Semana Santa y Pascua 2020
desde nuestras casas

Programación de Semana Santa y Pascua 2020

DOMINGO DE RESURRECCIÓN - 12 DE ABRIL DE 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto” (Jn 20,3).

Jesús había verdaderamente muerto en la cruz, de eso no había ninguna duda. María Magdalena va al sepulcro, buscando la soledad y el silencio que le permita recordar al Maestro, y lograr el consuelo por su partida. Quiere hacer un homenaje, a quien le enseñó a amar y descubrir el amor de Dios.

Ante el hecho, la piedra del sepulcro removida, se enciende una alarma, ¿qué ha sucedido? ¿Quién lo habrá hecho? María Magdalena de inmediato prefiere dar aviso y recurre a los apóstoles.

La sorpresa de María Magdalena deja entrever que a pesar del amor, no esperaba la resurrección de Jesús. Ella está sumida en el dolor y la tristeza de haber visto morir a quien le había enseñado la importancia de vivir. Sin embargo, en vez de quedarse sola y sorprendida, prefiere recurrir a la comunidad apostólica para juntos proceder, bajo la cabeza que había señalado Jesús, bajo la autoridad de Pedro.

Juan y Pedro, los mismos que siguieron de cerca el proceso y juicio de Jesús, se apresuran, con el corazón palpitando de emociones, para constatar lo sucedido. El joven Juan llega primero, observa y se detiene, dando la primacía a Pedro, la cabeza del grupo apostólico. El texto termina afirmando: hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

Los elementos son observados por los dos, pero el efecto es distinto. Pedro regresa interrogándose, qué habrá pasado, mientras que Juan vio y creyó. La fuerza del amor le hace considerar que el Maestro amado está vivo.

En efecto, la fuerza del amor es el camino más directo para descubrir a Cristo Vivo y actuando a través de mi persona y de mi comunidad eclesial.

Por ello, me ayudará plantearme las siguientes preguntas:

-¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, partiendo del testimonio de las Sagradas Escrituras, de la tradición de la Iglesia, y de quienes me hayan transmitido la fe?

-¿Qué tan dispuesto estoy de iniciar mi relación con Dios guiado por la fe y no por evidencias contundentes? El Salmo 34, 9 afirma: Haz la prueba, y verás qué bueno es el Señor.

-¿Me emociona aventurarme por el camino de Juan, el discípulo amado?

Entonces, debo saber que primero tendré que experimentar, como Jesús, las pruebas de mi entorno existencial, que sin duda serán tentaciones difíciles, y para superarlas necesitaré vivir la fe en comunidad, sea la familia, el grupo de apostolado, la comunidad eclesial, en el círculo de amigos, o en el ámbito laboral; ya que los contextos socio-culturales actuales privilegian el placer, la codicia y la ambición, las tendencias dominantes que favorecen la satisfacción egoísta y el desorden de nuestra pasiones.

A esto se refiere San Pablo en la segunda lectura cuando afirma: Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad (1Cor. 5,8).

Para fortalecer mi camino de fe, y llegar a descubrir la presencia misteriosa, pero real de Jesús entre nosotros, es indispensable asumir, que mi destino es atravesar la muerte para llegar a la vida, y sustentar mi fe en la resurrección de los muertos.

Promovamos la levadura del amor, que nos ha ofrecido Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo, y que ha dispuesto al Espíritu Santo para conducir, a su creatura predilecta, que es el ser humano, varón y mujer, por el camino del amor gratuito y generoso; y logremos así, el proyecto inicial de la creación: ser imagen y semejanza de Dios, nuestro Padre Creador; es decir, luchemos para reflejar en nuestra vida social el testimonio de amor al prójimo, especialmente en los más necesitados. ¡Vivamos con alegría y esperanza la auténtica solidaridad cristiana, que ayuda a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio!

