; no según nuestras simpatías o antipatías, sino según Dios.

Tengamos el valor de preguntarle a Dios dónde está la verdad, aunque ésta sea contraria a lo que me gustaría escuchar o me gustaría ver.

Pero siguiendo a san Pablo en su carta a los efesios, no nos conformemos con ver la luz, no nos conformemos con decir que conocemos la verdad. Una vez vista la realidad con ojos sobrenaturales, dediquémonos a comportarnos como verdaderos “hijos de la luz”.

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Dentro del proceso temático de la cuaresma, los dos primeros domingos –los que ya pasaron- centran nuestra atención en Jesús. Al iniciar la cuaresma, poner la mirada en Jesús que es quien vence al tentador, al enemigo, y por supuesto, nosotros en Jesús, por Jesús, también estamos llamados a ser vencedores de la tentación.

El segundo domingo que escuchamos la Transfiguración del Señor, se nos llama a todos a reconocer a Jesús como Hijo amado del Padre y hacerle caso. Veíamos la semana pasada una excelente oportunidad de configurarnos con Cristo, para que los demás vean el resplandor de la Gloria del Padre a través de nuestras buenas obras.

Este domingo en adelante, nos van a ir preparando a cada uno de nosotros, hermanos, a renovar la frescura, la fuerza, la potencia del bautismo. Y el día de hoy el encuentro entre Jesús y la samaritana, nos da varios símbolos, varias comparaciones que las tendríamos que aplicar cada uno de nosotros a nuestra vida.

El primer signo importante: Dios va al encuentro de todo tipo de personas, de todo tipo de gentes. El pueblo elegido, –lo sabemos- Jesús pertenecía a él, eran los judíos. Pero a lo largo de la historia de las doce tribus de Israel, había sucedido que se habían dividido las doce tribus en dos reinos, y el reino que había ocupado la parte norte de la tierra prometida, había sido conquistado por los asirios. En el siglo VIII a.C. los asirios que tenían su capital en Nínive, habían conquistado la capital del reino del norte que se llamaba Samaría y se los llevaron a los pobladores de esas regiones y trajeron a cinco pueblos distintos para que se asentaran allí. Cada pueblo traía su dios, cada pueblo traía sus creencias y sucedió que al llegar, pues, las fieras del campo los acechaban, se los comían; no les daba fruto la tierra. Entonces los pobladores que llegaron allí dijeron: no, pues que venga alguien a enseñarnos cómo agradar al dios de estas tierras. Y por eso el origen de los samaritanos es de esos cinco pueblos que fueron traídos, que servían a otros dioses, tenían otros cinco distintos maridos. Para hacerse después adoradores del verdadero Dios, pero los judíos no los aceptaban. Los judíos decían: no, estos son paganos, estos vinieron de otro lado, estos no son hijos de Jacob, Israel, son extranjeros.

Jesús va a una persona que no era de los elegidos, es una extranjera. Nosotros no pertenecemos la mayoría, –pienso yo- no pertenecemos a ninguna de las tribus de Jacob. Somos hijos de gentes de otros pueblos. Bueno, Dios sale a nuestro encuentro. La vida eterna es para todos los pueblos sin distinción, sin limitación.

Un segundo signo importante: Jesús es el portador del agua viva. Esta agua viva el mismo Jesús –lo explica la samaritana- es el agua que lleva a la vida eterna. Jesús es el que otorga la vida eterna. Y fíjense que va llevando poco a poco, poco a poco va llevando Jesús a la mujer. La mujer cuando estaba dialogando con Jesús, hablaba de botes de agua, hablaba de la cuerda, hablaba de cómo vas a sacar agua. Jesús por supuesto que no hablaba de eso, hablaba de un don mucho más importante, mucho más consistente: yo te ofrezco a ti vida eterna.

Cuando alguna persona mayor de 7 años, no siendo cristiano, no siendo católico, dice: yo quisiera ser católico, tiene que presentarse a una comunidad, y hay un rito que yo quisiera recordar ahorita, porque creo que tiene mucho que ver con la manera en que Jesús fue ayudando a la samaritana. Se le pregunta a la persona: a ver ¿a qué vienes, qué quieres? ¿qué buscas, que le pides a esta comunidad? Si la persona dijera: no pues es que mi jefe está ahí adentro y yo quiero trabajo. ¿Sería motivo para aceptarlo en la comunidad cristiana? No, no, no, pues ahí siga trabajando y trabaje bien, ¿verdad? No, pues es que yo he visto que en este pueblo la mayoría son católicos y pues como yo no soy católico, quiero formar parte de la mayoría, ¿sería motivo para aceptarlo? No, no se le aceptaría.

