FEBRERO

Los peregrinos de la Arquidiócesis de Toluca con amor y devoción participaron de la Celebración Eucarística que fue presidida por su S.E.R. Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, arzobispo de Toluca, para agradecer a Santa María de Guadalupe su cuidado y protección. En su homilía Mons. Chavolla mencionó: «En nombre de todo mi pueblo Señora Mía, con pena angustiaré tu rostro, tu corazón. Tú sabes que vivimos tiempos de crisis y desorientación, provocados por tantas transformaciones que se han producido en este cambio de época. Queremos como hijos tuyos, proceder con responsabilidad social y ética en la reconstrucción del tejido social de nuestros pueblos»

Homilía pronunciada por S.E.R. Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, Arzobispo de la Arquidiócesis de Toluca.

Muy queridos hermanos, sacerdotes, señores diáconos, muy queridos hermanos y hermanas en el señor, hermanos y hermanas de la vida consagrada; hoy hemos venido como hijos de la Virgen María de Guadalupe, a visitarla en su «casa», sobre todo para agradecer haber sido favorecidos como Sede de la nueva Provincia Eclesiástica, y haber sido creada nuestra Arquidiócesis de Toluca, siendo nombrado yo indignamente, su primer Arzobispo. Nos mueve venir a este Santuario Madre Nuestra, el amor que sentimos por ti, y la confianza que nos inspiras para acompañarte y para poner en tu corazón de Madre, nuestras penas y angustias.

En nombre de todo mi pueblo Señora Mía, «Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón». Tú sabes que vivimos tiempos de crisis y desorientación, provocados por tantas transformaciones que se han producido en este cambio de época. Queremos como hijos tuyos, proceder con responsabilidad social y ética en la reconstrucción del tejido social de nuestros pueblos, que sufren por la carencia de valores humanos y espirituales, por la desintegración de las familias, por el desenfreno de muchos jóvenes, el hedonismo de muchos y el odio social, por la pobreza, la injusticia y por tanta impunidad que padecen tanto los mexicanos.

Yo sé Señora mía, que tu presencia entre nosotros sigue trayendo salud para nuestros pueblos, y nos confortan tus palabras, como las dijiste a San Juan Diego: «Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío, el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se turbe tu rostro, tu corazón». Contigo Madre nuestra, queremos trabajar para establecer el Reino de Dios entre nosotros, que es Reino de paz, de vida plena y de salud.

Con tu presencia Madre del cielo, las estructuras sociales y religiosas de nuestro pueblo se transformaron y se hizo presente el Reino de Dios entre nosotros: San Juan Diego, su tío Juan Bernardino, el mismo Obispo y los servidores del Obispo pudieron aceptarse y reconocerse, pues «El Reino de Dios tiende a transformar las relaciones, y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente». Al traernos a tu Hijo, suscitaste entre nosotros la conversión y la aceptación afectiva, haciendo nacer un nuevo pueblo, que es nuestra Patria mexicana.

Queridos hijos, los desafíos del tiempo que vivimos nos cuestionan seriamente, por lo que hemos de discernirlos, llamarlos por su nombre y sobreponernos a ellos; por esta razón he pedido a toda la comunidad Arquidiocesana, que renovemos nuestras estructuras pastorales para contribuir al orden y a la disciplina y facilitar la acción del Espíritu Santo, y de esta manera nos sirvan mejor en nuestro trabajo evangelizador, hasta hacer presente el Reino de Dios entre nosotros.

Somos un pueblo creyente siempre en camino, necesitado de una permanente conversión, renovación y purificación, para poder ser cada vez con más claridad el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo y el signo preclaro de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres; para ello, es necesario recobrar la verdadera tradición, siempre viva, de la Iglesia, y convertirnos seriamente en lo personal y lo pastoral. Así podremos renovar el modelo eclesiológico que recibimos por muchos años, y dejar atrás la experiencia de ser una Iglesia que sólo se mira a sí mismo y hace girar todo en torno suyo; la experiencia de una Iglesia clericalista, de clérigos que conciben a los fieles laicos como poseedores de un cristianismo de segundo grado, los maltratan y los utilizan; la experiencia de una Iglesia obsesionada en aplicar sanciones a quienes han transgredido la ley; la experiencia de una Iglesia aliada con los poderosos para conservar sus privilegios; y la experiencia de una Iglesia de personas que sólo buscan obtener milagros, sin que les interese vivir conforme a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hijos, los tiempos que vivimos nos exigen convertirnos en una Iglesia que, teniendo a Cristo en el centro de su vida, asuma responsablemente la misión recibida de Él; convertirnos en una Iglesia misionera, de puertas abiertas, en salida a las periferias existenciales, geográficas y culturales; una Iglesia Samaritana, capaz de curar las heridas de sus hijos que necesitan comprensión, perdón y amor; una Iglesia pobre para los pobres, cercana a todos; una Iglesia profética, capaz de denunciar los atropellos a la dignidad humana, a la familia y a la vida más desprotegida; una Iglesia ministerial que incorpore y comprometa a toda la comunidad eclesial en el trabajo pastoral y que contribuya al establecimiento del Reino de Dios.

Amados hijos, con el propósito de hacer realidad estas transformaciones en nuestra Iglesia Arquidiocesana: desde la Curia, las zonas pastorales, los decanatos, las comunidades parroquiales y rectorías, los organismos de apostolado laical y las comisiones de pastoral, es urgente que renovemos muchas de nuestras estructuras pastorales, en la conciencia de que «no estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados”.

Pero para que estos cambios de nuestras estructuras pastorales, para que den realmente den fruto, es necesario que nazcan de la verdadera conversión personal y pastoral de cada uno de nosotros, pues «las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y un auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad a la Iglesia a nuestra vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo. Quiero pedirles, queridos hijos, que todos: fieles laicos, miembros de la vida consagrada y nosotros ministros ordenados, asumamos ante Dios, poniendo a la Santísima Virgen de Guadalupe como testigo, el compromiso de trabajar en la renovación de nuestras estructuras pastorales.

Señora y niña mía, no quisiéramos retirarnos de tu «Casa» sin suplicarte que, en nuestra Iglesia particular de Toluca, donde abundan riscos, abrojos y espinas, Tú hagas florecer esta Arquidiócesis, como las hiciste en el Tepeyac, flores hermosas, aunque aún arrecie el hielo. Así podremos disponernos a cumplir la misión que hemos recibido de tu Hijo, Jesucristo, de hacer presente el Reino de Dios entre nosotros, y llevar adelante tu encargo de levantarte un «templo», de construir nuestro pueblo, nuestra Iglesia, nuestras familias, nuestra sociedad, con la paciencia de San Juan Diego y la osadía perseverante de los apóstoles.

Señora y Madre Nuestra, confiados en tu protección y en tu amor, Santa Madre de Dios, nos marchamos a nuestra casa a cumplir la misión, bendícenos y ayúdanos a cumplirla.

Amén.

Este domingo nos honró con su presencia en la Casita Sagrada del Tepeyac, la peregrinación de la Diócesis de Tehuacán, Puebla su Obispo Mons. Gonzalo Alonso Calzada Guerrero, exhortó durante su Homilía a los padres y madres de familia para que “se preocupen y se ocupen en transmitir los valores cristianos a sus hijos, que nos esforcemos por hacer de nuestras familias una verdadera iglesia doméstica, un espacio, un lugar donde se va formando el corazón de los hijos en la fe, en el amor a Dios y en el amor al prójimo”

Start typing and press Enter to search

Shopping Cart

No hay productos en el Registro.