Anunciemos, con la convicción de nuestra propia experiencia de fe, la Resurrección de Jesucristo, como lo hicieron los primeros apóstoles:

Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la Cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que Él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él, después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados” (Hech 10,37).

Estamos viviendo una pandemia, y ante ella, estamos despertando a la necesaria colaboración solidaria de la sociedad para superarla. Elevemos nuestra oración para que sea la ocasión oportuna que nos lleve a replantearnos las tendencias dominantes negativas de la cultura actual, y logremos rectificar el camino de la conducta personal y social de nuestro tiempo.

Los invito a profesar, mediante el rezo del Credo, nuestra fe en Cristo resucitado, aceptando la Revelación: ¡Del Verdadero Dios, por quien se vive!

¡Que así sea!


En el momento de la Consagración

El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ha propuesto a las Conferencias Episcopales de los respectivos Países Latinoamericanos en esta hermosa y significativa fecha del Domingo de Pascua, del Domingo de la Resurrección del Señor Jesús, consagrar a nuestros pueblos, poniéndolos bajo el manto de Nuestra querida Madre, María de Guadalupe.

Ahora al término de nuestra Celebración, antes de la bendición final, consagremos, recitando juntos, la oración prevista por nuestros hermanos Obispos del Consejo de Presidencia del CELAM.


Oración de Consagración

Santísima Virgen María de Guadalupe,
Madre del verdadero Dios por quien se vive.

En estos momentos, como Juan Diego,
sintiéndonos “pequeños” y frágiles ante la enfermedad y el dolor,
te elevamos nuestra oración y nos consagramos a ti.

Te consagramos nuestros Pueblos,
especialmente a tus hijos más vulnerables:
los ancianos, los niños, los enfermos, los indígenas, los migrantes,
los que no tienen hogar, los privados de su libertad.

Acudimos a tu inmaculado Corazón
e imploramos tu intercesión:
alcánzanos de tu Hijo la salud y la esperanza.

Que nuestro temor se transforme en alegría;
que en medio de la tormenta tu Hijo Jesús sea para nosotros fortaleza y serenidad;
que nuestro Señor levante su mano poderosa y detenga el avance de esta pandemia.

Santísima Virgen María,
“Madre de Dios y Madre de América Latina y del Caribe,
Estrella de la evangelización renovada,
primera discípula y gran misionera de nuestros pueblos”,
sé fortaleza de los moribundos y consuelo de quienes los lloran;
sé caricia maternal que conforta a los enfermos;
y para todos nosotros, Madre,
sé presencia y ternura en cuyos brazos todos encontremos seguridad.

De tu mano, permanezcamos firmes e inconmovibles
en Jesús, tu Hijo,
que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

Hermanos y hermanas, Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado y nosotros con Él. Desde la noche de ayer hemos constatado en la fe y por medio de los signos litúrgicos que la muerte no es lo definitivo. Ciertamente que algún día dejaremos este mundo, cuando Dios quiera, pero lo definitivo es la vida eterna, lo definitivo es el llamado que Él nos hace para que no permanezcamos entristecidos por la angustia y el peligro de dejar de existir.

Cristo murió y resucitó y la certeza que nos da es que no somos esclavos de la muerte ni del pecado sino hombres libres para vivir en libertad como hijos de Dios, aspirando a resucitar con Él y así tener vida eterna. La lectura del evangelio nos dice que las mujeres después de haberse encontrado con Jesús estaban temerosas, pero al mismo tiempo llenas de alegría, y quisiera detenerme en este hecho porque se parece mucho a lo que nos sucede en estos días. Habían sufrido el grave dolor de ver a Jesús su amado, su amigo entregado a las autoridades, y ajusticiado en la Cruz. Eso les causó gran dolor y sufrimiento. Los mensajes de los ángeles en el sepulcro y el repentino encuentro con Jesús por el camino no podían borrar de golpe y porrazo aquella herida. El temor ante tales acontecimientos seguía en cierta forma presente, nunca se había visto que alguien resucitara por su propio poder, sin embargo, la alegría fue abriéndose paso hasta ir conquistando todos los espacios que anteriormente ocupaba el miedo y así fue como las mujeres y después los discípulos ingresaron en la alegría de Jesús resucitado.