La respuesta única correcta para poder ingresar es: ¡quiero la fe! ¡quiero la fe! Entonces si se le acepta, si se le dice, ah, aquí estamos la comunidad de los creyentes, bienvenido. Pero antes de que pases ¿qué te da la fe? No vaya a ser que tú tengas otra idea, no vaya a ser que estemos equivocados. ¿Qué te da la fe? La única respuesta correcta es: la vida eterna. Si la persona busca la fe para alcanzar la vida eterna, ¡bienvenido! Pásale, aquí te ayudamos. Y eso fue lo que Jesús fue haciendo con la samaritana, pasito a pasito. El balde, no te preocupes. Pero mira, vamos a hablar de cosas más importantes: que esta agua ya no va a necesitar que, ya te va a llevar a la vida, ya no vas a tener sed. Ah bueno, pues dámela rápido para no tener que venir y fatigarme. No, no, no, no, es algo más, es algo más. Hasta que la lleva a reconocer que Jesús es un profeta o el Mesías. Así es, Dios nos va llevando, y ese es el segundo de los signos importantes.

El tercero de los signos, ya lo vemos, y radica en que la vida eterna la alcanzamos cuando nos adherimos por fe a Jesucristo Nuestro Señor, y lo reconocemos como el Redentor, como el Salvador del mundo. Esto no sucedió solamente a la mujer, también a los samaritanos que fueron, vieron a Jesús, lo invitaron a quedarse unos cuantos días. Jesús se quedó con ellos y ya le decían a la mujer: no, no, nosotros ya no creemos por lo que tú nos dijiste, ya lo escuchamos nosotros, ya lo sabemos, ya tuvimos esta experiencia de que Jesús verdaderamente es el Redentor del mundo. Tercero de los signos.

Así es que en este domingo se nos invita a nosotros a preguntarnos: a ver, ¿me estoy dejando encontrar por Dios, como la Virgen le salió el encuentro a Juan Diego, que tenía tanto que hacer y tanta preocupación? ¿Me dejo encontrar?

Segundo, de veras estoy dispuesto a dejarme ayudar por Él, a no buscar nada más beneficios de aquí, de este mundo, sino a buscar vida eterna. Y ¿de veras estoy incrementando en mi corazón la adhesión a Él, creer en Él como el Redentor de mi vida?

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Hemos escuchado en este II Domingo de Cuaresma, esta narración de la Transfiguración, y dentro de ella este signo más importante, más fuerte, la voz que sale de la nube diciendo: «Este es mi Hijo en quien encuentro todas mis complacencias; escúchenlo». Con esta frase Dios Nuestro Padre acreditó a su hijo Jesús para provocar que sus discípulos reforzaran su fe.

La perspectiva ordinara de este domingo nos llevaría a identificarnos con los discípulos y así, también nosotros reforzáramos nuestra fe en estas primeras semanas de la cuaresma. Sin embargo, atendiendo a las dos lecturas anteriores al evangelio, también es posible poner en énfasis de este domingo en configurarnos con Cristo, que se hace manifestación y transparencia de la gloria de Dios Padre.

En efecto, la primera lectura que nos narra la vocación de Abrán contiene estas promesas de parte de Dios a nuestro padre en la fe: «yo haré de ti una bendición y por ti serán bendedidas todas las naciones», es decir, que Dios hace que Abrán sea vehículo de su bendición.

Así mismo, San Pablo dice a Timoteo en la segunda lectura, que «Dios nos llamó a consagrarnos y en Cristo irradiar la luz de la vida y la inmortalidad». Así pues, la importancia de reconocer a Cristo como Hijo de Dios, va más allá de hacer de él nuestro líder o nuestro guía. Al reconocer a Cristo como Hijo de Dios, Él mismo, es decir, Dios mismo nos va llevando peldaño a peldaño por la senda de la configuración con su Hijo.

La coyuntura histórica que vivimos requiere con urgencia que creamos que Dios Nuestro Padre quiere irradiar su gloria en este mundo. Son muchas las manifestaciones de desorden, de caos. Muchas personas que se sienten débiles y desamparadas, fácilmente caen en la tentación de desesperarse y se han vuelto agresivos. Pero claramente este domingo nos dice que Dios no nos ha dejado solos, no estamos desamparados, no estamos abandonados. Entre nosotros está el Hijo de Dios altísimo, a quien tenemos que escuchar, es decir, a quien tenemos que hacerle caso. Pero de forma más urgente, con Jesús y en Jesús transfigurado, nosotros tenemos que trasparentar esta misma gloria. Para que nuestra sociedad no se dirija hacia una autodestrucción.