Hoy nos encontramos temerosos ante una enfermedad que se extiende por todo el mundo, sabemos que para la mayoría no será mortífera, pero en atención a nuestros mayores y enfermos se nos llama al esfuerzo de alejarnos unos de otros ¿Cuál es la razón de nuestra alegría? La certeza de que el Señor ha vencido a la muerte. Nuestra celebración de la Pascua no borra mágicamente a la pandemia, pero sí es capaz de canalizar nuestras emociones con respecto a esto que sucede. Lo que providencialmente vivimos estos días no es el triunfo de la muerte, o el mal sobre los individuos sino la ocasión de vencer con Cristo sobre el pecado del individualismo, del consumismo, de la hipocresía y el orgullo de la vida. Con mucha libertad y seguridad abrirnos a la solidaridad con los familiares, vecinos y hasta con los desconocidos que pasan necesidad. Este es el inicio de la gran alegría de la Pascua del Señor, quien lo quiera ver que ponga atención y se dará cuenta de que es un gran tiempo de gracia.

¡Alabado sea Jesucristo!

SÁBADO SANTO - 11 DE ABRIL DE 2020

OFICIO DE LECTURA Y LAUDES SOLEMNES

VÍA MATRIS

MEDITACIÓN MARIANA

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

 “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36, 26).

Esta noche hemos escuchado diversas lecturas, que relatan el proyecto de Dios para el hombre, y las intervenciones de Dios en la Historia, para ayudar al ser humano, a llevar a cabo su proyecto de amor.

La primera intervención fue crear el Universo, y a su creatura predilecta, el Ser Humano: Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen suya lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla” (Gen 1 26-28 ).

Sin embargo, hemos constatado en las últimas décadas un creciente deterioro de la vida familiar. Por diversas causas el decrecimiento de los matrimonios estables es constante, y las consecuencias de las separaciones afecta tanto a los separados como a los hijos generados, dejando heridas que muchas veces prevalecen a lo largo de su vida.

¿Cuáles son las causas de este lamentable deterioro al proyecto divino más hermoso y central de la Creación?

  • La generalizada concepción de separar la sexualidad de la intimidad entre dos seres que se aman, y no simplemente de dos seres que se buscan para satisfacer el deseo sexual.
  • También ha afectado la decisión de los matrimonios de separar la sexualidad y la procreación, olvidando la finalidad de establecer una familia fundamentada en el amor de los esposos.
  • Finalmente, una causa de los divorcios es la dificultad de aprender a perdonarse y reconciliarse con la disposición de cambiar la conducta, que ha provocado la intención de la separación.

Estamos llamados a recuperar el proyecto divino del matrimonio y la familia, en toda su riqueza y la finalidad tan hermosa de ser la cuna del amor. De un amor gratuito como el de Dios, de experimentar que la vida me ha sido dada como consecuencia del amor, que mis padres me han amado, sin que yo lo haya pedido, ni merecido; así, siendo amados aprendemos con mayor facilidad a amar a mis hermanos y a mi prójimo, a descubrir que somos amados por Dios Creador, y que, como buen Padre, nos invita a compartir el amor eternamente.

Recordemos para crecer en la esperanza, que Dios interviene en los momentos críticos de la humanidad de diversas formas. Cuando el pueblo elegido cayó en la esclavitud, Dios intervino portentosamente para liberarlo mediante su siervo Moisés. Siglos más tarde intervino mediante la palabra de los profetas Jeremías, Isaías y Ezequiel para lograr el regreso a Jerusalén y reconstruir la Ciudad, el Templo, y el mismo pueblo elegido.

En ese tiempo del retorno a Jerusalén hemos escuchado al Profeta Ezequiel prometer renovar el corazón con el Espíritu Divino, diciendo: Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y los haré vivir según mis preceptos y guardar y cumplir mis mandamientos. Habitarán en la tierra que di a sus padres; ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios (Ez 36, 26-28).

Dios Padre, sin lugar a duda, está en la mejor disposición de intervenir en nuestro tiempo para rescatarnos de cualquier esclavitud. Lo ha manifestado con el envío de Hijo Jesucristo, y lo ha continuado manifestando a lo largo de la Historia, infundiendo el Espíritu Santo, que actúa de manera admirable, en quienes han creído y han depositado su confianza en la promesa de Jesús.

Esta noche hemos cantado solemnemente el Gloria a Dios en los cielos y Paz a los hombres de buena voluntad, hemos escuchado el anuncio gozoso de la Resurrección del Señor Jesús, mostrando que la muerte no tiene la última palabra, y el proyecto de Dios para va más allá del tránsito terrenal, va a la vida eterna.

Dios ha intervenido en la Historia, enviando a su Hijo Jesucristo, a rescatar el proyecto de la Creación, y en concreto el proyecto Redentor para la humanidad. Dios Padre nos ama, nos quiere libres y capacitados para corresponderle en el amor.

Ésta es la noche santa, ésta es la gran noche que nos recuerda la vigencia de la promesa divina de infundir en nosotros el Espíritu Santo para llevar a cabo la Redención de la humanidad.

Por más difícil que parezca cambiar el rumbo de la actual situación mundial, contamos con la ayuda divina, si correspondemos libremente al amor y a la misericordia divina, que se actualiza por el Espíritu Santo, quien transformará nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.

Desde sus casas, en familia, respondan las preguntas que haremos para renovar nuestras promesas bautismales y recibir el Espíritu Santo en nuestros corazones. Así pasaremos de las tinieblas a la luz, de caminar en la oscuridad de la noche a caminar de día, sabiendo nuestro destino, y conociendo el camino para llegar a él.

Que así sea.

VIERNES SANTO - 10 DE ABRIL DE 2020

OFICIO DE LECTURA Y LAUDES SOLEMNES

VÍA CRUCIS

SERMÓN DE LAS 7 PALABRAS

MEDITACIÓN PÉSAME A LA VIRGEN

La Celebración Litúrgica de la Pasión y Muerte del Señor, fue presidida por el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México, en la Basílica de Guadalupe. Revivimos la Pasión y Muerte de nuestro Señor en la proclamación del Evangelio según San Juan. Por su parte el Cardenal Aguiar en su homilía nos dijo: «Dios jamás abandonará a sus hijos, si los hijos asumen su voluntad hasta el final, como lo hizo Jesús»

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Tenemos un sumo sacerdote, capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que Él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno (Heb. 4,15-16).

Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo, y lo es, porque Dios Padre ha manifestado con la Resurrección que es el verdadero Hijo de Dios, hecho hombre, quien ha padecido  las mismas pruebas de sufrimiento que nosotros, pero además con su ejemplo ha quedado esclarecido el camino a seguir cuando nosotros debamos afrontar cualquier tipo de sufrimiento en esta vida.

En la lectura de la pasión y muerte de Jesús, hemos escuchado varias características de cómo afrontó Jesús su camino a la cruz:

    • Jesús se entrega sin violencia al arresto;
    • con valentía afrontó la traición de Judas;
    • ante la autoridad religiosa, Jesús se remite a los hechos
    • y ante la injusta bofetada replica exigiendo respeto a su dignidad humana;
    • a la autoridad civil manifiesta y explica la verdad acorde a su predicación y su conducta afirmando: soy rey, aunque mi reino no es al estilo de los reinos de este mundo;
    • en silencio recibe el castigo inmerecido, en silencio escucha su condena, y en silencio asume la cruz que lo lleva a la muerte;
    • y antes de morir deja claro su testamento al decirle a María: Mujer, ahí está tu hijo, y al discípulo amado, ahí está tu madre: con lo cual dejaba la prolongación de su misión a la comunidad de sus discípulos.