¿Y Cuáles son las manifestaciones luminosas que transparentan la gloria de Dios en nuestros días? En primer lugar, las obras de misericordia: donde hay una persona que sacia la sed del sediento, el hambre del hambriento, donde una persona que enseña al que no sabe, donde alguien es capaz de soportar las debilidades de su hermano, allí estamos posibilitando que se den los destellos de la gloria de Dios. Allí donde se prefiere crear ambientes de buen humor, de comprensión y mutua aceptación, superando rivalidades, revanchismos y chismes, allí se va gestando la manifestación de la gloria de Dios.

La revolución de la ternura de la que nos habla el Papa Francisco, poniéndonos a la Santísima Virgen como ejemplo, es una irradiación inconfundible de la gloria de Dios. ¿Quién de nosotros no se siente a gusto y tentado a quedarse para siempre allí, como le pasó a Pedro en el Tabor, de quedarnos para siempre en ambientes donde reine la alegría, donde reine la amabilidad y la solidaridad? Todos quisiéramos que en un lugar así, allí estuviéramos para siempre. ¿Quién de nosotros no ha querido salir corriendo de aquellos sitios donde reina el grito, donde reina la amenaza y las críticas despiadadas? Dios, hermanos y hermanas, nos ha destinado a ser bendición para todos los que nos rodean, nos ha destinado a ser buena noticia de vida que dura para siempre. En nosotros está el aceptarlo y dejarnos transformar por Él.

Alabado sea Jesucristo.

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Desde el miércoles pasado, hermanos y hermanas en Cristo, hemos dado inicio al tiempo de la Cuaresma. Es un tiempo de conversión, de arrepentirse de los propios pecados y las malas costumbres y precisamente para animarnos a ello, el día de hoy hemos leído el relato de Jesús probado en el desierto. El episodio de las tentaciones inicia diciéndonos que Jesús pasó cuarenta días en ayuno y cuando ya estaba débil, el demonio se acercó para ponerlo a prueba.

Veamos hermanos, una clave importante para considerar. El maligno aprovecha nuestra debilidad, no se acerca a nosotros ni a nuestras fortalezas, ni en tiempos de bonanza. Más bien trata de hacernos caer en sus engaños cuando estamos enfermos, o pasamos por diversas dificultades. Es allí donde nos hace propuestas de quebrantar el plan de Dios, de apartarnos del bien y de la justicia.

Pero Nuestro Señor Jesucristo nos muestra tres formas de vencer la tentación. Ante la primera tentación –la de los panes- Jesús opone el conocimiento de la Palabra de Dios. Jesús solía leer las Escrituras, también solía participar en la Sinagoga, él mismo hacía oración a Dios. Estas actividades le permitieron resistir la tentación y a partir de la Palabra de Dios, no caer el mal.

La segunda tentación es más sutil, ya que el diablo cita la Escritura, y Nuestros Señor la vence interpretando correctamente Escritura, es decir, la Palabra de Dios. La correcta comprensión de lo que Dios quiere, no surge de saber de memoria los mandamientos o la Palabra de Dios, sino que surge de cumplirlos cotidianamente. Vivir de acuerdo al bien, nos permite tener la mirada fina, la sensibilidad correcta para saber lo que le agrada y lo que no agrada a Dios, lo que nos hace bien y aquello que nos daña.

La tercera tentación se vence teniendo una práctica cotidiana, constante de que Dios es Nuestro Señor, de que Dios es el Señor de mi vida. Dedicar el tiempo adecuado a la relación con Dios y practicar el bien son dos formas que manifiestan que Dios es mi Señor, y esforzarnos porque Dios sea el único Señor de nuestras vidas, orienta el uso de nuestro tiempo y el tipo de actividades que realizamos o tipo de actividades que evitamos.

Para concluir hermanos, el mal, tanto interior como exterior, no es invencible. Nuestro Señor Jesucristo va delante de nosotros y nos da su ayuda para vencer las tentaciones del maligno. Para poderlo lograr es necesario adherirnos más al Señor con nuestra oración personal, con la lectura de la Palabra de Dios, con nuestra participación en las misas y con nuestro esfuerzo cotidiano por hacer el bien. Así, Dios es Nuestro Señor.