Ahora la pregunta que debemos plantearnos es, ¿cómo aprender a vivir este testimonio de Jesús? Pues recordemos, que había anunciado con toda claridad: el que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz, y me siga (Mc. 8,34). Y ésta, es precisamente la condición para ser discípulos de Jesús: Con plena libertad dejarlo todo, para seguir su estilo de vida y su generosa donación de poner su persona al servicio de los demás.

Ciertamente la sola incertidumbre de no saber nuestro futuro genera ansiedad y desasosiego; pero nuestra certeza está, en quien ya venció a la misma muerte, y nos ama, en quien ya experimentó la muerte en soledad y abandono: ya que él confiaba en su Padre, pero su Padre lo deja morir para cumplir la misión redentora, y mostrar que Dios jamás abandonará a sus hijos, si los hijos asumen su voluntad hasta el final, como lo hizo Jesús.

La segunda pregunta que suele venirnos a la mente es, ¿por qué el silencio de Dios ante las injusticias, por qué no interviene pronto, y por qué permite que suframos incluso hasta la muerte misma como Jesús? Él, sin duda, podría intervenir de manera portentosa antes de que sufriéramos una injusticia, pero con ello quedaría el hombre privado del ejercicio de su libertad para la toma de decisiones, pues el hombre quedaría condicionado por la omnipotencia del Creador.

Es éste un misterio del procedimiento divino, cuya explicación antropológica y  teológica es entender que solo en el desarrollo de la libertad y de la toma de conciencia sobre las consecuencias de nuestras decisiones, aprenderemos a amar como ama Dios, buscando siempre el bien de sus creaturas.

Jesucristo es pues, nuestro Sumo Sacerdote que intercede ante el Padre para que recibamos la ayuda del Espíritu Santo en nuestra vida diaria, y particularmente ante cualquier tipo de sufrimiento que debamos afrontar.

En Dios Trinidad está nuestra confianza, no estamos solos, es Dios mismo que en relación, las tres personas divinas actúan en nuestro favor; por ello, la importancia de crecer en nuestra experiencia de oración personal y comunitaria, en la escucha de la Palabra de Dios, en la participación como asamblea de discípulos de Cristo, particularmente en la Eucaristía Dominical.

De este ejercicio de orar, dependerá nuestra experiencia personal para descubrir las diferentes maneras como Dios interviene en nuestro auxilio; y esta constatación hará crecer nuestra Fe, nuestra Esperanza y nuestra Caridad.

Por ello, les propongo que con un corazón agradecido dentro de un momento más, sigamos nuestro oficio litúrgico de este viernes santo, y al término, ustedes en casa, junto con el resto de su familia, adoren a Cristo en la cruz, como verán que lo haremos nosotros aquí en nombre de ustedes.

Pasen cada uno de los miembros de la familia y antes de besar el crucifijo, agradézcanle en voz alta, la manifestación de su gran amor, entregando su vida para salvación nuestra. Terminen juntos con la oración del Padre Nuestro.

Y los invito también que esta noche, reciten el santo rosario, delante de una imagen de nuestra Madre, la Virgen María, y le agradezcan habernos aceptado como hijos suyos, cuando recibió a Juan, el discípulo amado, quien nos precedió, en este magnífico privilegio de ser hermanos de Jesús, formar parte de su familia, y tener por madre común a la Virgen María.

¡Que así sea!

JUEVES SANTO - 9 DE ABRIL DE 2020

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.

Sabiendo Jesús que había llegado su hora,… los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

Dos elementos son fundamentales para profundizar el evangelio de este día. El primero: sabiendo Jesús que había llegado su hora; es decir, la conciencia de su regreso al Padre era inminente. El segundo, la fuerte experiencia de amor por sus discípulos: los amó hasta el extremo. Ante la cercanía de la Pascua y la importancia de esta fiesta, Jesús anticipa la fecha para garantizar su celebración en la intimidad de los doce, en la última cena.

La Pascua, como lo expresa la primera lectura (Ex 12,1-14), recuerda la extraordinaria intervención divina, con la que Dios liberó al Pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Jesús tiene intención explícita y consciente de relacionar y unir su misión y la entrega de su vida con la Celebración Pascual, para expresar la nueva liberación que ofrece Dios Su Padre, a sus discípulos y a todos los que acepten la gracia de la vida nueva en el Espíritu Santo para ser hijos de Dios y coherederos del Reino.

Así lo entendieron y asumieron sus discípulos y las primeras comunidades cristianas. Por ello, el Triduo Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús son para nosotros los cristianos, la intervención salvífica definitiva de Dios en beneficio de la humanidad, fundamento de nuestra fe, y la principal fiesta litúrgica del año.

Esta intervención es el paso, es la Pascua del Señor, para mostrar el gran amor que tiene por nosotros; y por ello, Jesús se entregó a la muerte y muerte de cruz, dejando un testimonio contundente de un amor llevado hasta el extremo de dar la vida.

San Pablo en la segunda lectura afirma: Hermanos: yo recibí del Señor lo mismo que les he trasmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (1Cor. 11, 23-24).

Para actualizar este paso salvífico del Señor Jesús en favor de su pueblo, la primitiva comunidad cumplió con lo ordenado por el mismo Jesús, “Hagan esto en memoria mía”. Este “hagan esto” tiene dos dimensiones, la primera es realizar el gesto mismo  de Jesús, como trasmitía San Pablo: Tomar pan y vino para ofrecerlos a Dios, y sean así transformados en presencia real y misteriosa del mismo Señor Jesús; en esto consiste la Celebración de la Misa. La segunda dimensión corresponde a cada discípulo de Jesús: Dar la vida como Jesús, amando al prójimo hasta el extremo.

Ambas dimensiones son necesarias y complementarias. Recibimos en la Celebración Eucarística a Jesús mismo para fortalecer nuestro espíritu, y tener la capacidad de dar la vida en el servicio a los demás. Y sirviendo a los demás, experimentamos la intervención de Dios en nosotros, que confirma la real presencia de Jesús en la hostia consagrada por el Sacerdote.

La última cena tiene una enseñanza fundamental para los discípulos de Jesucristo, muy difícil de comprender desde los conceptos habituales  de  autoridad,  pensada ésta, como quien manda, y los demás a obedecer.

Por ello, Pedro no entiende lo que hace Jesús, y se resiste a que su Maestro le lave los pies. No entiende, que con este gesto, Jesús está exigiendo que en su comunidad de discípulos toda autoridad es para servir a los demás, y mostrar así el dinamismo del auténtico amor, del amor incondicional, generoso, que espera correspondencia desde y en la libertad.

Éste es el principio fundamental del estilo de vida que Jesús pide a la comunidad de sus discípulos: el servicio a los demás sin restricción y el reconocimiento incondicional a la dignidad humana, por encima de cualquier distinción por ser maestro o autoridad superior: Les aseguro que el servidor no es más grande que su amo ni el mensajero más grande que quien lo envió (Jn 13,16).

La gratitud por la compañía habitual de Jesús Sacramentado en nuestra vida diaria, convierte la celebración del Jueves Santo en una celebración festiva. La Iglesia por estas razones, agradecida con Dios, Trinidad Santa, celebra hoy: La Institución de la Eucaristía, la Institución del Sacerdocio Ministerial al servicio de los fieles, y la Institución del mandamiento fundamental, amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo, especialmente en la persona de los más necesitados, indigentes, enfermos, reclusos, abandonados, migrantes, excluidos, adictos, y en general, a los pobres, definidos por la carencia de sentido en su vida.