Alabado sea Jesucristo.

FEBRERO 2020

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

“Sean perfectos como su Padre Celestial es perfecto”

Ésta hermanos y hermanas, es la frase con la que concluye el evangelio de este día. Resume en buena medida el sentido de las palabras de Jesús al interpretar los mandamientos de la ley de Dios que estaban en el Antiguo Testamento. Como lo escuchamos ya desde el domingo anterior: ustedes han oído que se dijo, pero yo les digo. En particular, las enseñanzas que escuchamos hoy, nos dicen que el camino de la concordia no se hace con discordias. El camino de la generosidad no se hace con mezquindades. Al contrario sí quiero que el mundo sea solidario, el primero en ser solidario debo ser yo. Si espero un mundo de paz, el primer pacífico debo ser yo. ¿Era la intención de Jesús generar un mundo donde unas cuantas brutales y depredadoras personas explotaran a las grandes masas de personas adormecidas y mansas? Muchas personas ven en las llamadas del Señor a no resistir a los malvados, a dejarse robar y maltratar, palabras que llevarían a un mundo así. Esa no fue la intención.

El Reino de Dios se caracteriza por una forma de ser que nace desde nuestra profundidad, que está de acuerdo con el plan de Dios originario sobre el ser humano, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. En tiempos de Jesús, existía la expresión “hombre perfecto” para referirse a la persona que había llegado a la mayoría de edad, es decir, para referirse a una persona adulta. Si nosotros entendemos la frase de Jesús: “sean perfectos”, de esta manera podríamos decir: sean adultos, vivan de forma adulta. Sabemos que la madurez humana, la adultez, no es un estado, sino una condición dinámica. Así como hablamos de buena condición física, o condiciones de vida saludable, así hablamos de la madurez en nuestras vidas. Se mejora o se empeora, según nos esforzamos y cuidamos de nuestra vida.

Aplicando esto a las enseñanzas que ya hemos reflexionado, Jesús nos haría el llamado a perseverar en la madurez, es decir, en la perfección, siendo nosotros los constructores de aquello que deseamos, de aquello a lo que tendemos. A la concordia se llega porque yo mismo hago concordar mi vida con el corazón de los demás, y no por la discordia. A la unidad se va procurando unirme con los otros y no sembrando discordias y rivalidades. A este efecto, quisiera recordar una parte de la oración que se atribuye a san Francisco: hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio, lleve yo amor; donde haya injuria, tu perdón; donde haya duda, fe en ti; que no busque ser consolado, sino consolar; que no busque ser comprendido, si no comprender; que no busque ser amado, si no yo, amar. Porque dando es como se recibe. Ésta hermanos y hermanas, me parece la oración de un hombre adulto, la oración de un hombre que dinámicamente vivía en la perfección misma, que nosotros también estamos llamados a conservar cada día, en cada momento, con su propio reto.

Amén.

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe y Presidente del Cabildo.

En este sexto domingo del Tiempo Ordinario llegamos, hermanos y hermanas, a la parte profunda del sermón de la montaña. En esta parte Jesús propone varias oposiciones: ustedes han oído que se dijo…, y después: pero yo les digo… Si miramos detenidamente no son oposiciones radicales sino más bien reinterpretaciones. Veamos: el quinto mandamiento de la Ley de Dios es «no matarás». Jesús en efecto dice: ustedes han oído que se dijo no matarás. Esto es lo que dice el Señor.

Ahora bien, él propone que no matar también implica realidades que normalmente no consideraríamos graves, como lo son el enojo contra el hermano, el insulto y el desprecio. El Señor Jesús nos enseña que la exigencia por hacer el bien o evitar el mal, no comienza en evitar un homicidio, sino en superar el enojo, es decir, establecer el primer campo de batalla contra el mal en nuestro propio interior, en el mundo de nuestras emociones.

Dar paso a las palabras y a las actitudes contra el hermano, los considera el Señor todavía más graves. Si aplicáramos bien esta enseñanza, hace mucho que entre nosotros no habría asesinatos. ¿Por qué? Porque batallamos desde el principio, desde nuestras emociones, evitamos las palabras y evitamos también actitudes de desprecio.

Aquí está la esencia del evangelio. Hubo grupos judíos que ponían el acento del cumplimiento de la Ley en lo puramente externo. En cambio el Señor Jesús nos llama a una vida más íntegra, una vida que busca la virtud desde el manejo adecuado de los propios pensamientos y los propios sentimientos, pues ellos son los que verdaderamente manifiestan nuestras intenciones. Vivir practicando el bien desde nuestro interior nos hará más felices y mucho más libres que aquellas personas que alimentan en su corazón rencores, rupturas y contiendas. Nos hará mucho más felices que aquellos preocupados en parecer buenos más que serlo realmente.

Nuestro Señor Jesucristo se ocupó de que sus amigos fueran realmente felices, por eso nos aclaró en qué sitio de nuestra vida hay que poner atención, es decir, en nuestro interior, en nuestros sentimientos, pensamientos, fantasías, y allí debe prevalecer el bien, allí tiene que triunfar el bien.

Muchos piensan, erróneamente, que serían más felices si el mundo fuera mejor, si los demás no los maltrataran tanto, se ilusionan pensando que si hubieran nacido en otro país o en otra época, verdaderamente estarían mejor. A este respecto les narro una experiencia que sucedió al padre Chinchachoma, Alejandro García Durán: En una ocasión las cosas le habían salido muy mal con sus superiores y por añadidura habían andado mal las cosas con sus muchachos de la calle y se sentía profundamente a disgusto. Entonces fue a orar lejos, en el campo para poder allí explayarse con Dios a gritos. Fue y oró en términos parecidos a estos: «Señor, no me digas que hiciste este mundo bien, este mundo está muy desarreglado, este mundo no está bien». Acabó su oración y regresó a sus actividades normales. Después de un tiempo le vino al pensamiento la respuesta del Señor: «Y si este mundo no fuera como es, ¿En dónde te pongo a ti?» El mundo en el que habitamos está a nuestra medida, pero Jesús nos dice hoy: «si tú mismo no te ocupas de ser mejor, no entrarás en el Reino de los Cielos», esa sería la aplicación de la frase, si su justicia, si su bondad, si su estilo de vida no es mejor que el de los escribas y fariseos. Si tú mismo no te ocupas de ser mejor, no entrarás en el Reino de los Cielos. Afuera hay muchísimas cosas que nos afligen, limitan o hieren, pero luchando desde no entre nuestro interior, venceremos.

Alabado sea Jesucristo.

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe y Presidente del Cabildo.

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, durante algunos domingos leeremos fragmentos del sermón de Nuestro Señor Jesucristo en la montaña, este discurso abarca los capítulos 5 al 7 del Evangelio según San Mateo y es, por decirlo así, la forma en que Jesús Nuevo Moisés proclama la Ley de la Nueva Alianza.

Específicamente hoy, Jesús nos llama a ser luz y sal de este mundo y para ejemplificarlo quisiera comentarles algo que suele suceder en nuestras familias: Las mamás católicas, las mamás que procuran conducir a su familia por una senda de prácticas religiosa sana frecuentemente se enfrentan al problema de algún hijo o una hija que el domingo no quiere ir a Misa. Cuando los hijos son niños no les queda más remedio que obedecer y vienen a Misa pero a medida que crecen, los problemas de llevar a los hijos a Misa se vuelven cada día más severos, suele darse el caso de que la mamá enojada y triste tenga que dejar al hijo a la hija rebelde en casa. Después de haberle recordado que no está cumpliendo con sus deberes y que se expone a los peligros de los ingratos que no le dan su lugar  a Dios en la vida.

Después de una o más horas, regresa papá y mamá a casa, la seriedad con que se abandonó el hogar es la misma que cuando se fueron. La seriedad con que se llega al hogar es la misma que cuando se fueron. Los silencios culpabilizadores contra los desobligados no se hacen esperar sino es que en la cena vendrán las indirectas llenas de ironía, los chantajes y los reclamos. Entonces, surge la pregunta, ¿De qué le sirvió a papá y a mamá ir a Misa? ¿Qué efecto produjo el cumplimiento del precepto dominical en papá y en mamá? Aquí, es donde yo les propongo que apliquemos las palabras del Señor para el día de hoy.

¿De qué forma permitimos a Dios que nos haga sal?, ¿De qué manera el Señor convierte nuestra vida en luz?, la amistad con Dios, el ser alimentados por su palabra y por su cuerpo y su sangre es lo que cambia el sabor de nuestras vidas, es lo que provoca en donde hay tinieblas de muerte, surja el sol de la verdadera vida y esto se tiene que notar en el mundo en que vivimos, se tiene que notar al regresar a casa. Si papá y mamá regresan a casa después de la Misa dominical cargados de alegría y paz y esto lo notaran los hijos, tal vez el próximo domingo  no encontrarían resistencia alguna al hacer la invitación a la misa.