Esta vez, celebramos la Semana Mayor, y el Triduo Pascual, en presencia virtual por causa de la Pandemia, que está creciendo en nuestra Patria. Los invito por ello, a  poner toda nuestra confianza en Dios, Padre de Misericordia, que ciertamente no nos dejará en la orfandad, ni sumidos en la tristeza vacía, sino que compensará abundantemente los esfuerzos en favor de quienes en el cuidado de la salud, o en la ayuda económica, en la situación familiar o profesional, están cumpliendo su deber de auxiliar para disminuir los efectos de la epidemia.

Primero en silencio, y luego juntos, expresemos nuestra súplica, a nuestra querida Madre, María de Guadalupe:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, escucha nuestras oraciones,
atiende nuestras súplicas, acompáñanos, protégenos, cuídanos.

Bajo tu amparo nos quedamos, Señora y Madre Nuestra,
te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

HORA SANTA

LITURGIA PENITENCIAL DE LA PALABRA - 6, 7 Y 8 DE ABRIL DE 2020

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA - 5 DE ABRIL DE 2020

Mons. Salvador Martínez Ávila, Rector de la Basílica de Guadalupe, presidió la Santa Misa del Domingo de Ramos donde conmemoramos la entrada de Jesús a Jerusalén, dando inicio a la Semana Mayor, a la Semana Santa. Mons. Salvador en su homilía nos propone: “hacer este Domingo de Ramos no un encuentro de gran multitud, no un encuentro de alguien famoso, de alguien reconocido que pasa sólo un momento frente a mí, sino un encuentro de tú a tú con Jesucristo, el Mesías”

Homilía pronunciada por Mons. Salvador Martínez Ávila, Vicario Episcopal de Guadalupe, Rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

La multitud aclamaba a Jesús diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!  (Mateo 21:1-11)

Hermanos y hermanas, en Cristo Jesús:

Hemos llegado a la puerta de ingreso de la Semana Mayor y contrariamente a lo que acostumbramos no nos hemos reunido físicamente para aclamar a Jesús como aquella muchedumbre de Jerusalén.

Cada uno de nosotros permanece -lo quiera o no lo quiera- aislado, en compañía de unos pocos, los más cercanos, los más queridos. Es verdad que a través de los medios de comunicación nos ponemos en cierta forma en contacto, pero todos lo comprobamos; no es lo mismo.

Por eso, hermanos y hermanas, al haber considerado también la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio según San Mateo; les propongo hacer este Domingo de Ramos no un encuentro de gran multitud, no un encuentro de alguien famoso, de alguien reconocido que pasa sólo un momento frente a mí, sino un encuentro de tú a tú con Jesucristo, el Mesías. El Señor que entra como Rey en Jerusalén, pero morirá afuera de sus murallas como un malhechor.

A Él es a quien reconozco como Él que viene en el nombre del Señor. Me ánimo y ánimo a  otros que estaban acostumbrados a los sufrimientos con el ¡hosanna! palabra hebrea que se usaba en los funerales y que en un principio significaba: ¡ánimo, sigue adelante!

Este encuentro de tú a tú con Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo de David, nos empuja a cuestionarnos sobre la caridad de liderazgo que Él ejerce en cada uno de nosotros. Soy acaso parte de una muchedumbre manipulada e inconsciente que hoy aclama con ¡vivas! Y el Viernes Santo gritará: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!  El Señor se merece un poco más de  coherencia de mi parte

Él nos ha dado estos días para darnos cuenta de lo que es verdaderamente importante vivir. Vivamos por lo tanto estos días y todos los días por venir de una manera más integra más profunda.

Jesús es mi Señor, Jesús es la razón de mi esperanza lo que Él me prometió no me defraudará: la vida eterna, morir con Cristo, para resucitar con Cristo.

¡Alabado sea Jesucristo!

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