Ser discípulos de Jesús es importante y como buenos discípulos cumplir sus preceptos es algo necesario pero es imprescindible que también se  note, es decir, que otras personas por el buen olor de nuestras palabras, por el buen sabor de nuestras actitudes y de nuestras obras se den cuenta de cómo Dios está transformando, está haciendo nuestras vidas una buena noticia.

El Papa Francisco ya ha insistido bastante en este sentido, al decirnos que una verdadera experiencia de encuentro con Jesucristo naturalmente desemboca en contagiar a otros, en comunicar a otros lo hermoso y lo significativo que resulta esta amistad con él.

Por tanto, los invito a que dejemos fructificar nuestra participación en esta Eucaristía, en alegría, en paz, en generosidad, y esta es la luz y la sal con la que Dios quiere dar sabor e iluminar a este mundo.

Amén.

Este 2 de febrero celebramos con fe, amor y regocijo el Día de la Candelaria; este día representa la presentación del Niño Jesús al Templo 40 días después de haber dado a luz María.

La Misa Solemne fue presidida por Mons. Salvador Martínez Ávila, Rector de la Basílica de Guadalupe quien en compañía del Venerable Cabildo y de los files católicos que acudieron a bendecir a sus Niños, entraron en procesión al Santuario, bendiciendo al inicio las veladoras o candelas.

ENERO 2020

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe y Presidente del Cabildo

El inicio del tiempo ordinario hermanos y hermanas en Cristo Jesús, está marcado por el inicio  del ministerio del Señor en Galilea, además de predicar y realizar signos prodigiosos, se dedicó a conjuntar un grupo de personas, discípulos, a quienes  prometió hacerlos pescadores de hombres.

Para poder comprender lo que quiso decir Jesús con esta promesa, vale la pena considerar que él mismo, hacía tanto en Cafarnaúm como en los pueblos de los alrededores, en general Jesús aprovechaba las asambleas de oración sabatinas, en las que se reunían los judíos de la localidad en la Sinagoga en esas ocasiones Jesús aprovechaba para anunciarles a las personas que el reino de los cielos ya estaba cercano y era necesaria la conversión de las malas costumbres a las buenas costumbres.

También, el Señor hacía algunas señales poderosas que podían ser curaciones o exorcismos, en qué sentido podemos considerar esto, como una pesca; un primer aspecto que me parece importante es que por medio de su anuncio, Jesús ponía sobre la mesa el asunto del reino de Dios. La cercanía de este reino, provoca alegría en aquellos que pertenezcan a él y temor, en aquellos que no le pertenezcan.

Así como la cercanía de las legiones romanas provocaba confianza en unos que estaban a favor de los romanos y grandes temores en otros, en los sediciosos. San Ignacio de Loyola que había sido militar, daba gran importancia a la elección  que cada persona debía hacer para ponerse al servicio del rey eterno; incluso invitaba a usar la imaginación y verse así mismo frente al rey eterno y brindarle la propia sumisión y obediencia, escuchando su llamado a combatir con el pasar de toda clase de penurias, para obtener al final el triunfo definitivo y los bienes eternos.

Si el Señor Jesús llamaba a los suyos a ser pescadores de hombres, podemos pensar que los invitaba a convivir con él, para aprender las costumbres del reino de los cielos, más aún las costumbres de su propio reino, puesto que Jesús es el rey y por medio de la predicación y de los signos poderosos, lograr que muchos otros también participaran de esta forma de vivir.

Para concluir, los invitaría a que hiciéramos conciencia de que nos encontramos en una gran asamblea, en un gran palacio, la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, es la casa de nuestra Reina, ella ocupa el sitio preminente, está coronada, sus palabras de invitación a Juan Diego para que se convirtiera en su mensajero, son comparables al llamado  que Jesús le hizo a sus discípulos; reconocer a María como nuestra Madre y Reina, de ninguna manera va en menos cabo del reino de Dios y de su poder, por tanto, al aceptar ser mensajeros de nuestra Señora, también estaremos aceptando el llamado del Señor a convertirnos en pescadores de hombres.

Pero hermanos y hermanas no nos confundamos, la pesca que Jesús nos invita a realizar no se completa, ni se conforma con puras palabras, son necesarias también las obras, es decir, las buenas costumbres que contagien la veracidad y la riqueza de nuestra pertenencia al reino de Dios.

Alabado sea Jesucristo.

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